domingo, 4 de marzo de 2012

Tom



Hace una semana vi a Tom, nuestro gato asilvestrado, algo retraído bajo un árbol. Le acaricié y se puso a toser hasta vomitar. Iba a trabajar y no tenía demasiado tiempo para atenderlo, así que pensé que si a mi regreso seguía por los alrededores de la casa, lo llevaría al veterinario. Es un gato libre, pero vivió con nosotros casi ocho años (los dos primeros en el piso de soltera de M). No hubo forma de encontrar a Tom tras la jornada laboral. Se había esfumado como tantas otras veces hacía desde que regresara a la naturaleza. Le veías un día, y luego pasabas una semana sin verlo. Cualquier mañana, salías de casa y ahí estaba, esperando que le rascaras la cabeza y el lomo. A veces regresaba herido por vete tu a saber que refriega nocturna con los ruidos del bosque. Desde que se lanzara a la vida salvaje, Tom lucía pelaje brillante y limpio, actitud cariñosa pero distante. Parecía feliz en su recuperada libertad.

Ayer apareció muerto. Hace días que no se ven gatos por las cercanías. Entre vecinos hemos comentado. Crece la creencia de que alguien los está envenenando. Ato cabos. Qué torpe he sido. La tos, los vómitos, la desaparición. La muerte. La veterinaria me dice que sin hacer autopsia no puede determinar el motivo real de la defunción. Pero claro, es un gato, sería excesivo. -En esta época siempre hay quien mata gatos, se meten en todas partes, y la gente se molesta-. Si lo incineramos, como indica la normativa, hay que llevarlo hasta el hospital veterinario de Cardedeu, a 20 kilómetros de Pueblo y pagar 60 euros. Excesivo también, comenta la veterinaria. En Pueblo todo el mundo se adentra en el bosque a enterrar a sus animales muertos. -Vigila, eso si, que no te vean los Mossos d’esquadra-.

Anochece. La policía no me ve. Llevo el cadáver de Tom en el maletero del coche. Conduzco por camino de tierra. Me siento protagonista de una pesadilla cómica. Una especie de film negro de serie B con Mister Bean de protagonista. Apago las luces del vehículo. Salgo del coche. Abro el maletero con sigilo. Saco el cadáver rígido del pobre Tom. Me adentro entre matojos. Deposito el cuerpo inerte. Lo cubro con hojas secas. Es probable que las alimañas de la noche celebren un festín con sus restos, me digo. Siento una punzada en el pecho. Regreso al coche, entre ofuscado y ridículo. Te ofrezco en sacrificio, pequeño Tom, a los Señores del bosque. Esta montaña que nos acoge no para de demandar. Es parte de su enseñanza. Adiós tomillo, gato rascapuertas, ovillo, peluso, querido. Adiós Tom, felino, amigo.

1 comentario:

  1. Ser el animal dominante e inteligente, (racional, me decían en el cole) te da derecho a hacer lo que quieras sin dar explicaciones a nadie. Que bien, verdad? Repugnante abuso de poder sin castigo.

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