domingo, 12 de diciembre de 2010

Hay placer en los bosques sin senderos

“Vivir mucho al aire libre, al sol y al viento, produce, sin duda, cierta dureza de carácter, desarrolla una gruesa callosidad sobre las cualidades más delicadas de nuestra naturaleza (…)”. Henry David Thoreau. Caminar.

Encuentro con Oscar Abril Ascaso en la cafetería de la librería Laie. Barcelona, 7 de diciembre. Perdedor adquiere, antes de ver a Oscar, “La niña verde” de Herbert Read. A Perdedor se le cruzan lecturas y charlas, Thoreau, Read, Oscar Abril Ascaso. Oscar cuenta sobre la ruptura con las gentes del Festival Sónar. Hace trece años que empezó la colaboración fructífera que ahora se rompe. Ponderables de la crisis o vete tú a saber qué. Oscar está algo asustado. Sigue dirigiendo L'Espai per a les pràctiques performàtiques en la NauEstruch de Sabadell y ha creado una empresa de servicios culturales con otros socios, no le faltan proyectos pero le titubea la nueva etapa. Oscar y Perdedor se respetan con afecto inglés, se comprenden aún en las diferencias, celebran una amistad de hace más de veinte años. Su charla abarca sin solución de continuidad desde los temas más íntimos a los paradigmas socio-culturales de nuestro tiempo. Diríase que están contentos de vivir la época que les ha tocado vivir. Se acabaron los arquetipos románticos, el artista atormentado acariciado por la mano divina. Es tiempo de redes, de neointimidad, de trabajo en colectivos globales. Oscar, urbano hasta la médula, Perdedor, anacoreta rural, son libertarios de la legua en un tiempo bisagra.

-Siento atracción hacia la crisis, la catástrofe- comenta Oscar. –Situaciones extremas, momentos en los que uno se encuentra con los propios límites. Soy de los que mezcló el terror y la sonrisa cuando cayeron las torres de Nueva York-. Atracción hacia el abismo, hacia aquello que nos despojaría de todo y nos obligaría a encontrar las declinaciones de nuestra supervivencia.

-A mi me ocurre algo parecido- alega Perdedor.- Hay dos motivos para vivir en los bosques: alejarse de la complejidad de la vida cosmopolita, labrar una vida espartana, simple, en la que se signifiquen los marmolillos de la cotidianidad; y, por otra parte, el encontrar en ese entorno severo los propios límites-. (Decía Ernst Jünger que la diferencia entre el anarquista y el ácrata es que el primero necesita de una sociedad que le circunde para desarrollar su prurito destructivo, mientras que el segundo busca soledad).

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Una neblina acanelada envuelve a Perdedor. Se deja atrapar, sucumbe. Es el mes de las navidades, del aroma a los turrones de la infancia. La luz brilla húmeda en los ojos de los niños. Perdedor escribe como un artesano y dibuja retratos de Pynchon. Lee Moby Dick, que de repente le parece un relato navideño. Ya no parará nunca de leer Moby Dick. Lee sumando, Melville, Thoreau, Read, Oscar Abril Ascaso, la mirada de sus hijas.

Un curioso encargo gráfico de la revista Quimera. Se trata de dibujar retratos de Pynchon suponiéndole un aspecto actual. El único material disponible sobre el que partir son las famosas tres fotos de juventud. Perdedor acomete esos dibujos y sigue con la nueva redacción de su libro “La Trastienda del Arte”. Espera poder entregarle en unas pocas semanas la nueva versión de este texto a su agente literaria. Perdedor se sumerge en los bosques del Montseny con un nuevo cuchillo de monte, el pequeñín Cudeman 135. Filosofía bushcraft, ser un hombre antiguo, un artesano del camino, comulgar con los matojos; dibujar, escribir como un artesano. Ser refugio para la familia sin dejar de ser intenso. “Hay placer en los bosques sin senderos”, decía Lord Byron.

En la mochila mapa topográfico, brújula, cuchillo, fire-steel y algo de yesca por si se tercian las urgencias, agua, chocolate, fuet, pan, frutos secos, ropa de abrigo, cuaderno de notas, teléfono móvil, un pequeño botiquín y el libro de Herbert Read. Equipaje sobrio para caminar bosque. Lo que más llamó la atención de Perdedor cuando encontraron en los Alpes Suizos a la momia Ötzi, el hombre de los hielos, fue el escueto equipo con el que el cazador primitivo cruzaba los helados montes. Un hacha de cobre; cuchillo pedernal con mango de fresno; carcaj lleno de flechas; puntas de piedra y arco de envergadura mayor que la de su estatura; setas, hongos, una docena de plantas, conocimientos, por lo tanto, para solventar el incidente del camino; pedernal y pirita para crear chispas. Ropajes de abrigo, calzado de sofisticado diseño (aunque hay quien cree que lo encontrado no era calzado sino babucha a la que amarrar raquetas para caminar por la nieve). Perdedor admiró la parquedad del equipaje de Ötzi y acató ese orden natural que reclama ser frugal al que camina. El equipo de Ötzi denota sabiduría del entorno natural, de las plantas y los animales, de los remedios y conjuros, de los útiles con los que emprender el camino. Perdedor prefiere reciclar, adaptar cualquier ropaje y utensilio del hogar, conocer lo que la naturaleza nos ofrece, antes que equiparse con marcas caras y tejidos científicos en una boutique cursi y colorista especializada en montañismo y acampada para burgueses y urbanitas aburridos.

Perdedor acompasa el ritmo de su marcha. Cincuenta al trote, cincuenta paso a paso. Es una manera rápida de abarcar grandes distancias. Ríe pensando que su escritura se armoniza con este sincopado caminar. En la nueva redacción, “La Trastienda del Arte” pasa a ser algo así como el diario de ladrón que escribiera Genet (guardando las respetuosas distancias), la historia de un vagabundo de las artes, de un albañil de los montajes en tránsito, de alguien que decide poner voz a los que no suelen tenerla. El problema es que escribir y rescribir tantas veces acaba por aturdir los sentidos literarios. Perdedor camina para olvidar que escribió la primera versión del libro en otros momentos. Tres años ha que escribiera el primer borrador. Perdedor le cogió asco a sus días y el libro fue una huída y le salió un libro huidizo. Pero ahora, dice la agente literaria, dicen las voces cultas que asesoran, hay que escribir un libro que se venda solo. Homenaje a un oficio que casi nadie conoce. El dietario de un art-handler.

-Te dedicas a manipular obras de arte en museos e instituciones, diriges montajes. Has acumulado experiencias y anécdotas a lo largo de los años. Cíñete a eso. Olvida en este libro tus diatribas sobre el hecho artístico. Ya habrá tiempo para otros libros-.

-¡Otros libros!- suspira Perdedor. -¿Quién puede imaginar otros libros?-

Perdedor camina a buen ritmo. “La mitad del camino no es más que desandar lo andado”, decía Thoreau. Tal vez debiéramos prologar el recorrido, partir sin rumbo, marchar y no parar hasta encontrar parajes desconocidos. Nunca regresar a nuestros afligidos reinos. “Si te sientes dispuesto a abandonar padre y madre, hermano y hermana, esposa, hijo y amigos, y a no volver a verlos nunca; si has pagado tus deudas, hecho testamento, puesto en orden todos tus asuntos y eres un hombre libre; si es así, estás listo para una caminata”. (Thoreau. Caminar)

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