Watchmen feat. Wiener

“¿Porqué quedamos tan pocos en activo, saludables, sin desordenes de personalidad? El primer Búho Nocturno tiene un taller de mecánica…La primera Espectro de Seda es una vieja puta que agoniza en una residencia californiana…El Capitán Metrópolis fue decapitado en un accidente de coche en el 74…El Hombre Polilla está en un manicomio en Maine…La Silueta cayó en desgracia. Fue asesinado seis años más tarde por un enemigo vengativo…Dólar Bill murió acribillado. Justicia Encapuchada desapareció en el 55…” (Watchmen. Alan Moore. DC Cómics. 1987)

Muchas de las obras de arte que se dan en nuestros días perecerán. En el último congreso de Conservación Preventiva y Restauración al que asistí, se debatió este tema. Los materiales contemporáneos perecen con extraordinaria rapidez. Dentro de doscientos años será más fácil, pongamos por caso, contemplar los restos de la Acrópolis ateniense que encontrar piezas de Dieter Roth o Joseph Beuys. El proceso de documentación es fundamental para que nuestra cultura llegue a las generaciones venideras. La pieza se perderá, el aura del objeto se borrará, pero la reproducción perdurará, el documento anexo substituirá al original. Todos esos rastros serán, al final, la obra. Tendrán aliento propio, un nuevo estilo de aura. Se expondrá el documento como arqueología de una época en la que la cultura se forjó a base de ideas, acciones, textos y humo.

--------------------------------------------------------------

Zack Zinder es el director de la adaptación cinematográfica del cómic Watchmen. En la página web oficial del film, anuncian que faltan más de un centenar de días para el estreno del mismo. Las fotos que muestra la web son prometedoras. Un millar de fans del cómic, discuten en los foros los pormenores del ignoto film. Watchmen es un cómic tan poderoso que parece poco probable que ninguna película consiga emular una quinta parte de su fuerza emocional. Watchmen (vigilantes, guardianes…the watchman en inglés es algo parecido al sereno) es un cómic escrito a finales de los años 80, por Alan Moore y dibujado por Dave Gibbons. Se publicó originalmente en doce volúmenes formato comic-book, entre septiembre de 1986 y octubre de 1987 por la editorial DC Comics (la eterna rival de la Marvel, la otra gran editorial norteamericana de superhéroes) y supuso el replanteamiento del género. La acción se desarrolla a finales de los ochenta, a las puertas de la invasión rusa de Afganistán, en unos Estados Unidos a punto del caos. Todo indica que el conflicto nuclear en ciernes es inevitable. Una ley demandada por la población y la policía mantiene inactivos a los superhéroes que “cuidaron” del orden social en las últimas décadas, el “Acta de Keene”. “¿Quién vigila a los vigilantes?” -escriben los muros de la ciudad. Dos generaciones de supermanes coexisten en el relato que articula Alan Moore, los clásicos de la edad de oro cuando la población aupaba sus acciones, ya envejecidos, y sus hijos putativos, los obligados por el Acta de Keene a abandonar su labor. Estos supertitanes retirados no sólo ven cernirse sobre la población la amenaza nuclear, sino que comparecen ante un inesperado criminal en serie que les rebusca entre la ruina de sus vidas sin disfraz.

---------------------------------------------------------------

Decidí ejercer de espía eventual en la presentación del libro de Gabriela Wiener en una reputada librería del Raval, barrio no tan reputado aunque ideal para enramar laberintos, ejercer de espía, geómetra y performer. Sabía de la legión de amigos con los que me cruzaría en tal evento. El libro de Gabriela, su primer libro, me había impresionado. Sexografías (Editorial Melusina, 2008). Me llevé a la presentación la edición en un solo tomo que sacó Norma Editorial de Watchmen, y no el libro de Gabriela, cosa que en principio hubiera parecido más pertinente. Pero es que en un capítulo de Sexografías, Gabriela habla de Superman, bueno, habla de Loise Lane, del periodismo femenil, de las bragas de Loise Lane, de hasta dónde llegar por una buena crónica. Eso no acababa de legitimarme pero es que leyendo a Gabriela me dio por pensar que probablemente a Ella también se le cayeron los superhéroes, como a casi todos los que dejamos la primera juventud diez minutos antes de la caída del Muro de Berlín. Por eso las páginas de Sexografías se le habían llenado de superhéroes postrados. Pensé que la entrevista al actor porno Nacho Vidal es un intento desesperado de encontrar al último de los supermanes, aunque como en el caso del enmascarado conocido como el Comediante que es asesinado en las primeras viñetas de Watchmen, un superhombre como Vidal puede despeñarse del altar de los dioses incluso a golpes de rabo. En Watchmen hay superheroinas pasadas a puta, macizos supervioladores, asesinos despiadados vestidos con mallas ajustadas, hay corruptelas, borrachos, abatimiento y postración ante el inevitable Fin de la Historia. Quería contarle a Gabriela sobre las analogías que encontraba entre el cómic y Sexografías. Me apetecía que me firmara Watchmen y así mostrarle que había entendido su libro, que yo sabía mejor que nadie que Sexografías no es un libro de sexo, sino la crónica del derrumbamiento de un puñado de superhéroes. O mejor dicho, quería declararle mi filiación a Sexografías, contarle que ese libro me había salvado, nos había salvado a todos los de la Generación, que su libro salvaba a la humanidad entera de la segura hecatombe que se nos venía encima.

Seamos templados y vayamos por partes. Los del 68 se cargaron las utopías. La Historia se fue muriendo ella solita hasta nuestros días. Las ideologías se derritieron como los relojes de Salvador Dalí…sólo nos quedaban los superhéroes. Y ni eso nos indultó nuestra época. Allan Moore destruyó el mito pop del superhéroe enmascarado en trescientas páginas de buen cómic con la ayuda de Dave Gibbons. No hay cosa que más le joda a la Postmodernidad que no poder ser Modernidad. Así que huérfanos de los atisbos Pop, en la era Post sólo podían rondarnos dos vías, la del nihilismo, la del individualismo. Parece lógico que Kurt Cobain y Basquiat se mataran a los 27. ¡Si es que nos habían lapidado hasta a los supermanes!

-Frente al nihilismo: performance- me dije a los veintitantos. Ideas, acciones, textos, humo. Just Do It (Nike dixit).

En un aparte, le pedí a Gabriela que me escribiera una dedicatoria en Watchmen. Lo hizo sin sorprenderse demasiado.

--------------------------------------------------------------

Daniel Day-Lewis se mete en los personajes que interpreta, hasta lograr que hablen a través de Él. Para embutirse la dermis de Hawkeye, el personaje que interpretaba en El Último Mohicano (Michael Mann, 1992), musculó su cuerpo hasta ganar diez kilos, aprendió a pescar y despellejar animales, y se instruyó en la fabricación de canoas. Durante el rodaje convivía noche y día con su rifle, con el puñal, con las pieles, con el olor a campo de batalla. Cuando se paraba el rodaje seguía siendo Hawkeye. Meses después de finalizar la filmación debía seguir con toda probabilidad desenmarañándose del personaje. En The Boxer (Jim Seridan, 1996) aprendió a boxear con tal ímpetu que acabó con la nariz rota y una hernia discal. Daniel Day-Lewis se obliga performáticamente a estas disciplinas para preparar sus interpretaciones, para salvarse o para condenarse, pues el campo de cultivo de un actor son los afectos, y para resultar convincente y llegar al tuétano hay que aprehender a despellejarse. “Creo que si hay una norma que compartimos todos los actores que merece la pena es la vulnerabilidad…construimos cosas de la nada pero con la vulnerabilidad es asombroso…algo de la condición humana puede empezar a fluir”- dicta el también magistral actor Ben Kinsgley a propósito de su intervención en Elegy (Isabel Coixet, 2008). Ahí esta el punctum de un hombre que vive performando, la vulnerabilidad. Aquello que nos delata, aquello que nos muestra, el instrumento con el que erigirse Hombre.

Watchmen es un cómic sicalíptico en el que se pone en jaque la percepción social de la autoridad. ¿Y qué importa eso? Lo que importa es que narra la vulnerabilidad del hombre a través de la del superhombre. Alan Moore sabe y muestra el fin de una Era, pero no nos da agarraderas donde trabarnos. Nos deja huérfanos. Gabriela Wiener retrata la galería de superhéroes caídos con la severidad del periodista gonzo que no teme dejarse la piel en la crónica; pero nos salva.

La galería de superhéroes desenmascarados: El Capitán Badani y sus seis esposas (el pundonor me impide explicar el final del Capitán Badani, no narrado en el libro, pero que Gabriela nos cuenta tras unas copas a Jordi Carrión y a mi. Ni Alan Moore hubiera sido capaz de redactar tan prosaico final para el último episodio del polígamo Capitán). Gabriela en la cárcel buscando a Calambrito, buscando la piel tatuada, el disfraz simbólico. Luego los mutantes Melvin la Dársena, Amelia Silueta, Vanesa de Seda en el Paris Metrópolis. Viajes enteógenos en los que el hombre deviene animal para estrellarse contra los chamanes malos. Y Nacho Vidal, el superpollón, el mayor de los ángeles caídos, al que Gabriela le encuentra la Kriptonita. Y los “freaks, punks, butches, femmes, macho sluts, chicos en faldas, chicas en trajes, travestis, locas, maricas, bolleras, trasgéneras, polisexuales, andróginas, camioneras, transexuales (…)”, enmallados, voladores, enmascarados, ataviados, disimulados, ocultos, oscuros, atormentados, …en sus vehículos tuneados, en el bat-coche, en la endogamia de encontrarse siempre los mismos en el mismo sitio, en todas partes. Y los puercos, y los swingers, y los pezones múltiples, y las alteraciones genéticas, y de nuevo las putas caídas, y las sirenitas, y la propia autora deviniendo superheroína madre. Pero Gabriela nos salva del cataclismo.
Nos salva del caos y de la carnicería final. El guión de Alan Moore nos condena. Leo en Wikipedia que en la crítica con motivo de la reedición de la Watchmen, Dave Itzkoff de The New York Times afirmó que aunque Moore nunca persiguió probablemente contribuir a la promoción de historias sombrías sobre superhéroes, a principios de los noventa el mercado del cómic se plagó de escritores y artistas que compartían su fascinación por la brutalidad, pero no el interés por sus consecuencias, “su impaciencia por derrumbar viejas fronteras, pero no su instinto para encontrar otras nuevas”. Rorschach, protagonista troncal de Watchmen, se resiste a ceder ante el signo de los tiempos, pero comprueba en sus carnes la decadencia social sin remisión. Casi al final del capítulo XII, Jon, antes de esfumarse, le dice a Veidt que nunca nada acaba, nunca termina nada. Ya estamos de nuevo con la demencial idea del eterno retorno. Aunque no creo que Kundera tenga razón cuando juzga a Nietszche por ella, la idea del eterno retorno es una constante en los días en los que la Historia se ha dado por acabada. Ragnarök, mito germánico, es el destino final de los dioses, no su crepúsculo sino su destino. La destrucción de todo seguida del renacimiento. Nada misterioso, opaco, nada demasiado esférico. Simplemente, lo que acontece todos los días en el tiempo mitológico de los dioses y de los superhombres. Los héroes luchan, viven, se emparejan, se enfrentan, se retiran, vuelven, mueren, y sobre sus cenizas, renacen. Y así eternamente.

Gabriela le quita las mallas a tanto superhéroe destronado como hace Alan Moore. Pero en verdad no se limita al descrédito, sino que revela los límites de la vulnerabilidad de esos héroes, que es su vulnerabilidad, que es la vulnerabilidad de todos. Y eso hace de Gabriela performer, artista tan mayúscula como Daniel Day-Lewis. Gabriela no juega con su intimidad, no se confundan. Lo de Gabriela es la neointimidad, es decir, amagar el núcleo para mostrar la forma. Gabriela no nos deja ser espectadores pasivos. Nos sumerge en un ejercicio superlativo que nos muestra el perfume intenso de la vida del que hablaba Rilke y que pone en jaque todas las intimidades. Gabriela nos salva por que nos da una esperanza: La intimidad como bien profundo. La intimidad por encima del exhibicionismo. Daniel Day-Lewis no lo soporta, y tras años de deconstruirse film a film, se retira a Italia y se hace zapatero. Cinco años después volverá. Pero durante cinco años dejará de ser. “Gabriela Wiener parece haberse convencido de que ser periodista consiste en ser Ulises y Homero a la vez”-dice Juan Bonilla en una crítica del libro. Ella no nos abandona. Se queda. No nos condena. Nos disfruta. Y nos sitúa frente al espejo, pero nos cuida.

Muchos jóvenes de nuestros días no podrán prosperar nunca, verán, incluso, caer la calidad de vida que tuvieron durante la infancia. Es la letra no escrita de la crisis económica que azota a Occidente, dice el periodista Carles Capdevila en un artículo que se me cruza mientras escribo este texto. Sería interesante que las crisis temporales sirvieran para revisar comportamientos. Pero nadie sabe lo que puede durar una crisis. Los gobiernos temen que no les votemos, y prometen que las crisis durarán poco. Nadie sabe cuándo los superhéroes saldrán de sus escondrijos para volver a salvarnos. Los que leímos sus aventuras antes de que Alan Moore nos los matara, nos aferramos a la absurda idea del retorno. Quizás sea mejor atender a Gabriela, aprender con Ella que el dolor duele, que el placer place, que el cinismo de poco sirve, y que la intimidad está en el centro de un laberinto, que los superhéroes no llegaron antes ni llegarán ahora.

Muchas de las obras de arte que se dan en nuestros días perecerán. Perecerán muchas de las formas que toma nuestra vida. Watchmen y Wiener serán cardinales mañana para entender lo que fue vivir sin supermanes hoy. Temo que dentro de cien años nada quedará de nosotros más que un puñado de textos e imágenes como los de Moore o los de Gabriela. Hace 20 años se suicidaban los de veintitantos. Ahora se están empezando a suicidar los cuarentones. ¿Quién coño le mandaría a David Foster Wallace, ahorcarse mientras escribo esta crónica? Gabriela no nos dejes nunca, enséñanos tus heridas que son las nuestras; pero cuídalas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario