martes, 9 de julio de 2013

Perpetuum Mobile

a Verónica Bg


“Toda imagen es un tiempo muerto”, decía el artista Àngel Jové. “La muerte tiene algo que ver con la magia y la magia con la vida. Y la vida con la muerte”. Se suceden las estaciones en estos cuadernos que borroneo año tras año. Se acumulan las cifras. Cumplí 45. Hace 17 que trabajo en la trastienda de los museos. Pronto hará 6 que entré a formar parte del staff del Museo Nacional. Hace 2 que cambió la Dirección propiciando un nuevo organigrama y no pocas tormentas desde entonces. Hay un museo muerto que lucha por permanecer mientras una joven museografía intenta nacer. Sucede a trompicones, en una época gris, sin recursos económicos. El Museo decae. ¿Merece la pena quedarse a ver cómo naufraga? Hay que inventar nuevas maneras de narrar, aunque la vieja guardia no parezca nunca dispuesta. Dentro de todo anacoreta hay un viajero que está deseando partir. Le doy giro a la famosa frase de Chatwin, a la espera de los viajes e inmersiones mediterráneas del verano que me dejarán ver en la distancia. A la espera del viaje definitivo que me aleje de mediocridades y me lleve hacia el arte mayúsculo.

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“Toda imagen es un tiempo muerto”. Miro el descenso abrupto de un torrente cercano a mis bosques semanales. Es un riachuelo vigoroso que recoge las aguas del deshielo, un salto que horada las paredes del Montseny. Troté doce o trece kilómetros hasta alcanzar el torrente, descalcé los pies, me saqué la camisa sudada. Bebí de las aguas que regala la montaña. Me senté sobre una vieja roca conocida, en posición de loto. Observé. La roca permanece pero todo a su alrededor cambia. Ayer la nieve aplastaba los abetos, las brumas algodonaban matojos y ramas yermas. Anteayer cayeron tormentas y rompieron la tierra roja, como hacen en otoño jabalíes, puerco-espines y lombrices. Desde la roca perenne vi al río cambiar su curso, al olmo viejo quebrar su tronco, vi un manto de hojas cubrir el suelo. Sobre cantos rodados la gineta defeca, marcando así su territorio. Sobrevolaron lechuzos hasta dar caza al mustélido. Desde la roca quieta, la paleta de colores estalló en quince tonos. Cobrizos, ocres, tres tipos de verde. Sombras, azul cobalto, rojos mohosos. Amarillos casi blancos, rosas, verdes aclorofilados. Todo lo vi sin moverme de la roca. Todo murió una y mil veces. Y la muerte tuvo algo que ver con la magia, y la magia con la vida.

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Voy a dejar que las palabras sucumban. No es la primera vez que me pasa. Bien es cierto que el dibujo es una escritura y que tras un invierno con palabras casi siempre viene un verano de silencios, acuarelas y trazos. La esencia del dibujar consiste en decidir lo que se quiere ver. Decía José Antonio Marina que “el dibujo está dirigido por un proyecto: reducir toda información a línea”. Creo que el silencio es el que rige los designios del trazar. No se trata tanto de querer ver, como de callar.