martes, 27 de diciembre de 2016

Cuadernos Madre (2015). (nouvelle)

Cuadernos Madre
  
Madre se llama Lolita. Lola, para las monjas enfadadas. Madre y sus tres hermanos son abandonados cuando el abuelo Eduardo muere. Tuberculosis. Todo el mundo muere de tuberculosis en 1944. Contrae la enfermedad en un campo de refugiados en Francia. Huye de la Barcelona ocupada por los Nacionales. La abuela se llama Dolores. La abuela enloquece, desaparece, se muere te dicen, pero resucita en Granada, y funda otra familia. Madre tiene entonces cuatro hermanos más. Nunca tienes  agallas para leer los Cuadernos que todo lo explican. Al desaparecer la abuela, Madre y sus hermanos son internados en un orfanato. Le regalas a Madre unos cuadernos para que narre, para que cuente ese veneno. Lo hace. Pasa varios meses escribiendo, perforándose las entrañas.

– Hay días en que acabo llorando. Hay días en que paro la escritura para no seguir llorando-

Madre hace balances. Margarita, su hermana mayor, ha muerto, la economía se trunca, la salud mengua, la cotidianidad da bruscos giros, aflora la edad provecta. Luego viene aquello de que ya te los dejará leer, pero ahora no, que están mal escritos. No tienes prisa. Te asustan los Cuadernos. El abuelo Eduardo muere por tuberculosis. La abuela  Dolores enloquece, desaparece. La creen muerta, pero funda otra familia en el sur. Madre vive más de diez años en un orfanato regentado por lóbregas monjas. Un día te armas de valor, le pides a Madre que te deje leer los Cuadernos, que te gustará escribir sobre ellos, a partir de ellos, por culpa de ellos. Madre vierte en los  Cuadernos la infancia de posguerra, las tinieblas, los despotismos, el dolor, la sustancia. Te los niega.

 – Debería rescribirlos, hay cosas que no me gustan- dice. No la crees. Si no puedes leerlos, los Cuadernos se te clavan. Una lluvia esclaviza tu pecho.

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El tema “es el modo en que las historias de cualquier lugar son también las historias del resto de lugares”, dice Salman Rushdie bajo la lluvia. Madre un día rompe su silencio. No te deja leer pero te cuenta:

- Éramos muy pequeñas. Mi hermano Eduardo estaba interno. Demasiadas bocas que alimentar en casa. Mi padre, tu abuelo, había regresado de Francia. A los que huían de la Guerra los metían en campos de refugiados, cuando enfermaban, los repatriaban. Vivió tres años más. En ese periodo nos tuvo a las tres hermanas restantes. Con diez meses de diferencia entre una y otra. Murió. No sé si fue la tuberculosis o el alcohol. La Tía Carmen nunca me contó, pero a Padre siempre le pudo la mala vida. Mi madre nos llevaba a visitar de tanto en cuanto a Eduardo. Un día nos dejó allí, sin avisar, sin papeles, por que sí. Tardó dos años en atreverse a venir a visitarnos. Luego vino alguna vez. Hasta que ya no vino más. Tenía dinero; vendió tres pisos. Le molestábamos. Fue a parar a Granada. Por allí se casó con otro tunante. Tuvo cuatro hijos más, que no eran ya ocho sino nueve, porque en medio había tenido otro con un tal Salvador. Le traté un poco, vamos, casi nada. Entre abortos e hijos mi madre tuvo 12 embarazos. Su hermana, la Tía Carmen dejó de hablarla cuando nos abandonó en el orfanato. Tía Carmen era cocinera. De haber podido nos hubiera criado. Nos visitaba, nos sacaba de allí dentro cuando libraba. Tía Carmen fue como una madre. Yo tenía catorce años y estaba a punto de dejar a las monjas. Doña Rosario y el Señor Clemente querían adoptarme.Una de esas adopciones que se estilaban en la época. Una familia de la burguesía pudiente se lleva a una niña sin padres criada por monjas, para que ayude en casa, el negocio o haga compañía a algún anciano familiar. Mi madre vino un par de veces a buscarnos al Asilo. Quería que Margarita y yo fuéramos con Ella a Granada. Tenía cuatro hijos allá y necesitaba que nos pusiéramos a trabajar. Yo le dije que ni por estas, que por qué no se llevaba a Conchita que era la pequeña, tenía ocho años y necesitaba salir de allí, necesitaba una madre. Pero no quiso, no le interesaba otra boca que alimentar, quería mano de obra. Me negué a marchar. Mi madre enfureció. Pero en terquedad no hay quien me gane. Cantaba muy bien. El párroco que oficiaba los domingos estaba encandilado con mi voz. La madre superiora avisaba a las monjas, “no enfadéis a Lola esta semana, la necesitamos el domingo”. Por que cuando me enfrentaba a las monjas no había quien me sacara del silencio. Si me castigaban o regañaban ya podían pegarme, yo mutis, callada, desafiante, sin cantar. Una vez nos llevaron al Pabellón de Clasificación de Montjuïc. A los presos les encantó. Yo me sabía todos los éxitos de la época. Cantaba Lola Flores, o todo lo de Machín. A la gente le entusiasmaba Antonio Machín. A veces me escapaba del Centro e iba a cantar y bailar por los bares. Sacaba buenas pesetas. Luego me castigaban en el Hospicio. Pero tanto daba. Ya estaba casada con Papá; cuando Margarita tuvo el accidente. Fuimos a verla al hospital. En la habitación me encontré con mi madre. Estaba pasando una temporada en Barcelona con una de sus hijas granadinas. Me recriminó, como siempre. Exigió ir a vivir conmigo, que me tenía que ocupar de Ella, que era viejita, que era mi madre. Le dije que no, que Ella no era una madre. Me abofeteó. Fue la última vez que la vi. Vivíamos en Madrid cuando Tía Carmen me llamó para decirme que mi madre había muerto. Tú no debes acordarte; conociste una vez a tu abuela. Fuimos a ver a Tía Carmen y allí estaba. Soy la abuela, dijo. “Tú no eres mi abuela, mi abuela es la Yaya (la abuela paterna)” contestaste, ¿qué ibas a saber? Mi madre puso mala cara, pero no dijo más.

Mucho de lo que oyes nunca antes lo habías oído. Te dio por creer en un final heroico para el abuelo Eduardo. Pero Madre desmiente. No queda claro que le ronda: tuberculosis, borracheras, vida pendenciera, cuatro hijos con una mujer de 24 años. Poca hazaña. La abuela Dolores no enloquece aunque lleva vida alocada. ¿Cómo se abandona a un hijo? ¿Cómo se abandona a cuatro? ¿Cómo se abandona a todo el mundo? No paras de imaginar a aquellas niñas asustadas que van a visitar al hermano mayor y ya no dejan el Asilo. Carencias, infamias en nombre de Dios. Nunca faltó tanta caridad como en las monjas que regentan aquella institución. Nunca se le llenó a nadie tanto la boca de bondad como a aquellas putrefactas frígidas que hablan mientras pegan, castigan, maltratan. ¿Cómo puede alguien en nombre del amor a los demás, manifestar tanto rencor? Nunca lo entiendes. Nunca lo entenderás. Para Lolita son años en los que aprender a sobrevivir, en los que trapichear la vida, en los que endurecer el alma y educarse en la desconfianza. Luego la adopción burguesa. Familia bienpensante de alta cuna. Doña Rosario yerma, podrida, resentida por el desabrimiento del útero. El Señor Clemente encantador, circunspecto, educado, patrono de sus dominios, con una más que probable vida doble. Le imaginas querida y misa de domingo, aunque Madre dice que no, que es todo un señor. Le ves ajeno al dolor recóndito de las profundidades de su  mujer. Madre es adolescente, sobrelleva otro sufrimiento. Primero el hambre de la Postguerra, el abandono, el maltrato físico, después el psicológico. Niña ignorante a la que se le abren las puertas de la cultura. Piano, canto, Trivium y quadrivium, sociedad, posibles. Pero no se le va el miedo impregnado. Ni cuando conoce a Papá, ni cuando tiene hijos; ni cuando le viene la vejez se le marcha el miedo. Adolescente a la que siempre se le recuerda el origen, a la que se exige agradecimiento perpetuo, a la que nunca se le da afecto. “Todos seréis marineros hasta que el mar os libere” cantan Jesucristo y Leonard Cohen.

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1

Lolita lamenta escribir. Lo que va a relatar es la historia de su vida a partir de los tres años. No quiere escribir, que sus hijos lean. Nunca antes explicó con detalle.

-Anda Mamá, déjame los Cuadernos-

-Toma, aquí los tienes. Pero si escribes algo a partir de esto, cámbiale los nombres a la historia-.

¡Coño!, qué sorpresa; esto si que no lo esperas. Hace nueve años que Madre redactó los dichosos Cuadernos, y nunca encuentra el momento de dejártelos. Ahora, los tienes en tus manos. Los lees en cuatro noches.

“Lo que voy a relatar es la historia de mi vida a partir de los tres años. Siento escribir, y que mis hijos lo lean; nunca les expliqué con tanto detalle”.

2

 El mundo está en guerra mayúscula, “La Segunda Guerra Mundial” anuncian las radios. Lolita no recuerda los días, ni el tamaño del conflicto bélico, ni las casas, ni las calles, ni los periódicos; pero recuerda las radios. Tía Carmen le cuenta mucho tiempo después que antes de terminar esa Guerra gigante, llevan a sus Padres a un campo de refugiados en la Francia. Por aquel entonces sólo tienen un hijo, Eduardo (Eduardito lo llaman para distinguirlo de Padre). Dolores viaja a Francia con Eduardito en los brazos, embarazada de Margarita. A los pocos meses de marchar, junto a otras mujeres con niños pequeños, la repatrían. Los maridos como borregos, hacinados en los campos. Los enfermos, las embarazadas, los niños, repatriados. En España hay mucha miseria por lo de la Guerra en mayúsculas y por lo de esa otra guerra de los tres años de la que es mejor no hablar.
Dolores llega a Barcelona. Nace Margarita. El nacimiento de Margarita no es acontecimiento feliz. “Nada le apetecía criar hijos y no poder vivir como le viniera en gana”, describen los Cuadernos. Por ser la menor de catorce hermanos, por ser la menor y la más lista con diferencia, Dolores es una adolescente consentida. Unos tíos sin hijos la quieren adoptar, pero a Dolores no le gusta la idea de vivir sujeta, controlada. Lo único que le gusta de sus tíos es el dinero, los caprichos, las fincas. Los tíos quieren pagar, los estudios, los caprichos, las fincas. Dolores desaprovecha la oportunidad.

Tiene diecinueve años, lleva a sus espaldas dos hijos (Eduardito, Margarita), un aborto. Le anuncian que Eduardo, su marido, está muy enfermo allí en la Francia. De los campos repatrían a las embarazadas, a los pequeños, a los enfermos. Tía Carmen dice que vaya a buscar a Eduardo. Dolores se resiste; no quiere dejar su vida alegre para reunirse con el que sólo miserias puede darle. Tía Carmen erre que erre, intenta conducirla por el buen camino. La convence. Dolores marcha a buscar al marido. Pero regresa sola, con otra barriga. Todos se enfadan. Dolores hace lo imposible por abortar. Tía Carmen ya le ha pagado un aborto, no sale de su asombro y esta vez, a pesar de la insistencia de Dolores, se niega a pagar el segundo. Está muy enfadada, está harta de que todos trabajen como mulos, de las penurias que pasan, de que su hermana Dolores siempre lo postergue todo. Ese bebé concebido en la Francia pero nacido en Barcelona es Lolita.

Dolores está a punto de dar en adopción al nuevo bebé. Los tíos suyos esos tan adinerados, ofrecen ser padrinos, como se es padrino en aquel entonces, poniendo dinero, pagando los estudios, los caprichos, las fincas, decidiendo todo, hasta el nombre. Quieren llamar al bebé “Desposorios”. Dolores no consiente. ¡Qué coño de nombre es ese! Dolores no acepta que sólo por que la tía protectora se llame así, el bebé quede condenado a su dictado hasta en el nombre. La adopción no llega a buen término. Dolores pide dinero. Los tíos dicen que a Desposorios, a Lolita, al bebé sin nombre, le darán todo, que más adelante será la heredera, pero que a Dolores Madre no le dan ni un duro más, que ya le han dado antes, que es una desagradecida, que han intentado llevarla por el buen camino, le han querido pagar la carrera de magisterio, y Ella erre que te erre por descarrilarse. Mucho discuten. La relación con los tíos se rompe. Ni padrinazgo, ni adopción. Tía Carmen es la madrina de Lolita. Bautizan a Lolita con el nombre de Dolores, aunque la llamarán Lola cuando se enfaden (en la partida de nacimiento Lolita acaba por llamarse Dolores Carmen Desposorios. Quizás los tíos adinerados pagan algo. No se entiende que después del revuelo, cincelen a Lolita con  el nombre rechazado).

Pasa un año, y luego medio año más. Un día llaman a la puerta. Tía Carmen pega un grito al abrir. ¡Lola…Lola, Dolores, ven enseguida!-. Es Eduardo, el marido, que regresa del infierno. Enfermo, lleno de miseria, desahuciado por las autoridades francesas que repatrían a embarazadas, niños, enfermos. En unas semanas Dolores se queda de nuevo embarazada. Tía Carmen no entiende. ¿Qué coños tiene Dolores en el bajovientre? Nace Concepción-Nieves, a la que llaman Conchita. Al poco de nacer Conchita, Eduardo muere, con veintisiete años. Ahí empieza la historia que Lolita no quiere escribir, que no quiere que nadie lea. Dolores tiene veinticuatro. Eduardo muere tuberculoso, como todo el mundo en 1944. Pasan dos guerras, una que dura tres años de la que nadie habla, otra mayúscula que empieza en Los Pirineos y llega hasta Japón. Dolores, cuatro hijos. Conchita dos meses, Lolita no ha cumplido tres años, Margarita cuatro, Eduardito cinco y medio. Dolores, veinticuatro, viuda, cuatro hijos, dos abortos, dos guerras. “La vida es demasiado corta para vivir una sola pasión”, dicen que dijo Romy Schneider.

3

Veinticuatro años, cuatro hijos. Dolores se lía la manta a la cabeza, vende (“mal vendidos”) unos pisos que tiene en propiedad. “Uno en la calle Dos de mayo, otro en San Rafael, el más grande y precioso en el Paseo San Juan. Todos en Barcelona” (¿Cómo diantre puede tener tres pisos la abuela Dolores? ¿Dónde está la miseria que se le supone?).

– Después de eso nos deja “abandonados” en el Asilo de Nuestra Señora del Port - cuenta Lolita. 

En el Asilo interna legalmente primero a Eduardo. Ella misma lo lleva. Durante un tiempo lo visita con regularidad. En una de esas visitas acompañan las tres hermanas. Margarita, Lolita, Conchita. Están contentas; van a ver a su hermano. Cuando termina la hora de visita, Dolores desaparece, las deja allí “abandonadas”. Los Cuadernos siempre entrecomillan la palabra “abandonada”. Lolita recordará aquel abandono cada día de su vida. Algo que muere dentro de Ella aquella tarde, pasará a las siguientes generaciones. Las monjas se percatan de la falta de la Madre, las niñas lloran, preguntan, no entienden. Conchita año y medio, Margarita cinco. Lolita cuatro. “Aquí llegan los días tristes”, dicen los Cuadernos. Las hermanas no entienden, no saben, lloran. ¿Qué diablos pasa? De repente sin familia, encerradas en un lugar lleno de niñas desconocidas y monjas lúgubres, en el Asilo de Nuestra Señora del Port.

“En un humilde barrio había una vez un humilde asilo. Lo regentaban humildes monjas y albergaba humildes gentes…” escribe Paco Candel. Manda huevos que el escritor valenciano residiera desde la infancia en el mismo barrio de Barcelona en el que Madre pasó la suya. Aún más sorprendente resulta que Candel decidiera escribir una novela contando cierta leyenda sobre los supuestos amoríos entre la superiora del convento que albergaba el Asilo donde estuvo Madre y un botiger del barrio (El santo de la madre Margarita, editorial Ronsel, 2004). El señor Campreciós, militante acérrimo de Esquerra Republicana, salva a quince monjitas del Asilo y se enamora de la superiora del convento, la  madre Margarita. Las salva de una muerte segura en una Barcelona agitada, cuando los de la FAI de las Casas Baratas van por ahí quemando iglesias, violando monjas, fusilando beatos. Luego entran los Nacionales, y se acaba la guerra de los tres años de la que nadie habla, y entonces es la madre Margarita la que salva al botiger rojo, y las monjas son muy buenas por su dedicación a esos huérfanos y ancianos, cuando además todos en el barrio tienen “la creencia de que el Asilo era un almacén de carne inútil”. El libro de Candel provoca nauseas de tan ñoño que resulta.

El Asilo de Nuestra Señora del Port en el que entran Lolita y sus hermanas, no es el de la fábula de Candel. Hay varias secciones: una de niñas; el pabellón de señoras; el sector de niños y hombres. La vida es recia, monótona. Se levantan a las siete; van a misa; después al gran comedor a mal desayunar. Tras el desayuno, unas horas de clase (lectura, dictado, sumas, restas). Hacia el medio día fin de las clases, y “como quien suelta a un rebaño de ovejas”, al patio a pastar hasta la hora de mal comer. A la una y cuarto al comedor. La ración escasa, a veces repugnante. En una ocasión, de las grandes cacerolas del rancho, sale una bayeta de fregar. En otra un estropajo. La comida la preparan en la Sección de los hombres. Son ellos los que cocinan para todo el Asilo. Menos para las monjas. Las monjas tienen su cocina privada. Una monja cocinera con ayudanta guisa para las del convento. Más tarde, una de esas ayudantas de cocina será Margarita. Eso lo cuentan los Cuadernos. Antes de leerlos, toca rasguear  los “años duros” de Lolita y sus hermanas.

Las monjas indagan para encontrar a la Abuela Dolores; todo parece inútil. Los peores días son los domingos. Por las tardes después de comer, hacia las cinco, la mayoría de las niñas reciben visita familiar. Las tres hermanas se quedan solas en el patio, en un patio distinto al de los encuentros familiares, cerrado por rejas, vigiladas por una señora que intenta ser agradable mientras borda. Los domingos las monjas y las señoras bordan, chismorrean, cantan. Eso también lo cuenta Candel. Pero ninguno de los adjetivos del escritor, coincide con los sustantivos que narran los Cuadernos. Las tres hermanas, al otro lado de la verja, ven a las demás riendo, comiendo golosinas. Margarita, Lolita, Conchita, un rato lloran, otro juegan. Si algún domingo hay niña que por lo que fuere no recibe visita, también va al patio vallado. Los juegos mejoran. Se distraen cantando, saltando a la comba, jugando a la “charranca”.

Casi todas las niñas internas están en el Asilo por problemas familiares. Padres separados, malos tratos, padres borrachos, padres que abandonan, padres descarriados, padres repudiados. Madres de mala vida. Eso si, a pesar de los pesares, a casi todas vienen a verlas domingo si domingo no. Eso lo recalcan los Cuadernos. Lolita ha sido “abandonada” hasta de visitas. No lo olvidará ni un solo día de su vida.”Por lo menos domingo si domingo no” repiten una y otra vez los Cuadernos. La Abuela Dolores está varios meses sin venir. Las hermanas se acostumbran a los domingos de llanto y patio. El Tutelar de Menores acierta en sus averiguaciones, localizan a Dolores. Así, tras casi un año, legalizan el internamiento de las niñas. El Tutelar obliga a Dolores a visitas al menos quincenales. Para las hermanas es una alegría ¡Han localizado a Madre¡ !Vendrá a verlas los domingos! ¡Quizás las saque de allí pronto! Son muy pequeñas, no entienden, pero ya no se preguntan porqué están allí, sólo ¿porqué tanto sacrificio le cuesta a Madre ir a verlas?

Llevan con las visitas quincenales un largo periodo, cuando de repente Dolores Madre vuelve a esfumarse. Años más tarde, indagando con la Tía Carmen, Lolita empieza a deducir. Resulta que antes de esta nueva desaparición, Dolores Madre las ha visitado alguna vez en compañía de Salvador, un señor apuesto, muy alto. Dolores lleva un bebé en los brazos. Les dice  que el señor es tío Salvador y el bebé su primo. Durante varios domingos las visita con “tío” Salvador pero sin la criatura. A Lolita le gusta mucho la visita de su nuevo tío. Es un señor guapo, simpático. Alza en brazos a la pequeña Lolita, le hace tocar techo. Lolita insiste una y otra vez. A Margarita no hay manera de hacerle ninguna carantoña, es muy arisca. Conchita, demasiado pequeña para zarandearla. Pero a Lolita la alza una y otra vez. Son felices domingos, en la memoria escrita de Lolita.

De repente un día, Dolores Madre y tío Salvador no aparecen más… domingo a domingo pasan cinco años en los Cuadernos. Domingos malos, tristes, con llanto, con patios solitarios tras la verja. A las varias semanas las hermanas se acostumbran de nuevo a la soledad de los domingos. Algunos, hasta son buenos. Días de juego, de baile. Un domingo bailan un “Bugui Bugui”. La pequeña Conchita se apunta al “Bugui Bugui” y todas ríen su desparpajo.  Otro domingo, –¡ tenéis visita!- anuncia la monja de turno. Es Tía Carmen con su hermana Josefina y una niña de más o menos la edad de Lolita. Cuando se sobreponen de la sorpresa, empieza un domingo que Lolita recordará por mucho tiempo. La Tía Josefina pide a la prima, que tiene la misma edad que Lolita, que cante una tonada popular. Según las tías, la prima tiene preciosa voz. La prima canta “Islas Canarias”.  Aunque no tiene mala voz, de vez en cuando se va de tono. Desafina. Canta la prima cuando se acerca la monja que vigila los encuentros familiares, Sor Mª Luisa. Le da un beso y la felicita por su canto. Sor Mª Luisa cuenta que Lolita también tiene buena voz. Lolita canta entonces “Angelitos Negros” de Antonio Machín. A Tía Carmen se le caen las lágrimas. Las tres hermanas son, a pesar de los pesares, las sobrinas predilectas. Son las hijas de su hermana Dolores, a la que adora por muchas “perrerías” que se saque de la manga Dolores. Ese día de visita, Tía Carmen les trae un bocadillo de tortilla de patatas. “Fue lo mejor que había comido en  mi vida”. Conchita, guarda la mitad del bocadillo y alguna de las golosinas que traen las tías, para saborear más tarde. Normalmente, después de las visitas, las monjas recogen los paquetes de las familias, los administran en las meriendas de los siguientes días. Muchas niñas se quejan de que no todo lo que les han llevado les llega. Las monjas tienen niñas predilectas, y estas siempre reciben los mejores extras. Candel se equivoca, o se calla las negruras del Asilo por fidelidad  a su barrio.

Empiezo a desear un lenguaje parco para abordar los Cuadernos Madre. “Un lenguaje parco como el que usan los amantes, palabras rotas, palabras quebradas, como el roce de las pisadas en la acera, palabras de una sílaba como las que usan los niños cuando entran en un cuarto donde su madre está cosiendo y cogen del suelo una hebra de lana blanca, una pluma, o un retal de chintz. Necesito un aullido, un grito”, decía Virginia Woolf.

4

Montsita está siempre enferma, con fiebre, muy desganada, llora mucho. Recibe pocas visitas. Lolita no le recuerda madre, acaso un padre pendenciero, y los padres pendencieros poco tiempo tienen para visitar niñas huérfanas. De vez en cuando un hermano que tiene por ahí, trae una docena de huevos, para que las monjas le hagan tortillas, para que Monsita se ponga buena. Las monjas le hacen dos, tres tortillas. Del resto de huevos nada se sabe. Los días que come tortilla, Montsita revive. Un día la niña llora más de la cuenta, dice que se encuentra mal, está desganada, con fiebre. – Como siempre- piensan las monjas. No hay huevos ese día. Por la tarde, después de las clases Monsita llora que te llora, dice que le duele. Una de las niñas mayores le toma la temperatura. Está ardiendo. La monja encargada la envía a los dormitorios antes de cenar, a que se ponga en cama  y sude la fiebre. Después de la cena, forman a las niñas en filas de a dos, y así rezan las oraciones nocturnas  antes de retirarse a los aposentos. Cuando llegan al dormitorio una grita, otra señala a Monsita, todas lloran. La Madre Anunciata y Sor Mª Luisa se acercan a ver de qué diantre va en esta ocasión el barullo. Constatan la frialdad del cuerpo de la niña. Monsita ha muerto. “Con razón decía la pobrecilla que se encontraba mal”. “Había muerto solita sin que nadie le diera una sola palabra de consuelo”-escriben los Cuadernos. Las monjas intentan localizar al hermano. Cuando este llega se arma un revuelo tremendo. El hermano grita, trata a las monjas de ladronas e inhumanas. Se ha enterado de que le escatimaban los huevos a Montsita. Durante varios días en el colegio no se habla de otra cosa (En adelante los Cuadernos escribirán “colegio” en vez de asilo). Monsita muere de tuberculosis, porque todo el mundo moría de tuberculosis en aquel entonces. A los pocos días el Asilo vuelve a la normalidad. Juegos, llantos, patios con verja.

5

Algunas niñas se orinan en la cama. El castigo consiste en pasearlas durante toda la mañana con las sábanas meadas en la cabeza. Las otras se burlan, se ríen. Un día, una de las meonas resulta ser Margarita. Tiene nueve años. Lolita corre hacia Ella, le quita la sábana de la cabeza, les pega un par de sopapos a dos niñas que ríen. Sor Presentación le da una bofetada a Lolita, pero Lolita se resiste al castigo y saca la sábana de la cabeza a Margarita. Desde ese día, todas las noches, Lolita se levanta cuando el Asilo duerme y va a las camas de sus hermanas, con sigilo. Las levanta, las obliga a ir al lavabo. Esta operación la repite tres, cuatro veces cada noche hasta que cae fatigada por el sueño. A veces llega tarde; coge una bayeta, limpia bajo la cama, borra el charco de orín, seca las sábanas como buenamente puede. Lo de secar el charco resultaba infalible, las monjas se guían por la humedad de la sábana, pero sobretodo por el charco bajo la cama. Cuando es Conchita la que se mea, Lolita saca la sábana a media noche, la pone bajo las suyas. A veces duermen juntas Lolita y Margarita para secar con su calor la sábana húmeda de Conchita. Incluso duermen juntas las tres si hace falta, lo que sea para secar las sábanas.

6

Lolita es solista del coro de la Iglesia. Cada vez que se celebra la onomástica de alguna monja, Lolita canta. La misa de las grandes celebraciones es siempre cantada. Un día, mientras Lolita canta, se oye un gran estruendo. Mientras canta, una niña cuenta por lo bajini que alguien ha se ha desmayado. Termina de cantar, miran desde el coro, ven las niñas cantoras que la desmayada es Margarita. Lolita quiere socorrerla, pero Sor Anunciata se lo impide, todavía le quedan dos solos que cantar. Lolita se niega a cantar. Dice que como no le dejen ir con su hermana, no cantará más. Sor Anunciata le da golpes secos en la cabeza con la base de un lápiz. Lolita no canta. Sor Anunciata le da. Cuanto más fuerte golpea el lápiz, más se resiste a cantar. Lolita pasará varios días con la cabeza dolorida. En un descuido de la monja lapizona, Lolita se escabulle escaleras abajo al encuentro de su Margarita. “Le pregunté qué había pasado. La pobre no recordaba nada”. -Se ha desmayado y sacaba espuma por la boca- cuentan otras niñas. Es el primer ataque de epilepsia de Margarita. Lolita abraza a su hermana, se echan a llorar. Margarita tiembla, está muy asustada. Después de la misa, Sor Anunciata le da un fuerte coscorrón a Lolita, la guinda tras los bastonazos a lápiz. La castigan sin salida. El resto de niñas irá a la playa. Lolita contesta “que no me importa, que ya no volverá a cantar nunca más”. El castigo se cumple, a Lolita le importa un carajo ir a la playa. Jura y perjura que no volverá a cantar. Lolita seguirá cantando.

A las niñas se las castiga por meonas, por que hacen tachones en sus cuadernos de clase, por epilepsia, meningitis, por que no cantan bien, por creer que media docena de huevos son seis, por contestonas… Los días de castigo no son demasiado malos, aunque den rabia. La monja encargada de vigilar a las castigadas es medio sorda. Las niñas aprovechan cualquier descuido para escaparse a la despensa y hacer acopio de lo primero que pillan. Después, cruzan el gran comedor hasta donde están las clases y buscan el piano para aporrear las teclas. La monja está sorda como una tapia.

Otro día  vienen unas niñas corriendo;  avisan a Lolita de que Sor Anunciata está mojando a Margarita con una manguera. “Mi hermana se había sentido mal y andaba algo indispuesta, no le dio tiempo de ir al lavabo, se había ensuciado encima”. A manguerazo limpio soluciona Sor Anunciata la indisposición de Margarita. Lolita insulta. Sor Anunciata moja también a Lolita, que monta en cólera y suma a su retahíla de improperios la amenaza de no cantar en la próxima fiesta de “Corpus”. Esa es una de las celebraciones grandes. Sor Anunciata toma muy en consideración las amenazas de Lola. Siempre que regañan a Lolita, Lolita es Lola. Sor Anunciata les da unas toallas para que se sequen y las envía a los dormitorios. Les llevan la cena a la cama, les traen ropa limpia y seca. Siempre antes de las grandes celebraciones, tratan con esmero a Lolita por muy Lola que se ponga. En Corpus,  cuando faltan pocos días para la celebración de las Bodas de Plata de la Madre Superiora, en Navidad. 

La mañana empieza con misa solemne, buen desayuno, patio, buena comida, obra de teatro, poesía. Sor Mª Luisa enseña a Lolita a recitar con emoción. La velada poética causa sensación entre los asistentes. Los Cuadernos lloran cuando recuerdan.

Superiora dulce y buena.
Madre y flor, flor de azucena,
de este huerto de María
reciba la enhorabuena
que su Colegio le envía.
Madre, nos quisiéramos volver
en rojas, muy rojas flores,
 y con ellas coronar
su alma blanca de azahar,
en bella señal de amores.
Nos quisiéramos trocar,
arpas de marfil y oro,
y en su corazón tañer,
para allí decirle a coro
nuestro indecible querer…

En Navidad, fiesta grande. Se adorna la Iglesia. Las niñas vestidas de “angelitos”,  en la escalinata junto al altar mayor. Cantos. Lolita tiene cinco años cuando canta en la Iglesia su primer solo. La suben a una silla para que todos puedan oír bien. El desayuno de ese día es chocolate con bizcochos. La comida copiosa, el postre dos trocitos de turrón. Margarita, Lolita se guardan uno de los trozos para saborearlo en otro momento. Por la tarde, función de teatro, “Los pastores de Belén”. Lolita hace de un pastor llamado “Borrego“. Las niñas le ríen el nombre con cautela, Lolita tiene malas pulgas cuando le ofende una risa. A Borrego le ponen un pedazo de pan y queso en el zurrón durante los ensayos. Cuando llega el momento de comérselo en escena, casi nunca lo tiene. Entonces coscorrón, regañina. “Los pastores de Belén” es comedia y melodrama al tiempo. Borrego llega, explica a los otros pastores la terrible escena que ha presenciado. San José y la Virgen buscan posada. La Virgen está embarazada, a punto de parir. En todas las puertas les niegan aposento. Casi todo el papel de Borrego es cantado. A Lolita no le gusta llamarse Borrego, no le gustan los pantalones llenos de remiendos, el chaleco de piel de oveja. Pero le gusta el pan, el queso, le gustan las canciones. Lolita quiere un vestido de pastora, de Virgen María, una túnica como la de los Reyes Magos. Conchita también tiene buena voz, la ponen en el coro de angelitos. Conchita se enfada, por que su vestido es azul y Ella quiere ser angelito rosa.

El día de representación todo es animación. Después de los trozos de turrón, las niñas que actúan se encierran en un salón para pintarse y vestirse, repasan textos, canciones. Sor Mª Luisa y la Madre Anunciata son las encargadas del ensayo. Sor Mª Luisa espera al último momento para darle a Borrego el zurrón con queso y pan. El día de la representación los trozos son grandes. Sor Mª Luisa es pequeñita, regordeta, alegre. Es la que enseña a las niñas a interpretar sus papeles, es la que enseña emoción en las poesías. A todas les gustaba mucho ver a Sor Mª Luisa interpretar, saltar, reír, llorar en sus actuaciones.

Hay teatro en Navidad; también el día del Santo de la Madre Superiora. Lolita interpreta  “La gitana Azucena”. Un dramón en el que se descubre que la pobre Azucena es en realidad hija de los ricos señores de una mansión y la hija de estos, paradojas del destino, hija de unos gitanos. A la representación acuden del “Tutelar de Menores”, del Ayuntamiento, personalidades de la “Beneficencia”. Un tal señor Luis Vives (Gran benefactor de los centros de acogida), viene acompañado de su esposa y dos  hijos, un joven y una señorita muy elegante. Lolita no recuerda a ningún señor Campreciós. Les gusta tanto la obra que al acabar la función van a felicitar a las niñas. Les hacen varias preguntas sobre su vida en el Hospicio ¿Estáis bien atendidas, coméis bien? Por supuesto esperan una respuesta afirmativa que calme el fervor de sus conciencias. Pero Lolita no calla ni bajo el agua. Sólo comen bien cuando vienen benefactores o personalidades, cuenta. Una monja la coge con disimulo del brazo y la va apartando de la primera fila donde estas las niñas más condescendientes. En voz baja y muy despacio la madre Anunciata le dice:

-“Lola, como siempre, has metido la pata”- Lolita se llama Lola cuando la regañan las monjas. El señor Vives premia a las niñas invitándolas a pasar un día en su casa. Quieren que vaya la pizpireta Lola y otra niña escogida por las monjas. En los días siguientes, la madre Anunciata inventa un juego para seleccionar a las agraciadas que irán a casa de los Vives. La primera que acabe el dibujo completo de los cinco continentes irá, la que mejor presente este trabajo. Lolita, Lola, sospecha. La que mejor presenta siempre los trabajos, la niña predilecta de la Madre Anunciata, es la cursi de Juanita Elías. Juanita tiene dos hermanas en el asilo, Carmen, Conchita, dos hermanos fuera, Pepe, Manolo. Manolo se prepara para ser torero. Parecen pertenecer a una familia de clase media.  Lolita no entiende porqué se encuentran allí internadas las niñas. Padres separados, malos tratos, padres borrachos, padres que abandonan por que sí, padres descarriados, padres repudiados. Madres de mala vida. Las hermanas Elías reciben buenísimos regalos los domingos de visita. Lolita recuerda que SS.MM. Los Reyes Magos trajeron muñequita Mariquita Perez a las niñas.

Lolita y Juanita Elías tienen que partir hacia casa de los Vives. Pero Sor Anunciata castiga a Lolita, le recuerda su inexcusable metedura de pata con los Señores benefactores, e informa de que será María Cuellar la que irá en su lugar por que ha hecho muy bien el mapa de los continentes. Hacia las diez de la mañana un chofer recoge a las elegidas. Falda azul, blusa blanca, zapatos lustrosos, una rebeca también añil, calcetines nuevos, blancos, perfectos. “Iban tan bien arregladas que parecían niñas de buen colegio”. Cuando Lolita las ve llora de la rabia. Sor Anunciata ha leído la cartilla a las niñas, les ha dado instrucciones precisas de lo que deben contar si el señor Vives hace alguna preguntas. Si preguntan por Lolita, “lamentablemente Lolita tiene fiebre”. Durante todo el resto del día Lolita está enfadadísima. Jura y perjura que la próxima vez que se cruce con el señor Vives le contará todo. La conversación se sella con un coscorrón. Cuando regresan, Juanita Elías, María Cuellar, no hacen otra cosa que hablar de la casa de los Vives, del buen trato recibido, de obsequios, golosinas, risas, alegrías. Han traído un regalo para Lolita pero Sor Anunciata se lo ha quedado. Jamás sabrá Lolita de qué se trata. Jamás olvidará la injusticia de aquel regalo que no llegó.

7

Cuando llega el otoño, a Lolita, a las niñas que cantan o recitan, después de la merienda, las obligan a abandonar el patio y dirigirse a los dormitorios. Una manera de proteger sus voces del frío. A Felisa, niña “tocada en un pulmón”, también la alejan de los fríos. Lolita se constipa mucho. En una ocasión coge una bronquitis aguda, le suministran inyecciones balsámicas durante un año entero. A Felisa, a Lolita les gusta mucho irse a dormir antes que las otras niñas, una oportunidad para el juego, para cenar al margen del comedor central, en la enfermería, en bandeja, la comida especial que preparan sólo para enfermas. En la sala hay trece o catorce camas. Allí mandan a las niñas con síntomas austeros. El Doctor Doménech viene todos los miércoles. Da instrucciones a Sor Filomena. La monja-enfermera pone inyecciones, hace las curas, suministra las dosis acordadas por el Doctor. Lolita tiene buen recuerdo de la actuación de Sor Filomena. “Pero si algún día la mandaban a los comedores o a las clases, cambiaba por completo”, recuerdan los Cuadernos. En los comedores se vuelve gritona, pegona, no tiene paciencia. Cada monja estila sus particulares castigos. Sor Filomena “te levantaba la falda y con su zapatilla te daba a la altura del muslo hasta amoratarlo”. Lolita odia aquella zapatilla de paño y suela de goma que te deja varios días sin poder sentarte. Sor Pinocho, es decir la monja a una nariz pegada, pega a lo bestia. Se acerca sigilosa, cuando menos lo esperas te da con las palmas de las manos en las sienes. En cierta ocasión provoca el desmayo de una de las niñas. La Madre Anunciata aparta a Sor Pinocho de los comedores durante una temporada.

A los nueve años las niñas limpian y friegan. Los suelos de los dormitorios, comedores, las clases, pasillos,…Cuando no son las monjas son las niñas mayores las que obligan a las pequeñas a realizar estos trabajos. Oligarquía del miedo. Las monjas pagan a las niñas un “sueldo” por estas tareas. Dos pesetas a las mayores y cincuenta céntimos a las pequeñas. Sueldo que guarda la Madre Superiora, anotando en una libreta lo que cada una ingresa. Es un dinero que las niñas pueden gastar en aquello que consienten las monjas. Llega al Colegio una partida de misales. “Misal Romano”, anuncia la cubierta de cuero. Después de repartir entre las monjas, los libros que sobran los venden entre las niñas mayores. Cuestan seis pesetas. También llega una partida de libros de misa mucho más modestos y pequeños. Sólo cuestan dos pesetas. A Lolita, con nueve años, le obligan a comprar el misal pequeño. Margarita prefiere guardar sus haberes para mejor ocasión. Lolita anhela el “Misal Romano” pero se ve forzada al libro enano. En el “Misal Romano” están todas las misas, epístolas, evangelios, las Letanías de la Virgen y de los Santos, en latín. Lolita no hace más que preguntar por el significado de aquella lengua santa. A cincuenta céntimos por sesión de trabajo, por más que friega, limpia, no llega a reunir las seis pesetas del “Misal Romano”. Lolita llora de rabia cuando ve que los libros grandes se acaban. Se le pasa el disgusto, como se le pasan todos los disgustos en aquel Asilo. Nada se puede hacer ante lo inevitable. Un tao que Lolita aprende pronto.

Hay unas niñas preciosas, tres hermanas temerosas que todo desconocen del mundo intramuros de aquella institución. Recién llegadas, Lolita se afana en protegerlas, en peinarlas los días de visita familiar, en jugar con ellas, en enseñarles los vericuetos de la vida carcelaria. A Lolita se le ha metido en el cuerpo el resentimiento contra la injusticia, la necesidad de proteger al débil. “Me gustaban mucho las niñas pequeñas y se me daba bien cuidarlas”. “Fueron las niñas mejor peinadas de todas, las dos mayores tenían un pelo rizado precioso, ojos grandes, verdes, con largas pestañas”. La pequeña tenía pelo liso, rubio, ojos azules y pestañas largas como las hermanas. La madre esta separada, “ejerce el oficio”, cuentan los Cuadernos. A las niñas nada les falta. Todos los domingos, todos los días festivos, tienen visita. Nunca falta su madre en día de visita.

Lolita, Conchita, Margarita, llevan unos cinco años sin visita ni carta de su madre. Las visitas de la Tía Carmen terminan cuando llega la primavera. Tía Carmen  marcha a cocinar a un hotel de la Costa Brava. La temporada de cocinera dura hasta octubre. Lolita se hace cargo de la tres hermanas recién llegadas al hospicio. Las protege, las peina, las instruye. La madre de las niñas quiere conocer a Lolita. Un domingo de visita le trae golosinas. Al otro una bufanda, porque Lolita sigue con sus resfriados crónicos. “Una bufanda de lana  color blanco y unos calcetines también de lana, muy calentitos”. La madre le da algún dinero a la mayor de las hermanas, a veces, también a Lolita. Lolita guarda ese dinero y adjunta el que consigue por los bares, cantando, bailando, cuando se escapa despistando a las monjas y al guardia-portero. Es tanta la perseverancia de Lolita, que antes de que llegue la nueva partida de misales, ya ha reunido dinero suficiente para pagar su “Misal Romano”. La Madre Superiora se conmueve al ver la alegría de Lolita cuando compra su libro. “Juré que nunca me abandonaría ese libro y así ha sido”. Hasta el día de hoy, Lolita madre, Lolita abuela, conserva como tesoro esos dos misales. “Sangre, sudor y lágrimas. El día que oí esa frase que Winston Churchill pronunció al terminar la Segunda Guerra Mundial, pensé en mi libro”. 

8

Otoño. Vuelven las visitas de Tía Carmen. Lolita lee el evangelio de la mañana en su nuevo “Misal Romano”. Luego las letanías. La prima Teresita, aunque mayor que Lolita, no lee con tanta fluidez y tan buena dicción. Tía Carmen adora a su hermana Dolores y, a pesar de todo, vuelve a reanudar la relación con Ella. Tía Carmen miente a las niñas. Les cuenta que los calcetines, las bufandas, los bocadillos y golosinas que les trae, son regalos de su madre, que siempre se acuerda de ellas, que las echa de menos. Dolores vive en Granada. Nada saben de cómo ha ido a parar allá. Las niñas del hospicio se burlan de las hermanas, les dicen que son unas “abandonadas”, que su madre nos las quiere, que su madre es una fresca. Ellas protestan, defienden  que su madre está lejos, que no puede venir pero acabará viniendo, que la Tía Carmen les trae regalos de su parte. Los Cuadernos cuentan otra verdad. Los Cuadernos dicen que allí, en Granada, Dolores se ha olvidado de los cuatro hijos de Nuestra Señora del Port. Teresita lee los evangelios.

Dolores vive un tiempo con el “Tío Salvador”. Se queda embarazada. Visita a sus hijas con el bebé en brazos. Luego las visita con Tio Salvador algún domingo más. Luego las deja de visitar. El niño es deficiente. Dolores y Tío Salvador abandonan en el Asilo Hospital de San Juan de Dios al niño. Dolores y Tio Salvador gastan alegremente todo lo que tienen. “Nosotras preguntábamos a veces a Tía Carmen por Tío Salvador, por el pequeño… siempre obteníamos la callada por respuesta”. Dolores se va a Granada vete tu a saber por qué. Se le acaban los dineros, se le acaba el hombre, necesita otro. Vete tú a saber. En Granada ejerce de maestra en una escuela pública; pero se cansa. Abandona. Dolores no sabe estar atada a nada y menos a un horario laboral. Se pone a dar clases privadas; ya no tiene edad para ir pendoneando por ahí, pero lo de las clases privadas también le oprime. Al final se casa con José, un pescador algo borracho, poco trabajador, con la mano larga, con el que tendrá cuatro hijos más.

Los Cuadernos explican el dolor que empieza en la infancia y atraviesa como ácido la corteza de la vida de Lolita, Un ácido corrosivo que llega hasta hijos y nietos. Los Cuadernos son esquivos, no cuentan el meollo ¿Era la abuela Dolores prostituta? ¿Eran sus maridos clientes? ¿Protegió Dolores a sus hijas metiéndolas en aquel escenario depauperado? ¿Por qué se fue a Granada? Los Cuadernos no entienden, no saben, lloran. ¿Qué diablos pasa? Sin familia, encerradas en un lugar lleno de niñas desconocidas y monjas lúgubres.



9

La Primera Comunión. Un día un poco triste. No le toca por edad, pero una niña del coro se pone enferma, visten a Lolita de angelito, le cuentan que va hacer la primera comunión. Lolita quiere ir con vestido blanco como el resto de niñas, no quiere ir con alitas de ángel, no le gustan las sorpresas ni las injusticias, no le gusta sentirse de nuevo excluida. Después de comulgar las niñas van a pasar el día con sus familias. Ni Margarita (que si está avisada para comulgar ese día, pero tampoco tiene vestidito blanco, aunque va mudada, con una blusa limpia y bien planchada) ni Lolita salen del Asilo. Después del desayuno, Sor MªLuisa les da unas golosinas y una estampita de Santa Teresa del Niño Jesús. Les cuenta la historia de la Santa. Después de la comida, visita inesperada de Tía Carmen. Trabaja en un restaurante de la Plaza Real. Por las mañanas tiene mucho jaleo, por eso no asiste a la misa. Pero ha podido venir después. “Nos pusimos tan contentas que pensamos que Santa Teresita había hecho el milagro”.  Lolita besa la estampita en agradecimiento a la Santa. Tía Carmen trae regalos para Margarita, nada sabe de la comunión por sorpresa de Lolita, pero está informada de la de Margarita. Un rosario, unas zapatillas, lápices de colores en un plumier, una muñeca. Les dice a las niñas que se lo repartan. Margarita elige el rosario, las zapatillas. Lolita está encantada con los lápices, el estuche, la muñeca. Margarita no es de muñecas, ni de letras, ni de colores. “La muñeca era de cartón y la carita de porcelana, a mi me pareció la muñeca más bonita del mundo”. Es la primera muñeca de Lolita. Un día grandioso, feliz. No han salido del Asilo como las otras ni han vestido de blanco, pero han tenido visita y regalos.

Tres años después Conchita comulga por primera vez. “Como siempre misa solemne y la Iglesia adornada con un gusto exquisito”. A la salida de misa, una orquesta muy alegre; todas cantan. Tía Carmen, la Tía Josefina y la prima Teresita las van a buscar. “Por fin éramos como las demás niñas”. En la calle, suben al tranvía ¡No se lo pueden creer, un tranvía! En la Plaza de España, cambio de tranvía, otro que les lleva a las puertas de casa de Tía Carmen, junto al Puerto. Tia Carmen pasea a las niñas en las “Golondrinas” del puerto. Es la primera vez que cogen un tranvía y la primera que suben en un barco. El barco-bus al que todos los barceloneses llaman “Golondrinas”, les lleva de un extremo a otro del puerto, hasta el rompeolas. Allí hay una playa, con un chiringuito en el que alquilan bañadores. Tía Carmen coge uno para Margarita, otro para Lolita. Conchi se enfada, para Ella sólo hay calzones, no quedan bañadores de su tamaño. Conchita se pone a llorar, si se enteran las monjas la castigarán, enseñar las tetas es pecado mortal. La castigarán e irá al infierno. Les cuesta convencerla, pero cuando ve que en la playa hay niñas pequeñas vestidas como Ella, se tranquiliza, no sin antes hacerles prometer a sus hermanas mayores que nada contarán  a las monjas. Tía Carmen les deja jugar por espacio de una hora. Ríen, saltan, se bañan, se tiran arena. Cuando Tía Carmen les dice que abandonen el agua, salen sin rechistar. Saben que el día no ha hecho más que comenzar, que habrá más sorpresas y alegrías. De nuevo en Golondrina. Regreso al muelle. De ahí a casa de la Tía Carmen. La Tía Josefina está haciendo la comida. Ponen la mesa, suena el timbre. Son los primos con su padre. No se conocen. Hermanos de la prima Teresita, la que les ha visitado con Tía Carmen y Tía Josefina varias veces en el Asilo. Lo pasan muy bien con sus primos. Comen. Salen a la terraza; cantan, cuentan tonterías. Margarita se tuerce un poco. Es mayor, se aburre de las tonterías. Propone ir al cine con los primos. Pero Tía Carmen dice que ya habrá otros días para ir al cine, que ese es día de cantos, cuentos, historias de la radio y gacetillas. Margarita se sienta en su sofá durante un rato. Luego sale a la terraza, se añade a los cantos tontos. Después de merendar recogen la mesa, preparan su regreso al Asilo. “Aunque hubiéramos preferido que no terminara nunca ese día, llegaba el momento de regresar”. Tía Carmen llama a la puerta de los vecinos para presentar a sus sobrinas. Los vecinos les dan golosinas. A Conchita, incluso, le dan algún dinerillo. Al llegar al Asilo no lloran. Tienen tantas ganas de contar lo que han vivido, que no lloran. “Por fin éramos la atracción de todo el colegio”. Hacen corro durante varias tardes. Explican regalos, aventuras del día de la Primera Comunión.

Pronto vuelve la mala racha. En su siguiente visita Tía Carmen comunica que durante seis meses no podrá visitarlas. Llega la temporada de verano y se tiene que trasladar al restaurante de Playa de Aro. Hasta finales de octubre no regresa. De nuevo los fines de semana en el patio de las verjas.

10

“Yo acababa de cumplir diez años y por mi desenvoltura y porque se me dan bien los estudios, me pusieron en la clase de las mayores”. En aquella época, o al menos en el Asilo, no se dividen las clases por edades, sino por conocimientos. En la de los mayores sólo hay dos niñas de diez años. El resto tiene entre trece y catorce. Aunque comparten las clases no pueden jugar con ellas en el patio. Una tarde después de merendar, de regreso al dormitorio de las peques, en los lavabos, Lolita ve un grupo de niñas mayores lavando algo. Todas las niñas le barran el paso. Pero Lolita aguza la vista hasta comprobar que lavan unos trapos blancos manchados en sangre. Sale corriendo. Una de las mayores le pega y tira de los pelos. Llorando llega donde las monjas y les cuenta. Ha visto a las mayores en el baño limpiando unas toallitas de algún bebé al que han asesinado. Sor MªLuisa acompaña a Lolita hasta el dormitorio, va hasta el lavabo donde el grupo limpia toallas ensangrentadas. Riñe, pregunta. Una de las niñas cuenta con sorna que están limpiando las toallas manchadas con la sangre de una que se ha dado de bruces contra el suelo. Sor MªLuisa regaña a la niña pegona. Lolita se da por satisfecha con la actuación de la monja y olvida el incidente hasta algún tiempo después. Desde ese día a las niñas mayores las envían a las estancias de las mujeres internadas, a limpiar sus trapos ensangrentados.

11

Cuando llega Semana Santa las horas se convierten en rezos. “Era una semana superaburrida”. A primera hora, un grupo de seis niñas reza en la iglesia. Rezan en turnos durante una hora, hasta el mediodía. Cada hora, seis niñas diferentes. Por la tarde siguen los rezos. A las siete interrumpen los rezos en grupo de a seis, para rezar el rosario todas juntas. Así toda la semana. No se puede cantar ni saltar ni reír. La iglesia a penas está iluminada por cirios. Los santos tapados con crespones negros o morados. A la mayoría de niñas la oscuridad les atemoriza. El Viernes Santo, todo tiene que ser aún más silencioso. Es el día en que Jesús muere. A las siete de la tarde, después de un viernes de rezos, tras rezar por turnos desde el lunes, se reúnen entre sombras para seguir rezando. Via Crucis, rosario, letanías, nada de cantos, la iglesia a oscuras, olor a cirio. 

Aquel Viernes Santo es diferente. Lolita capitanea el grupo de niñas que entra con sigilo en la sacristía.  Están en su tiempo de rezo. Las monjas las han dejado solas una hora. En la sacristía, una prueba el vino de las santas vinagreras. “Es dulce, es bueno“. Todas prueban el vino. Sin darse cuenta, acaban con él. Se ponen nerviosas; ya verás tu cuando las pillen. Rebuscan en el armario de la sacristía. Encuentran la botella de la que procede el vino. Rellenan de nuevo la vinagrera con vino, y la botella de vino con agua. Una se pone a llorar, están en  pecado mortal, han bebido la sangre de Cristo.

-“¿Cómo va a ser la sangre de Cristo si las monjas y el sacerdote nos dicen que hace más de mil años que murió?”- dice Lolita.

-“Esto es vino porque al sacerdote, como a todos los hombres, les gusta el vino”- Las niñas corren a los bancos de la iglesia a seguir simulando rezos. Pactan, si alguna cuenta, las otras la acusarán de ser la única culpable. “Afortunadamente nadie se enteró nunca de lo acontecido, pues de lo contrario, ya nos veíamos todas ardiendo en las llamas del infierno”.

Sábado de Gloria. Domingo de Resurrección. Las campanas repican. Los chicos del pabellón de hombres vienen a las misas. En el coro se juntan voces femeninas y masculinas. Lolita canta un solo a dos voces con el chico al que llaman el “Chinorri”. Parece chino el “Chinorri”. Al “Churro” le llaman así porque un día cuenta que se ha hartado de comer churros. Al “Popó” le viene el mote de una hermana tartamuda que siempre se atranca en el “po, po, po”. El “Papel” se pasa el día cantando “La Casita de Papel”. A Eduardito, el hermano mayor de Lolita le llaman el “Matapollos”. Al principio de estar internado mató a un pollo con las manos. A Margarita, Lolita y Conchi se las conoce como las hermanas del Matapollos.

“Angelito” es un niño guapo de ojos azules. Se llama Santiago, pero nadie se acuerda. “Angelito” es el monaguillo de las grandes celebraciones. Todos dicen que Lolita y “Angelito” son novios. Lolita suelta sopapos cuando alguien lo dice. A “Angelito” le encandilan los cantos de Lolita. Se le humedecen los ojos. A Lolita le gusta cuidar en el patio de los niños. El patio comunica con las ventanas del pabellón de los mayores. Allí está “Angelito”. Le canta cosas de Antonio Machín, de Juanito Valderrama, de Lola Flores. Canciones que Lolita aprende escuchando en la radio de los domingos, escuchando a escondidas en la emisora que las monjas tienen en el comedor. Lolita canta en el patio de los pequeños. Canta “Angelitos Negros”, “Dos Gardenias”, “María de la O”, lo que le guste a “Angelito”.

Un día “Angelito” se desmaya al levantar el botafumeiro en misa. Con la primera bocana de incienso el niño se desploma. Ya no lo ven más. Santiago se muere. Lolita consigue verlo antes de morir, en la enfermería. Le canta suave las canciones que le gustan a “Angelito“. “Ese fue todo el consuelo que el pobre se llevó”, escriben los Cuadernos. “Angelito” se muere de tuberculosis. Todo el mundo se muere de tuberculosis.

12

Hay epidemias de tifus, sarna, piojos. Los que no mueren de tuberculosis mueren de tifus. Vacunan a los niños en el Asilo, a pesar de lo cual varios pasan la enfermedad. A los que tienen tifus se los llevan fuera del Asilo. Los trasladan al “Hospital Infeccioso”. Algunos no regresan. Conchita coge tifus, se la llevan. Todos los días Margarita y Lolita preguntan por su hermana. Lloran, rezan. Un martes Lola simula que se encuentra mal para poder ser atendida por el Doctor Doménech. Mira, remira a Lolita sin encontrarle nada. Antes de que se descubra el pastel Lolita confiesa, no está enferma, quiere saber sobre Conchita. El Doctor le dice que está bien, que volverá en pocos días. Lolita no sabe que creer. Reza, llora. Conchita regresa muy delgada. Pasa muchos días en la enfermería del Asilo. Lolita se escapa después de las clases todas las tardes, para ver a Conchita. Sor Filomena, la monja enfermera, les deja estar un rato juntas, siempre y cuando Lolita lea en voz alta o cante. Las niñas y señoras de la enfermería, están encantadas de romper la monotonía. Sor Filomena también disfruta con la actuación de Lolita. Proporciona poemas sugiere canciones. Las actuaciones de tarde duran mientras Conchita está en la enfermería. Sor Filomena propone a Lolita seguir cantando y declamando,  animando a las enfermas. A la Madre Anunciata se le pide permiso. En las tardes de invierno se le deja a Lolita quedarse a dormir en la enfermería para no tener que volver a oscuras al dormitorio principal. Después de la lectura, tras las canciones, se reza el rosario, se cena, se duerme calentito.

Tras la epidemia de tifus viene la de tiña. Las niñas enfermas hacinadas en un pequeño pabellón junto a la enfermería hasta que se les cae el pelo. La tiña te deja sin pelo. Calvas ya pueden salir del pabellón y mezclarse con el resto de enfermos, no hay ya peligro de contagio una vez calvas. Conchita coge la tiña. Lolita acompaña todas las tardes a Conchita de nuevo. Todas las tardes cantos, lecturas. Lolita le suelta dos sopapos a un niña que ríe de la calva de Conchita.

Después de la plaga de tifus, tiña, vienen las de viruela, sarna, piojos. “De la de piojos no se escapó nadie”. Les cortan el pelo a todas las niñas. Los Cuadernos creen que la severidad del corte tiene que ver con la simpatía o antipatía que despierta cada niña en las monjas. Las preferidas, corte suave. Las señaladas por la desgracia, peladas al cero. Risas, llantos, crueldad entre las rapadas. A la hora del patio, las monjas agrupan en grupos de tres o cuatro a las niñas para que se despiojen las unas a las otras. Después, pulverizan sus cabezas con “Flit”, un “liquido horrible que olía a demonios y te dejaba el escaso pelo que nos quedaba, como si te lo hubieran bañado en aceite”. El “Flit” provoca  una fuerte irritación de ojos, muchas niñas tienen conjuntivitis por culpa de los piojos. Las plagas se encadenan.

Los Cuadernos no recuerdan que Lolita pase por muchas enfermedades a pesar de las plagas y de pasar todas las tardes en la enfermería. Piojos, paperas, infecciones gripales,…poco más. Solo una bronquitis se complica hasta el punto de tener que ponerle inyección diaria. Unas inyecciones balsámicas que desprenden fuerte olor. Es imposible sacarse de encima el olor en todo el día. Una de las inyecciones se infecta, vienen fiebres, a Lolita le sale un bulto. Una tos fuerte y continua acompaña algunas noches desde entonces. En el dormitorio general, la vigilanta de las niñas tiene muy mala uva. Cuando Lolita tose se acerca a la cama, le propina un coscorrón para que calle. Cambian a la vigilanta y viene la Sra. Marta (“que se parecía a Santa Gema Galdani”). Santa Marta, cuida y mima, te pone en la boca una pastilla del Doctor Andreu y te da agua, cuando tienes tos. En vista de que tras la bronquitis la tos nocturna no decrece, Santa Marta pide que pongan a Lolita en una cama junto a la suya. Santa Marta arropa a Lolita, le da una pastilla del Doctor Andreu, un vaso de agua, una cucharadita de miel. La tos no remite. Lolita se convierte en asidua a la enfermería. En la enfermería no está Santa Marta. Lolita se alegra de dormir en la enfermería, de alejarse de las noches en el dormitorio principal. Las niñas en el dormitorio principal viven aterrorizadas por los fantasmas de las almas en pena.

Desde las ventanas del dormitorio se ven las luces del cementerio de Montjuïc. Una luz roja va de un lado a otro del cementerio. Las niñas asustadas preguntan a una monja que es aquella luz que todas las noches pasea por el camposanto.

-“Son los muertos que están en pecado mortal y por la noche salen de su tumba porque no tienen la conciencia tranquila”-

 La noticia corre de boca en boca. Las niñas que duermen frente a la ventana, indefectiblemente, cada noche, viven con terror el paseo de la luz roja. Nadie duerme tranquilo en aquel dormitorio. Las monjas no entienden el porqué de tanto grito tanto llanto. Cuando comprenden, explican el origen de la luz. Es el sereno que vigila el cementerio paseando por las noches con un farolillo rojo. La explicación tranquiliza a la mayoría, aunque muchas consideran más creíble la versión de la primera monja. Como los temores y gritos nocturnos siguen, las monjas ponen cortinas opacas en las ventanas que dan al cementerio.

13

Domingos sin visitas. Domingos de patio con verjas. “Durante las enfermedades de Conchita nadie vino a verla”. La única que podía hacerlo, Tía carmen, trabaja en la Costa Brava hasta final de temporada. Tía Carmen pide a Tía Josefina que vaya a ver a las niñas algún domingo. Tía Josefina no va. Hasta pasado noviembre Tía Carmen no se entera de las penurias, pandemias, de la falta de visitas. Se enfada con su hermana por no haber visitado a las chiquillas. También pregunta si tenían noticias  de su Madre.  Dolores no ha dado señales de vida a pesar de que había prometido escribir. Tía Carmen se enfada con sus dos hermanas. Ella a trabajado hasta la extenuación en el hotel de Platja d’Aro en el que hace de cocinera. Las niñas han estado solas, enfermas. Tía Carmen siempre habla bien de Dolores, no quiere que sus hijas la odien. “Siempre la disculpaba, siempre tenía palabras amables”. Tía Carmen les da a las niñas la dirección de Dolores en Granada para que la escriban. Les da el dinero para el sobre, sellos. La Madre Anunciata también insta a escribir esa carta. Las hermanas recapacitan. Lolita escribe la carta que entre las tres hermanas consignan. Las monjas envían la misiva. Las niñas no reciben respuesta. Tía Carmen insiste, “escribid una nueva carta, seguro que contesta”. La testarudez puede más que las buenas intenciones de Tía Carmen. Es evidente que Dolores no quiere a sus hijas. El día de reparto del correo, para sorpresa de las tres hermanas, llega un paquete y una carta para ellas. Después de leer la carta abren el paquete. Tres trozos de caña de azúcar, una botella de anís, unos pocos pestiños. La botella llega rota, todo el líquido desparramado. Los pestiños los comparten con otras niñas. El paquete, dicen los Cuadernos, son más una decepción que una alegría.

14

Margarita es una niña triste. Tiene ataques epilépticos de tanto en cuanto. No muestra interés por nada. No le gusta estudiar, los deberes se los hace Lolita para que no la castiguen. Cuando Lolita intenta explicarle la solución de un problema de matemáticas, Margarita se enfada, no tiene paciencia, pega a Lolita. No quiere escuchar. No quiere estudiar. Odia sentirse acorralada cuando le preguntan la lección ante el resto de niñas. Lo único que le gusta son las labores de la tarde. Bolillos, bordados, vainicas. A Margarita se le da bien el punto de cruz. Con doce años cumplidos, en vista del poco interés por materia alguna, las monjas deciden enviarla a las cocinas y ponerla de aprendiz. A Margarita le gusta el cambio. No va a clase, se pasa la mañana cocinando. Por la tarde acude a alguna clase, pero sin compromisos. Sigue cosiendo. Cuando las monjas ven lo bien que se le da Margarita la cocina, le proponen hacerse aprendiz de cocinera a tiempo completo. Margarita se crece en su nuevo acometido. Un día guarda dos croquetas para sus hermanas. Lolita y Conchita se relamen con las frituras.

Tía Carmen también nota el positivo cambio en Margarita. En la cocina puede aprender casi en soledad. Sola, junto a la monja cocinera que le dedica todas las atenciones a su atenta alumna.

En ese nuevo clima, con Margarita más calmada, las tres hermanas deciden volver a escribir a su madre. Empieza una correspondencia con arritmias. “Fue lo más parecido a una relación familiar que tuvimos nunca“. Dolores contesta. “Nos escribía diciendo que nos quería mucho y que pronto nos vendría a visitar”. Les pide que escriban por separado, para saber sobre cada una de ellas, pero Margarita se niega, dice que Ella no sabe que contar. Conchita si que quiere escribir. Lolita la ayuda. Conchita redacta la primera hoja, Loli la segunda. Dolores les comunica que tienen dos hermanos más, MªÁngeles y Pepito. A Lolita le afecta la noticia. No puede entender que Dolores tenga más hijos, que viva con ellos, que a ellas las “abandone” en el Asilo.

A Tía carmen le cuentan. Lo de las cartas con Madre, lo de los nuevos hermanos. Tía Carmen intenta explicar con suavidad, cautela. Vuestra madre os quiere mucho, todo esto pasará algún día. Pero a Lolita ya no hay quien le engañe con lindas palabras. Se enfada. Cuando se le pasa el enfado vuelve a escribir.

Un día Dolores les comunica pronta visita a Barcelona. Irá a verlas, conocerán a sus hermanos, todo será alegría. Hace cinco años que no ven a Dolores. Lolita no puede comprender ni un minuto de aquellos cinco años. Lolita once, Margarita catorce, Conchita ocho.

Dolores se presenta. No va un domingo, no trae regalos, no abraza con locura a sus niñas. Llegó un día cualquiera de la semana. Se entrevista con la Madre Superiora, pide ver a sus hijos. Viene a llevarse a Eduardito y a Margarita. De la pequeña y de Lolita nada dice. Quiere a los dos mayores. Necesita mano de obra, adultos con los que sacar adelante su familia granadina. Margarita dice que ni por esas. Es cocinera, es feliz entre pucheros, nada puede ofrecerle una madre ausente a la que solo le guarda rencor. De Eduardito poco se sabe. Hace tiempo que ronda a su aire. Duerme en el hospicio, pero trabajaba de panadero en duras jornadas que empiezan al alba. Dolores se enfada como nunca se ha enfadado. Habrase visto qué desfachatez, desobedecer a una madre. Ella, que de tan lejos ha venido. Se irán con Ella por las buenas o las malas. La Madre Superiora recuerda a Dolores que sin el permiso del Tutelar de Menores no se puede mover nadie de allí. “Recuerde señora que usted los abandonó y si las niñas no quieren irse, usted no puede llevárselas sin el permiso del Tutelar de Menores”. Al día siguiente Madre Dolores vuelve. En el despacho de la Madre Superiora estan sus cuatro hijos y dos señores del Tutelar. Dolores viene acompañada de un niño rubio de unos cinco años. Es Pepito. El pequeño besa a sus hermanas a instancias de Dolores. Lolita aparta la mejilla. Casi se lleva un sopapo de Dolores. La Madre Superiora ruega a Lolita que bese a su hermano. Lolita cede con muy pocas ganas.
De aquel despacho marcha Dolores sin ninguno de sus hijos catalanes, sin derramar lágrima, sin tristeza que los Cuadernos recuerden. Promete volver a por todos cuando sean mayores.

Las monjas escriben al párroco del pueblo granadino donde vive Dolores. El párroco les cuenta. Está casada, tiene tres hijos, marido borracho, vago, mísero. Viven en un chabolo, en una cabaña de única habitación donde duermen, guisan, comen. Dolores desaparece de las vidas de sus cuatro expósitos. Ya no escribe cartas. No les visita. Les “abandona” a su suerte.

15

Las clases. Los juegos en el patio de las verjas. Rutinas. El trato con las monjas se  suaviza. Las niñas se hacen mayores. Lolita y sus hermanas comprenden lo bueno, comprenden lo malo. No ofrecen resistencia, ni a lo bueno, ni a lo malo. Son duras, pero flexibles a las circunstancias. No es necesario rebelarse contra nada. Sin trastadas, no hay castigos. Se valen por sí mismas. En el Asilo el trato más duro se lo llevan las pequeñas, porque dan mucho trabajo, porque no responden, por que son débiles. A Lolita le solivianta. Las mayores colaboran en las tareas de atención a las pequeñas. Lolita con un grupo de niñas se organizan para acoger a las más desabrigadas. Les ayudan a comprender las multiplicaciones y las divisiones. Tiene paciencia con las menos afortunadas en la lectura, en los redactados. 

La mañana de los sábados, se hace dictado. Sor Anunciata dicta. Cada sábado sale una niña diferente al encerado y escribe con tiza el texto. El resto de las niñas en cuartilla. Al finalizar, Sor Anunciata corrige el de la pizarra, las niñas señalan sus faltas en el papel. Después tienen cinco, diez minutos para aprenderlo de memoria. Las tres primeras en saberlo, se levantan, declaman su texto al resto de la clase, son premiadas. Lolita lleva varias semanas siendo la primera, pero ese sábado Sor Anuncita no deja que se levante entre las primeras. Lola se enfada, lo encuentra injusto. Sor Anuncita quiere premiar a sus preferidas. Así se estila el duelo de castas. Las predilectas siempre ganan, luego las demás. La primera de las predilectas se levanta, duda, carraspeaba, se atrabancaba. Lolita se pone de pie, no puede más. Declama como un papagayo a toda máquina el dictado del infierno. Sor Anunciata no tiene más remedio que darle el premio a Lola, una pluma de plástico con la plumilla de cristal.  Lolita está orgullosa de la hazaña, de su desplante a la injusticia. Lolita le da la pluma a Tía Carmen para que la guarde lejos del Asilo como tesoro en paño.

Lolita no tolera injusticias. Los Cuadernos no comprenden que unas mujeres consagradas a Dios para ayudar a los necesitados, se porten de semejante manera con niñas indefensas, niñas que nada pueden hacer contra al maltrato físico y psicológico, contra la injusticia de un origen social humilde.

Semana Santa, días de “ejercicios espirituales”, rezos por turno. Todos los años lo mismo. Campaña de adhesiones a la causa; las monjas buscan niñas mayores que sigan el camino de los hábitos. A Lola le piden ser más humilde, dejar a un lado bravuconerías. Ya tiene años para acogerse a Dios. “Si ser monja es pegar y castigar, nunca seré monja”. De toda la congregación a la Madre Superiora encuentra Lolita beatitud. Pequeña, dulce, bonachona. Lo malo es que la Madre Superiora raramente atiende a las niñas. Labores propias de la Congregación la mantienen alejada. Cuando puede, cuando alguna niña se queja, la Superiora “respondía con serenidad y dulzura, comprobaba los hechos, y de ser ciertos, relevaba a la monja de sus atribuciones por una temporada”. Un día, mientras oyen misa, las niñas no ven en su silla a la Madre Superiora. Sor Anunciata les comenta que está indispuesta. Se la han llevado en una ambulancia, cuchichean las niñas. Al día siguiente el sacerdote les hace rogar por la pronta recuperación de la Superiora. Las monjas confiesan, la Superiora tiene cáncer. Las niñas rezan mañana y tarde. Rezan frente a la estatua de la Fundadora de la Congregación, la “Beata Joaquina de Vedruna”. La Superiora tarda muchos meses en volver, pero regresa. “Nosotras no pudimos verla pues tenía que guardar absoluto reposo”. Se hace una misa cantada para dar gracias a Dios y a la “Beata” por lo que considera un milagro. La Superiora se incorpora a las actividades del Asilo, especialmente a las misas. La Madre Superiora las saluda a las niñas una a una en la primera misa a la que asiste. Todas contentísimas. Un año y medio después la Madre Superiora muere. Su cadáver se expone en una habitación del convento. Un día, una noche. Niñas, monjas, ancianas, todos los hospicianos, los desamparados del Asilo de Nuestra Señora del Port, pasan a rendirle un último tributo. El día del entierro se canta la misa de difuntos. Lolita se aferra a su Misal Romano, lee todo el Dies irae dies illa. “Conforme leía, en mi crecía un miedo horrible, sobretodo cuando hablaban del Dios vengador y duro con las personas a las que juzgaba”. La misa de difuntos atemoriza a Lolita. Noches de mal dormir. Las niñas necesitan que las monjas buenas y atentas mueran más tarde o nunca.

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La sección de señoras. El patio de las mujeres tiene una parte exterior, otra cubierta y una zona donde hay grandes lavaderos, una habitación con seis o siete duchas separadas, sin puertas. Las niñas se duchan una vez por semana. En cada habitáculo entran tres o cuatro niñas. Se duchan juntas pero no pueden sacarse la combinación, sería pecado. A las más pequeñas las bañan dos monjas con muy malas pulgas. Si alguna llora, para tranquilizarla, la “cabuzan”. Del susto, muchas paran de llorar. Otras lloran más. Las monjas vuelve que te vuelve a “cabuzar” hasta que callan. A los diez años Lolita junto a otras niñas de la misma edad, piden a las monjas encargarse del baño de las pequeñas. Las monjas ceden encantadas, otra tarea menos. Las pequeñas al principio tienen miedo, temen lo peor: “cabeceadas” y risas. Las mayores las tratan con cariño. Las pequeñas empiezan a disfrutar del baño. Los sábados, día oficial de baño, pasan a ser días de fiesta y sonrisas para todas.

El patio de la sección de señoras parece el de una prisión. Todo el perímetro controlado, la disposición de las duchas, habitaciones sin ventana sólo con puerta de entrada, puertas con rejas que se abren desde afuera. En una de esas habitaciones se hospeda la vieja Sarafina. Serafina está paralítica de cintura para abajo. Serafina está allí, en la celda sin ventanas,  por petición propia. Es la manera menos trabajosa de llegar a los comedores y a la iglesia. No tiene silla de ruedas. A Serafina la tienen que trasladar siempre en brazos. Es muy delgada. Va vestida con clase, como una señora antigua. “En una ocasión me dijo que conocía a mi madre y que si tenía oportunidad, algún día, cuando fuera mayor, me hablaría de Ella”. La oportunidad no llega. Serafina,  la señora flaquita, fallece siendo Lolita aún muy niña.

Cuando las niñas se hacen mayores, a los dieciocho, a los veintiuno,  las colocan en casas de gente bien. Asistentas del hogar, para el cuidado de niños. Siempre se trata de niñas que no tienen ninguna posibilidad con sus propias familias. La mayoría de las  niñas cuando salen del “colegio” están contentas con su colocación. Algunas aprovechan la salida del Asilo para independizarse. Otras caen en la mala vida. Las que lo consiguen, las que tienen buen trabajo no dudan en venir los domingos a ver a las monjas. Traen caramelos a las niñas, embutido, huevos, ropa de abrigo. Remedios García, tenía predilección por Lolita. En una ocasión le lleva unos calcetines de lana rojos. A Lolita le encantan los calcetines rojos. Hace dos años que Lolita y sus hermanas nada saben de su madre. Hace meses que no viene a visitarlas Tía Carmen. “Mi tía carmen estaba pasando por un mal momento familiar, pues había ocurrido algo en su vida”, cuentan los Cuadernos. Los domingos empeoran. Suerte de las mayores que viven fuera del Asilo se acuerdan de las pequeñas.

Algunas niñas son adoptadas, pocas. Las niñas que tienen familia, aunque sus parientes las condenen a vivir en el asilo, no necesitan ser “colocadas”. “Mi Tía Carmen estaba casada y tenía un hijo de la edad de Eduardito. Su matrimonio empezaba a tambalearse. Por lo visto mi Tío era un vago que vivía del trabajo de cocinera de mi Tía. Hacía años que duraba la situación. Un buen día mi Tía se cansó y se marchó de casa llevándose a mi primo con Ella”. El niño tiene unos ocho años. En vistas de que su mujer no le da ningún dinero la denuncia. Argumenta ante el Tutelar de Menores que Tía carmen se ha llevado al niño sin su consentimiento, que el niño pasa horas solo cuando Tía Carmen se va atrabajar. Los del Tutelar encuentran al niño sólo. Tía Carmen trabaja, una vecina vigila a ratos. Cuando los del Tutelar visitan, nadie está con el niño. Se lo llevan a la Casa de la Caridad. Lolita no acaba de creer la historia, cree que faltan datos. Los Cuadernos cuentan lo que contó Tía Carmen muchos años después cuando Lolita ya esta casada y tiene hijos adolescentes. A Tía Carmen se le hunde el mundo. Marido pendenciero. Todas las horas del día trabajando. Su hijo internado. A Tía Carmen le acompaña el dolor hasta la vejez. Tía Carmen ya viejita cuenta que tuvo catorce hermanos, que más de la mitad aún viven, pero que sólo con cuatro se habla, que en una ocasión Dolores es detenida, que gracias a un hermano suyo que es Inspector Jefe de la Brigada de Investigación Criminal es puesta en libertad. Cuenta el dolor de una época, cuenta que Dolores se casa dos veces, la segunda con un señor de buena posición que vive en la zona alta de la Diagonal. Todo eso lo cuenta Tía Carmen ya viejita, enferma, en las tardes en las que Lolita la visita. 

-¿Pero porqué fue detenida Dolores, Tía Carmen?-

-Ay hija, fue casualidad. Una redada de señoras de la calle, y tu madre pasaba por allí- le cuenta Tía Carmen a Lolita

“Por muy triste que sea un libro, nunca puede ser tan triste como la vida”, dice Agota Kristof.

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Margarita  trabaja en la cocina con las monjas. Cada vez cocina mejor. Le gusta estar aislada del resto de niñas y de sus actividades. No tener que acudir a las clases, libera y relaja el carácter de Margarita. Solo coincide con el resto de niñas en el tiempo de recreo; entonces ve a sus hermanas. Cuando puede, les lleva croquetas, rosquillas, algún bizcocho. Les narra lo que las monjas comen, lo bueno que esta todo, porque ella lo cocina, claro. Las niñas escuchan e imaginaban manjares. Cuando Margarita está sola en la cocina llama a Conchita a Lolita, les arroja algo  por la ventana, con sigilo. La ventana está  cerca del despacho de la Madre Superiora. Si sufre ataque de epilepsia, Margarita es atendida enseguida y la dejan descansar en la enfermería. La monja que la acompaña en sus tareas culinarias, mima a Margarita. Los ataques epilépticos no son muy frecuentes. La vida en la cocina ha calmado mucho los ánimos de Margarita, justo lo que necesita su enfermedad.
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“Éramos más mayores, procurábamos hacer más llevadera la vida en el Colegio. Ayudábamos a las monjas, sobretodo con las tareas de las niñas pequeñas”. Ayudan a dar de comer a las desganadas, ayudan en las clases a las niñas premiosas, ayudan a Sor Inocencia con el canto, explican cuentos, acompañan al lavabo a las meonas, asean. Organizan, ejecutan las labores un grupito de niñas de entre diez y catorce años, organizadas por Lolita. Coraje, carácter no le falta a Lolita. La cuestión es destensar la relación con las monjas, quitarles trabajo con las pequeñas. Así, de alguna manera, las pequeñas reciben el trato que a las mayores les hubiera gustado tener unos años antes.

Conchita ya tiene ocho años, campa por su cuenta, tiene grupo de amigas, sólo acude a Lolita cuando alguien la pega cuando le quitan el postre, cuando le roban los calcetines. Conchita va a la clase de las medianas con Sor Presentación. No es de las monjas con peor fama. Sólo pega si los cuadernos de estudio están sucios o si tiene que repetir varias veces una misma cosa. Conchita pide ayuda a Lolita al finalizar las clases, sobretodo en las reglas de multiplicar y dividir. No es que las niñas tengan deberes, sino que Conchita muestra interés en saber hacer las cuentas lo mejor posible para ahorrarse los coscorrones de Sor Presentación. En el recreo Lolita se junta con Conchita y otras niñas, repasan las cuentas, para que todas puedan lucirse al día siguiente en clase.

Al cumplir los diecisiete las que no tienen posibles son colocadas en casas burguesas como asistentas, o son enviadas al convento que tiene la congregación en San Andrés de la Barca, o al convento de Alemania. Las niñas predilectas escogen los votos, se quedan en los conventos.

Un día, en la celebración de las bodas de oro de la Madre Generala, unas cuantas cantoras del coro y varias monjas se van al Convento de San Andrés de la Barca. Sor Anunciata y Sor MªLuisa se adelantan con algunas niñas para preparar los ensayos de la misa cantada. Les cuentan que en la iglesia del convento espera la Señora MariPaz, una gran solista. Es un honor cantar con Ella. Las niñas nunca han oído una voz como aquella. Agudos, trinos altísimos, escandalosos y ridículos, les parecen. Las niñas se tronchan, Sor Anunciata se enfada.

-¡Es Bel Canto!- las reprende. Las niñas se mofan de las muecas y retruécanos. Lolita canta el “Pannis Angelicus”. La Señora MariPaz escucha. Al acabar propone a Lolita cantar a dúo “Cuan Bella Eres”, una plegaria a la Virgen. Sor Anunciata y Sor MªLuisa elogian el dueto. Proponen añadirlo a la misa de celebración. A Lolita le importa un comino aquel éxito. Lo que realmente le importa es la estupenda comida que les dan en el convento y el rato que les dejan jugar tras el ensayo. Las monjas han limitado una zona de juegos, pero las niñas se despistan y se meten por todas partes. Corretean por pasillos, gritan imitando las voces del Bel Canto ese. Una fantástica tarde de juegos.

Para la Purísima, Lolita y la Señora MariPaz se vuelven a encontrar. Repiten dueto y éxito. A la señora MariPaz  se le mete la idea de adoptar a Lolita. Pero le explican que Lolita no es huérfana, que tiene hermanos, que su madre patatín y patatán.

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Sor MªLuisa convoca a Lolita. Despacho de Sor MªLuisa –Ya eres mayor. Tienes mucha memoria, eres de las mejores de la clase. Deberías seguir estudiando. Si te colocamos en alguna casa de gente con posibles podrás ampliar los estudios-

Unos días antes una Señora de gran familia visita el Asilo. Ha pedido el servicio de una niña que pueda ayudar en casa, que pueda con la madre anciana de la Señora. Los jueves y los domingos que es cuando libra la asistenta. Ofrece cobijo, alimento, trato familiar, estudios, posibles. Sor MªLuisa le cuenta a Lolita. La gran Señora está casada con el director del Colegio de Pesadores y Medidores de Barcelona. Tiene una posición económica muy buena, regenta su propio colegio. Lolita acaba de cumplir los doce. Sor MªLuisa le cuenta, Lolita tiene miedo, pero también curiosidad por descubrir el mundo de afuera. Las monjas escriben a Madre, a Dolores. Explican la suerte que tendrá Lolita. Dolores Madre no contesta. La gran Señora visita regularmente el Asilo en las siguientes semanas. Se reúnen las monjas con el Tutelar de Menores; acuerdan que será una excelente oportunidad para Lolita. Al cumplir los trece Sor MªLuisa acompaña en taxi a Lolita. 

– Es una gran oportunidad Lola. No la desaproveches. Vas a tener una familia que te va a querer, vas a poder estudiar, labrarte un futuro-

La deja en la casa de la gran Señora. “De nuevo me encontré sola, desamparada, triste, sin conocer a nadie”. Esa desagradable sensación de abandono e incertidumbre que tan bien conoce Lolita. De la mano de Sor MªLuisa entra en el despacho de la gran Señora.

-Recuerda todo lo que te he dicho, Lola. No desaproveches-
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Doña Rosario, así ordena la gran Señora ser llamada, coge delicadamente de la mano a Lolita. La acompaña hasta la planta superior. Aquella casa es enorme. Arriba están las aulas del Colegio que dirige Doña Rosario. “Cuando me hizo sentar entre dos niñas (las aulas estaban repletas de niñas de todas las edades) se me vino el mundo encima, me sentí como un bicho raro, tan diferente de todas que me puse a llorar”. Las monjas ni siquiera han tenido la delicadeza de vestir a Lolita como a una niña normal. La batita “tipo hospiciana” marca aún más las diferencias con el resto de niñas. Lolita casi no recuerda nada más de aquel primer encuentro. Trajes bonitos, peinados perfectos, sonrisitas y burletas. Matilde, prima de Doña Rosario, se acerca a Lolita, con palabras cariñosas se la llevó a su lado.

- No llores cariño-. Doña Rosario mira impertérrita desde la gran mesa de profesora. Doña Rosario les explica a Matilde y a Roser, su ahijada, profesoras del centro el origen de Lolita y las funciones que desempeñará. Roser sienta a Lolita a su lado.

La Casa. La Gran Casa se encuentra en un barrio muy famoso de Barcelona, el Barrio de Gracia, que hasta mediados del SXIX fue Vila independiente. En una calle que va desde Nilo Fabra hasta la calle Laurel, la calle Salvador, la misma en la que vive con penurias el pintor Josep María Sucre. Doña Rosario envía todas las semanas a Lolita a casa de los Sucre, con una fiambrera. Sucre, de origen burgués antes de la Guerra esa de la que nadie habla, fue arrinconado por sus simpatías anarquistas. Murió casi en la indigencia, viviendo con una hermana de la caridad del barrio. Todas las viviendas en la calle Salvador son torres de dos plantas, con jardines más o menos grandes. La planta baja de la Gran Casa tiene diez habitaciones, salón comedor, cocina con despensa, baño grande y baño pequeño, jardín grandioso al que bajan las niñas a jugar en la hora del patio. En la planta superior,  las aulas del colegio que regenta Doña Rosario y su prima Matilde. En una mitad las niñas que estudian Comercio. La otra mitad para los cursos de bachillerato. También hay aulas y cursos para niños pequeños. A Lolita la sitúan en el aula del bachillerato. Una clase con unos sesenta y seis alumnos, entre ellos ocho niños. Quedan tres grandes aulas vacías donde se imparten clases de historia, matemáticas, cátedras específicas para los alumnos del bachillerato. En una sala enorme contigua, los lavabos del colegio.

Las clases de ocho y media de la mañana a doce y media del mediodía. Son las horas lectivas de Doña Rosario. Por la tarde clases para los mayores. Los pequeños salen a las seis. El sábado por la tarde se fiesta. Los jueves por la tarde el grupo de Comercio no tiene clase.

El día de la llegada de Lolita, a las doce y media, al terminar la clase, Doña Rosario y Matilde hacen bajar a Lolita a la planta baja, la vivienda. Le enseñan la Casa. A Lolita le parece un gran palacio, inabarcable. “El comedor era precioso. Las paredes de la mitad para abajo eran de azulejos de colores, describiendo dibujos. Había una chimenea con un relieve de San Jorge y el Dragón”. La Casa es obra de Puig y Cadafalch. A finales de los setenta, comprarán y derruirán la casa en un fin de semana, para construir un bloque de apartamentos de Nuñez & Navarro.  Lolita comparte habitación con la madre de Doña Rosario, la anciana a la que debe atender. María, la asistenta, les sirve la comida en el gran comedor de Puig y Cadafalch. Lolita come con la asistenta en la cocina. María es de origen andaluz y no para de hablar en toda la comida. Le cuenta a Lolita que estará muy bien, que todos son muy buenas personas en aquella Casa.

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La madre de Doña Rosario, sencilla, una señora con mucha clase, dulce, muy cariñosa, se llama Vicenta. Tiene el pelo totalmente blanco, es bromista.

En la Casa hay dos perros, varios gatos. Los felinos campan a sus anchas por el jardín, mantienen a distancia a roedores y pequeños lagartos. Los perros viven bajo techo. Brotus, 12 años, blanco y negro, dócil, obediente. Pluto, joven, color canela, modales alocados. A Lolita le asustan los perros. A los gatos no se acerca.

Lolita es raro bicho entre tanta señorita de alta alcurnia. Se da cuenta enseguida del enorme retraso en los estudios. Lolita ha destacado entre las niñas del Asilo. En el Colegio de Doña Rosario es la última.

La Señora Vicenta, al salir de las clases, reza el rosario. Lolita acompaña. María prepara la cena. Todos esperan la llegada del Señor para sentarse a la mesa. A las siete y cuarto llega. El Señor se extraña de que la primera cena de Lolita en la Casa sea con el servicio, en la cocina.

–“¿Roser, no te parece que la niña tiene que estar en la mesa con nosotros? Quiero recordarte que la hemos traído a esta casa para que sea uno más de la familia”- Doña Rosario, siempre seria, llama a Lolita. La invita a cenar con ellos. Doña Rosario jamás se ríe, siempre que habla regañando, adoctrinando. Durante la cena corrige los modales de Lolita. Qué niña tan mal educada. “Así no se come, los codos no se apoyan, siéntate bien”. Para Lolita la cena es un suplicio.

– Roser, debes tener paciencia, así irá la niña corrigiendo sus modales con más facilidad- Doña Rosario no sonríe.

(En esta parte de los Cuadernos hay, al menos, dos hojas arrancadas)

Lolita entra en la Casa a principios de abril. Falta un mes y medio para los exámenes de Ingreso al Bachillerato. Los alumnos del Colegio se examinan fuera de la Academia, en el Instituto Verdaguer, en el Maragall, en el Montserrat, en el Jaime Balmes. Doña Rosario se propone que Lolita apruebe aquellos exámenes. Los sábados y domingos por la tarde, Lolita no puede estar en la planta noble de la Casa. Tiene que  ir a las aulas a estudiar. “Así no me distraía con música, radio, con nada”. A Lolita le asusta estar sola en la planta Colegio. Pupitres vacíos, enormes y amenazadoras pizarras,  pasillos,  tarimas crujientes, oscuridad, penumbras. Una tarde llora, tiene miedo.

-“¡Ya está bien de tanta tontería! ¿Eres muy mayor para tanto llanto?”- Lleva dos semanas en la Casa, tiempo más que suficiente para acostumbrarse a los espacios, a las costumbres, a los pupitres, alecciona Doña Rosario. El Señor invita a Lolita a estudiar en la salita del piano, en la planta vivienda.

–“De esta manera no te sentirás sola, pues si algo quieres, nosotros estamos aquí al lado”-

Doña Rosario quiere que  Lolita apruebe los exámenes de Ingreso, y además, los de primer y segundo curso de Bachillerato. Lolita está retrasada. El Señor desaconseja objetivos tan ambiciosos. 

–“Piensa que esta niña no está acostumbrada a estudiar, hay que ir despacio”. De mala gana accede Doña Rosario.

–“Este año sólo harás Ingreso, pero el año que viene tendrás que estudiar mucho, no quiero ser el hazmerreír de todos, con tu edad tendrías que estar ya en tercero o cuarto”-Lolita agradece.

Doña Rosario no transige. Critica a Lolita delante de las otras niñas.

-“Eres torpe, tendría que darte vergüenza, eres la mayor de la clase”- La prima Matilde ruega a Doña Rosario más paciencia. Lolita llora.
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“Llegó el día del examen y Yo iba como un flan; nunca había visto nada igual”. Por fortuna Lolita aprueba el examen; el Señor Clemente la felicita. Doña Rosario recuerda que aprobar es la obligación de Lolita.

-“Roser, si no aflojas un poco, la niña nunca se adaptará a estar con nosotros, procura ser un poco más amable, deja de actuar siempre como directora de escuela”-

 Lolita a duras penas entiende los comentarios, porque los Señores siempre hablan en catalán entre ellos. Lolita entiende una frase:

-“Si la niña está aquí es porque tú lo has pedido, por lo tanto tengamos paciencia”-

Los sábados al mediodía vienen a tomar café o a comer, el hermano de la Señora y su cuñada. El Señor Eladio y su esposa Pilar.  Son un matrimonio encantador, tan cariñosos que a Lolita le parece increíble que sean familia de la Doña. El Señor Eladio saluda con un beso a su madre, la Señora Vicenta. Nunca ve Lolita que Doña Rosario bese a su madre. A Lolita le cuentan las criadas que la Doña ha salido en esto del carácter clavada a su padre, un personaje de alta cuna, distante, frío, victoriano  en sus maneras. El Señor Eladio es todo lo contrario, divertido, bromista, cercano como su madre, la Señora Vicenta. Ambos, además tienen gran voz, y pronto se percatan de las condiciones artísticas de Lolita. El Señor Eladio voz de barítono, su madre soprano. A veces amenizaban las veladas de los sábados cantando zarzuela.  Lolita encandilada. El Señor Eladio y su esposa Pilar tiene una hija, Mª Nieves. Acababa de cumplir los veinte años cuando Lolita conoce a Mª Nieves. Única sobrina,  ahijada de Doña Rosario. Por su forma de vestir, por lo pintada que va, a Lolita le parecen mucho mayor que esos veinte. Pero Lolita nunca antes ha visto a nadie de esa edad, en el Asilo sólo hay niñas hasta los 17 o mujeres y monjas entradas en años. Todas las de veinte parecen estrellas de cine. Aunque Lolita no ha ido nunca al cine, pero ha visto sus fotos en alguna revista. Tampoco sabe Lolita nada de modas, ni de vestidos bonitos, ni de maquillajes, ni peinados a la última. Mª Nieves es educada, atenta con la abuela Vicenta y con su madrina Rosario. Mª Nieves tiene unas primas muy adineradas con las que compite en vestidos y peinados. Pero la que tiene dinero es Doña Rosario, no sus padres. Para la Madrina siempre guarda los mejores modales. Doña Rosario le regala vestidos bonitos, maquillajes, peinados a la última. MªNieves estudia Magisterio, pero acabará abandonando la carrera, para isgusto de Doña Rosario.
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Ha pasado mes y medio desde la salida de Lolita del Asilo. Lolita lleva semanas sin ver a sus hermanas cuando en la Casa recibe una llamada telefónica. Son las monjas que piden a Doña Rosario el regreso de Lolita al Asilo. Dolores reclama, viene desde Granada pues quiere llevarse a sus hijas mayores. El Tutelar de Menores ha dado órdenes; las tres hermanas en el Asilo cuando las visite su Madre. Eduardito anda por libre (ha ido engañado a Granada. Al ver que allí se le explota, al  ver que Dolores se queda con todo el dinero que Él gana, se apunta al Ejército como voluntario. Tres años en filas del Ejército, alejado de Dolores). El Tutelar de Menores sólo tiene potestad hasta los catorce años, a partir de ahí, nada pueden hacer frente al reclamo legítimo de los parientes. Margarita ha cumplido los catorce. A Lolita le falta un año. Pero el Tutelar sigue guareciendo en casos especiales. Lolita va con ganas al encuentro de sus hermanas. Tiene ganas  hasta de las amigas y las monjas del Asilo. La acompaña María, la criada.

–Un beso, Lolita. Quiero verte pronto en Casa- se despide con cariño.

Las niñas del Asilo reciben con un gran revuelo a Lolita. Quieren verla, tocarla, que les cuente todo con mil detalles. Les encanta el vestido de Lolita, sus nuevos modales, sus educadas frases. Doña Rosario ha aleccionado a Lolita:

-Recuerda lo mala mujer que es tu madre, no le importáis nada, sólo os quiere para que trabajéis, para quedarse con vuestro dinero, no se merece más que vuestro desprecio-

Doña Rosario le pide a Lolita que cuando se acerque su madre, Ella aparte la cara con desprecio.

-Preguntaré a las monjas para ver si así ha sido-.

A Lolita no le cuesta despreciar a Dolores. A Lolita le agota que Doña Rosario siempre ponga el dedo en la llaga. Las monjas nunca inculcan el odio a los parientes, nunca juzgan a Dolores, no analizan el origen de las desgracias de las niñas y niños del Asilo. Doña Rosario, cristiana modélica, reza a diario, no falta a misa ningún domingo. Doña Rosario, que ha estudiado Magisterio en tiempo record en una universidad poco acostumbrada a ver mujeres entre sus filas, que regenta un Colegio que pretende transmitir junto a los conocimientos, los mejores valores, no hace más que triturar a sus semejantes. Lolita es la mejor de sus víctimas.

Todos ven cambiada a Lolita ¡En tan poco tiempo! Es una señorita.

Les explica. Ha aprobado el examen de Ingreso. En el Colegio de Doña Rosario las niñas ya hacen quebrados e incluso raíces cuadradas. Lolita sólo sabe las cuatro reglas. En lo que destaca Lolita es en labores, es la que mejor cose, las otras no saben ni coger la aguja. Las niñas aplauden. Tres hurras por Lolita. Doña Rosario le ha dicho a Lolita que en el siguiente curso ayudará a la profesora de labores a enseñar punto de cruz. En aquellos días el punto de cruz no se hace en tela “panamá” sino en “cañamazos”. Cuando quieres hacer alguna virguería se cose directamente en tela de “batista de algodón”.

-¿Qué tal estás, cómo te tratan?- preguntan las monjas. Lolita les cuenta. Doña Rosario marca las distancias, recuerda los orígenes, nunca sonríe. Les cuenta que el primer día el Señor Clemente le dice su nombre a secas, pero Doña Rosario rectifica: -“Para ti Doña Rosario, y al señor, Señor Clemente”- A la sobrina la tiene que llamar Señorita Nieves. El mismo trato que reciben de las criadas. Las monjas aconsejan paciencia. Será muy bueno para ti, Lolita, seguir en aquella Casa,  recibir estudios, vestir como una señorita, ser alguien el día de mañana. Pero está el asunto de Dolores, su madre. Dolores reclama. Las monjas dicen:

 –“No desaproveches esta oportunidad, Lola. Aquí dentro no podemos ofrecerte nada. Tu madre, ya sabes a lo que viene”-

Las monjas y el Tutelar de Menores han estado haciendo averiguaciones. La situación de Dolores es muy mala, viven en la miseria allá en Granada, casi en una chabola. Si Dolores se empecina en reclamar, no tendrán más remedio internar de nuevo a Lolita. Esta posibilidad no desagrada del todo a Lolita.

Las niñas del Asilo tocan el vestido, preguntan sobre la Casa, el colegio, las clases, las otras niñas. Lolita les cuenta. El vestido que lleva se lo ha hecho la Señora Catalina, que viene todos los jueves a coser a la Casa. Una falda blanca, una blusa de la misma tela,  encima una torerita de color rosa en lana de angora. Las niñas tocan, no han visto nunca una ropa tan bonita. Preguntan por los chicos. Lolita les cuenta. En su clase hay varios, algunos mayores,  estudian bachillerato. Son guapos. Las clases de matemáticas son las más difíciles.

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A la mañana siguiente, después de misa, Lolita va a las clases con las otras niñas del Asilo. Sor Anunciata le insta a explicar a las niñas mayores lo que ha estudiado. Lolita cuenta. Hay que estudiar muchísimo para el examen de Ingreso, te llevan en autocar hasta el edificio donde te examinan, que está junto a unos enormes y maravillosos parques, en las clases hay pupitres individuales, te dan folios con varias preguntas, a los dos días del examen te dicen si has aprobado o no. Una hermana comunica a la Sor Anunciata que Dolores ha llegado. Las tres hermanas van al despacho de la Superiora. Dolores, dos hombres del Tutelar, la Superiora, Sor Anunciata. Dolores quiere besar a sus hijas, pero Margarita aparta la cara. Conchita y Lolita besan a su Madre (a pesar de las advertencias de Doña Rosario). Empieza una dura entrevista. Dolores viene convencida de que se llevará a sus hijas. Dialoga con los hombres del Tutelar y con sus hijas de manera suave, dulce. Dolores está convencida de que una madre manda y dispone. Que para eso las parió. En Granada tienen cuatro hermanos, les cuenta. Están como locos esperando la llegada de las niñas de Barcelona. Dolores quiere que estén todos juntos.

-“¿Dónde vamos a vivir si no tienes casa?-pregunta Lolita. –“¿Quién te ha dicho a ti que no tengo casa?- Sor Anunciata le hace un gesto, Lolita calla.

Dolores Madre explica que la casa es pequeñita, que está a la espera de hacerse con una mayor, que tiene los papeles en su poder, que faltan pocos días para que se la entreguen. Lolita no cree nada. Los hombres del Tutelar aplazan el encuentro hasta el día siguiente. Las monjas están de acuerdo. Dolores besa a sus hijas, las despide hasta el día siguiente. Lolita respira aliviada, otra noche con el resto de niñas. En el comedor Sor Inocencia les ha preparado caldo, y una tortilla. El resto de niñas juguetean en el patio.

–“¿Qué os ha pasado? Y tú, Lolita, ¿Te quedas otra vez en el Colegio con nosotras? ¿Te vas de nuevo con los Señores de la Casa bonita?”- Tantas preguntas, tantas las dudas. Las hermanas no saben qué contestar.

Por la tarde Sor Anunciata telefonea a Doña Rosario para ponerla al corriente. Doña Rosario pregunta por la reacción de las niñas con su madre.

– Han estado bien, pero muy secas. La madre también se ha comportado de manera distante- contesta. Dolores nunca muestra afecto, ni cariño, ni expresa emoción, ni alegría alguna con sus hijas. Doña Rosario se queda satisfecha. Lolita sabe que Dolores las quiere para ponerlas a trabajar.

La vida en el Asilo sigue como siempre. Nunca creyó Lolita que podría echar de menos aquellas paredes, aquellas monjas, sus rudos modales. Los castigos siguen existiendo, las injusticias, el trato grosero. Le cuentan. Las niñas mayores siguen organizadas para cuidar de las pequeñas y mantener lejos a las monjas. Conchita se ha vuelto a mear en la cama; esta vez si la castigan, la obligan a pasear por clases y comedor con el colchón manchado en la cabeza. A Sor Filomena se le ha vuelto a escapar la mano. Encierra a las mellizas en el lavabo y les da una paliza. Cuando las niñas salen del baño llevan las caras embadurnadas en mierda. Nadie sabe explicar qué diablos han hecho para merecer tal castigo.

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Al día siguiente, Lolita espera noticias. Desayuno. Clase, patio, comida… Sor MªLuisa pregunta:

-¿Qué tal ha ido con tu madre?- Lolita se encoge de hombros. Dolores no se ha presentado a la segunda entrevista.

–Piensa bien, Lola, lo que quieres hacer. Te juegas tu futuro. Nada bueno te espera con tu madre-

En la cabeza de Lolita se baten ideas dispares ¿Y si se va con Madre? ¿Y si la vida con Madre no es tan mala como todos dicen? Se azora  pensando que una Madre de verdad no “abandona” a sus cuatro hijos. Dolores no puede ser una buena madre.

Dolores se presenta en el Asilo por la tarde. Por la mañana ha plantando a las monjas y, cosa más grave, a los hombres del Tutelar de Menores. Se presenta altiva, “orgullosa como siempre, segura de que va a conseguir lo que ha venido a buscar”. Dolores toma el mando de las conversaciones, lo que Ella ha decidido es lo correcto, simplemente, porque Ella lo ha decidido, por que es madre, por que ser madre es sagrado. Les pregunta a sus hijas mayores si quieren irse con Ella. Margarita no. La Madre Superiora comenta lo de la enfermedad de Margarita, las complicaciones que tendrá para trabajar en el campo. Lolita no. Dolores monta en cólera. Si no es por las buenas será por las malas. Ella no ha ido hasta Barcelona a perder el tiempo, se llevará a las niñas como sea ¡Ella es madre, la Madre! La Superiora le recuerda que a la única que puede llevarse es a Margarita, la mayor, que las otras dependen todavía del Tutelar. Los del Tutelar se han enfadado. Margarita dice no. Lolita dice no. La Superiora habla de la falta de cariño que tiene la pequeña, Conchita.  Le haría bien ir con su Madre. Dolores no puede alimentar otra boca, Dolores quiere hijas trabajadoras, no más problemas. Dolores dice no. La Superiora comenta que nada pueden hacer sin la presencia del Tutelar, que a ver si quieren volver al día siguiente. Dolores dice que ya no vuelve más, que hagan con las niñas lo que les dé la gana.

 –“Lolita, no te saldrás con la tuya, espero recuperarte algún día y hacerte pagar tu descaro”-

Lolita, retira la cara y no permite más besos. La Superiora frena la bofetada a pocos centímetros de la cara de Lolita. Conchita llora, dice que Ella si quiere irse con su Madre. Dolores se va. Esa noche Lolita duerme con la pequeña, no hay forma de consolarla. Esa noche Sor Anunciata llama a Doña Rosario y le cuenta. Deciden que Lolita se quede un par de días más para consolar a la pequeña. Todos temen que Dolores vuelva  en las próximas horas. Pero no vuelve. Tía Carmen de nada se ha enterado, esté lejos, trabajando en las cocinas de la Costa Brava.

Llega el momento de regresar a la Casa, con Doña Rosario. Lolita llora. No quiere irse. Entiende a la perfección los parámetros de la vida en el Asilo, allí están sus hermanas, allí está la pequeña que tanto la necesita, allí están los domingos sin visitas pero con "bugui bugui". Lolita ha vivido demasiado tiempo en aquel mundo minúsculo como para sentirse segura extramuros. En la Casa  hay personas cariñosas, pero es un mundo dominado por Doña Rosario.

Vienen a buscar a Lolita. Doña Rosario y su Marido. Conversan con Sor Anunciata y Sor MªLuisa. Lolita se despide con lágrimas. En la calle espera un taxi. Durante todo el trayecto, Lolita calla, solloza. El Señor Clemente la coge de la mano.

–No debes llorar Lolita. Tu salida del Colegio es para mejorar tu posición en la vida, para ser alguien el día de mañana-

-“Tienes que dejar de llorar porque sino vas a ser la burla de todas las niñas, en cuanto lleguemos a la Casa, quiero ver una cara alegre”- añade Doña Rosario.

Le promete que si se porta bien y avanza en los estudios, sus hermanas podrán venir a verla. Cuando llegan a la Casa, la abuelita Vicenta y María la criada besuquean a Lolita. Lolita saluda a la prima Matilde y a Pilar, otra profesora. Matilde está realmente contenta de ver a Lolita, le dice que no se preocupe, que Ella la ayudará a estudiar. Pilar se muestra afectuosa. Con Pilar hay que ir con cuidado, aprende Lolita; no es una persona de fiar, nunca enseña su verdadero rostro.

Al día siguiente Lolita se levanta a las siete. Doña Rosario la quiere lista antes de que lleguen sus alumnas. Las niñas llegan de ocho y media a nueve, así que después de asearse y desayunar, mientras espera la llegada,  Lolita limpia el polvo de las mesas, las pizarras, repasa la limpieza del suelo de todas las aulas. Todavía no lleva veinticuatro horas en la Casa. Todo está de nuevo en “su sitio”. Doña Rosario parece satisfecha. Las niñas llegan. Se colocan sus blancas batas. A las ocho y media Matilde y Pilar. Sobre las nueve menos cuarto Doña Rosario. Lolita recordará toda la vida aquel tempo de entrada, porque se repite durante años. La entrada de Doña Rosario supone una especie de toque de queda. Las niñas con sus batas blancas, van llegando, alborotaban, se sientan en sus pupitres en silencio nada más ver a Doña Rosario por el pasillo. Doña Rosario entra en el aula, las niñas, al unísono, la saludan. Empiezan las clases. Doña Rosario forma grupos, y los dispone en círculo alrededor de su mesa. Empieza el corro de preguntas sobre la lección del día. Primero francés. La prima Matilde hace lo mismo con las niñas de primero de bachillerato. Geografía, historia, religión. En tercero de bachillerato el Colegio contrata profesores especializados en las asignaturas, pero para los cursos anteriores, Doña Rosario y Matilde se ocupan de todas las asignaturas. Doña Rosario, además, da las clases de diplomatura de Comercio. La Señorita MªNieves viene unas tres veces por semana para impartir matemáticas en primero y segundo. La sobrina de Doña Rosario estudia magisterio, aunque acabará dejándolo por culpa de un novio. La Señorita Mª Nieves  desayuna en la Casa. Cacaolat, palmeras. Tras el desayuno se maquilla. Lolita la peina. A Lolita se le da bien imitar los moños a lo Grace Kelly .

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Lolita se adapta de nuevo a los ritmos de la Casa. Los sábados son sus días predilectos, especialmente aquellos en los que viene el divertido Señor Eladio. Llega con un coche pequeño en forma de huevo. Se llama biscuter. A veces le da a Lolita un paseo en el biscuter. Otros sábados Eladio viene en moto con sidecar. En el asiento del copiloto trae a B, el listísmo perro al que Eladio suele disfrazar. Un pañuelo anudado al cuello, gafas de sol. B te saluda con la pata derecha cuando se lo pides, pasa por todos los invitados saludando uno a uno si hace falta. Mientras meriendan el perro sentado, callado, obediente, sumiso junto al Señor Eladio. No se mueve si su amo no le autoriza. Lolita no puede creer que un perro sea tan obediente, tan humano. Los perros de la Casa, permanecen encerrados las tardes de los sábados, para que no se celen del trato humano que recibe B. Pluto no sabe hacer nada, es un perro travieso que  nunca hace caso. Si puede, entra en la cocina y roba filetes. Brotus, quizás por viejo, es perro obediente. Le trae las zapatillas y el periódico al Señor cuando llega a Casa. El Señor Clemente, de alta estatura, grueso, muy delicado del corazón, padece una angina de pecho. Agradece con unas palmaditas en el lomo el gesto cotidiano de Brotus.

Regularmente visita la Casa un cardiólogo muy famoso que tiene consulta privada en la Diagonal. En la misma consulta tiene un pequeño quirófano. El Señor Clemente es intervenido allí. Cateterismos, lo llaman. La intervención es muy dolorosa. Tras la intervención trasladan en ambulancia al Señor Clemente hasta la Casa, y le prescriben reposo. Durante unos días el médico visita la Casa. Viene hasta que el Señor se encuentra con ánimo de regresar al trabajo. El Señor Clemente tiene unos cincuenta y siete cuando Lolita entra en la Casa. Doña Rosario cinco menos. Es una señora de estatura media,  propensa a los kilos,  con una gran elegancia de movimientos. Viste con exquisitez, no escatima en joyas ni pieles siempre que va de recepción o evento. Tiene muchos sombreros bonitos. El día de su Santo se celebra por todo lo alto, es el gran día de la Casa. No hay clases. Las niñas vienen al Colegio, pero no hay clases. Le entregan un regalo comprado con la recaudación que acopian entre todas. Un juego de té de plata, una joyita. Por la mañana en el jardín gran mesa con pastas y chocolate a la taza. Tras la mañana de fiesta, cuando las niñas se van a sus casas, la familia celebraba con una comida especial el acontecimiento. Doña Rosario preside la mesa. El Señor Clemente, la abuelita Vicenta, su hermano el Señor Eladio, su cuñada Doña  Pilar, la Señorita Mª Nieves, Lolita. La comida no la prepara María la criada, se encarga a algún restaurante de renombre. Por la tarde, regresan las niñas. Es el momento de la representación teatral. El primer año de estar en la Casa, incluso Lolita interviene en la obra. Doña Rosario invita a algunas niñas del Asilo y a tres monjas para sorpresa de Lolita. Sor MªLuisa adapta la poesía que Lolita había recitado en la última onomástica de la Madre Superiora. Sin que nadie sospeche nada, recita por sorpresa  el poema en honor de Doña Rosario. Todo el mundo aplaude. Lolita nunca olvida que ese día ve lágrimas en los ojos de Doña Rosario. Todos se emocionan con la inocencia de Lolita. María la criada, llora desconsolada y aplaude. Las profesoras felicitan a Lolita, Doña Rosario le da dos besos. Las niñas del Colegio regresan a sus casas. A las del Asilo se las obsequia con bollos y bebidas antes de que marchen. Se las deja jugar un rato con Lolita. Todas están de acuerdo en lo afortunada que es Lolita, lo grande y bonita que es la Casa. Lolita les enseña la habitación que comparte con la Abuelita Vicenta. Les enseña su armario lleno de bonitos vestidos. Las clases del piso superior, el enorme palomar del terrado, la sala del piano. Acaban jugando en el jardín. Dos niveles forman el jardín. En uno hay dos mimosas, una morera, un castaño, un abeto centenario, otros árboles que Lolita no sabe reconocer. En la parte alta del jardín, a la que se sube por una escalinata, cubierto por sauces llorones, un estanque con peces de colores y un pozo de piedra al que Lolita siempre le pide deseos que nunca se cumplen. Las niñas del Asilo elogian el colorido de los peces, corretean con alegría. Conchita, también ha venido, no da crédito, quiere quedarse en la Casa con Lolita. A las siete de la tarde las monjas y las niñas se despiden. Lolita entristece, pero menos que otras veces. Los Señores le prometen que si estudia mucho, otro día vendrá Conchita. Cuando se quedan solos, la familia le hace repetir la poesía. El Señor Clemente está entusiasmado. No son raras las veces desde aquel día, que Lolita declama poemas para el Señor Clemente. El Señor Eladio y la abuelita Vicenta, ven que Lolita tiene talento para las artes escénicas. Le enseñan fragmentos de zarzuela. Vicenta, Eladio, Lolita, buscan cualquier excusa en casi todos los encuentros familiares, para cantar o declamar. 

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Doña Rosario permite de uvas a peras que Conchita visite a su hermana. En cierta ocasión, Conchita pasa un fin de semana entero en la Casa. En el momento de ir a dormir, la abuela Vicenta les hace preguntas a las niñas. Conchita no habla catalán, la abuela Vicenta se esfuerza en preguntar en castellano. Casi nunca habla castellano. Al oírla, las niñas ríen con una de esas risas tontas que no hay manera de atajar. Doña Rosario regaña, que si ya basta de reír tanto, que así no se comportan las señoritas, que de qué ríen. Ellas ríen por lo bajini, tapando como pueden las carcajadas.

Al día siguiente, el Señor Clemente las deja salir a dar un paseo por el barrio. Es la primera vez que las dos hermanas vagan a sus anchas por la ciudad. Lolita lleva a su hermana pequeña a conocer el Parque Güell, uno de sus rincones predilectos, en la parte alta del Barrio de la Salud. A Lolita le gusta tocar el dragón cerámico que adorna la escalinata principal del Parque.

Las monjas colocan a Margarita como ayudante de cocina en la casa de una familia muy distinguida. Ya no está en el Asilo. Conchita pasará unos años sola en Nuestra Señora del Port, sin hermanas. La casa en la que está Margarita la regenta una viuda y sus tres hijos varones, los Señores de Morell. Las monjas tienen la esperanza de ver salir a Margarita del cerrado mundo en el que  se ha enclaustrado. La casa está a tres fachadas de la Casa-Colegio de Doña Rosario. Lolita y su hermana se ponen muy contentas por la cercanía. Los domingos quedan, van a ver a  Conchita al Asilo, o visitan a la Tía Carmen. Con cierto orgullo Tía Carmen las recibe. Se han hecho mayores. Son unas señoritas.

-Lolita, tienes que tener paciencia en la Casa, procura aprender muchas cosas- le aconseja.

 Margarita trabaja con Tomasa, una sirvienta de cierta edad, señora de confianza de la familia. Margarita es ayudanta. Tomasa es una mujer de carácter que trata con afecto a Margarita. En domingo, coinciden las tres en el tranvía que las lleva de visita al Asilo. El tranvía está repleto. Es costumbre que los niños no paguen. Una señora con su hijo ocupa dos asientos. Tomasa pregunta si el niño ha pagado billete. Tomasa agarra del brazo al niño y lo saca del asiento. Margarita y Lolita se tronchan de la ruda ocurrencia de Tomasa.

Maragarita dura poco en aquella casa. Al principio es ayudanta de cocinera, pero enseguida la quieren para limpieza, para tareas de la casa. A Margarita se le hace un mundo salir de sus pucheros. En el Asilo, en parte debido al carácter nervioso que destila, por el riesgo de padecer ataques epilépticos, la dejan en paz, le permiten dedicarse sólo a sus pucheros. En la casa les parece poco que sólo cocine. Uno de los jóvenes se propasa con Margarita. Nada serio, unos toqueteos, nada que no se estile entre señores y servidumbre. Margarita reacciona, recoge sus cosas, se va a la Casa con Lolita. Doña Rosario, escucha a Margarita, permite que se quede aquella noche, telefonea a las monjas, les cuenta. Al día siguiente Margarita ingresa de nuevo en el Asilo.

Dos años después las monjas colocan a Conchita. Un matrimonio mayor sin hijos, gentes del campo con poca cultura que viven en Badalona. Tienen casita con huerto. Parcos en cariño y atenciones. Conchita está allí para atender las necesidades de la casa, del campo. Margarita encuentra trabajo en una tocinería de Badalona. Su primer salario.

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A Madre la abandonaron cuando tenía cuatro años en un lóbrego orfanato. Madre se llamó Lolita. Lola para las monjas enfadadas. Una tarde mi hija pequeña quiere ir al baño.

-Espera cariño, que te enciendo la luz del pasillo para que no tengas miedo- dice la abuela.

-La niña no tiene miedo- contesto.

-Quita, quita, que no me cuesta nada-

Madre tuvo miedo. Se llamaba Lolita y tuvo miedo. No un miedo atávico sino un miedo de postguerra, de orfanato, de cartilla de racionamiento, miedo al “abandono”, miedo a los miedos oscuros.