martes, 12 de noviembre de 2013

Desmontando a Tàpies (2013)


                                (Foto: desmontaje Museu Nacional d'Art de Catalunya.)

“Terra Negra” (2003) es probablemente el más voluminoso de los cuadros que presenta Tàpies des de l’interior, muestra conjunta entre el Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC) y la Fundación Tàpies. “Terra Negra” (2003) es una obra conmovedora, de cuyo impacto estético no es fácil huir ni aún cuando nos acercamos a ella como meros técnicos de montaje.
Normalmente se escriben las crónicas al inicio de una exposición, antes incluso de abrir al público, cuando se presentan los contenidos en rueda de prensa. Todos los agentes puestos en juego en el desarrollo museológico y museográfico trabajan a destajo durante los días de montaje. Es el momento de las elucubraciones, de los apuros técnicos. Una vez inaugurada, el público toma relevancia en el día a día de la muestra. Lo que no suele ser habitual es hablar al cierre de la exhibición, durante el desmontaje, cuando las salas vuelven a estar vacías tras el embalaje y devolución de las piezas. Sin embargo ese es uno de los paisajes habituales donde desarrollan su labor los manipuladores de arte. Manipulación, transporte, montaje, inauguración, exhibición, cierre, desmontaje. El ciclo laboral del art-handler.

A mediados del otoño, tras casi cuatro meses, se desmonta Tàpies des de l’interior. Mis inicios como art-handler se remontan al año 1996, cuando BZ, amigo y profesional del transporte de obras de arte, me llamó para ayudar en la descarga de un camión repleto de cuadros embalados de Antoni Tàpies. Desde aquel primer día no han sido pocas las veces que he trabajado en los estudios del pintor, en algunas de sus exposiciones, protegiendo, trasladando, montando su obra. Ese periplo laboral en paralelo a la obra y vida del Tàpies de los últimos años, quedó reflejado en algunos textos de los que recupero ahora fragmentos.

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“Visitar el estudio de Antoni Tàpies en Barcelona es asistir a la celebración de una atmósfera. Nunca he visto montaje expositivo alguno que supere la emoción del paseo por el estudio del Pintor. Los cuadros se acumulan por centenares haciendo casi imposible el trabajo en él (de hecho, Tàpies lleva a cabo el grueso de su producción, en el enorme y vacuo estudio que tiene en la montaña del Montseny). En el estudio de Barcelona, todo nos habla de la atmósfera Tàpies y del hecho pictórico más allá de la tela. Cuadros amontonados los unos sobre los otros en desorden cronológico, el suelo manchado por los años de labor pictórica, la pastilla desgastada de jabón junto al fregadero donde limpia sus pinceles, los muebles de madera donde clasificar la obra gráfica, el esparto que forra el suelo de la zona de archivo, los cristales entelados del lucernario que ilumina la estancia principal, las esculturas arrinconadas, los embalajes de los cuadros más viajeros, los materiales en suspenso esperando ser utilizados…Es un bazar mediterráneo con olor a barniz, madera de pino, tierras húmedas, miel y cuerda. Aire similar al que se respira en los alrededores de su estudio del Montseny, cuando salen al paso las encinas, los castaños viejos, los alcornoques, las hojas caídas, las neblinas matinales, las ardillas, los coleópteros locales, las orugas, la tierra horadada por el hocico de jabalíes y jabatos. La pintura de Antoni Tàpies acoge el azote de los elementos, la furia de la Naturaleza, pero también el drama de la conciencia que del existir tiene el hombre. Y es esa densidad la que el Pintor expande tanto en sus telas como en sus ambientes cotidianos. Todo lo que vive camina irremisiblemente hacia la muerte”.

Elogio del fracaso de Tàpies. Revista Lateral. Barcelona. Enero, 2003.



“En Campins, población escondida en la cordillera del Montseny donde tiene un gran estudio, realiza desde hace 50 años el grueso de su producción. En pequeños cuadernos anota durante el invierno ideas que luego desarrolla en el estudio de Campins. Así, decide los tamaños de las telas que encarga. Empieza el proceso estival en un estudio vacío. Cada cuadro pintado conduce al siguiente. Al terminar la temporada el taller está repleto de pinturas que conectan las unas con las otras. Se trata de una narración continua que nunca ha sido mostrada al gran público aunque sí a los amigos, admiradores y colaboradores. Al llegar septiembre los cuadros se dispersan en las exposiciones comprometidas durante el invierno anterior. ‘Nunca estoy satisfecho; no llego a lo que quería contar; siempre me quedo a medio camino’, me confiesa compungido, mientras paseamos entre la magnífica colección de cuadros. Tàpies no parece contento. Su pintura se sustenta sobre el dolor. Es una artista bisagra entre el paradigma de la modernidad y el desaliento de la postmodernidad. Su territorio es hacienda de nadie. Tàpies está solo”.

Un pintor de acción. El País Cultural. Uruguay. Enero, 2009.



“No hay que tener prisa cuando se descarga un camión lleno de obras de Antoni Tàpies. Todos los manipuladores que participan deben estar concienciados de la naturaleza singular de los volúmenes tratados. Las morrocotudas cajas de madera tratada en las que viajan los cuadros del Pintor, albergan pesada pintura matérica a menudo tan fenomenal como su envoltorio. Muchas veces Antoni Tàpies, conocedor en profundidad no sólo de los materiales que forjan su pintura sino también de todos los que conforman la trastienda del Arte, guiña el ojo al espectador e invierte los órdenes llevando de cabeza a los técnicos que manipulan sus obras. Así, hay obras del Pintor que son embalajes reaprovechados, alterados hasta hacerlos pasar por el cedazo de su lenguaje, a los que luego hay que volver a empacar. Embalar embalajes, the play within the play. Hay obras que surgen de los cartones restantes tras una jornada laboral embalando cuadros en su estudio. Piezas que parecen livianas y son pesadísimas, junto a otras que parece imposible mover sin la ayuda de una grúa y sin embargo resultan aéreas. Las hay en las que diferenciar reverso de anverso sobreviene apurada tarea. En las que se sitúa el pigmento por encima del aglutinante, o se dibuja el boceto después de verter la pintura. Un lío.

En el núcleo del decálogo de un art-handler se erige un apotegma que no debe olvidarse: la mejor manipulación de una obra de arte es la que no llega a producirse. Salvo contadas excepciones, las obras de arte han sido pensadas para ser exhibidas que no manejadas y trajinadas. El embalaje, la carga o descarga, la estiba de un camión y cualquier manipulación anterior o posterior de una obra de arte, encubre una trasgresión que puede poner en peligro un patrimonio cultural irremplazable”.

(de La Trastienda del Arte. Libro inédito. Barcelona, 2008).



“En la pintura de Tàpies se puede leer el trazo; los objetos se revelan, el calcetín, un zapato, cualquier puerta vieja, una silla, el parco mundo objetual que rodea al Pintor tendrá lugar en esa pintura. Y también cabrá el paisaje del Montseny, los alcornoques, las nieblas, las cruces del cementerio, el dolor y la paradoja, la poesía de Oriente. Escribirá Tàpies en sus memorias: “Montseny, boscos, matinales, capvespres amb cants de rossinyols, passeigs per laberints d’alzines amb el meu gos estimat. Caminar, peus, sabates, bastó. Nits de boira, nits d’estrelles, nits d’ira, nits dialogant amb companys, fent projectes, nits sentint música, nits d’amor…” (Montseny, bosques matinales, atardeceres con cantos de ruiseñor, paseos por laberintos de encinas con mi estimado perro. Caminar, pies, zapatos, bastón. Noches de niebla, noches de estrellas, noches de ira, noches dialogando con compañeros, haciendo proyectos, noches de música, noches de amor…).
Tàpies encabeza sus memorias con una cita de Hou K’ieou-tsen: ‘¿Cuál es el objetivo supremo del viajero? El objetivo supremo del viajero es ignorar a dónde va’.”

(del blog Performance con P de Perdedor. Sant Celoni, 2008)



“Ha muerto Antoni Tàpies (1923-2012). El Montseny enmudece. Conocí a Tàpies ya tarde. Superaba los 70. A mis ojos de joven artista abocado a las trastiendas del arte, el encuentro con el enorme pintor empequeñecía aún más mi triste figura. Recién llegaba al mundo de los transportes, al embalaje de cuadros y esculturas, al montaje de exposiciones. Mi primer trabajo en esa trastienda había consistido, precisamente, en la descarga de un camión repleto de obras de Tàpies. Cajas prodigiosas, pesadísimas. A los pocos días tuve la oportunidad de visitar los estudios del Pintor. Primero el de la calle Zaragoza, en Barcelona. Después el de Campins, en el Monseny. Conocía bastante bien la obra de Tàpies, sobretodo la de los 80’s y 70’s. Era la pintura que me había atrapado, la pintura performance, la pintura total. Desde 1996 trabajé en los estudios de Tàpies de manera asidua, manipulando cuadros morrocotudos, guiños a la materia, juegos con la muerte y lo orgánico. Conocí a Tàpies y a Teresa, musa, esposa, capitana del barco. Al Sr. José, fiel escudero, peón obrero de los materiales. A Margarita, coordinadora eficiente, elegante, listísima. El atelier Tàpies tenía dos patrias: el zoco mediterráneo de la calle Zaragoza, cosmopolita, desgastado, con olor a cáñamo, pino tallado, cera virgen, melaza, barniz. Atelier laberinto, repleto de cuadros, estantes, cajoneras con dibujos, y más cuadros arrinconados, materiales en suspenso esperando ser usados, cosas viejas por todas partes, la pastilla de jabón desgastado, pinceles aplastados, pinceles sin cerdas, cubos de polvo de mármol, escobas, botes de pintura industrial, cartones, astillas, tablones, ropa usada… Las materias de la muerte con las que Tàpies aborda los dramas del siglo XX. Conocí la segunda patria, el estudio de Campins. Blanco, vacío al empezar el verano, lleno de pintura y esfuerzo en septiembre. Ví a un pintor ya anciano, luchando contra la pintura al límite de sus fuerzas. Nunca ví gozo en la pintura de Tàpies, si el terror, el misterio, los límites. A mí, toda la obra de Tàpies me parece cuerpo. Cuerpo que lucha con el paisaje, que busca su lugar, el conocimiento. Cuerpo que muere, se pudre, alimenta el sotobosque, renace hecho alcornoque, se rompe en trozos de corcho, se gasta, muere de nuevo, una, mil veces. Siempre me pareció que la pintura de Tàpies partía de un imposible, que era una pintura perdedora que perdía una y otra vez. Todos los cuadros de Tàpies son un mismo cuadro. Uno que intenta atrapar de un solo trazo toda la pintura del mundo, todos los paisajes desde el Montseny hasta el Oriente, metiéndose por callejones rotos de la Barcelona bombardeada, en barrios judíos de piedra antigua, atravesando campos, templos, rutas arcanas, senderos.
En aquel primer día, en mi primer encuentro con el Pintor, Tàpies se interesó por la atornilladora eléctrica con la que atornillábamos el cierre de las cajas.

- No molestis als nois!- dijo Teresa. -Deixa’ls treballar-

No molestaba ver al viejo Maestro interesarse como un niño curioso por nuestro artilugio infernal. Antoni marchó, nos dejó empacar sus telas bajo la atenta mirada de Teresa y Margarita. Lo hizo ese y mil días más. En los diez años que fui asiduo a los estudios de Tàpies me hice experto en los rincones y recovecos de los atelier. Aprehendí olores, el susurro de los pasos del Pintor, tonalidades, ritmos de pintura, silencios. Antoni aprovechaba algún despiste de Teresa para preguntarnos por la atornilladora, por la madera de las cajas, los materiales de embalaje, cartones, martillos, guantes de algodón. Su amor al objeto sencillo fue mayúsculo. Querido Maestro, ahora que no estás, puedo agradecerte ya sin vergüenza, esa atención al objeto cotidiano que supiste transmitir. Algo que también vi en mi infancia, que les vi a los abuelos, que todavía le veo a mi padre. Es algo que viene de las profundidades de un siglo que os marcó por sus carencias y dramas. Es vuestro legado”.

(del blog Performance con P de Perdedor. Montseny, 2012)

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Acaba “Tàpies des de l’interior”. Desmantelamos las salas, embalamos las obras, desmontamos los soportes y anclajes especiales que soportan las pesadas obras. Se trasladan los cuadros a su lugar de origen. Se preparan los espacios para la siguiente exposición. Se moldea de nuevo el vacío para acoger la siguiente muestra, al siguiente artista, el nuevo proyecto.

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Al cierre de esta crónica han querido los días golpearnos con toda su crudeza. Miquel Tàpies Barba, amigo, finísimo interlocutor, artista de sensibilidad poliédrica, profundo conocedor de la obra y atmósfera del Pintor, su padre, nos ha dejado. Desmontamos en silencio “Terra Negra” (2003) en homenaje a Miquel.