martes, 25 de septiembre de 2012

Die Iberer (1998)


Todo el equipo de montaje de la exposición Los Íberos, en el KunstMuseum de Bonn. Buenos recuerdos. Por aquel entonces, algunos art-handlers llevábamos bata blanca. Tras debate entre las diferentes partes, acordamos que la bata no era el mejor de los atuendos para alguien que necesita manipular obras de arte con libertad de movimientos (Bonn, 1998)

lunes, 17 de septiembre de 2012

Crónica que no quise escribir del viaje que no quise viajar (Tánger 2007)


Sólo, desde el acantilado, persuadido por los aromas del Café Hafa, veo Tarifa y me reconcilio con el horizonte español. En el Café Hafa, un violento soplo de los vientos me trae la memoria de la infancia mediterránea. Las terrazas abiertas al acantilado, las esterillas en el suelo, me recuerdan la rafia sobre la que se tumbaba mi abuela en la playa de Arenys de Mar, o las calas blancas de la Costa Brava. Este mar que avizoro no es mediterráneo, es un cruce de mares, es la lucha de las corrientes atlánticas, el estrecho que nos lanza a la aventura del Otro. El olor a hachis y el buen sabor del té de menta me sitúan a un lado del horizonte. No importa cómo he venido a parar aquí. Ni siquiera tengo conciencia de que este sitio pertenezca a Tánger. Dicen que el Café Hafa era uno de lo rincones predilectos de Paul Bowles. Entiendo al escritor. El viento es fuerte. Aunque las terrazas quedan más o menos protegidas, casi todos los clientes se han refugiado en un pequeño chabolo donde se fuma y se bebe té. Pero a mi me gusta esta insolencia del aire que me golpea la calva.

Viajo de forma ácrata, sin planear viajes. Viajo por trabajo, o por que me salen los viajes, o por que cojo el coche o un billete y me largo. No preparo nada. Veo lo que me sale al encuentro, conozco a las gentes casuales. No me importa dejar de ver enclaves que las guías recomiendan. Necesitaría varias vidas para ver todo lo que quisiera ver. Me someto a la eventualidad con cierto regocijo, el incidente es el objetivo de mis desplazamientos. El viaje está en el meollo de la cuestión literaria, no me cabe la menor duda. Preciso acontecimientos para poder escribirlos y dibujarlos, y escribir y dibujar, para poder conocer. Hay que escribir, narrar sin rumbo, narrar sin parar, en cualquier formato, con palabras, con imágenes, acotar la vida a ritmo de narración. Hay que escribir, incluso, la crónica que no quisimos escribir del viaje que no quisimos viajar. Decía Leo Ferré que el drama de los solitarios es que siempre se lo montan para no estar solos, y que la anarquía es la extrema soledad.

19 de marzo del 2007.
Aeropuerto de Barcelona. Día del Padre. Mi bebé tiene conjuntivitis. Le escuecen los ojitos a pesar de lo cual no pierde el buen humor y la energía. Llama por teléfono mi hija mayor.- ¡Feliz día del padre, papá!-Tengo ganas de verte, te echo de menos- le digo. –No te preocupes papi, que nos vemos el próximo fin de semana- me suelta mi hijita a sus adultos siete años.
Estoy en el aeropuerto del Prat, esperando el vuelo hacia Casablanca. De ahí, otro vuelo me llevará a Tánger, mi destino. Ha sido un viaje improvisado. Como tantos viajes en esta endiablada empresa en la que trabajo. Un proyecto sobre el que todo lo desconozco. Se trata de montar una exposición de fotografías en el Instituto Cervantes. Una exposición que itinerará por Marruecos un par de años. Otro supervisor capitanea el proyecto pero coincide el montaje en Tánger con las fiestas de su pueblo, y nunca ha faltado a las fiestas de su pueblo. Así que, con a penas 48 horas de antelación, el jefe de logística me comunica que me toca cubrir ese puesto, por culpa de las fiestas de un pueblo de cuyo nombre no atino a acordarme. Me pregunto qué diablos puedo supervisar de una exposición sobre la que todo desconozco. M está algo alterada por otro viaje más lleno de urgencias, por un trabajo que me separa constantemente de mis hijas. Pero en la empresa no existe el concepto previsión. Casi todos los veteranos acopiamos algún divorcio a nuestras espaldas. ¿Signo de los tiempos o descontrol corporativo? Desde el departamento de coordinación se me asegura que se trata de un montaje muy sencillo, todas las herramientas necesarias todos los materiales están a mi disposición esperando en Tánger. Trabajaré con dos compañeros que ya conocen el proyecto.

Ya no espero en el aeropuerto del Prat sino en el de Casablanca. Me pregunto si encontraré a Rick o a Elsa o, aún mejor, al sosainas de Víctor Laszlo. Le iba yo a cantar las cuarenta a Víctor Laszlo. Me pregunto si mientras estoy en Casablanca (una hora escasa) alguna potencia europea invadirá Polonia y se desencadenará un conflicto armado de bastas longitudes, que me confinará en Casablanca a la espera de un salvoconducto que me lleve al Nuevo Mundo. Claro, que también me pregunto si estará en el aeropuerto de Tánger esperándome Paul Bowles o algún miembro de la Beat Generation. Lecturas que me acompañan en este precipitado viaje: diarios de Paul Bowles, Malinowski y sus argonautas y la versión en cómic de La Ciudad de Cristal de Paul Auster. El ojo derecho me llora. El bebé me debe haber contagiado su conjuntivitis. Otro fastidio. Necesito la más atenta de mis miradas para aprehender lo máximo de un viaje tan mínimo.

Vuelo con la Royal Air Marroc. Las azafatas son bonitas. El sur se dibuja en el rimel de sus ojos. El pasaje es variopinto. Hombres de negocios españoles, norteafricanos, franceses. Pocas familias. Escucho a Yann Tiersen en el Ipod. En estos accidentales viajes pongo en funcionamiento casi de manera automática el resorte del inglés; sin embargo ya en el vuelo a Casablanca apercibo que el Norte africano es francófono. Tendré que activar el “resorte” de mi escaso y depauperado francés, eterna asignatura pendiente. Con los años en viaje he ido adquiriendo los rudimentos de algunas de las lenguas que se me cruzaron. El buen oído ayuda. Hablo esquemáticamente el inglés, lanzando cuchillos al interlocutor de turno, pero subsisto, que de eso se trata. Aprendí catalán a los 15 años, cuando, después de vivir la primera etapa de mi vida en Madrid, los padres decidieron volver a los orígenes. Aprendí catalán justo a tiempo. Me desenvuelvo en esa lengua con soltura, soy capaz del cultismo y de un nivel de escritura coloquial más que aceptable. Pero llegué tarde para el catalán literario. El inglés que hablo me permite moverme con bastante tranquilidad internacional, aunque apenas puedo leer un trozo de literatura anglosajona sin consultar el diccionario dos o tres veces por párrafo. El italiano es un idioma que te penetra. Cuando llevo un par de días en Italia, me entono en italiano y me lanzo a hablar por los codos, sin miedo a los exabruptos, con toda la sinvergonzonería latina. Soy una especie de Alberto Sordi hablando castellano pero al revés. El francés es fascinante. ¡Qué gran idioma para amar! (dijo no se qué monarca español), que excelente musicalidad la de su literatura, qué dicción mas encantadora la de sus actores y artistas. Lo leo y lo entiendo en un 40 %. Hablarlo me parece imposible. Parezco un oso en una cristalería cuando pido un Café au lait. Vocabulario paupérrimo. Desde Casablanca, pues, vuelo a una cristalería. La ventanilla del avión me deja ver la noche urbana de Casablanca apenas salpicada por un racimillo de luces de Swaroski.

Tánger. Me alojo en el Hotel Intercontinental, a veinte minutos del centro. La empresa me ha hospedado en una habitación compartida con el conductor que ha traído el camión del material expositivo. El Hotel es un establecimiento poco agraciado, de esos que gustan contratar las empresas con ánimo de ahorro, esas que no tienen reparos en exigir a los trabajadores que doblen la jornada laboral pero nunca gratifican ni compensan. Hay empresarios que creen que cuanto peor se trata a los empleados, más control ejercen sobre la empresa y los beneficios. La mediocridad de muchas empresas españolas radica en sus directivos: Un día un negocio pequeño empieza a funcionar; un emprendedor con una idea más o menos lustrosa pone en funcionamiento una empresa; el negocio crece; entonces, vienen los problemas. El empresario brillante busca directivos brillantes en los que delegar, que sepan hacer crecer el negocio con ambición y talento. El empresario mediocre quiere seguir ejerciendo el control a golpes de efecto sobre un negocio que le supera, sin talento. La catástrofe está servida. Ese negocio dirigido con mediocridad se convierte en escuela donde los empleados aprenden y soportan; cuando saben, se van a la competencia, prosperan, se emancipan. No es raro, en épocas de bonanza, que este tipo de empresas crezcan. Pero, ¡hay amigo!, cuando arrecian las crisis, las empresas caen en picado, y el empresario se queda atónito, sin saber de dónde calló la guadaña que le seccionó la cabeza, creyendo que a su alrededor todos confabulan en su contra.
He llegado muy tarde al hotel. El ambiente es denso. Hay una especie de boite en el hall. Señores muy bien acompañados entran y salen. Entre los ronquidos de mi compañero de habitación y el tumb-tumb de las músicas de la boite, el sueño se me resiste.

20 y 21 de marzo del 2007
Otro trabajo descontrolado. Ni herramientas, ni materiales, ni información. El local en el que montamos la exposición es un muestrario de mil paredes. En un mismo tramo de muro concurren la piedra, el yeso, el cemento y el pladur. Necesito todo tipo de anclajes para colgar las obras y claro, cómo no, el departamento de coordinación de la empresa se equivocó, no hay material ni herramientas, se olvidaron de ellas en la anterior sede, a 800 kilómetros de distancia de Tánger. Fantástico. La muestra se inaugura en dos días. A pesar de los pesares, vamos saliendo al paso con ingenio y picardía. Nos dejan un taladro percutor con enchufe pero sin alargo. El taladro sólo taladra a un metro de distancia del enchufe, y sólo hay un enchufe en toda la sala de exposiciones. Hay que cubrir los 300 y pico metros cuadrados con tales rudimentos. Improvisamos un alargo uniendo con cinta americana veinte metros de cable al cable del taladro. Nos hacemos amigos de la mejor ferretería de Tánger, valga decir, una de las peores ferreterías que nunca vi. Nos venden metros de cable, brocas desgastadas que sacan de una cajita de cartón, no tienen tacos para Pladur (curioso que en un país tan francófono, teniendo en cuenta que el Pladur es religión en Francia, la “mejor” ferretería de Tánger no tenga tacos Pladur ), ni anclajes que valgan la pena. Mucho esfuerzo, muchas horas de trabajo, incontables dificultades, pero la exposición se monta. Trabajamos por la noche hasta la madrugada.

Cecilia F.S., exdirectora del Instituto Cervantes en Tánger, hace las veces de cicerone y nos lleva a sitios pintorescos a la hora de comer; la antigua escuela italiana, la bocadillería del centro,…Qué insondable mirada tiene Cecilia. Decidimos tomarnos un descanso al mediodía. Comemos pescaito frito y cuscus cerca del Café de París. No hay tiempo; me hubiera encantado pasar la tarde en el mítico Café de París, leyendo a Bowles, o enzarzándome en alguna charla con los ancianos del lugar. Las gentes de Tánger estilan amabilidad. No es difícil entablar conversaciones en español. Las plazas, las calles y avenidas están abarrotadas de ociosos de todas las edades. Dice Cecilia que hay pocas expectativas laborales, poco futuro. Es lógica esa pulsión que lleva a los jóvenes a querer cruzar el Estrecho, a buscar prosperidad en alguno de esos países que salen en televisión. Las fachadas, incluso en los suburbios que se ven al ir hacia el aeropuerto, están plagadas de antenas parabólicas. Tánger, supongo que en otras ciudades africanas sucede lo mismo, es la urbe del trapicheo. Todo el mundo vende algo, todo el mundo parece experto en el arte de salirle al paso a la contrariedad. Tánger es una ciudad antigua repleta de hombres antiguos. Aquí todo el mundo sabe aprovechar los pocos recursos de los que dispone.

Cogemos un taxi después de comer. La ciudad está llena de pequeños taxis. Supongo que tener coche propio es un lujo al alcance de pocos. Los taxis suplen esa falta, son baratos y abundantes. Conducen ágilmente por calles sin rótulo ni semáforos. Le robamos un par de horas a la jornada, sabiendo que tendremos que pagarlas por la noche. ¡Qué más da! –No te puedes ir sin probar las putas de Tánger- me suelta el comisario de la muestra. El refutado experto en fotografía es profundo conocedor de Marruecos y ha venido infinidad de veces a esta ciudad. La muestra que ha organizado recoge el trabajo de varios fotógrafos jóvenes de ambos lados del Estrecho. Es un orador incombustible.
–La juventud de ahora, ¿lee a Pío Baroja?- pregunta. - No saben lo que se pierden los que no han leído a Baroja. Yo no veo que ahora se lea a Baroja- insiste. -¿No conocéis el Café de Hafa?- dice. –No os podéis ir de Tánger sin haber estado en el Café de Hafa- Cecilia está de acuerdo con lo del Café Hafa. De lo de las putas no dice nada. Unos taxis después, estamos en el acantilado desde el que se descubren todos los horizontes. Me aíslo del grupo. Me dejo azotar por los vientos en las terrazas colgantes del Café Hafa. Cerca, encuentro el despeñadero con las famosas tumbas fenicias excavadas en la roca. Una pareja de novios adolescentes pasean cogidos de la mano. Un niño pastor y su perro, vigilan al pequeño rebaño de ovejas que comen la hierba junto a las tumbas. Apreciaciones precipitadas, seguro, pero en esta apartada zona de Tánger, la gente parece algo más tranquila que en el centro. En los acantilados que miran a la lejanía pienso que la literatura tiene infinitas historias sobre la migración, sobre el escapismo, sobre la ruptura con lo que nos oprime o nos desespera.

Último día en Tánger.
La Plaza del Zoco Grande, que ahora se llama Place du 9 Avril, antaño fue centro de agitación comercial, refugio de anacoretas y saltimbanquis. Pero alguna reforma política y la amenaza urbanística que sitia la arquitectura de la zona, acabó con ese encanto. Llego a esa plaza atravesando un gran descampado con edificios en ruinas y montones de escombros. En la Plaza está una de las puertas de acceso a La Medina. Vengo caminando desde el hotel. Me he levantado pronto y he instado a mis compañeros de trabajo a hacer lo mismo. Nuestro vuelo parte al mediodía, y valdría la pena aprovechar las pocas horas que nos quedan en Tánger. A tres horas del vuelo de regreso, nos adentramos en La Medina. Tres o cuatro calles después uno está perdido. Estoy en la edad media, rodeado de mercaderes y túnicas. El vericueto de callejas y arquitecturas espontáneas es magnífico. Me siento integrado en el entorno, pasamos desapercibidos, hasta que uno de mis compañeros saca una cámara fotográfica. A partir de ese momento varios niños ambicionan ser nuestros guías, o los manilargos que nos vaciaran los bolsillos al menor descuido. Un chico sordomudo intenta engatusarnos con mucho arte. Su retahíla de gestos y onomatopeyas es toda inspiración. Como no hay nada que perder, me dejo embaucar por el pícaro y empujo a mis asustados compañeros a compartir la experiencia. Le explico que dentro de tres horas parte nuestro vuelo, que tenemos poco tiempo para ver. Nos lleva a sitios pintorescos tan rápidamente como puede. Por señas, explica que tiene un hijo y su mujer espera otro. Se congratula de mi barba y señala al cielo para indicar que a Alá le gustan las barbas. Nos adentra de tal manera en La Medina que quedamos a su merced por completo. Estoy tranquilo, no temo nada de lo que pueda suceder. Vivo los viajes sin resistirme, convencido de que acaecerá lo que tenga que suceder. Como ya dije, preciso acontecimientos para poder escribir, y escribir, para poder conocer, y conocer para poder conocerme. Mis compañeros no están tan convencidos y empiezan a especular sobre los peligros que nos esperan en cualquier callejón. Pero a mi me parece un rufián inofensivo nuestro guía. Un pillo de poca monta que quiere sacarnos algunas perras. Nos conduce a casa de un familiar que vende alfombras. Una especie de palacete repleto de azulejos y telas. Su tío, así lo presenta, nos invita a un te. Me enseña una foto dedicada por Paul Bowles y de otra escritora que no atino a reconocer. Nos muestra mil y una alfombras aunque insistimos en no querer comprar ninguna. Al final, le compro una. Ni sé, ni tengo ganas de regatear, a pesar de lo cual me insta a regatear para comprarle la alfombra mientras me tomo un segundo té. Aunque indicamos a nuestro secuestrador que debemos abandonar La Medina para ir al hotel a recoger el equipaje, nos pierde de nuevo, nos lleva a una tienda de especias y remedios medicinales de otro de sus "tíos". Luego a una tienda de chilabas, luego a una panadería…compramos de todo. Le doy una propina generosa y me despido de nuestro guía no sin desearle que Alá sea generoso con su familia.

Acaba el viaje.
Un taxi grande nos lleva al aeropuerto. Vemos los edificios feos del extrarradio. Cecilia explicó que algunas familias acometen la construcción de su vivienda por fases. Levantan estructura para tres o cuatro plantas, pero sólo tienen dinero para acabar la primera. Allí se instalan y esperan la llegada de tiempos mejores, o el dinero de los hijos que emigraron, para seguir acabando plantas. Esas plantas superiores serán para hijos y nietos. Todo el que se marcha espera volver un día a su tierra. Allí les espera el edificio.

Hay algo en Tánger que me ha inquietado. La evidente pobreza de sus gentes, la ociosidad, la decadencia de los edificios, los acantilados. En el extrarradio se empieza a gestar un malestar antioccidental. En Tánger conviven los tiempos, el ayer se funde con un presente al que se le ve poco futuro. Por eso triunfan en los barrios marginales las filosofías radicales. No asistiré a la inauguración de la exposición de fotografía. Ha sido declarado evento de alto riesgo por parte de las autoridades policiales. Se ha instalado un detector de metales a la entrada del local.


miércoles, 5 de septiembre de 2012

Gran Formato. Movimiento y montaje (2008)

































                           Mengs. Movimento e instalación (Museu Nacional d'Art de Catalunya,2008)