jueves, 30 de septiembre de 2010

Mis abuelos asturianos

Un verano casi sin venir a cuento: -¿Por qué no os venís con nosotros a Laviana?-
El matrimonio joven que forman Madre y Padre recoge bártulos y nos metemos todos en un 600 camino del Nalón. Entonces se viaja en 600 o en SEAT 124. Los viajes duran diez horas, o duran 12 o todo un día.
-¿Falta mucho para que lleguemos, Papá?-
-¿Ves aquellas casas al fondo, allí, en el horizonte? Pues allí todavía no- se mofa Padre.
Son viajes con bocata y termo, mantita, emisoras de radio con olor a bigote, sin cinturón de seguridad, mojones numerados en cal y rojo, tartera, filetes empanados, mapa Firestone, carreteras secundarias, gasolina súper.

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Mi primer recuerdo asturiano es un escalón de piedra e irrefrenables ganas de pisotear una babosa. Cae esa lluvia tonta que te cae a todas horas en Asturias. Me protejo bajo no se qué árbol plantado junto al huerto. Sentado en escalón me hechiza la viscosidad que repta. Un cagarrón de unos 12 centímetros dibuja espirales de baba sobre piedra. La voz adulta explica que es un caracol sin casa; me siento profundamente violentado por el gusanoide pardusco. Es la experiencia más orgánica que he tenido hasta el momento, sólo comparable a la contemplación, manoseo y oloreo de mis propias heces. Rozo con aprensión la piel húmeda del gusarapo.

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No recuerdo en la casa de Laviana animal doméstico alguno. Gallinas hay, conejos, un gato de paso, el ladrido de perros, moscas, abejorros. A ninguno de aquellos animales le pasa nunca por mente ser doméstico. El huerto es coto del Sr.José, un biotopos asilvestrado donde los domésticos somos los que venimos de los 70’s. José y el huerto son todo uno. José es un cuerpo que se extiende, es paisaje, es brizna de hierba y tomatera. Si falta José, cuando José marcha, el huerto calla.

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Cuentan que su gestación dura 72 años y que el poco cabello que cubre su cabeza es blanco cuando por fin viene al mundo. Al nacer con orejas grandes y bajo un ciruelo le llaman Orejas de ciruelo, aunque le podrían haber llamado cara de pasa o acelga pochada porque tiene el rostro arrugado como un fruto secado al sol. Me hacen llamarle Sr.José, así que no entiendo porqué mis recuerdos disfrazan el nombre. Le recuerdo en el olvido, lo que me hace reinventar. Nada tiene que ver con Lao-tse, ni su rostro es especialmente rugoso, pero siempre que pienso en viejo me viene a la memoria el Sr.José. Tampoco es mi abuelo, ni siquiera paso con Él más que unas horas de unos cuantos veranos, pero siempre que pienso en viejo, pienso en José. De algún modo soy su primer nieto antes de que le lleguen los nietos. José me regala, sobretodo, sus silencios y un huerto.

En verdad la del rostro pochado es Rosario. José guarda tersura y color en sus mejillas según las fotos que recupero en el desván de mis Padres. José es hombre parco, jamás muestra afecto o debilidad a sus allegados. Sólo le veo llorar a la muerte de Rosario:
- ¿Qué voy a hacer sin Ella?-.

La llamamos Sra. Rosario, pero podríamos haberla llamado cara de pasa, acelga pochada, orejas de ciruelo, aunque no nació bajo frutal sino en pueblo de montaña. Hace ya cuarenta años de todo aquello. Cuarenta años ha que nacieron mis abuelos asturianos, Rosario y José.

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En Posguerra el que vive en montaña es sospechoso. Topo, maqui, contrabandista, brujo, lobo, cuélebre, terrorista. Todo eso es el montañés. Pesa en Asturias la revuelta del 34. No la olvidan los nacionales. Hay que expurgar los cerros, las andanadas, cada cueva, los bosques y sus musgos. Se persigue a todos. Primero se hostia y luego se pregunta, y como alguien rechiste se le descerraja el fusil en el careto o se le quema la casa. Atan a José y le arrastran varios kilómetros. Se lo llevan a una celda y le hostian hasta estamparle el carácter. José no es nadie, se han equivocado, no esconde nada, lleva un jornal a su familia, sólo es minero curtido que camina muchos kilómetros todos los días. Jamás perdona. José ya no puede perdonar nunca a nadie con uniforme; pero guarda silencio.

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-¿Puedo matarlo, puedo matarlo?
El Sr. José sujeta un conejo por las patas traseras, suspendido cabeza abajo. Me pasa el martillo. Yo le he visto hacerlo cientos de veces. Coger el martillo por la cabeza y con el mango de madera zas!zas!, asestar certeros golpes en la nuca del herbívoro. Luego despellejar con pericia.
-¿Puedo matarlo?-
-Está bien “fillo”- contesta José.
Alza el conejo asiéndolo por las patas. El conejo se espasma. Preparo el martillo. Zas! Primer golpe insuficiente. José aferra mi mano. Su zas, nuestro zas, ese nuevo zas acaba el trabajo. José marca al peluche con navaja, dibuja las incisiones del despellejamiento.
-Sigue tú- dice
Tiro de la piel girándola, notando el calor último de los músculos rosas que hace unos minutos comían pienso en su covacha. Siento un orgullo que sólo puede sentir el niño de ocho años que ha matado por primera vez un conejo delante de su héroe.

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