viernes, 13 de agosto de 2010

El Gorg Negre


Hay una frase del cineasta Herzog que me tatuaría: “La vida está mortalmente encendida o mortalmente apagada”.

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10 de agosto. Sant Pere Pescador. Alt Empordà.
Playas largas de arena fina. Marismas inundadas por el Fluvià. Kitesurf, holandeses, lozanías, cuerpos bellos. Leo a Mark Everett, bebo crema de whiskey con hielo, escucho el hilo musical del chiringo La Perla Negra (hip-hop, Kurtney Love, Seattle…). Estoy bajo bandera pirata, tela que ondea en el mástil. Inglés, alemán, italiano, ampurdanés…en patria pirata se hablan todas las lenguas y ninguna, se conversa el chapurreo. A M las dunas le traen el recuerdo de las arenas de Cádiz, blancas tierras de Los Caños de Meca, donde nos amamos y el destino nos regaló a Lucía.
En La Perla Negra se respira pirata pero de una manera más sana que en Los Caños, quiero decir que no se ven tantos jonkies como allí. El público de estas costas es más nórdico, parecido al de Mallorca y Menorca. ¡Oh, maravillas! ¡Suenan The Cramps! ¡Pure R&R, pure performance!

Por la noche, paseo por el frente marítimo de La Escala. Bebemos mojitos con los pies descalzos. Hay parejas que se crispan en verano. A nosotros el mar, los mojitos y las charlas largas con los pies descalzos nos acercan. Diez mil veces me tumbé sólo o en compañía en las playas de la adolescencia para ver estrellas fugaces, constelaciones, leerle el destino a las manchas de la Luna. Pero fue M la que me habló por primera vez de la noche de las lágrimas de San Lorenzo, esa noche de agosto en la que el cielo se desmorona para llenar de estrellas en fuga la mirada de los melancólicos.

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Sant Pere Pescador, un urbanismo incoherente y feote. Tiene sin embargo el encanto de convivir con el río Fluvià. Navegable a su paso por la población, permitió durante siglos que los pescadores vivieran alejados un par de kilómetros de las inclemencias del mar. Son estas, tierras de fuertes vientos, de tramontanas que te vuelven tarumba. Lógico que surgiera un pueblo de pescadores al amparo de los vientos.
Se prodigan, por otra parte, los cultivos de manzana. La mano de obra es norteafricana. Algunas calles de Sant Pere recuerdan a Tánger. Hay cuatro o cinco variedades de manzana que han hecho fortuna en los comercios mediterráneos. El miércoles es día de mercado. Aun no se ven manzanas, falta poco para su cogida. Bullicio y turisteo. Rusos, franceses, holandeses cargando bolsas con baratijas, legumbres y ropa manufacturada en China. El mercado ocupa una extensión enorme, hay más de trescientos tenderetes, pero se tiene la sensación de que todos los vendedores pertenecen a la misma familia gitana.

A las doce los vientos no deben ser demasiado favorables, La Perla Negra está vacía, no hay ni un kitesurfista. Daniel, al que supongo propietario del chamizo, opta por sonidos newage-chillout-post-resaca. Musculatura de kitesurfista, padre de un morenito de año y medio que gatea entre las tumbonas y hamacas. Esposo de una bella que se aburre. No se dedican ni un afecto; pareja agotada. Son jóvenes, bellos, pero algo les cansa.

Leo sobre las desventuras de los fotógrafos del Vietnam. Tim Page, Sean Flynn... leo sobre Denis Hopper inspirándose en ellos para su papel en Apocalipse Now. Acabo la autobiografía de Mark Everett, líder del grupo Eels. Leo el horóscopo de la semana. Anuncian malos tiempos los astrólogos. Auguran una época de mediocridades, tensiones y grisuras para mi signo. Un marino no puede temer-me digo. A la una y media la playa está llena de surfistas. No se si antes o después de que aparezcan los vientos, el caso es que aquí están de nuevo las cometas. Fotografío con la Rollei 35 y con la Lumix de Panasonic; no se qué volátil paraíso quiero atrapar.

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Escargot, periodista gonzo y amigo, dice escribir bajo los efectos de pastillas y tequilas. Dice también que cuando encuentra un filón literario no hay quien le pare, no hay sueño ni convenciones sociales que le paren. Se entrompa, se droga para no dormirse y sacar rendimiento al filón. En alguna charla en las tabernas del Raval, cuando le vence el alcohol y empieza a gritar: -¡Escargot es punk journalist, y Perdedor, periodista buzo!-, en esas horas, le da por contarme el miedo que tiene de no poder escribir bien si no va totalmente colocado.

Bebo el tercer chupito de ratafía de la noche y escribo.

Acabaron los días en la Costa Brava. ¿Aportarán algún día las olas, el manuscrito que contiene la historia completa de mi vida? “¿Quién ha logrado nunca sondear las profundidades del abismo?”-preguntó hace seis mil años el Eclesiastés y hace siglo y medio Julio Verne. Pues eso, la literatura performance no tiene porque ser una literatura del yo, pero si una literatura en la que el acto se pervierte para que lo que acontezca genere escritura. Se acabó la estancia en Tamariu, en estas tierras donde una vez se aisló Josep Pla para vivir la vida de los pescadores de Fornells.

Perdedor no tiene un método para ser performer. Su arte carece de protocolos. Vive, pasan cosas. Mira, actúa. Escribe, dibuja. Perdedor no sabe cómo es. Simplemente es. Su manera de ser artista es ir directamente al arte, sin pensar en el arte. No siempre fue así; pasó años ideando, gestionando, proyectando designios que nunca se cumplían. Se perdió tantas veces que entendió que el suyo es un arte del perder. “Escribir es, a veces, como poner levadura en una masa: no hay que hacer nada, excepto dejar que las palabras hagan su trabajo. Y hay que tener cuidado, porque lo harán con eficacia aterradora” (Frutos extraños. Leila Guerriero, 2009). Pues eso, se acabó un trozo de verano, el que pasa en la Costa Brava, y Perdedor se quedó seco de palabras.

Perdedor odia viajar para acumular postales y apariencias. Sólo admite el viaje como método para acumular rutinas e intensidades. Eso le libera de la actual necesidad de coleccionar viajes. Odia los veranos que sirven como descarga del resto del año, los estíos que justifican las penurias y angustias del invierno. Son muchos los allegados que se sienten avocados a la necesidad del viaje. Perdedor admite viajar a donde le lleve el azar, con la única condición de fomentar la cesión entre el lugar y el cuerpo íntimo. Si visita una población que no conoce, quiere desayunar en sus cafés, hojear periódicos locales, entablar conversación, trabajar con sus braceros y artesanos, comprar en los mercados, aburrirse al ritmo de las usanzas y querencias del lugar. A Perdedor le agradan los viajes accidentales, esos que provoca el curso de los acontecimientos, o las rutas en automóvil sin rumbo fijo, o las caminatas largas por el monte. Lo más paradójico es que Perdedor vive donde otros veranean, pero odiaría ver con la mirada de los veraneantes. Perdedor lleva seis años en simbiosis sanguínea con los paisajes cercanos a Pueblo.

Al poco de regresar del primer curso de la vacación en la Costa Brava, llueve. Tormentazo. El agua empantana los campos tres días después de la Luna llena. La Tordera recupera parte del caudal perdido con los calores, los bosques se anegan, los torrentes bajan del Montseny e inundan los pueblos del Maresme. La espectacular Riera de Arenys, se lleva el coche de algún turista imbécil. Perdedor sale a trotar antes de que empiecen las precipitaciones. Corre hasta el Gorg Negre. Se desnuda y se zambulle en las frías aguas de La Tordera. Ve la garganta de piedra y la poza oscura trasformadas en un jardín de libélulas negras. Cientos de libélulas espiando el baño de Perdedor, al que le da por pensar que esos insectos antediluvianos son una extraña forma de la Belleza. No echa de menos los baños profundos en las calas bravas del Mediterráneo; las hadas negras le acogen. Algunas libélulas vuelan con alas tornasoladas que azulean. Perdedor está tan emocionado que busca su sexo para endurecerlo. Hay algo primitivo en el cuerpo desnudo de un hombre maduro que busca erección entre bosques y hadas negras. Llueve. Nada puede ser más perfecto. Perdedor corre entre matojos, robles y pinos viejos.

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