Performance de las cosas imperceptibles


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Sondeo en superficie. Sin horadar la tierra, simplemente paseando territorios, los arqueólogos hallan indicios. A lo mejor un legajo antiguo documenta los sucesos del lugar. Algo pasó en determinado paisaje, pero no se sabe por dónde empezar la excavación. Se busca un diagnóstico caminando en cota cero. Los trocitos que salen al encuentro, relatan. Un pedazo cerámico, una piedra labrada, un plomo viejo, un hierro oxidado. El sondeo en superficie habla al arqueólogo. Media docena de cachitos, y el arqueólogo decide si vale la pena la prospección.

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(2005) Tokio. Cada objeto tiene su lugar, cada actividad su estricto horario; cada vestimenta tiene su pliegue, cada rincón ha sido diseñado para una precisa función; todo limpio, ordenado; todo numerado, decretado, subyugado a una obediencia sin matices. Hotel lujoso. Por la mañana, cuando dejo la habitación, cambio de posición las toallitas, el dispensador de jabón, los cleenex. Cada noche, cuando regreso, me encuentro las toallitas, el dispensador de jabón y los cleenex, en la posición que marca el protocolo. Repito mi acción todos los días. Me pregunto si la camarera del hotel habrá sonreído con mi juego.

Salgo del despacho y me adentro en la jornada laboral del enorme Museo en el que trabajo. He salido silbando una tonada pegadiza. Una musiquilla pringosa es como una toxina que salta de boca en boca. Unas horas después, me cruzo con un compañero de trabajo al que no he visto en todo el día. Silba la tonada que lancé a primera hora del día.

En el suburbano. Se sienta a mi lado un matrimonio anciano. Él es de esos hombres que refunfuña todo el día. Su mujer se lo toma a mofa, por costumbre o por desidia. Tengo cierta tendencia a ser gruñón, dice mi familia. Espero suavizarme con los años, no quisiera parecerme nunca a un energúmeno como el que está sentado a mi lado en el metro. Me pongo a ladrar. Voy subiendo el tono del ladrido hasta que el matrimonio anciano se sobresalta.

Recorto una foto de prensa en la que sale Marianne Faithfull fumando. Una imagen de promoción de su último disco. Marianne debe tener unos 60 y tantos. Está guapa y decadente. Aplico ceras azules y blancas en el rostro de Faithfull. Ahora, tiene textura, tiene epidermis. Una piel que encierra historias; las suyas, las mías.

Dos piedras atadas con un cordón grueso, tiradas al fondo de un lago ¿Cómo saber qué deparará el destino de las profundidades a esas piedras? Fata viam inveniunt (el destino sabe guiarnos)

Me levanto una mañana pensando en una frase soñada: “Cuidado con las margaritas de Samarcanda”. No tiene mucho sentido. El sueño empieza en el vestuario de un gimnasio. Cuerpos bonitos. Una puerta metálica. La atravieso y aparezco en una plaza porticada con el piso de arena. Un derviche de bigotes turcos, danza frente a mí. Blande una espada curvada. Me habla: “Cuidado con las margaritas de Samarcanda”. Despierto algo incómodo. Decido convertir esa frase en mantra, y repetirla durante todo el día intercalándola en varias conversaciones.

Salir un día de casa con una mochila, los cuadernos de notas, el Breviario Mediterráneo de Matvejevic, unos pocos víveres, algo de dinero, y la Rollei 35. Encaminarse a la Costa Brava y no regresar hasta haber conseguido el exvoto de un naufragio y la foto de un faro.

(1996) Madrid. La enigmática LiWayWay me envía una carta: “Querido Lluís, voy a contarte la historia de una pequeña maldad mía. Hace un mes o dos le quité a mi amigo Pedro su Pilot Hi-techpoint V5 Extra Fine de color negro. Pedro es compañero de clase y mejor amigo de mi perro. Un día, en un descuido suyo, me lo guardé, porque mi pluma se había quedado sin tinta. Era una maldad pequeñita. Pero algunas semanas más tarde, en Navalagamella, cuando Joaquín y tú intercambiabais direcciones, noté que el rotulador también se había agotado. Distinguí entonces, que tú tenías uno idéntico. Cuando Joaquín quiso devolverme el mío, le dije que te lo diese a ti, que yo me iba a quedar con el tuyo, que era más nuevo y flamante. Él estaba un poco desconcertado, pero te lo dio. Por eso, esta tinta con la que ahora te escribo, una vez fue tuya. LiWayWay”.

Dos libros. Tristes Trópicos de Lévi-Strauss y Especies de espacios de George Perec. Intercalo la lectura. Leo un párrafo o frase de uno y paso inmediatamente al otro. De este galimatías lector, sale un nuevo libro. “Odio los viajes y a los exploradores. Dos categorías que sirven para explicar toda la realidad” …etc.

(2009) Ducha temprana. Desayuno en familia. Compro los periódicos y tomo un segundo café en la cafetería habitual. Repito este protocolo todos los sábados. El paisaje asiste. La montaña lleva nevada todo el invierno. El enorme ventanal de mi cafetería habitual, se llena de montaña nevada. Uno espera encontrar media docena de frases lúcidas en la prensa. Un día aparecerá, me digo, esa noticia que active todos los resortes literarios. Una crónica, dos frases que me atrapen y no me suelten, y me obliguen a dejar de anotar estupideces para lanzarme a la escritura con mayúsculas.

“Tener hijos es la expresión definitiva de la esperanza”- dice Cate Blanchett.

Cuento gótico: Corro por los bosques del Montseny. No es ni mediodía y sin embargo el trote se lleva a cabo en la semioscuridad que entretejen las ramas. Un fuerte viento tramuntanesco ha silenciado la vida entre los árboles. Es el Norte, el viento que viene de “tras la montaña”.

Leo a Lévi-Strauss y va el tío y dice que “solo queda una sociedad donde aquellos que nos son capaces de nada, sobreviven esperándolo todo”, el muy jodido.

(2008) He contado todo el tiempo que he ocupado cometiendo errores a lo largo de mis 40 años. Me salen aproximadamente unos 2554 días. Son las cuatro de la madrugada. Insomnio.

Anna, que siempre lee lo que escribo, dice que escribo desordenado (Pausa). Vale, de acuerdo Anna (Pausa), es que vivo desordenado (Pausa larga). Vale, no es excusa.

Veinte años después, regreso a la facultad de arquitectura. Esta vez como ponente. Nada ha cambiado desde que dejé los estudios: el bar feo pero barato, la copistería, la tienda de materiales, el grotesco contraste entre las aulas “nuevas” del edificio Coderch y las aulas viejas de diseño franquista. Los alumnos son veinte años más jóvenes. Sus mentes no parecen demasiado interesantes, aunque si algunos de sus cuerpos. Hay miradas intensas, pero les quedan muchas intensidades por vivir. Todos parecen preocupados por cómo traducir su esfuerzo académico en réditos laborales. Les hablo de performance, de que deben ser flexibles y duros como el bambú. De que son marineros en un mar en constante movimiento. Les cuento sobre arquitectura efímera, arquitectura inacabada, museografía ¿Por qué los apóstoles eran pescadores y no campesinos ni constructores? - les pregunto.

Busco en Youtube, en horario laboral, videos de Georges Brassens. Lo hago, para que esa música resplandezca. “Todos vendrán a verme ahorcar…salvo los ciegos, es natural”

No me canso de leer a Josep Pla, ni de comer chocolate por las noches.

Inscribí un cero con diéresis en una hoja de papel reciclado. Esa cifra travestida en letra, la secuestré del bucle-cinta de möebius y de las regiones ignotas de Tlön. Con el papel inscrito hice una bola, que guardé durante varios días en el bolsillo. Un intento de conminarme con la religión que busco. Tras un periodo más o menos largo, cuando vi que la hoja estaba demasiado arrugada y a punto de romperse, la introduje en un Antiguo Testamento para aplanarla. Allí la olvidé durante meses. Bien, pues ni así conseguí tener un espíritu ecuánime y abierto a lo trascendente.

Decía el poeta Joan Brossa que no creía en lo divino, pero que si creía en el misterio.

Invento una conversación con el cineasta Wim Wenders. Utilizo las declaraciones que el director realizó en el press-book del film Der Amerikanische Freund (1977).
-Cuando uno se sumerge tan profundamente en una historia escrita por otro, se da cuenta más deprisa de cuáles son sus puntos débiles, pero también dónde está su fuerza
- ¿Pero no crees que el cine actual (como la charla es ficticia, me permito imaginar que nuestra amistad me autoriza a tutearle), la imagen está demasiado supeditada al texto ajeno?
-Cuando leo un libro desarrollo también el deseo de hacer una película con su trama (Silencio). O de reinventarlo (Nuevo silencio) Considero mi trabajo más como una documentación que como una manipulación. Me gustaría que mis películas tuvieran que ver con el tiempo, con la época en que son rodadas, con las ciudades, con los paisajes, los objetos, con todos los que trabajan en ellas, conmigo mismo.

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Perderle el miedo al presente, es clave.



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2



“Si quieres hacer una revolución, no pintes, coge un fusil”. Ese mismo año dejé de pintar. Mis profesores de arte lanzaban frases como cuchillos para contrarrestar mis desvaríos revolucionarios. Rasgaba telas, dibujaba y anotaba minucias de la cotidianidad, grafiaba eslóganes situacionistas en las paredes de la facultad, pintaba con chocolate en polvo, me lanzaba a largas caminatas por la ciudad en las que fotografiaba estupideces… Mis tutores desesperaban.

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 (2008) Leo la siguiente frase en un anuncio: “Si quieres construir tu propio mundo debes llegar al lugar donde se acaba el de los demás”.

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Siempre me ha gustado esconderme bajo el edredón nórdico. Dicha confesión me obliga a examinar una rutina de muchas noches de invierno, en las que me protejo bajo ese caparazón uterino. La cueva origen, el palio de mi psique. Algunas de las mejores noches de amor fueron vikingas. Cuerpos desnudos bajo el pesado manto (que me gusta imaginar de piel de búfalo o mamut), aislados del tiempo y de los avatares.

Mi hermana R nació con la columna vertebral torcida. Eran los años 70 y la prescripción médica aconsejó encerrarla seis meses en una carcasa de escayola que dejara al aire cabecita y extremidades. R fue tortuguita los primeros seis meses. Yo tenía por aquel entonces dos años. Me cuentan que no me fue fácil entender que los afectos de mis padres se desplazaran hacia esa tortuguita. Tiendo a pensar que fue aquel desplazamiento el que me indujo a imaginarme explorador. Algo se rompió en esa temprana edad, y me obligó a salir de viaje. Desde la infancia soy proclive a los golpes y contusiones. Fui un niño inquieto de cabeza magullada, rodillas peladas y piernas arañadas. Como si quisiera constatar, a diferencia de mi aséptica hermana, que mi dureza la tenía en los huesos. Por fuera, mi contracoraza de piel, era blanda y lacerada por la aventura. Las cicatrices son mi manera de hacer arte.

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Una tarde de 1998, Xavier Martín secuestró a sus hijos de ocho y siete años. No los devolvió a su madre tras las vacaciones navideñas, como estipulaba el convenio de separación. Se los llevó a un bosque de hayas. Xavier Fortín era un brillante licenciado en ciencias naturales, un tipo alto, de barba y melena hippie, que desde joven había tanteado la posibilidad de una vida en contacto salvaje con la naturaleza. Se los llevó, les cambió los nombres, se escondió con ellos en un bosque de hayas. Transcurrieron diez años, hasta que un vecino de Massot, el pueblo pirenaico de la provincia de Ariège donde estaba el hayedo, descubrió el parecido entre el rostro del hijo mayor y una de aquellas fotos con las que la madre empapeló Francia durante añadas. Xavier Fortín y sus hijos, habían vivido en una cabaña prestada, criando animales, obteniendo electricidad de paneles solares, existiendo de espaldas a la sociedad, tan solo rodeados por chozuelas eremitas de análogo ideario.

Con la suerte de haber encontrado unos pasajes gratuitos, una tarde de 1918, el pintor Rockwell Kent con su hijo mayor de nueve años, embarca hacia Alaska. Kathleen se había negado a acompañarles, harta de que su marido atendiera obsesivamente a la llamada de lo salvaje. El pintor, sensible a paisajes y vacíos, quiso poner a prueba los horizontes. Allí pasaron nueve meses. “La vida estaba reducida a lo más elemental: una cabaña abandonada donde podían vivir; madera para calentarse; leche de cabras (…); un bosque inexplorado; una vista de las majestuosas montañas del interior, una bahía…y el frío del Norte”, cuenta Richard V.West, investigador oficial del Artista. Este no fue el único de los viajes que realizara. En 1919, se desplazó hasta Tierra de Fuego. A Groenlandia en 1929. Rockwell pintó las níveas distancias, encontró claridad, entendió el silencio de las piedras, atendió el ronquido de los icebergs, mientras le leía a su hijo textos de Blake y Nietzsche.

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¿Cómo hacer un arte limpio, preciso, desierto?

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El viaje, más allá de las fronteras de nuestro caparazón. Disrupción y mediación, de eso va el viaje. Un relato sin acritud, lleno de aventuras.


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3

En noviembre de 1974 le comunican al director de cine Werner Herzog que Lotte Eisner está gravemente enferma en París. Herzog, sin apenas pensarlo, decide partir de Munich caminando al encuentro de la “Eisnerin”, que así llamaban afectuosamente en los corrillos del cine a la afamaba ensayista, figura histórica del cine alemán. Lotte Eisner había publicado los primeros estudios sobre Murnau y Lang, así como el famoso estudio sobre cine expresionista titulado La Pantalla Demoniaca (1952). Herzog dedicó dos de sus films a la Eisnerin e incluso llegó a utilizar su voz de narradora en la película experimental Fata Morgana (1970). Ante la noticia de gravedad de Lotte Eisner, Herzog resuelve ir a verla andando hasta París. Herzog dedica un libro a ese desplazamiento chamánico, el texto de culto Del caminar sobre hielo. No importa realmente si la crónica del mismo es absolutamente veraz, si pudo recorrer la distancia entre Munich y París en un mes, como sugiere. Lo importante es la idea del caminar como conjuro, la relación del hombre con el paisaje, el carácter metafísico del camino. “Tomé una chaqueta, una brújula, una bolsa de deportes y los enseres indispensables (…) Me puse en camino hacia París, por la ruta más directa, convencido de que, yendo a pie, Ella sobreviviría”. El caso es que Lotte Eisner, anciana y enferma, vivió nueve años más. Herzog explicó en alguna entrevista, que había recorrido 1000 kilómetros a través de Los Alpes hasta llegar a la frontera con Eslovenia, para pedir la mano de la que sería su esposa. “Hago a pie todas las cosas esenciales de la vida”.

Bruce Chatwin decía que las drogas eran vehículos para gente que había olvidado caminar. Chatwin también creía que el viaje a pie era un acto primario, una posible cura para la melancolía, una forma primigenia de vagabundeo existencial. Suponemos que la religión es una respuesta a la angustia, una respuesta a la desazón que genera la vida sedentaria. El nomadismo, según lo entiende Chatwin, satisface alguna aspiración humana básica, que el sedentarismo no colma.

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Pueblo Nuevo. Dediqué muchos bríos, durante los siete años que viví en ese barrio barcelonés, a callejear y fotografiar los cambios en el tejido urbano de ese conglomerado industrial. Caminaba, fotografiaba edificios derruidos, descampados, paredes desconchadas, almacenes desahuciados, los rastros de esa Barcelona periférica que un día se pareciera a Manchester. En uno de los paseos conocí a Enriqueta. Al verme cámara en mano, me instó a que la acompañara hasta su casa para fotografiar el ruinoso estado en el que vivía. Enriqueta subsistía con una exigua pensión y la ayuda de una hermana. Me impresionó comprobar que era la única habitante de un edificio de cinco plantas totalmente abandonado. Como no aceptaba la prestación económica con que pretendían compensarla por el abandono de su historia hecha casa, las autoridades la habían dejado a su suerte en aquel edificio malogrado. Acompañé a Enriqueta, asistí sus llantos, escuché el relato de todos los rincones de la casa. La constructora, que se anunciaba en enorme pancarta a pocos metros de la fachada principal, había iniciado la primera fase del derribo estructural (ilegalidad consentida por no sé quién, pues no se puede empezar a derribar un edificio con inquilinos dentro). A nadie parecía importar lo que pudiera suceder a la anciana Enriqueta. Simplemente no existía. Enriqueta me contó que por la noche el edificio era rondado por gentes de mal agüero. Su hermana llevaba días insistiendo en que lo dejara ya, que se trasladara a vivir con Ella. Enriqueta consentía en dormir algunas noches con su hermana. Parecía resignada a esa disolución paulatina de la vida. Enriqueta deambulaba por el edificio, paseaba en el descampado adyacente dispuesta a explicar su historia a quien quisiera escuchar. Sollozaba, se colgaba pancartas al cuello contra el alcalde, vigilaba que las excavadoras no llegasen. Fotografié a Enriqueta en su cochambroso apartamento. Me dio su teléfono para localizarla y enviarle las fotos; me hizo prometer que escribiría y publicaría una crónica sobre su caso. Pero no lo hice. En un acto de cobardía inexcusable, le mentí al darle mi número de teléfono. Vergonzoso miedo a comprometerme con la causa perdida de Enriqueta.

Ya no existe el edificio ni el solar en el que vivía Enriqueta.

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Caminar o habitar. Jung construyó su morada en la orilla norte del lago de Zurich. El Torreón de Bollingen, que así se llamó, era el duplicado en piedra de sus ideas. “La palabra y el papel no me bastaron; necesitaba algo más. Tuve que reproducir en piedra mis ideas más íntimas y mi propio saber (escribió en sus Recuerdos). “La primera idea consistió en levantar una especie de cabaña primitiva”. Durante años me marcó esa visión jungiana de la vivienda. Diseñé primero un edificio, luego un estado anímico, al que llamé La Casa del Performer. Consistía en ir definiendo a lo largo de mi experiencia vital un espacio metafísico en el que morar. Consecutivos fracasos me llevaron a entender que ese proyecto surgía de una visión campesina de la vida. Pero a mí la vida me ha salido marinera. Lo mío es caminar, correr bosques, nadar mares, buscar acantilados para respirar. Las costas, los senderos, algunas calles en urbes en las que siempre soy forastero, son mi relato. En esos paisajes está el hombre, la infancia, el amor, lo sublime, la decadencia. No cabe proyecto arquitectónico en la vida marina. Lo que dibujo, las notas que escribo, las fotografías que capto, son singladura, plenairismo.

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“El hombre es un ser de lejanías” dijo Heidegger, que se hizo construir una cabaña en la pequeña aldea de Todtnauberg en 1922. Contradictoriamente, quiso poner como lema de sus Obras Completas, Wege nicht Werkw (Caminos no Obras). Sospecho que construirse una casa es una manera de enmascarar el paisaje, no de caminar. La identidad es el paisaje, el movimiento, el dibujo que traza el camino en nuestros pies; no la casa.

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A los 13 años mis padres me apuntaron a unos campamentos de verano que organizaban los jesuitas en Soria. Desconocían, sin duda, el carácter militar de aquellos campamentos. Nos levantábamos al alba, tocábamos tambores, cantábamos himnos machos, izábamos la bandera. Aprendimos a leer mapas y brújulas, a curarnos heridas leves, a comer con navaja, a cagar en fosos escavados, a masturbarnos detrás de arbustos, a matar sapos a garrotazos, a pasar frío y contar chistes en las guardias junto al fuego de campamento. Nos organizaban jornadas de supervivencia, nos enseñaban a dormir a la intemperie, a improvisar vivacs. A penas recuerdo el rostro de los compañeros con los que compartí aquellas aventuras, pero recuerdo los bosques, las lagunas, el cielo estrellado.

Heidegger dice que construir es crear un mundo habitable. El paisaje no nos acoge, nos somete. Construir es numerar el desconcierto, acordonar la desmesura. El caminante aprende pronto que a la naturaleza no se la puede domar. Como dictaba Epicuro, a la naturaleza hay que hacerle caso.


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4

De pequeño quise ser explorador, aventurero, hombre salvaje, marino. Algo queda de todo ello, en un arte que se escurre, es inasible, chorrea por las grietas de lo reglamentado y huye de la vida preñada de norma. “Una vida donde no aparecen el azar y la magia, la aventura y el milagro, corre siempre el riesgo de ser una existencia perdida”, escribe Mauricio Wiesenthal. Tras acabar los estudios, estuve diez años dudando sobre mis capacidades artísticas. Se trataba de encontrar un sitio, una técnica, la disciplina que pudiera hacerme salir del atolladero de una infancia demasiado aburguesada. No encontré disciplina ni técnica, pero si un lugar.

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Quiero practicar un arte con menos palabras, con menos dibujos, casi sin actos. Un arte, solo con hilo conductor. Un arte preciso, sin grosor.

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"Lo soy todo menos un escritor de libros. Mi tarea consiste en dar forma a mi vida. Es mi único oficio, mi única vocación" (Montaigne. Essais)

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Artista empacador, agente infiltrado, técnico de museos, performer embaucador, delineante, dibujante ninotaire o cartoonist, padre, museógrafo, profesor universitario… asertos que me demarcan.

(2000) ¿Me he equivocado al situarme en la lateralidad? Demasiado tarde para rectificar. He desarrollado un talante artístico desequilibrado, casi vacío. Mi arte me resulta incómodo. Debo insistir en este camino de mediocridad. Mi arte es un homenaje a lo que nunca llegará a ser excepcional.

(2006) Performer antiguo. Dibujo, fotografío, visto de negro o azul marino, actúo de manera cómica, a veces escribo. Pasado de moda, incluso cuando era joven. Me decanto por el trazo y la mancha de tinta, por los documentos gráficos desgastados, por las vacaciones estivales color sepia, por el jazz y el rock’n’roll.

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Françoise Gilot cuenta en sus memorias que le oyó decir a Picasso que un artista no debe trabajar con los medios de que dispone, sino con menos. “Si puedes manejar tres elementos, escoge solamente dos”.

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Mi padre me regaló al poco de jubilarse su cámara Rollei 35. Catalá-Roca siempre llevaba una en el bolsillo. El genial fotógrafo me explicó en cierta ocasión, que él transitaba por la vida con la Rollei 35 en mano, fotografiando todo. Luego, en el laboratorio, al revelar los carretes, allí, descubría las fotos. Me agrada dar largos paseos en bicicleta, fotografiando barrios, gentes, calles, horizontes. Muchas veces paseo con la Rollei dentro del macuto, sin llegar a sacarla. Está ahí, aunque no la utilice. Es una máquina soltera (como la bicicleta). Fotografío y guardo los carretes sin revelar, durante años.

Jamás retoco una foto; casi nunca borro el lápiz de un dibujo que entinto. Acepto las manchas fortuitas como parte de la obra. Prefiero la contención a la producción masiva. Me gusta pasar días enteros sin hablar. Amo los desiertos (conozco pocos, aunque pasé horas sumergido en los arenales mediterráneos). El amor, susurrado. Pan con aceite y queso manchego. Pescados a la plancha. Novelas y ensayos de menos de 120 páginas. Prefiero no dejar huellas cuando camino bosques.

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Resulta muy estimulante desarrollar una idea, y después, su contraria.

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Decía Bruce Chatwin que “el arte nómada tiende a ser portátil, asimétrico, discordante, inquieto, incómodo e intuitivo”.

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Desde la infancia habitaron en mí diversas posibilidades. Las simultaneé, viví los exilios como nuevos orígenes. Norte, sur, frío, piedra antigua, acantilados cantábricos. Baños mediterráneos, calamares gigantes, pieles cetrinas. Me resulta insoportable leer mis diarios. Anoto desde niño. No me reconozco en lo escrito. ¿Quién es ese idiota? No puedo leer ese relato acompasado al ritmo de los sucesos. Voy a quemarlo todo.


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5

(2013) me piden en la Filmoteca, que presente “La Belle Noiseuse” de Rivette. Un film que recuerdo haber visto  hace muchos años en la televisión, en alguna sesión nocturna. “El arte es verdad y la verdad es dolor. Por esa razón, en el arte tiene que haber sangre”. Hablo antes de la proyección, a una platea medio llena, durante veinte minutos. Les cuento sobre los pies de Jane Birkin, sobre la luz de los atardeceres estivales y el tintineo de cacharros en las cocinas mediterráneas. Les cuento sobre piel, hedonismo, el sonido de los trazos a carboncillo, el olor a trementina en los estudios de los pintores…

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Tras la enésima mudanza, doy forma definitiva a la biblioteca mobilis y al protocolo que la regirá a partir de ahora. Tras varios divorcios, cambios de vivienda y purgas, la biblioteca mobilis cuenta en este momento con 1000 volúmenes de narrativa, 1000 volúmenes de arte y ensayo, y 1500 cómics. El protocolo que establezco dicta que:

1.-La biblioteca mobilis conserva volúmenes que pueda releer o que sea bello tener.
2.-Solo admite el número de volúmenes que quepan en sus estanterías.
3.-Cuando entre un nuevo libro, otro deberá salir.

En sucesivas mudanzas, la biblioteca deberá menguar, incluso desaparecer. En cualquiera caso, a partir de ahora, los anaqueles de la biblioteca mobilis, son un reflejo preciso del presente que me demarca. 

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(2010) Revisión médica de los cuatro años; Lucía mide 1 metro y 1 cmts. Pesa 16,400 Kgs. Calza un 27 o 28. Es alérgica al huevo, al pelo de gato, a los perros, a volátiles todavía por determinar. Nos previenen también de los lácteos. El alergólogo da cita para dentro de un año; entonces, las pruebas establecerán todos los trastornos. Hemos de encontrar un sucedáneo de la tortilla, de la que Lucía era fan incondicional hasta que empezaron los vómitos y las hinchazones. Hay que dosificar su encuentro con los peludos y vigilar el efecto de los diferentes pólenes. (Hace unos días, bajamos a Barcelona en un caluroso día en el que los plataneros habían descargado un manto de grisú sobre la ciudadanía. Los ojos de Lucía, que no paraba de estornudar, lloraron hasta enrojecer de manera alarmante. Lo curioso es que, en el bosque colindante a nuestra casa, tenemos algún platanero, pero no estimula tales reacciones. Empiezo a creer que una exposición tenue a volátiles nocivos no es del todo perjudicial. Son las sobredosis las que provocan las reacciones más virulentas).

Por si el mundo se rige según reglas ocultas de causa y efecto, por si acaso, decido someter mi cuerpo a pequeñas intoxicaciones que apacigüen los estremecimientos del cosmos y las alergias de Lucía. Bebo tres o cuatro veces por semana de diversos tramos del río Tordera, de arroyos y torrentes. Lo hago a cuatro patas, como un animal salvaje, agazapado, fuera de los senderos, sin preocuparme por las bacterias del bosque que me estén penetrando. Es una manera de hacerme uno con el bosque. Corro a través de campos de ortigas y zarzas, dejando que el efecto vasodilatador de estas punzadas me emponzoñe las sangres. Acepto de buen grado las picaduras de mosquito y me he enfrentado a una avispa que intentaba anidar entre los tomos de mi biblioteca. Pequeños tributos a la montaña, una manera segura de obedecer los designios del bosque. Si el cuerpo es el vehículo, lo ofrezco en pequeñas porciones para proteger el ánima de mis hijas. Un principio arcano fácil de sobrellevar para un performer. De alguna manera dejando que el bosque invada el cuerpo, rindo pleitesía a las diosas que gobiernan el lugar.

Pero es tiempo de estío, y en verano la intoxicación debe ir a más. No dudaré. Comeré ortigas cocidas o en tortilla (más sabrosas y saludables que las espinacas, dicen los pastores ancianos del  Montseny); me dejaré morder por víbora, rozar por sapo, infectar por la amanita muscaria, seta bruja. Seguiré el rastro del jabalí por las hondonadas más cercanas a este pueblo en el que vivimos, hasta dar con sus escondrijos (un mordisco de jabalí me obligaría a vacunarme contra la rabia, pero añadiría al cuerpo la más épica de las cicatrices y el mayor de los tributos a las auras del norte). El tratado etnobotánico Plantes, remeis i cultura Popular del Montseny de M.Àngels Bonet y Joan Vallés (BRAU edicions. Museu de Granollers de Ciències Naturals, 2006), muy consultado por el cronista que les atiende, no habla de simbiosis que permitan al hombre hacerse uno con el entorno, lo cual no impide el pensar que un proceso de infección como el que perpetro me llevará con toda seguridad a convertirme en superhéroe vegetal (al estilo de Alec Holland/SwampThing/La Cosa del Pantano), psicochamán o hobbit. Por ahora el monte se conforma con leves intoxicaciones y consumo regular de ratafía. En cualquier caso, los meses de la canícula reclaman dejar los montes y hacerse a la mar, donde las intoxicaciones y simbiosis no son tan hacederas.

A unos veinte kilómetros de nuestro pueblo se encuentra el Maresme, zona de municipios serenos, bañados por el Mediterráneo. Antes de huir hacia la Costa Brava o a las Islas, placen los baños en pueblos como Canet o Caldetes. A Lucía le sientan bien los aires marinos libres de polen, los salitres, el horizonte elíseo. Las aguas están frías, pero nos bañamos igual. No hay medusas. Aparecerán con las primeras corrientes cálidas dentro de unas semanas. Como cada año desde hace diez, bucearé junto a ellas cuando dancen. Mi piel ya conoce las descargas y las escoceduras. Padecerlas es mi tributo al Mediterráneo. Las medusas son el “quejío” de un mar que se muere, un mar al que estamos matando. Recuerdo la más grande de las medusas que nunca vi, rozando el vientre embarazado de Eva, la madre de mi hija Maria, en una cala de Menorca. Fotografié aquel vientre bajo el agua.

Siam navi all’onde algenti…

Las crónicas no debieran tener imágenes ni música, disculpen, pero ya saben cómo un performer degenera las disciplinas. En medio de esta crónica que empezó montañera y acaba marina, suena la famosa aria de la ópera de Vivaldi. “Somos naves entre ondas plateadas/ dejadas al azar/ vientos impetuosos son nuestros afectos/ cada placer es un escollo/ Toda la vida es un mar”. (L’Olimpiade. Vivaldi).

Beber agua marina no es en absoluto aconsejable. Ingerí de niño pequeñas cantidades que, a lo sumo, me provocaban diarreas. Tengo la costumbre de buscar lapas entre las rocas y pequeños crustáceos, que siempre como en crudo. Me pinchó alguna araña de mar (incidente nada recomendable) y estuve cerca de gaviotas agresivas defendiendo sus nidos. Hacerse uno con el mar no pasa tanto por intoxicarse con los elementos, como por zambullirse en sus aguas y abandonarse a las apneas. Si no fuera porque ya escogí morir entre las frías nieves de algún norte, apostaría por sucumbir anegando los pulmones en alguna profundidad mediterránea. Formar unidad con el mar es bucear en abismos.

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Se suele citar Veinte mil leguas de viaje submarino (1869) como primera incursión literaria en los mundos sumergidos, aunque lo cierto es que la novela de Julio Verne tuvo precedentes. Voyage au fond des mers de Mérobert (1845), y Aventures extraordinaires de Trinitus, Voyage sous les flots (1868) de Arístides Roger, son, al decir de Jean-Albert Foëx en su Historia submarina de los hombres, los claros precedentes de Verne. Todos estos relatos nacen de la refundición de las aventuras de la ciencia y de una pulsión solitaria que lanza al hombre a “la locura de Ícaro proyectada bajo los mares”. Aunque Verne no leyera ni a Arístides Roger ni a Mérobert sus relatos fueron muy populares en la época en la que a este le rondaban los 17. Se les puede considerar padres de la anticipación científica submarina. En estos textos relatan medios sorprendentes para adaptarse al medio submarino, como el traje de hombre rana, raras pastillas de aire comprimido que anulan la necesidad de escafandra o snorkel. Arístides Roger, incluso, diseña en 1868 un submarino, el Éclair, precursor del Nautilus. En cualquier caso, es Verne el que conduce la literatura hacia la épica submarina. Cuando en la primera infancia entró en casa un moderno proyector de Super 8 con un montón de películas, enseguida quedé atrapado por la bobina que reproducía el ataque de un calamar gigante al Nautilus, en versión technicolor protagonizada por Kirk Douglas. Sin duda, la conjunción Verne-Monturiol debió actuar como catalizador de mis rarezas submarinas. La primera fue la de pasar horas jugando con el buzo de juguete de la casa Madelman, en el fregadero de la cocina. Fascinaba ese mecanismo que le permitía sumergirse a voluntad a fuerza de soplar por un tubo que conectaba con su escafandra. El siguiente juego se desarrolló en la bañera y era un poco más peligroso; jugaba a mantener la respiración bajo el agua el mayor tiempo posible, a veces hasta el ahogo y la tos. Esa experiencia límite me llevó a indagar ya de adulto en las contingencias de la apnea. Todos los veranos, aletas, gafas, snorkel, rocas, algas, el vuelo sobre las dunas, otear infinitos silencios, utilizar el cuerpo como vehículo torpe de comunión con el mar, hundir en las profundices las carencias, bautizar los nuevos ciclos, despedir las mezquindades, encomiarse a una nave entre ondas plateadas.


…lasciate in abbandono;
impetuosi ventti
i nostri affetti sono;
ogni diletto è scoglio
tuta la vita è mar.







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