lunes, 21 de junio de 2010

La lógia de los aceros menores

Un claro en el bosque. Doce figuras en círculo acogen a Perdedor. En la oscuridad siempre hay que ser doce. Son maestros en el acero y las artes antiguas. Es la noche de Jano. Se abre la puerta del solsticio. Habla Perdedor:

-“Antes que nada quisiera agradecerles el haberme permitido entrar en este foro con tan pocos méritos en mi haber. Desde pequeño fui instruido en los pormenores del acero. Aunque nací en el mediterráneo, gran parte de mi educación se labró en los bosques y montes de los Picos de Europa. Realicé largas caminatas con Padre por aquellos parajes, pero también por la sierra castellana, los bosques cercanos al barcelonés y el Baix Empordà. Los veranos en Asturias marcaron mi carácter y el apego a la naturaleza. Luego vinieron los diversos periplos de la vida. Viví en Madrid, en Barcelona, intenté hacerlo en Oviedo y Londres con poco éxito, viajé media Europa, China, Japón, un poco el norte de África, mucho el mediterráneo…Fue Padre el que me inició en el culto al acero. No recuerdo, de tan pequeño que era, el día en el que me regaló mi primera navaja. Él siempre fue devoto de las suizas multiusos, aunque atesora un bowie knife desde hace treinta años, que por otra parte, jamás le he visto utilizar. A mí me interesan las multiusos, tengo varias, nunca me separo de la Leatherman en horario laboral y la Hunter de Victorinox me acompaña todos los fines de semana. Tuve un puñal de niño, al que mis tutores le quitaron el filo. Era un juguete de empuñadura en plástico que aún guardo con afecto. Cortaba ramas, construía cabañas, lo ataba al cinto en cada excursión y soñaba con él una vida feroz en alguna selva remota, o en un mundo postapocaliptico en el que retornábamos a las cavernas. Conan el Bárbaro y Tarzán, la película de Alan Ladd, La novia de acero, el aleccionador relato de las aventuras del cazador Dersu Uzala, hicieron el resto. Bueno, también Shackleton, el film Los Vikingos de Richard Fleischer, el Madelman trampero, la pintura de Rockwell Kent, Jack London, Faulkner, Melville,...

Hace seis años que vivo en un valle del Montseny en contacto con florestas antiguas, llenas de leyenda e historia. Corro, me pierdo semanalmente en estos parajes, aunque trabajo en la urbe. Dos o tres veces al año subo a los Pirineos. Viajo sin muchos planes, siempre dispuesto a descubrir lo que el azar tenga a bien mostrarme. He ido trazando una suerte de decálogo del uso de los aceros a lo largo de estos viajes y caminatas que quisiera someter al criterio de sus honorables vuecencias en noche tan hechizada como esta:
1.-Leatherman sólo en horario laboral. (He tenido dos Wave, son extraordinarias, pero las vinculo al trabajo y no quiero saber nada de ellas en el tiempo de ocio).
2.-En las salidas al bosque utilizo navajas de monte, aunque espero hacerme pronto con un cuchillo escandinavo.
3.-Jamás mezclo el acero con la bebida, ni con salidas nocturnas, mujeres, reyertas. (En los viajes comprobé que la mejor arma es el humor, la paciencia, la templanza. En el bosque, el monte y la mar, los amigos fieles son el sentido común y el esfuerzo. Por la noche, los aceros mejor dejarlos en casa. Las pocas veces que me he visto enredado en alguna trifulca, lo resolví con un empujón, el ceño fruncido o, simplemente, apartándome de la escena. He sido educado para ser fuerte y resistente, pero no bravucón).
4.-Nunca tuve un arma de fuego en mis manos. (A estas alturas, con 42 años, ya dudo que alguna vez suceda). Pero no imagino los días sin un acero cerca. Respeto y defiendo a los cazadores tradicionales, pero no concibo la caza como deporte.
5.-Me gustan los aceros pequeños y manejables. (No suelo verme envuelto en situaciones de supervivencia extrema ni me he tenido que enfrentar a animales o enemigos peligrosos. Alguna vez me perdí y tuve que socorrer heridas leves. Nunca falta un kit de primeros auxilios en la mochila. Por lo general, todos los animales con los que me he cruzado han huido al verme. Los aceros pequeños son discretos y han respondido bien a las rutinas del monte y la costa).
6.-No mato bichos si no es imprescindible. No juego con las plantas y árboles, no corto nada que no sea necesario (aunque a veces tallo alguna figurilla de madera, debo reconocerlo). En épocas y lugares de riesgo no enciendo fuego. (En la mochila, por eso, no faltan pedernal ni cerillas; tampoco mapa topográfico, brújula, agua, víveres y ropa de abrigo, cuaderno de notas, algún buen libro, la foto de mis hijas, el teléfono móvil,…)
7.-Saludo a todo el que me encuentro. Siempre estoy dispuesto a entablar conversación en el camino. Sacar la navaja y cortar un trozo de queso y longaniza sella amistades.
8.-En medio del bosque, en lo alto de una colina, bajo el mar, con un acero en las manos, algo muy antiguo late en cada uno de nosotros.

9.-Mi navaja preferida es la Eka Swede 8 lite que compré por correo a un cuchillero toledano; buena compañera es la Hunter de Victorinox, multiusos suiza con una sierra perfecta para talar maderas. Adquirí tras un encuentro con jabalíes, un Storm Muela, un cuchillo táctico de filo negro de la acreditada casa Muela. Dictan las tradiciones mágicas del bosque, que hay que tener un cuchillo negro para atraer potestades.
10.-Busco un buen cuchillo escandinavo (pequeño, resistente). Con ese cuchillo en el cinto, cuando llegue el momento, iré al encuentro del norte”.

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-Usted, abuelo, ¿siempre lleva una navaja encima?- oigo que pregunta una nieta treintañera. El abuelo saca una albaceteña de mango nacarado, muy desgastada por el uso. Pero no la abre. – ¿No le gustaría una de esas multiusos, con tijeritas y todo?- infiere el que supongo es yerno. No oigo la respuesta del anciano pero niega con la cabeza. Me ha sorprendido la conversación en uno de los bares a los que acudo a leer la prensa dominical. Desde la mesa en la que despliego los periódicos, sólo veo el cogote del anciano. Rasurado, de piel áspera y morena. Un viejo de campo, acólito de los aceros menores. El periodismo buzo tiene estos caprichos. Cuando uno escribe en buzo, a menudo es la suerte la que acude a socorrer la crónica estancada.

Todos los viejos de campo llevan navaja en el bolsillo. Siempre habrá un matojo que segar, una rama que amputar, una cuerda que acortar, una hogaza de pan, un trozo de queso seco, algún embutido.

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Perdedor es artista de acción, o un artista de la acción si se prefiere, un performer que camina y corre bosques con navaja y lápiz en el bolsillo. No se me ocurre definición que mejor precise a Perdedor. Artista-que-corre-con-navaja-y-lápiz.

Conocemos artistas que caminan. Roman Signer (Appenzell, Suiza, 1938), uno de los artistas más libres del mundo, cuenta como base de su formación las largas caminatas por la montaña con su padre. Signer hace saltar por los aires una tienda de campaña en la que se acaba de alojar, tira por un puente una maleta atada a un peso, fotografía el humo de una explosión dentro de sus botas de agua, pero son las caminatas las que le previenen del elemento extraño con el que ejecutará su arte. -“Me interesa lo efímero porque es una forma de tiempo que me intriga (…)”-. Francis Alÿs, Richard Long, Rirkrit Tiravanija, Stanley Brouwn, Hamish Fulton, el director de cine Werner Herzog, el escritor Bruce Chatwin, son artistas que hacen camino, creadores cuyo arte no existiría sin el transitar. Pero, ¿hay artistas que corran? ¿Hay artistas que corran con una navaja en el bolsillo?

Correr es una forma de tomarle el pulso al paisaje. Es muy parecido a caminar aunque implica un mayor compromiso físico con el sitio. El lugar es cuerpo. Si además llevamos navaja, transitar, aunque sea al trote, sobreviene oficio antiguo. Es lógico en Perdedor, cuyo modelo son los artesanos antiguos, caminar y correr bosques con navaja y lápiz en el bolsillo. Dibujar, cortar con el acero, amasar humus y arrancar bulbos, cargar piedrecillas en el macuto, recortar fotos de prensa, archivar recortes, desplegar mapas… Perdedor necesita un arte que conecte directamente la cabeza con las cosas, sin intermediarios. El cuerpo, las manos, son el vehículo de comunicación más apropiado. El lápiz, la navaja, apéndices de dicha inmediatez. El arte de Perdedor es más sensual que retiniano.

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Roman Singer me descubrió al escritor Sergiusz Piasecki y su novela El enamorado de la Osa Mayor. Piasecki fue escritor de acción, un hombre que caminó y corrió en la frontera entre Rusia y Polonia contrabandeando hasta ser detenido. Condenado a la pena capital, esta le fue conmutada por quince años de reclusión. En la cárcel escribió El enamorado de la Osa Mayor, donde explica las desventuras de su etapa contrabandista. Consiguió publicar la novela gracias a la vista gorda de los carceleros y la connivencia del novelista polaco Melchor Wankowicz. Se publicó en 1937 con tanto éxito, que la población polaca organizó un plebiscito para pedir su excarcelación. Tras la invasión alemana, Piasecki fue evacuado y se esfumó. Al final de la Guerra reapareció en Inglaterra. Todo indica que murió alrededor de 1964 en Inglaterra, aunque se desconoce el paradero de sus restos. En su blog el escritor Alberto Infante (www.albertoinfante.com/libros-con-cuerpo-y-alma) dice que El enamorado de la Osa Mayor es una ‘novela de acción’. “Pero es mucho más que eso. Es una novela de frontera. Una frontera hecha de bosques, lagos, alambradas, valles y ciénagas; de expediciones de contrabando; de noche y neblina; de mujeres fuertes, tiroteos y delatores”. Los contrabandistas de El enamorado de la Osa Mayor son hombres que corren, sin más armas que la navaja en el bolsillo (en el momento en el que aparecen las pistolas, las cosas se complican), artesanos que matutean atravesando bosques nocturnos y saciándose de vida. Piasecki lo escribe en uno de los mejores inicios de novela que nunca leí: “Vivíamos a cuerpo de rey. Bebíamos como cosacos. Nos amaban mujeres de bandera. Gastábamos a espuertas. Pagábamos con oro, plata y dólares. Lo pagábamos todo: el vodka y la música. El amor lo pagábamos con amor, el odio con odio”.

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Gram, Durendal, Joyeuse, Excalibur, son los nombres de los metales señores que forjaron la leyenda europea. Los aceros menores nunca tuvieron quien los nombrara y, sin embargo, reinaron en los bosques desde la antigüedad. Perdedor, que ha cerrado dos ciclos de vida, que desde la infancia se acompañó de navajas y pequeños puñales, ensalza a los aceros menores como el Borges al que se le llenaban los poemas de gestas y espadas, de tigres, gauchos y cuchillos.

“Soy la memoria de una espada (…)
Soy el que envidia a los que ya han muerto”

La narración gráfica