sábado, 11 de febrero de 2012

Infinit Tàpies

Ha muerto Antoni Tàpies (1923-2012). El Montseny enmudece. Conocí a Tàpies ya tarde. Superaba los 70. A mis ojos de joven artista abocado a las trastiendas del arte, el encuentro con el enorme pintor empequeñecía aún más mi triste figura. Recién llegaba al mundo de los transportes, al embalaje de cuadros y esculturas, al montaje de exposiciones. Mi primer trabajo en esa trastienda había consistido, precisamente, en la descarga de un camión repleto de obras de Tàpies. Cajas morrocotudas, pesadísimas. A los pocos días tuve la oportunidad de visitar los estudios del Pintor. Primero el de la calle Zaragoza, en Barcelona. Después el de Campins, en el Monseny. Conocía bastante bien la obra de Tàpies, sobretodo la de los 80’s y 70’s. Era la pintura que me había atrapado, la pintura performance, la pintura total. Desde 1996 trabajé en los estudios de Tàpies de manera asidua, manipulando cuadros morrocotudos, guiños a la materia, juegos con la muerte y lo orgánico. Conocí a Tàpies y a Teresa, musa, esposa, capitana del barco. Al Sr. José, fiel escudero, peón obrero de los materiales. A Margarita, coordinadora eficiente, elegante, listísima. El atelier Tàpies tenía dos patrias: el zoco mediterráneo de la calle Zaragoza, cosmopolita, desgastado, con olor a cáñamo, pino tallado, cera virgen, melaza, barniz. Atelier laberinto, repleto de cuadros, estantes, cajoneras con dibujos, y más cuadros arrinconados, materiales en suspenso esperando ser usados, cosas viejas por todas partes, la pastilla de jabón desgastado, pinceles aplastados, pinceles sin cerdas, cubos de polvo de mármol, escobas, botes de pintura industrial, cartones, astillas, tablones, ropa usada… Las materias de la muerte con las que Tàpies aborda los dramas del siglo XX. Conocí la segunda patria, el estudio de Campins. Blanco, vacío al empezar el verano, lleno de pintura y esfuerzo en septiembre. Ví a un pintor ya anciano, luchando contra la pintura al límite de sus fuerzas. Nunca ví gozo en la pintura de Tàpies, si el terror, el misterio, los límites. A mí, toda la obra de Tàpies me parece cuerpo. Cuerpo que lucha con el paisaje, que busca su lugar, el conocimiento. Cuerpo que muere, se pudre, alimenta el sotobosque, renace hecho alcornoque, se rompe en trozos de corcho, se gasta, muere de nuevo, una, mil veces. Siempre me pareció que la pintura de Tàpies partía de un imposible, que era una pintura perdedora que perdía una y otra vez. Todos los cuadros de Tàpies son un mismo cuadro. Uno que intenta atrapar de un solo trazo toda la pintura del mundo, todos los paisajes desde el Montseny hasta el Oriente, metiéndose por callejones rotos de la Barcelona bombardeada, en barrios judíos de piedra antigua, atravesando campos, templos, rutas arcanas, senderos.

En aquel primer día, en mi primer encuentro con el Pintor, Tàpies se interesó por la atornilladora eléctrica con la que atornillábamos el cierre de las cajas.

- No molestis als nois!- dijo Teresa. -Deixa’ls treballar-

No molestaba ver al viejo Maestro interesarse como un niño curioso por nuestro artilugio infernal. Antoni marchó, nos dejó empacar sus telas bajo la atenta mirada de Teresa y Margarita. Lo hizo ese y mil días más. En los diez años que fui asiduo a los estudios de Tàpies me hice experto en los rincones y recovecos de los atelier. Aprehendí olores, el susurro de los pasos del Pintor, tonalidades, ritmos de pintura, silencios. Antoni aprovechaba algún despiste de Teresa para preguntarnos por la atornilladora, por la madera de las cajas, los materiales de embalaje, cartones, martillos, guantes de algodón. Su amor al objeto sencillo fue mayúsculo. Querido Maestro, ahora que no estás, puedo agradecerte ya sin vergüenza, esa atención al objeto cotidiano que supiste transmitir. Algo que también vi en mi infancia, que les vi a los abuelos, que todavía le veo a mi padre. Es algo que viene de las profundidades de un siglo que os marcó por sus carencias y dramas. Es vuestro legado.

-Nunca estoy contento con lo que hago- me decías paseando entre los cuadros de Campins. Sabías que nunca podrías acabar tu tarea. Esa fue la segunda lección. El arte es un absurdo, no puede ser dogmático, nunca se acaba, siempre se escurre, te condena, te salva, es puto, es un espejo que arrastras colina arriba. Aprendí, profundo Maestro, sigo aprendiendo, de tu pintura y de las excepcionales personas que te rodearon en el transcurso del viaje. Nunca conocí mujer como Teresa, tu esposa, musa, capitana. Nadie te conoció mejor que Ella. Perdóname la descortesía, Maestro, el aire que pintaste es el que respiramos, pero la luz que nos deja verte la puso Teresa. Y perdóname de nuevo si te digo que el amor al objeto que me enseñasteis Tú y mis mayores, nunca superó mi devoción poética por el acto. Por eso en mi tarjeta de visita pone que soy Performer. Por eso me fijé más en cómo disponías los objetos colaterales que en tu mundo pictórico. Por eso me fijé en tu caminar lento, en los paseos por los alrededores de la casa vieja en Campins, en la extrema atención que os profesabais con Teresa, en la disciplina quejica del Sr. José, en la elegancia zen de Margarita. Tú nos desvelaste a Teresa plagando los cuadros de referencias gráficas a Ella. Pero yo me quedé con la propia Teresa. Tus estudios abrieron mi curiosidad de Performer hace algo más de 15 años. En ellos conocí esa playa en la que señalas los objetos que anclaron durante el oscuro viaje del s.XX. En los atelier estaba Teresa para traducirte el mundo de afuera. Y el más humilde de tus escuderos para prepararte los materiales de tu alquimia. Y la fiel coordinadora, para poner orden a todas las fichas, a los tránsitos de la obra por el mundo. Luego, cuando ya era un experto en tus materias, en moverlas, empacarlas, colgarlas en el muro, me enviaron a Japón a homenajear tu pintura en el bellísimo Hara Museum de Tokio. Allí te rendí pleitesía, me rendí a tu profundidad, y me hermané de por vida con uno de tus hijos, Miquel. Ese mismo año me trasladé a vivir a estas montañas del Montseny que me acogen y siempre serán un poco tuyas. Corro por todos los senderos del Montseny desde entonces. Corro en todas las estaciones. A veces paso cerca de tu atelier de Campins. Veo tu pintura en los alcornoques retorciéndose, en las huellas de jabalíes, en los madroños, en las pozas profundas.

Maestro, te has ido, pero tu infinitud ha quedado.