jueves, 29 de noviembre de 2012

Literatura Antipatriótica


                                       Literatura antipatriótica (Revista Quimera, nº noviembre 2012)

martes, 13 de noviembre de 2012

42 kilómetros

 II Marató del Montseny. 42 kms. / 5400 metros de desnivel acumulado (2700m+/2700m-).
11 de noviembre de 2012. Montseny. 500 participantes. Clasificación: 282º. 7h19'08''


Increíble, agotador, puro Humus.

Siete horas, diecinueve minutos. Un final apoteósico con calambres, dolores musculares, pinchazos en las rodillas.

Sábado día 10. Recogida de dorsales. Me toca el 103. Charla de un podólogo. Documental sobre impresionante gesta de Albert Bosch, que cruzó andando, en completa soledad, el Polo Sur. Cambio de impresiones con Albert Bosch. Briefing sobre la maratón de mañana.

Domingo día 11.  8 de la mañana. Disparo de salida. El clima acompaña. Fresco sin lluvia. 500 corredores enfilan la calle mayor de Sant Esteve y suben hacia Fontmartina. En mi pequeña mochila, cortavientos, bidón con bebida isotónica, media docena de geles, una barrita de cereales, buff, guantes, gorro polar, teléfono móvil… tengo que conseguir una manta térmica. La organización recomienda llevarla encima por si algún corredor sufre percance que le obligue a permanecer un rato a la intemperie hasta que los servicios de emergencia le localicen. Empiezo al trote, distanciándome del ritmo que imprimen  a su carrera mis amigos. Conozco mi nivel. Se que quedaré por detrás de ellos, así que intento aislarme, concentrarme en la orografía y las sensaciones. Mis brooks tienen la suela bastante desgastada. Debo tener cuidado con las piedras húmedas y los recodos resbaladizos. Desde un primer momento, camino algunos ascensos. Así me lo han recomendado. – Guarda, siempre, fuerzas para lo que vendrá- me dijeron. A las dos horas estoy en el avituallamiento de San Bernat. Allí la organización sitúa un primer corte de carrera. Si no llegas en menos de tres horas, quedas expulsado. Me ha sobrado una. Bien. Siempre que paro en un avituallamiento como plátano, bebo cocacola, agua, zumo isotónico. Me meto en los bolsillos algunas gominotas. Iré notando a lo largo de la carrera un declive en sales y azúcares. 900 metros de dura subida al Matagalls (1696 m). Aún soy capaz de mirar el paisaje. Corro con el bidón en la mano. Me doy pequeños premios sorbiendo del bidón, comiendo de vez en cuando una gominota. Estrategias psicológicas. Poco antes de llegar al Matagalls, el camino nos desvía de bajada hacia Sant Marçal. Mis rodillas empiezan a quejarse. Es pronto. En Sant Marçal nuevo avituallamiento. Plátanos, cocacola, gominotas, higos secos. Subida de 600 metros a Les Agudes ( 1706 m). Ascenso demoledor. Pero las rodillas sufren menos en las subidas. Primer ataque de calambres. Paro. Grito. Dos cuchillos me rasgan los aductores. Resbalan lágrimas frías por las mejillas. No paro. Intento seguir caminando. Unos metros más allá me repongo. Empiezo a trotar de nuevo. Sigo subiendo. A cinco horas de la salida, estoy en la cima de Les Agudes. Kilómetro 28. Empieza lo peor. Me abrigo. Cortavientos, guantes, buff, gorro polar. Descanso dos kilómetros trotando por la cresta hacia el Turó de l’Home (1706 m). Tengo que guardar fuerzas para la bajada, mi punto débil. Bajadas, rodillas, aductores. La organización ha cambiado el trazado de la carrera en algunos puntos, respecto al año anterior. Ahora hay que subir hasta la misma cumbre del Turó. Psicológicamente, tras más de cinco horas de carrera y 2700 metros de desnivel acumulado, subir esos pocos metros que hay entre la cresta y el Turó, me desmoraliza. Niebla, viento, frío. Abro los brazos en cruz al llegar a la cumbre. Empieza el descenso. Un corredor de nivel medio puede bajar del Turó hasta la meta en una hora. Mis piernas no lo permitirán. La bajada es técnica. Lascas, rocas, humedades. Intento saltar, pero cinco ataques de calambre y fuertes pinchazos en las rodillas, frenan mi descenso. A partir de este momento la maratón deja de ser una cuestión de piernas, aductores, meniscos, para pasar a ser un problema mental. El cuerpo dice basta; es la mente la que sigue. Pienso en mi familia que espera en la meta. Les prometí llegar para la hora de comer. Rezo a los dioses antiguos. Aunque sea a rastras llegaré. He superado tres cortes de carrera, sólo queda llegar a la meta.

Los calambres avisan antes de cada ataque. Primero un hormigueo. Sabes que el ataque está al caer. Esperas que sea en el siguiente paso, o en el otro, o que se retrase un rato. De repente, cuchillazo en el aductor. Un cuter secciona el músculo. A veces los ataques son simultáneos en las dos piernas. Paro. Mueca de dolor. Lágrima fría. Tentación de abandono. Camino cojeando. Vuelvo a trotar. Bebo del bidón. Como gominotas, un gel.

No paro en el último avituallamiento. Si lo hago no sé si seré capaz de volver a arrancar. Troto por inercia. Poseído por el paisaje, ni siquiera veo lo que me rodea. Kilómetro 39.  – ¡Quedan tres kilómetros!- avisan los voluntarios. Atravieso tres veces el río. 500 metros para la meta. Estos de la organización son unos cachondos, nos torturan. ¿Porqué nos han hecho atravesar tres veces el río? Atisbo la meta. M sale a mi encuentro. Lloro. Lucía y su amiguita Candela me cogen de la mano. Cruzamos juntos la meta.





Foto: Carmen de Tena

Foto: Ona

Foto: Emi Pérez

Foto: Emi Pérez

Foto: Sergi Grifol

Foto: David Acedo

Foto: David Acedo

Foto: David Acedo


Foto: Tony Gay

Foto: Tony Gay

Foto: Tony Gay

Foto: Tony Gay
   
Foto: Montse Melus
  
Foto: Sergi Grifol

Foto: Jordi Bort

Foto: Miquel Vidal

Foto: Carmen de Tena

Foto: Carmen de Tena

Foto: Carmen de Tena

Foto: Francisco Gras

Foto: Pilar Hernández

Foto: Pilar Hernández

Foto: Pilar Hernández

Foto: Pilar Hernández

Foto: Pilar Hernández

Foto: Pilar Hernández

Foto: Pilar Hernández

Foto: Pilar Hernández

Foto: Pilar Hernández


Foto: Pilar Hernández



miércoles, 7 de noviembre de 2012

Pirineos (II)


“Debemos recordar que el futuro ni es nuestro totalmente ni totalmente no nuestro…”
Epístola de Epicuro a Meneceo


5 de agosto
“Marilyn. Las últimas sesiones”, film documental de Patrick Jeudy. Excepcional. Mañana partimos al Pirineo Aragonés. Vacaciones familiares en el Valle de Ordesa. El film sobre Marilyn oscurece mi noche. Ya saben, insomnio. Son las fiestas de Pueblo. En la Plaza Mayor suena una orquestina. Los mayores bailan. M y Lucía duermen. Mi hija Maria se ha marchado. Vive a mil kilómetros de todo. Veo a Marilyn trazar peligrosa línea para separar a duras penas el sexo de la política, la máscara de la infancia, el psicoanálisis del amar… conocí a mujeres así. Mujeres venenosas que inyectaban su ponzoña quedando incluso ellas dañadas. Temo mi propio prurito autodestructivo. ¿Y si soy yo el que provoca mis derrotas?- me digo. Vamos a los Pirineos, al encuentro de la materia primera, a cruzar cuerpo con bosque. Allá voy, paisaje. Adiós venenosa Marilyn.

6 de agosto
Con la salida de los primeros rayos, cargamos nuestro Ford y enfilamos hacia Barbastro. Mucho tráfico de camiones hasta llegar a Lleida. Después, el tránsito se calma. Barbastro, Aínsa, cercanías de Laspuña. Imponente nos saluda la Peña Montañesa. Una carretera bellísima junto al río Bellós nos conduce a Nerín, nuestro destino. Nada más llegar saluda Pepe, veterano artesano de la talla que nos enseña su colección de utensilios de madera.

-Habéis tenido suerte, abrieron hoy la carretera, hubo algunos desprendimientos en días pasados- nos cuenta.

Nos sorprendió que en el camino tallado en roca que se abisma sobre el río Bellós, sólo se permita la circulación en un sentido. Nos sorprendió pero el Ford lo agradeció. Imponente desfiladero de Cambras. Algo atávico anuncia el desfiladero, un grito que puedo escuchar pero aún no atino a interpretar.

Nos recibe Ita, propietaria de Casa Francisco. Nerín es población apreciada por esquiadores en invierno y senderistas en verano.

-En los meses duros del invierno, sólo viven 9 personas- dice Ita. De hecho, Ita vive en Escalona, cerca de Aínsa, a 40 minutos de Nerín, en una zona mucho más poblada y de inviernos más llevaderos. Casa Francisco está situada en el meollo de casitas de piedra que forma Nerín. El conjunto es pintoresco, muy pirenaico. Tejados tradicionales de lasca, muros de piedra maciza y revoque. Casa Francisco tiene tres plantas: superior, ocupada por otros inquilinos; intermedia, donde nos alojamos, y la planta baja que acoge al recién llegado, donde Ita atesora una despensa de la que saca un bote de miel con el que nos obsequia. Pagamos el alquiler de seis días, nos aseamos, colocamos ropa, alimentos, nos vamos a conocer el pueblo y los alrededores. Quiero un mapa topográfico de la zona, le pregunto a Pepe, nos recomienda ir a Escalona o a Broto. Optamos por ir a Broto, el camino es menos tortuoso. Paramos en Fanlo, en Sarvisé, pueblos bellos, tallados en piedra arcana, donde es fácil imaginar una vida de refugio y retiro. Broto se parece a Aínsa, es una especie de centro comercial situado en el valle que ejerce de foco de atención de todos los pueblos colindantes. Se intuye una ajetreada vida en temporada de esquí. Muchos bares, tabernas con encanto rústico, tiendas de material de montaña. Compro un mapa Alpina, editorial en la que siempre caigo, cuyo nombre evoca el mundo de pioneros que soñé en las infancias. M adquiere algunos víveres más para nuestro refugio en Nerín. Mientras, en compañía de la inquieta Lucía, fotografío con la vieja Rollei 35 el portón desvencijado y los utensilios de poda de un vetusto huerto. Fotografío a mi pequeña hija junto a las hortalizas y pienso en Epicuro.

-¿Te gusta esa puerta?-
-Si, muchísimo; ¿es suyo el huerto?- pregunto

Carmen, mujer entrada en años, nos muestra orgullosa sus hortalizas; el gallinero, a su perro peludo. Lucía, cuya incontinencia verbal me ha metido en más de un lío, no para de dar conversación a la anciana. Carmen me habla de la crisis económica que azota al País, de las dificultades, de la importancia de los pequeños gestos cotidianos, de la piedra vieja, de las gallinas alimentadas en libertad, de sus ovejas que pastan en las montañas y a las que atiende cuando llegan los fríos.

-¿Matas a las gallinas?- pregunta Lucía.
-Si, para comerlas, hija-

Temo algún comentario de Lucía, pero afortunadamente la llegada de M nos ayuda a despedimos. Volveremos a Broto. Nos mojamos las manos en el río Ara antes de marchar, y visitamos la Iglesia Parroquial de San Pedro Apóstol. Veo de reojo en un escaparate, la colección de navajas Opinel.

7 de agosto
No he dormido demasiado bien. La cama de matrimonio es pequeña. Los años de convivencia nos han acostumbrado a dormir casi sin rozarnos; esta cama nos forzó a arremolinarnos toda la noche. M, además, tenía frío y colocó una pesada manta de lana que acabó por asfixiarme. A media noche fui a dormir al cuarto de la pequeña, en cama contigua individual.

A las 9 calcé las Brooks, me lavé la cara, cargué el bidón de bebida isotónica y me puse a trotar hacia la cima de Mondoto. La subida es dura, muy técnica. Por fortuna a esa hora el calor no aprieta. Mondoto (1957 m) ofrece una de las más espectaculares vistas de la zona, me ha asegurado Pepe.

-Desde Mondoto verás el cañón de Añisclo. No lo olvidarás-

-Allí arriba estás por encima del vuelo de los buitres- añade.

En mi subida adelanto a dos grupos de excursionistas que me miran perplejos. Dos parejas alemanas, una familia francesa. Me hace gracia la cara que ponen, entre resoplidos, cuando me ven saltar de piedra en piedra. Mi ritmo es lento, pero mucho más rápido que el de un senderista. Tardo una hora en subir a Mondoto. Las vistas me hielan la sangre. Los buitres leonados vuelan bajo mis pies, como predijo Pepe. No me atrevo a acercarme al acantilado. Veo en movimiento los estratos de la Loma de los Sestrales, conjunto montañoso que queda frente al abismo sobre el que me precipita mi tenue mareo ¿Efecto óptico, mágica orgánica, anuncio de desmayo? Desciendo feliz, saltando como una cabra, dejando que los pies se adapten al terreno, entre matojos espinosos que te hieren los tobillos.

Ducha rápida. Almuerzo fruta y cereales. Bebo en abundancia. M y Lucía están listas. Nos vamos de ruta. Siguiendo el GR-15 queremos llegar hasta la Villa de Sercué, descender al río Bellós y disfrutar del Cañón de Añisclo. El camino se hace pesado. Casi tres horas bajo el calor del mediodía. Lucía camina bien, a pesar de sus 6 años. En Sercué, a medio camino, sólo hay una casa habitada. Saludamos a los inquilinos. Fotografío la pintoresca iglesia y nos comemos los bocadillos en una sombra cercana. No hay muchas sombras en esta parte del GR-15. La bajada hasta el río es peligrosa, empinada, pero también uno de los senderos más bonitos que nunca vimos. No suelto a Lucía ni un momento, lo que ralentiza el descenso. En la base del acantilado, justo por dónde pasa el río, el paisaje se embrutece con la masiva presencia de turistas y senderistas de tartaleta y chancla. Parece un parque temático. El abarrotamiento soez llena el camino desde el puente de Sangons hasta la Ermita de San Úrbez. Un parking cercano facilita el acceso a los que quieren evitarse caminatas complicadas. Eso explica la masificación. Las gargantas de piedra precipitándose hacia el caudal nos embriagan a pesar del gentío.  M y Lucía insisten en bañarse, pero el baño está prohibido en esta parte del río. Junto a un molino derruido, fuera de los límites del Parque Natural, hay una poza donde se permite el baño, nos indica un guarda forestal. Un grupo de barranquistas descienden con formas algo marciales saltando desde las rocas que rodean la poza.

-¡Venga, tírate, con dos cojones!- se gritan los unos a los otros. Un niño vestido con el preceptivo traje de neopreno y casco, se lanza desde una altura de cuatro metros al centro de la poza. Tras él, otros tantos barranquistas de fin de semana. Obedecen a su instructor, convencidos de no se qué “épica de piedra mojada y cojones”.

El agua está helada. Le sienta bien a nuestros pies fatigados. Hora y media de carrera, más tres horas de senderismo, es tute para los pies de un cuarentón. La única que se atreve a zambullirse es Lucía.

El guardia forestal nos aconseja el regreso a Nerín por la carretera asfaltada. Son siete kilómetros frente a las cuatro horas de regreso que supondría seguir los senderos. La subida es suave, la carretera apenas transitada. Descansamos a medio camino, en la fuente Canallera. Merendamos dados de fuet, pan, queso, cortados con mi cuchillo escandinavo. Subimos el último tramo hasta Nerín, por un atajo utilizado por pastores y vacas.

Nerín, al fin. Café, tertulia en la terraza del albergue. Miramos el mapa para rememorar lo andado. Dibujo acuarelas del atardecer. Duchas, cena. Nos retiramos agotadísimos. Ni la endiablada cama nos priva del sueño.

8 de agosto
Tranquilo desayuno en familia. Tostas con mantequilla y miel. Café con leche. Charla sobre la jornada vivida el día anterior. Algo pirenaico se nos mete dentro. Llamamos por teléfono a Marieta para que sepa que aunque no está, siempre está. Habla mucho rato con su hermana Lucía. Se echan de menos, se dedican alegrías y cariños.

No hay plan fijo, pero optamos por una jornada suave sin grandes caminatas. El Ford nos lleva a Torla. Desde allí parten los autobuses que conducen al Valle de Ordesa. El paso está cerrado a automóviles privados (sin duda, una inteligente y sostenible manera de aunar conservación del entorno y negocio). Camino de Torla, ahondamos en nuestro pireinismo incipiente. Nos imaginamos una vida por estos lares, acaso un refugio con chimenea donde retirarnos largas temporadas, una vida sencilla, dedicada al dibujo, a la lectura, al estudio de las costumbres populares, una vida con centro en los Pirineos pero llena de viajes.

En Torla todo está muy bien organizado. Desde primera hora de la mañana y hasta bien entrada la tarde, cada quince minutos un autobús sale camino de Ordesa. La carretera es estrecha, tortuosa, así que agradecemos que el paso esté vedado a los automóviles. Como los buses suben y bajan de Torla a Ordesa por la misma carretera, y hay tramos endiabladamente estrechos , los conductores se comunican con walkie-talkie. Los buses no se cruzan aleatoriamente, sino en lugares pactados. En cualquier otro tramo de la carretera uno de los buses acabaría despeñándose barranco abajo, para divertimento de los pasajeros del otro bus. Nos dejan en la pradera de Ordesa, junto a una especie de chiringuito de montaña con cafetería rústica incorporada, zona de picnic y preceptiva tienda de souvenirs. A pesar de que los automóviles no pueden llegar, la pradera está llena de familias. El ambiente es más turístico que alpinista. A la primera de cambio nos salimos de los senderos más populares y caminamos por un atajo que nos llevará hacia el Circo de Cotatuero. El mapa Alpina nos ha salvado de la masificación. El ascenso, duro y húmedo, atraviesa uno de los bosques más pintorescos que nunca vimos. En cualquier momento puede aparecer un Hobbit o Merlin, una horda de Orcos o Conan el Bárbaro. Cascadas, desfiladeros… helechos, musgo. Lucía, protestota, amenaza con boicotear el trekking. Le prometimos que, a diferencia del día anterior, esta iba a ser una jornada mucho más tranquila. Tras dura negociación, acepta el segundo día consecutivo de trekking. Nos sorprende la fuerza y tesón que tienen sus pieriecitas, con sólo seis años. Nos reponemos junto al río, remojando los pies. Sigo con mi particular performance ritual de beber las aguas libres del paisaje. M está preciosa. Tuesta al sol sus fuertes piernas y sonríe con picardía. Bosquejo una acuarela inspirado por las brechas rocosas del Circo de Cotatuero. El regreso a la pradera es alegre. Lucía y yo nos adelantamos, bajando al trote. Creo que Lucía tiene un don para la montaña y los deportes. Adelantamos a un grupo de senderistas equipadísimos con las últimas novedades del Decathlon. Café y bollo de chocolate en el chiringuito de la padrera. Autobús de regreso. Torla es villa muy turística pero no exenta de encanto. Bordas de piedra, callejones, tabernas, tiendas de material alpino…
El Ford nos lleva de regreso a Nerín, despacio, dibujando con el volante cada una de las curvas de nivel del paisaje. Cae la tarde cuando llegamos a Nerín. En un alberge cercano a nuestra casa rural, miramos los mapas, bebemos cerveza, asistimos al espectáculo azul que se ciñe sobre las piedras rosadas del desfiladero de Las Cambras y la Peña Montañesa.

Cena. Lucía quiere dormir con M. Siempre permitimos estas veleidades mamíferas. Hubiera preferido, por eso, desfallecer bajo la manta junto a M y sus preciosas piernas musculadas. Pero en la vida de un padre mamífero, no suele quedar demasiado espacio para arrumacos y humedades. Leo a Epicuro junto a la chimenea. “La conformidad es la mayor de todas las riquezas”.

9 de agosto
Estos días me traen al recuerdo el verano que pasé en el año 1999 en Tavascan. ¿Hay algo en común entre los habitantes de los pueblos pirenaicos? ¿Existe una identidad pirenaica? No sabría qué contestar. La hospitalidad del pirineo aragonés es alta, mayor de la que recuerdo en el pirineo leridano. Pero hay una especie de dureza común, una simplicidad en las formas, usos y maneras esenciales, algo que diferencia a los pirenaicos de otros pueblos. Es una sencillez en la que aprecio cierto secreto de longevidad y felicidad. “El habituarse a un género de vida sencillo y no suntuoso es un buen medio para rebosar de salud”, dice Epicuro.

En una guía que me prestan en el Alberge de Nerín, leo que en un pueblo llamado Tella hay una ruta de iglesias románicas, un museo dedicado a la brujería, incluso un dolmen megalítico. Conducimos el Ford camino de Tella. Nuestras vacaciones pirenaicas trazan ejes norte-sur, este-oeste, a la búsqueda de lo esencial de estos paisajes. Pasamos por Buerba, Gallisué, Puyarruego, Escalona. El Ford abandona la comarcal y enfila por la A-138. Llevo días conduciendo por carreteras secundarias tan sinuosas, que me perturba, de repente, poder pisar el acelerador. El Ford rompe el pacto tácito con los ritmos pirenaicos, me digo.

-¡Hacedme una foto, hacedme una foto!- exige vocinglera señora.

Mil turistas han decidido pasar su día en Tella. Maldecimos las autovías y carreteras que permiten el acceso a toda esta turba de turistas. Los niños gritan, las madres gritan, los padres se ausentan mirando buitres con los prismáticos. Viramos bruscamente. Volantazo, el Ford ruge acordes de retirada. Adiós Tella. Adiós carreteras rápidas. Le damos  nueva oportunidad a la A-138 para que nos lleve a Bielsa ¡Por dios, cuánto engaño hay en esta autovía! Bielsa es la más fea de todas las villas del pirineo aragonés que hasta ahora hemos visitado. Restaurantes que exhiben sus menús de platos combinados en la entrada, arquitectura de paredes rebozadas, techos de Uralita, tiendas de souvenirs, rótulos de discoteca. Nada ayuda a nuestra percepción, el calor insoportable de este 9 de agosto. Nueva huída. La A-138 nos ayuda a huir de la A-138. Mis brujitas protestan, tienen hambre, tienen calor. Comemos en un hostal de carretera, en Escalona. Lucía traba amistad con Julia, la hija de seis años de la propietaria. Julia ha encontrado esta mañana un pajarito caído de nido. No vuela. Lo cuida dentro de una caja de zapatos. A Lucía le encanta el micromundo de esa caja. Dedal con agua; montoncito de alpiste, cama de hojitas. Se despide de Julia. Huimos de la A-138.

Hay una zona de baño en el río Bellós, cerca de Escalona. Paramos en el feo lugar para que las brujitas remojen su calor. Es el colofón a una mañana desperdiciada. Cuerpos feos, bañadores pasados de moda, culos caídos. Regresamos a Nerín. Me saben a gloria las curvas de la bellísima carretera junto al desfiladero de Las Cambras y los bosques del Valle de Vió. Los buitres que nos sobrevuelan.

El Ford nos deja en Nerín. Lucía corre a saludar a Pepe, el tallista. Hablamos con Él, con su mujer, con el amigo desdentado que se sienta todas las tardes a la entrada del taller del artesano. Saludamos a otros artesanos de la plaza (todos maestros de la talla de boj). Ducha rápida. Queremos tomar una cerveza en la terraza del Albergue de Nerín para ver caer el azul prusia sobre laderas de roca. La Peña Montañesa al fondo, cuadernos, acuarelas, la nada.

10 de agosto
Sarvisé. Segundo desayuno en Sarvisé, villa dedicada al turismo rural y las excursiones a caballo. Almorzamos en mesa de madera sobre césped. Hilo musical con canciones de Police. Mucho calor. Una ola de calor azota la Península, cuentan los periódicos. Supongo que los Pirineos es uno de los mejores sitios donde puede uno pasar un verano tan caluroso. Podríamos vivir siempre así, me dice M, en marcha, on the road, dejando que la carretera nos lleve. Suenan los Lynyrd Skynyrd, un caballo relincha, apuramos el café.

Broto. Visitamos la cascada de Sorrosal. Hay una vía ferrata que me encantaría ascender pero, ni llevamos equipo, ni las brujitas están por la labor. Temen que las engatuse y acabemos enzarzados en algún nuevo trekking o aventura alpina. A 36º C, las condiciones no propician caminatas. Nos acomodamos en una especie de zona de baño que hay junto al río Ara. La idea inicial era caminar suavemente por el PR-127 hasta Frajen. La guía de la Editorial Alpina destaca su “entorno bucólico con grandes selvas” y el río Sorrosal excavando un profundo cañón. Demasiado calor. La verdad es que es una gozada ver a Lucía zambullirse como nutria entre las rocas del Ara. Aunque refunfuño, acepto pasar las horas fuertes de calor con los pies en remojo. Busco sombra. Miro mapas. Viajo a través de las sentencias de Epicuro. No deja de ser curioso que de un filósofo tan prolífico, al que Diógenes Laercio atribuye más de 300 libros, sólo nos hayan llegado 50 páginas. Los editores actuales se ven obligados a largas introducciones y diatribas sobra la vida y milagros de Epicuro, siempre que intentan la publicación de sus “obras completas”. Le debemos a los ínfimos opúsculos de Diógenes Laercio y a las “sentencias vaticanas”, todo lo que nos ha llegado de Epicuro. Me parece encomiable que a pesar de lo escueto, 50 páginas puedan condensar todo lo relevante, toda la grandeza de este gigantesco pensador. Me gustaría ser capaz de decir algo tan enorme como lo dicho por  Epicuro, y hacerlo, además, en sólo 50 páginas. Nos refugiados en el aire acondicionado del Ford y vamos a Frajen.

Frajen. La población nos deleita. Nobles piedras, prados salpicados de bordas, agua helada de sus fuentes. Caminamos, ahora si,  por el sendero por el que debíamos haber subido desde Broto. Bajamos el PR-127. Una ermita prerrománica tosca y bella nos sale al paso, un bosque frondoso en este sendero sin senderistas, prados, suaves desniveles.  Nos tumbamos en una pradera. Mis pulsiones de fauno se despiertan cuando me tumbo sobre la hierba. Me desnudaría y perseguiría ninfas, fornicaría entre abetos hasta caer rendido. Ofrecería mi piel a los elementos, me embriagaría con licores celtas. Pero las pulsiones se disipan en las caminatas familiares. No creo que mi hija pequeña entendiera que su padre trotara desnudo por los bosques con el falo erecto, agitando una copa en la mano, y bramando conjuros. A M, no le atraen tampoco mis veleidades fáunicas, ni ve en ellas el impulso dionisiaco que anida en un "artista de mi grandeza". Para M el sexo tiene coto, no es territorio para “creatividades“. Tumbado, huelo el bosque pirenaico, oigo la brisa de los dioses arcanos. Caminamos, de regreso, por senderos que sólo caminan pastores y acordamos con M, un largo maridaje con los Pirineos.

Broto. En Broto de nuevo, compramos pan rústico, llenamos el depósito del Ford de carísimo gasoil, y adquiero por fin una navaja Opinel. Hacía tiempo que quería una navaja Opinel, acero menor típico de las gentes del monte europeo. Opinel es marca francesa centenaria, cuchilleros de una de las más efectivas navajas de campo. Ruda, simple, extraordinariamente diseñada. Corte perfecto. Mi matrimonio con los Pirineos se consuma con la compra de una Opinel Nº 8. Navaja bolsillera que dicen siempre viajaba en los pantalones de Picasso. (En los siguientes meses, seré infiel a los cuchillos escandinavos. La Opinel, su certero corte, la ligereza, su sostenible belleza, acabará por seducirme)

Nerín. A las 8,15 llegamos a Nerín después de una buena dosis de curvas pirenaicas. Nos espera la última cerveza en la terraza del Albergue. Acuarelas, sombras cayendo sobre la Peña Montañesa. Les regalo a las amables gentes del Albergue una acuarela del valle, pintada con las habituales saturaciones de azul prusia. Adiós Añisclo. Se acaban nuestros días pirenaicos.

Noche de insomnio en Nerín. Leí por ahí que los insomnes solemos acabar desarrollando demencias seniles y alzheimers. Pero es que veo en la televisión de Aragón un reportaje que intenta hilvanar hilo conductor entre los filmes de Orson Welles y la pintura de Goya. No hay quien sostenga la tesis. Me desvelo.

11 de agosto
El Ford lleno de gasolina, preparado para el retorno. Nos despedimos de cuatro de los nueve habitantes de Nerín.

-El Pirineo me limpia- le digo a M. Asiente.

-Primero me vacía, luego me limpia- añado.

martes, 6 de noviembre de 2012

Planchando "Marvelseal"



Planchando "marvelseal" sobre el fondo de una vitrina. Material aislante para evitar la emisión de volátiles dentro de la vitrina. Taller de restauración de papel del Museu Nacional d'Art de Catalunya.

viernes, 12 de octubre de 2012

Training

24 de septiembre (2012). Performance. Entrenamiento trail running. Sant Esteve + Turó de l'Home + Les Agudes + Turó de l'Home + Sant Esteve. Equipo básico:


Camiseta trail, Buff, zapatillas Brooks Cascadia, patalón Nike, cortavientos Nike, bidón de agua Asics, teléfono Htc, navaja Opinel, bocadillo retractilado de fuet y queso manchego, mochila Puma.


jueves, 4 de octubre de 2012

HUMUS Leatherman performance


HUMUS es el arte de las pequeñas cosas, de lo casi imperceptible, el abono, el nutriente básico. Quizás por falta de talento, acaso por convicción, he dedicado mi vida a los renglones menores del arte. En el salón Náutico de Barcelona, hago grabar la palabra HUMUS en mi Leatherman multiusos, que tanto utilizo en mi día a día. Herramienta imprescindible para atender las necesidades que van surgiendo cuando paseo por las salas del Museo (cortar un cable, ajustar un anclaje, apretar una tuerca, rascar una mancha de pintura, atornillar, punzar, apresar, acotar,...)






martes, 25 de septiembre de 2012

Die Iberer (1998)


Todo el equipo de montaje de la exposición Los Íberos, en el KunstMuseum de Bonn. Buenos recuerdos. Por aquel entonces, algunos art-handlers llevábamos bata blanca. Tras debate entre las diferentes partes, acordamos que la bata no era el mejor de los atuendos para alguien que necesita manipular obras de arte con libertad de movimientos (Bonn, 1998)

lunes, 17 de septiembre de 2012

Crónica que no quise escribir del viaje que no quise viajar (Tánger 2007)


Sólo, desde el acantilado, persuadido por los aromas del Café Hafa, veo Tarifa y me reconcilio con el horizonte español. En el Café Hafa, un violento soplo de los vientos me trae la memoria de la infancia mediterránea. Las terrazas abiertas al acantilado, las esterillas en el suelo, me recuerdan la rafia sobre la que se tumbaba mi abuela en la playa de Arenys de Mar, o las calas blancas de la Costa Brava. Este mar que avizoro no es mediterráneo, es un cruce de mares, es la lucha de las corrientes atlánticas, el estrecho que nos lanza a la aventura del Otro. El olor a hachis y el buen sabor del té de menta me sitúan a un lado del horizonte. No importa cómo he venido a parar aquí. Ni siquiera tengo conciencia de que este sitio pertenezca a Tánger. Dicen que el Café Hafa era uno de lo rincones predilectos de Paul Bowles. Entiendo al escritor. El viento es fuerte. Aunque las terrazas quedan más o menos protegidas, casi todos los clientes se han refugiado en un pequeño chabolo donde se fuma y se bebe té. Pero a mi me gusta esta insolencia del aire que me golpea la calva.

Viajo de forma ácrata, sin planear viajes. Viajo por trabajo, o por que me salen los viajes, o por que cojo el coche o un billete y me largo. No preparo nada. Veo lo que me sale al encuentro, conozco a las gentes casuales. No me importa dejar de ver enclaves que las guías recomiendan. Necesitaría varias vidas para ver todo lo que quisiera ver. Me someto a la eventualidad con cierto regocijo, el incidente es el objetivo de mis desplazamientos. El viaje está en el meollo de la cuestión literaria, no me cabe la menor duda. Preciso acontecimientos para poder escribirlos y dibujarlos, y escribir y dibujar, para poder conocer. Hay que escribir, narrar sin rumbo, narrar sin parar, en cualquier formato, con palabras, con imágenes, acotar la vida a ritmo de narración. Hay que escribir, incluso, la crónica que no quisimos escribir del viaje que no quisimos viajar. Decía Leo Ferré que el drama de los solitarios es que siempre se lo montan para no estar solos, y que la anarquía es la extrema soledad.

19 de marzo del 2007.
Aeropuerto de Barcelona. Día del Padre. Mi bebé tiene conjuntivitis. Le escuecen los ojitos a pesar de lo cual no pierde el buen humor y la energía. Llama por teléfono mi hija mayor.- ¡Feliz día del padre, papá!-Tengo ganas de verte, te echo de menos- le digo. –No te preocupes papi, que nos vemos el próximo fin de semana- me suelta mi hijita a sus adultos siete años.
Estoy en el aeropuerto del Prat, esperando el vuelo hacia Casablanca. De ahí, otro vuelo me llevará a Tánger, mi destino. Ha sido un viaje improvisado. Como tantos viajes en esta endiablada empresa en la que trabajo. Un proyecto sobre el que todo lo desconozco. Se trata de montar una exposición de fotografías en el Instituto Cervantes. Una exposición que itinerará por Marruecos un par de años. Otro supervisor capitanea el proyecto pero coincide el montaje en Tánger con las fiestas de su pueblo, y nunca ha faltado a las fiestas de su pueblo. Así que, con a penas 48 horas de antelación, el jefe de logística me comunica que me toca cubrir ese puesto, por culpa de las fiestas de un pueblo de cuyo nombre no atino a acordarme. Me pregunto qué diablos puedo supervisar de una exposición sobre la que todo desconozco. M está algo alterada por otro viaje más lleno de urgencias, por un trabajo que me separa constantemente de mis hijas. Pero en la empresa no existe el concepto previsión. Casi todos los veteranos acopiamos algún divorcio a nuestras espaldas. ¿Signo de los tiempos o descontrol corporativo? Desde el departamento de coordinación se me asegura que se trata de un montaje muy sencillo, todas las herramientas necesarias todos los materiales están a mi disposición esperando en Tánger. Trabajaré con dos compañeros que ya conocen el proyecto.

Ya no espero en el aeropuerto del Prat sino en el de Casablanca. Me pregunto si encontraré a Rick o a Elsa o, aún mejor, al sosainas de Víctor Laszlo. Le iba yo a cantar las cuarenta a Víctor Laszlo. Me pregunto si mientras estoy en Casablanca (una hora escasa) alguna potencia europea invadirá Polonia y se desencadenará un conflicto armado de bastas longitudes, que me confinará en Casablanca a la espera de un salvoconducto que me lleve al Nuevo Mundo. Claro, que también me pregunto si estará en el aeropuerto de Tánger esperándome Paul Bowles o algún miembro de la Beat Generation. Lecturas que me acompañan en este precipitado viaje: diarios de Paul Bowles, Malinowski y sus argonautas y la versión en cómic de La Ciudad de Cristal de Paul Auster. El ojo derecho me llora. El bebé me debe haber contagiado su conjuntivitis. Otro fastidio. Necesito la más atenta de mis miradas para aprehender lo máximo de un viaje tan mínimo.

Vuelo con la Royal Air Marroc. Las azafatas son bonitas. El sur se dibuja en el rimel de sus ojos. El pasaje es variopinto. Hombres de negocios españoles, norteafricanos, franceses. Pocas familias. Escucho a Yann Tiersen en el Ipod. En estos accidentales viajes pongo en funcionamiento casi de manera automática el resorte del inglés; sin embargo ya en el vuelo a Casablanca apercibo que el Norte africano es francófono. Tendré que activar el “resorte” de mi escaso y depauperado francés, eterna asignatura pendiente. Con los años en viaje he ido adquiriendo los rudimentos de algunas de las lenguas que se me cruzaron. El buen oído ayuda. Hablo esquemáticamente el inglés, lanzando cuchillos al interlocutor de turno, pero subsisto, que de eso se trata. Aprendí catalán a los 15 años, cuando, después de vivir la primera etapa de mi vida en Madrid, los padres decidieron volver a los orígenes. Aprendí catalán justo a tiempo. Me desenvuelvo en esa lengua con soltura, soy capaz del cultismo y de un nivel de escritura coloquial más que aceptable. Pero llegué tarde para el catalán literario. El inglés que hablo me permite moverme con bastante tranquilidad internacional, aunque apenas puedo leer un trozo de literatura anglosajona sin consultar el diccionario dos o tres veces por párrafo. El italiano es un idioma que te penetra. Cuando llevo un par de días en Italia, me entono en italiano y me lanzo a hablar por los codos, sin miedo a los exabruptos, con toda la sinvergonzonería latina. Soy una especie de Alberto Sordi hablando castellano pero al revés. El francés es fascinante. ¡Qué gran idioma para amar! (dijo no se qué monarca español), que excelente musicalidad la de su literatura, qué dicción mas encantadora la de sus actores y artistas. Lo leo y lo entiendo en un 40 %. Hablarlo me parece imposible. Parezco un oso en una cristalería cuando pido un Café au lait. Vocabulario paupérrimo. Desde Casablanca, pues, vuelo a una cristalería. La ventanilla del avión me deja ver la noche urbana de Casablanca apenas salpicada por un racimillo de luces de Swaroski.

Tánger. Me alojo en el Hotel Intercontinental, a veinte minutos del centro. La empresa me ha hospedado en una habitación compartida con el conductor que ha traído el camión del material expositivo. El Hotel es un establecimiento poco agraciado, de esos que gustan contratar las empresas con ánimo de ahorro, esas que no tienen reparos en exigir a los trabajadores que doblen la jornada laboral pero nunca gratifican ni compensan. Hay empresarios que creen que cuanto peor se trata a los empleados, más control ejercen sobre la empresa y los beneficios. La mediocridad de muchas empresas españolas radica en sus directivos: Un día un negocio pequeño empieza a funcionar; un emprendedor con una idea más o menos lustrosa pone en funcionamiento una empresa; el negocio crece; entonces, vienen los problemas. El empresario brillante busca directivos brillantes en los que delegar, que sepan hacer crecer el negocio con ambición y talento. El empresario mediocre quiere seguir ejerciendo el control a golpes de efecto sobre un negocio que le supera, sin talento. La catástrofe está servida. Ese negocio dirigido con mediocridad se convierte en escuela donde los empleados aprenden y soportan; cuando saben, se van a la competencia, prosperan, se emancipan. No es raro, en épocas de bonanza, que este tipo de empresas crezcan. Pero, ¡hay amigo!, cuando arrecian las crisis, las empresas caen en picado, y el empresario se queda atónito, sin saber de dónde calló la guadaña que le seccionó la cabeza, creyendo que a su alrededor todos confabulan en su contra.
He llegado muy tarde al hotel. El ambiente es denso. Hay una especie de boite en el hall. Señores muy bien acompañados entran y salen. Entre los ronquidos de mi compañero de habitación y el tumb-tumb de las músicas de la boite, el sueño se me resiste.

20 y 21 de marzo del 2007
Otro trabajo descontrolado. Ni herramientas, ni materiales, ni información. El local en el que montamos la exposición es un muestrario de mil paredes. En un mismo tramo de muro concurren la piedra, el yeso, el cemento y el pladur. Necesito todo tipo de anclajes para colgar las obras y claro, cómo no, el departamento de coordinación de la empresa se equivocó, no hay material ni herramientas, se olvidaron de ellas en la anterior sede, a 800 kilómetros de distancia de Tánger. Fantástico. La muestra se inaugura en dos días. A pesar de los pesares, vamos saliendo al paso con ingenio y picardía. Nos dejan un taladro percutor con enchufe pero sin alargo. El taladro sólo taladra a un metro de distancia del enchufe, y sólo hay un enchufe en toda la sala de exposiciones. Hay que cubrir los 300 y pico metros cuadrados con tales rudimentos. Improvisamos un alargo uniendo con cinta americana veinte metros de cable al cable del taladro. Nos hacemos amigos de la mejor ferretería de Tánger, valga decir, una de las peores ferreterías que nunca vi. Nos venden metros de cable, brocas desgastadas que sacan de una cajita de cartón, no tienen tacos para Pladur (curioso que en un país tan francófono, teniendo en cuenta que el Pladur es religión en Francia, la “mejor” ferretería de Tánger no tenga tacos Pladur ), ni anclajes que valgan la pena. Mucho esfuerzo, muchas horas de trabajo, incontables dificultades, pero la exposición se monta. Trabajamos por la noche hasta la madrugada.

Cecilia F.S., exdirectora del Instituto Cervantes en Tánger, hace las veces de cicerone y nos lleva a sitios pintorescos a la hora de comer; la antigua escuela italiana, la bocadillería del centro,…Qué insondable mirada tiene Cecilia. Decidimos tomarnos un descanso al mediodía. Comemos pescaito frito y cuscus cerca del Café de París. No hay tiempo; me hubiera encantado pasar la tarde en el mítico Café de París, leyendo a Bowles, o enzarzándome en alguna charla con los ancianos del lugar. Las gentes de Tánger estilan amabilidad. No es difícil entablar conversaciones en español. Las plazas, las calles y avenidas están abarrotadas de ociosos de todas las edades. Dice Cecilia que hay pocas expectativas laborales, poco futuro. Es lógica esa pulsión que lleva a los jóvenes a querer cruzar el Estrecho, a buscar prosperidad en alguno de esos países que salen en televisión. Las fachadas, incluso en los suburbios que se ven al ir hacia el aeropuerto, están plagadas de antenas parabólicas. Tánger, supongo que en otras ciudades africanas sucede lo mismo, es la urbe del trapicheo. Todo el mundo vende algo, todo el mundo parece experto en el arte de salirle al paso a la contrariedad. Tánger es una ciudad antigua repleta de hombres antiguos. Aquí todo el mundo sabe aprovechar los pocos recursos de los que dispone.

Cogemos un taxi después de comer. La ciudad está llena de pequeños taxis. Supongo que tener coche propio es un lujo al alcance de pocos. Los taxis suplen esa falta, son baratos y abundantes. Conducen ágilmente por calles sin rótulo ni semáforos. Le robamos un par de horas a la jornada, sabiendo que tendremos que pagarlas por la noche. ¡Qué más da! –No te puedes ir sin probar las putas de Tánger- me suelta el comisario de la muestra. El refutado experto en fotografía es profundo conocedor de Marruecos y ha venido infinidad de veces a esta ciudad. La muestra que ha organizado recoge el trabajo de varios fotógrafos jóvenes de ambos lados del Estrecho. Es un orador incombustible.
–La juventud de ahora, ¿lee a Pío Baroja?- pregunta. - No saben lo que se pierden los que no han leído a Baroja. Yo no veo que ahora se lea a Baroja- insiste. -¿No conocéis el Café de Hafa?- dice. –No os podéis ir de Tánger sin haber estado en el Café de Hafa- Cecilia está de acuerdo con lo del Café Hafa. De lo de las putas no dice nada. Unos taxis después, estamos en el acantilado desde el que se descubren todos los horizontes. Me aíslo del grupo. Me dejo azotar por los vientos en las terrazas colgantes del Café Hafa. Cerca, encuentro el despeñadero con las famosas tumbas fenicias excavadas en la roca. Una pareja de novios adolescentes pasean cogidos de la mano. Un niño pastor y su perro, vigilan al pequeño rebaño de ovejas que comen la hierba junto a las tumbas. Apreciaciones precipitadas, seguro, pero en esta apartada zona de Tánger, la gente parece algo más tranquila que en el centro. En los acantilados que miran a la lejanía pienso que la literatura tiene infinitas historias sobre la migración, sobre el escapismo, sobre la ruptura con lo que nos oprime o nos desespera.

Último día en Tánger.
La Plaza del Zoco Grande, que ahora se llama Place du 9 Avril, antaño fue centro de agitación comercial, refugio de anacoretas y saltimbanquis. Pero alguna reforma política y la amenaza urbanística que sitia la arquitectura de la zona, acabó con ese encanto. Llego a esa plaza atravesando un gran descampado con edificios en ruinas y montones de escombros. En la Plaza está una de las puertas de acceso a La Medina. Vengo caminando desde el hotel. Me he levantado pronto y he instado a mis compañeros de trabajo a hacer lo mismo. Nuestro vuelo parte al mediodía, y valdría la pena aprovechar las pocas horas que nos quedan en Tánger. A tres horas del vuelo de regreso, nos adentramos en La Medina. Tres o cuatro calles después uno está perdido. Estoy en la edad media, rodeado de mercaderes y túnicas. El vericueto de callejas y arquitecturas espontáneas es magnífico. Me siento integrado en el entorno, pasamos desapercibidos, hasta que uno de mis compañeros saca una cámara fotográfica. A partir de ese momento varios niños ambicionan ser nuestros guías, o los manilargos que nos vaciaran los bolsillos al menor descuido. Un chico sordomudo intenta engatusarnos con mucho arte. Su retahíla de gestos y onomatopeyas es toda inspiración. Como no hay nada que perder, me dejo embaucar por el pícaro y empujo a mis asustados compañeros a compartir la experiencia. Le explico que dentro de tres horas parte nuestro vuelo, que tenemos poco tiempo para ver. Nos lleva a sitios pintorescos tan rápidamente como puede. Por señas, explica que tiene un hijo y su mujer espera otro. Se congratula de mi barba y señala al cielo para indicar que a Alá le gustan las barbas. Nos adentra de tal manera en La Medina que quedamos a su merced por completo. Estoy tranquilo, no temo nada de lo que pueda suceder. Vivo los viajes sin resistirme, convencido de que acaecerá lo que tenga que suceder. Como ya dije, preciso acontecimientos para poder escribir, y escribir, para poder conocer, y conocer para poder conocerme. Mis compañeros no están tan convencidos y empiezan a especular sobre los peligros que nos esperan en cualquier callejón. Pero a mi me parece un rufián inofensivo nuestro guía. Un pillo de poca monta que quiere sacarnos algunas perras. Nos conduce a casa de un familiar que vende alfombras. Una especie de palacete repleto de azulejos y telas. Su tío, así lo presenta, nos invita a un te. Me enseña una foto dedicada por Paul Bowles y de otra escritora que no atino a reconocer. Nos muestra mil y una alfombras aunque insistimos en no querer comprar ninguna. Al final, le compro una. Ni sé, ni tengo ganas de regatear, a pesar de lo cual me insta a regatear para comprarle la alfombra mientras me tomo un segundo té. Aunque indicamos a nuestro secuestrador que debemos abandonar La Medina para ir al hotel a recoger el equipaje, nos pierde de nuevo, nos lleva a una tienda de especias y remedios medicinales de otro de sus "tíos". Luego a una tienda de chilabas, luego a una panadería…compramos de todo. Le doy una propina generosa y me despido de nuestro guía no sin desearle que Alá sea generoso con su familia.

Acaba el viaje.
Un taxi grande nos lleva al aeropuerto. Vemos los edificios feos del extrarradio. Cecilia explicó que algunas familias acometen la construcción de su vivienda por fases. Levantan estructura para tres o cuatro plantas, pero sólo tienen dinero para acabar la primera. Allí se instalan y esperan la llegada de tiempos mejores, o el dinero de los hijos que emigraron, para seguir acabando plantas. Esas plantas superiores serán para hijos y nietos. Todo el que se marcha espera volver un día a su tierra. Allí les espera el edificio.

Hay algo en Tánger que me ha inquietado. La evidente pobreza de sus gentes, la ociosidad, la decadencia de los edificios, los acantilados. En el extrarradio se empieza a gestar un malestar antioccidental. En Tánger conviven los tiempos, el ayer se funde con un presente al que se le ve poco futuro. Por eso triunfan en los barrios marginales las filosofías radicales. No asistiré a la inauguración de la exposición de fotografía. Ha sido declarado evento de alto riesgo por parte de las autoridades policiales. Se ha instalado un detector de metales a la entrada del local.