miércoles, 16 de noviembre de 2011

Charlas sobre performance de los años 90's

http://www.bcncultura.com/lacapella/lacapella9/xerrades.pdf

El viernes 18 a las 19,30 tuvo lugar la Mesa redonda sobre performance en la Barcelona de los 90's. Hablamos de lo que pudo haber sido, de lo que fue, de lo que queda de todo aquello. (De izquierda a derecha: Manuel Segade, Borja Zabala, Carles Hac Mor, Esther Xargay, Perdedor).


Fotografías de Eduard Pedrocchi/La Capella (ICUB)

jueves, 3 de noviembre de 2011

El camino del Kamikaze

“Deja que el instinto guíe tus pasos…él te llevará donde más quieres”, Kilian Jornet. Leo con atención los textos de este extraordinario deportista. Su filosofía, explicitada con detalle en un manifiesto que titula Kiss or Kill, es la de un corredor dionisiaco, embelesado por la fuerza de las montañas y el dolor como catalizador. “El deporte es egoísta porque se tiene que ser egoísta para saber luchar y sufrir, para amar la soledad y el infierno”. Kiss or Kill. “Besa la gloria o muere en el intento. Perder es morir, vencer es sentir…”. Literatura algo burda para acometer una carrera frenética. Kilian Jornet escribe en su libro Correr o Morir (Ara Llibres, marzo del 2011) que “un atleta excepcional será el que sea capaz de nadar en las aguas de la complejidad y el desorden (…) Los individuos creativos buscan el desorden para poder explorar todos los lugares que imaginan más allá de las fronteras de la conciencia, siguiendo las fuerzas irracionales que emanan de su interior y de lo que les rodea”. Atiendo las disertaciones de este joven skyrunner intentado entender porqué corro. ¿Porqué un dibujante, que trabaja en un museo, corre?

Kilian Jornet

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Segundo ascenso al Turó de l’Home (1706 mts). Tardo dos horas en llegar a la cumbre. Los últimos 45 minutos son infernales pero muy felices. Ascenso pronunciadísimo en terreno pedregoso, húmedo, lleno de lascas y matorrales abrasivos. El viento golpea y enfría el sudor. No tengo equipo térmico, corro con una sudadera vieja y un cortavientos desgastado del Decathlon, totalmente empapados en sudor. He cambiado el calzado. Compré unas Brooks Cascadia especiales para trail, adecuadas para combatir el dolor que me provoca el espolón o la fascitis de mi pie derecho. Voy subiendo poco a poco la categoría de mi equipo, aunque con reticencias. Nunca creí en los avances tecnológicos aplicados al equipo del corredor. Aprendí a correr a los trece años con equipos muy rudimentarios. Corrí mucho, en aquellos primeros tiempos, con unas Adidas de tenis, en terrenos mixtos urbano-rurales que no exigían calzados demasiado específicos. Pero la edad y los espacios montañosos, demandan materiales de mejor calidad.

Subo un último tramo andando. No veo nada, la niebla me envuelve. Nadie hay en la cumbre. Dejo una piedra sobre un montículo de piedras apiladas. No tengo vistas. El frío me agarrota las manos. La próxima vez me equiparé mejor. Inicio rápido descenso. En cuanto abandono las cotas de niebla la temperatura mejora. La bajada me destroza los gemelos y pincha mi rodilla derecha. Todo sucede en la pierna derecha, hostias. Las ascensiones tienen recompensa, épica. De los descensos nadie habla. Son, además, mi talón de Aquiles. La frontera entre cuerpo y paisaje se diluye durante las siguientes dos horas. El dolor rompe los límites. Correr con frío, rodeado por la niebla, con la ropa empapada, notando el crujir de los meniscos, el corazón palpitando en los gemelos, me descompone y fusiona mis pedazos con el entorno. Pura simbiosis orgánica. Dibujo porque dibujar es el camino más corto entre cabeza y mano. Corro porque sufro, y el dolor me reconcilia con el paisaje. De alguna manera es el paisaje el que corre a través de mí. Por eso dejé de correr en entornos urbanos. La comunión que busco es con los bosques antiguos, con las montañas, con las costas, los ríos, los matojos. Necesito más que nunca ese dolor. Buscar el límite. Dejar que el paisaje se dibuje a través de mi trote.

Renuncio al equipaje en las salidas semanales. Pero cuando corro largas distancias lo mínimo se hace imprescindible. Las Brooks, una mochila ínfima, chubasquero, bebida isotónica, fuet, queso, pan, turrón, navaja escandinava, minibotiquín, teléfono móvil, mapa topográfico. En el fondo todo sobra. Debería reducir más. Anton Krupicka corre con calzón, a pecho descubierto y unas NewBalance Trail Mininus, zapatillas sin cámara de aire ni amortiguadores ni tacos. Es un skyrunner que corre casi descalzo con un modelo de bamba que pretende el máximo contacto del pie con la orografía del camino. Corre senderos, bosques, asciende cumbres, melena rubia suelta al viento, largas barbas de eremita. Vive temporadas en su furgoneta, reduce las necesidades vitales, sigue las enseñanzas de los relatos taoistas de Lie-Tzu, busca contacto esencial con los paisajes. Me acerco más a esa filosofía del correr. Hace treinta años que no participo en competición alguna. Correr es una manera de afrontar mis límites, es, en todo caso, una competición contra mí y a favor del paisaje. “La batalla es interna y los rivales son las motivaciones para continuar adelante”, escribe Kilian Jornet. Corro contra el sinsentido. “No vale no luchar sin sufrir, no vale no sufrir, no vale no morir…Ya es hora de sufrir, ya es hora de luchar, ya es hora de ganar”. Es un camino de kamikaze. Sigo creyendo que acabaré mis días en una cabaña junto al mar, dibujando en un estudio de grandes ventanales, pintando como Philip Guston una pintura hecha de trazos gruesos (es curioso que entrando en la madurez siga alimentando quimeras con olor a trementina). Corro porque corriendo me dirijo hacia ensueños como este, o porque cuando corro todo es instante y sólo hay el aquí, el ahora. No lo sé.

Anton Krupicka (col. Anton Krupicka)