martes, 3 de diciembre de 2013

Montañas. Aviones (Montseny, 1970)



Desde el punto de vista administrativo el Parque Natural del Montseny se encuentra en el cruce de tres comarcas catalanas: Osona, el Vallés Oriental y la Selva. Se trata de un macizo montañoso de unos 400 kilómetros cuadrados de superficie. Se extiende en paralelo a la Cordillera Prelitoral catalana. Dista poco menos de 20 kilómetros del mar. Un bloque abrupto se alza en el centro montañoso, formado por el Turó de l’home (1706 m), Les Agudes (1703 m) y el Matagalls (1697 m). Tridente pétreo visible desde la ciudad de Barcelona. La cercanía de la Urbe, a 50 kilómetros, hace del Montseny lugar predilecto para el excursionismo dominguero. Muchos de los que vivimos en Pueblo fuimos domingueros que un día quedamos atrapados por la montaña. Intentamos olvidarlo, que la montaña nos perdone. “El Montseny es la montaña donde la ciudad debe ser puesta a prueba…” Nuestro retorno a la naturaleza es un pacto encubierto. Un huir de los pruritos autodestructivos, volver a los dioses primigenios, a los licores fuertes, al bosque originario.

Poco amantes de la montaña, los romanos escogían vivir en los llanos, y así se extendieron por Europa, cruzando mares y fundando ciudades como Barcino. Los íberos no temían a las montañas, las buscaban. En el Montseny queda rastro de asentamientos íberos y romanos. Lo que pasó antes forma parte de la leyenda. Casi no hay vestigios de culturas anteriores en estas montañas, pero son muchos los jóvenes del Montseny que cuelgan de sus cuellos símbolos de origen celta. Los romanos no mostraron especial interés en adentrarse en los bosques, en ascender picos, territorio de temidos dioses bárbaros, monstruos, tribus asilvestradas. En la Edad Media la presión sarracena, las luchas entre condados, los asedios piratas a la costa mediterránea, contribuyeron a que la población se adentrara de nuevo en las espesuras y subiera a las cumbres. Pero algo remoto se infiltra en las peñas, pedruscos, entre los troncos y helechos de los bosques insondables, un miedo que siempre vuelve, del que huían los romanos, del que se evaden los ciudadanos de la polis. Un miedo al que el hombre parece siempre regresar.

En Pueblo hay una mujer que cuenta historias, Ramona. Entrada en años, nunca se casó, vive con su hermano también soltero, y guarda no pocos silencios. Entre los dos suman más de 130 años. Ramona te encuentra por la calle un Domingo de Ramos y te regala laurel bendecido: -Guárdalo todo el año- Ramona habla de infusiones de ortiga, -son buenas para la sangre- Ramona te cuenta que antes llovía siempre en Pueblo, que no hay que meterse en los bosques cuando atardece, que te guardes de los perros solitarios. Ramona siempre regala una sonrisa, aunque hable de las neblinas del macizo.

-Yo creo que la culpa fue de la niebla. El accidente de avión. Era el 70 o el 71. Se estrelló en Les Agudes. Murieron todos. De los pueblos subían los hombres a ayudar. Les dieron bolsas para recoger los cadáveres. Se organizó una batida para recoger la chatarra. Nadie quería dejar rastro de la tragedia ¡Fue terrible!-

El avión era un Comet IV-Havilland (matrícula G-APDN) de la Compañía Dan Air. 3 de julio de 1970. Procedente de Manchester. 112 ocupantes (105 pasajeros y 7 tripulantes) que se dirigían a Barcelona. Víctimas británicas que iban de vacaciones a la costa y nunca llegaron. Sus cuerpos fueron enterrados a toda prisa en una fosa común del cementerio de Arbucies. Leo en Google sobre el caso. El piloto pensó que estaba en Sabadell, los controladores aéreos del Prat creyeron que estaba sobre Sabadell. Una luz en sus radares así lo indicaba. Sabadell está a 52 kilómetros del lugar del siniestro. ¿Qué debió pasar? La niebla, las brumas. ¿Y esa luz que detectó el radar sobre Sabadell? Los controladores dieron el visto bueno cuando el piloto del Comet pidió autorización para iniciar el descenso, creyendo estar sobre Sabadell. A las 18,05 horas del 3 de julio, se perdió el contacto con el Comet. En el pequeño aeropuerto de Sabadell no había aterrizado. En el aeropuerto del Prat nada sabían. El Comet había desaparecido de los radares. Debía llegar a las 19 a Barcelona, pero nunca llegó. No hubo ninguna notificación de choque en las poblaciones periféricas. Nadie sabía dónde estaba el Comet. Un periódico local publicó una escueta nota sobre la extraña desaparición del avión.

Tres hermanos de Viladrau vieron volar el avión muy bajo. Desapareció en la niebla. Comentaron que a esa altura de vuelo y en esa dirección, el avión acabaría por estrellarse con las montañas. No oyeron ninguna explosión, pero avisaron a las autoridades. Cuando certificaron la desaparición del Comet que venía del Reino Unido, se organizó una batida. Coordenadas N41º48’12.7’’/E002º26’48.0’’. Confirmaron lo peor. Todos muertos. Las autoridades de la época no estaban preparadas para este tipo de catástrofes. Protocolos anticuados. Los equipos de rescate metieron en bolsas los restos humanos. Contaron 113 cabezas, según informa un medio local. Pero sólo había 112 pasajeros registrados en el Comet. Algo no encajaba; se dió rápido carpetazo al tema. Nació la leyenda del 113º pasajero. Hubo hipótesis OVNI que hablaron de una luz que confundió a los radares. Se habló de galimatías, de nieblas, brumas, sacrificios, mitos, pasajeros del más allá. Los pilotos ingleses era la primera vez que volaban a Barcelona. En una fosa común de Arbucies reposan los restos. Una placa en las mismas coordinas del accidente recuerda a los fallecidos. Desde aquel día no son pocos los excursionistas que encuentran pequeños restos del avión, objetos personales. En homenaje a los muertos, los dejan junto al monolito conmemorativo.