miércoles, 29 de mayo de 2013

Moustaki


Muere Georges Moustaki. “Y así acaba una vida extraordinaria”, titulan los obituarios. Los textos de estos días recuerdan canciones, luchas, mujeres, el tempo. No me tocaron los años esos de la revolución en la calle, las guitarras, las anfetas, los baños en Ibiza, Le Métèque, ma liberté. A mi se me impregnó la oscuridad del postpunk de los 80’s. Pero siempre me agradó ese abuelo mediterráneo con pinta de anarquista. Garante de la vida sin prisa, sibarita del aceite de oliva, del vino tinto, los siete mares, las mujeres, los hijos, del viaje constante, de la pintura, los libros. Vivía en la Ille de Sant Louis, en el corazón de París, como un naufrago anacoreta. Decía Jesús Ferrero estos días, que no era difícil cruzarse con Moustaki por las calles de la Ille en el París de los 70’s. Siempre vestido de blanco, en honor a los dioses del Candomblé, las blancas casetas de los pescadores griegos, o vete tú a saber qué. Amable, solitario, saludaba a sus vecinos y partía una y otra vez hacia Theos. El suyo era un arte de la vulnerabilidad. Un arte austero hecho de casi nada, mezclado con aceite de oliva, vino tinto, brisas mediterráneas, suaves pieles, y lucha de clases.

Visto de negro, en casi cualquier tienda en cualquier lugar del mundo. No necesito marcas ni grandes dispendios. Camisas de manga larga, polos negros o azul marino. Pantalones tejanos, chinos, khakis. Jerseys finos en negro o azul oscuro. Camisas de cuadros o pana los fines de semana. Cinturón de cuero gastado. Calcetines negros. Calzado cómodo y resistente. Vans, Adidas, botines Timberland. En invierno cazadora de cuero. En la montaña, polares y abrigo de plumas. En verano, bermudas, camisas de lino, camisetas negras, azules, sandalias Birkenstock. Ese es todo el repertorio, mis básicos. Puedo vestir por un módico precio en casi cualquier tienda. Tanto me dan las marcas conocidas o las ignotas. No hay diferencia. Por mi aspecto no se pueden conjeturar demasiadas cosas. Desde luego nadie puede confundirme con Moustaki. Tengo la cabeza rasurada, barba de tres o cuatro días, el blanco ni aparece en mi armario. Cuando trabajo en un museo, añado guantes blancos al vestuario. Es lo único blanco. 
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Nietzsche tenía razón, lo único que importa es el impulso vital. Un latido intenso que bate en el interior. Sólo cuando la vida se interpreta como obra de arte, podemos modelarla. El arte es la creación de acontecimientos o la modulación de los mismos. Despojarse de lo accesorio y concentrarse en el suceso, el aceite de oliva, el vino tinto, las brisas, las pieles, es la marca de Moustaki que quiero heredar.




                                    Foto: María Espeus.  http://mariaespeus.com/portrait/moustaki/