Mobilis. La biblioteca performance



Hay libros que hay que leer en edición de bolsillo, libros que viajan bien, se llenan de notas, de recortes, de glosas y desatinos en las guardas. No son pocos los libros que comentados, señalados, con podas de periódico entre los pliegos, se amontonan por las casas que voy viviendo, en mis lugares de trabajo, en hoteles y habitaciones de paso. Creo que esos libros glosan una biografía involuntaria. Son la vida en los márgenes y también un archivo amorfo, una rinconera personal que acumula lecciones, que se satura, que me agota. He soñado no pocas veces con una biblioteca como la de Helene Hanff, un lugar finito donde cada vez que entra nuevo tomo otro abandona los estantes. Esa biblioteca ideal debiera tener un número preciso de anaqueles, un no menos preciso número de volúmenes, un orden claro. Es una angustia bibliotrágica a la que regreso con frecuencia. Sueño ser émulo de Alberto Manguel o Jorge Luis Borges, adquirir una catedral abandonada o un castillo escocés y trazar laberinto infinito de libros dispuestos en estricto orden mágico o en total desbarajuste. Sea como fuere, mi biblioteca móvil sigue alimentándose de libros baratos llenos de notas.

Me ha viajado bien Pilotos, caimanes y otras aventuras extraordinarias de Jacinto Antón. Metí pronto entre sus páginas, crónicas recortadas que iban apareciendo en el periódico habitual donde colabora el imitador de conde Almásy. Creo que ya no pararé de coleccionar estas crónicas e ir engrosando con más pilotos, caimanes y aventuras el texto de Antón hasta convertirlo en un libro imperecedero. También me viajan bien Zaratustra y Lapidarium IV de Kapuscinski, algunos ejemplares de Josep Pla o la edición de bolsillo de Moby Dick que he prometido comerme en público si me publican la útlima versión de mi libro La Trastienda del Arte. Son libros que subrayo hasta llegar a la absurda situación de convertirlos en un todo subrayado, y que devienen best-seller en la biblioteca-performance que muevo a través de las diferentes casas y habitaciones por las que discurro (Por cierto, investigo en estos días la digestión de la celulosa y sus efectos en el cuerpo humano ¿Hay una voluntad de envenenamiento tras la ingestión de libros? ¿Pretende el librófago agredir a la Cultura Mater?).

Me ocupa últimamente una incómoda edición de bolsillo de Las benévolas de Jonathan Littell. No puede dejar de viajar conmigo aunque sus dimensiones se escapan un tanto del preceptivo tamaño bolsillo. Veintidós coma siete centímetros de alto, por catorce coma tres de largo y casi cuatro centímetros de ancho. Pesa algo más de 900 gramos lo que lo convierte en un “tocho” difícilmente transportable. Pero tiene aura. Portada con cuadro de la mejor etapa africana de Miquel Barceló (concretamente Paisaje pour aveugles sur fond rouge, 1989). De anchuras proporcionadas a pesar de lo voluminoso, lo leo a trompicones. Una manera torpe de afrontar este texto que reclama sesiones largas de lectura, que yo me encabezono en leer en los viajes en tren o en los descansos laborales, o a ratitos muertos del fin de semana. Libro objeto que atesoro con deleite. Escultura de concepto. Estoy deseando que las páginas envejezcan, que las tapas se estropeen, que se me llenen los pliegos de recortes, que las líneas se emborronen con notas a pie de página. Algo en su phisis impide una lectura fluida, pero tanto da. Es bello. Cuando lo vi en el mostrador de Alguer 7, la mejor librería de SC, no dudé. Cargo con él a todas horas, lo viajo a diario metido en mi bolsa. Lo leo en el andén, en los vagones, al mediodía en alguna de las terracitas de Montmartre, lo acaricio sobre la mesa del despacho y me voy, casi sin darme cuenta, metiendo en ese arrabal del lado oscuro que narra Littell.

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Nunca escribiré como Hemingway, aunque compré varias veces la recopilación en un volumen de todos sus cuentos. Creo recordar que en la biblioteca que empezamos a construir con P en nuestra época universitaria, hubo un ejemplar. Era uno de nuestros modelos. Aunque a mi me costaba arrancarme a escribir, y nunca me salían diálogos, y cuando ya me lancé me enredaba en ensimismamientos que a Hemingway le hubieran repugnado. De hecho soy el escritor menos Hemingway que se pueda conocer. P escribió antes de ponerse a escribir. Sabía lo que iba a escribir porque ya lo había leído y formaba parte de “su biblioteca”. Escribiría Volverás a Región y El Guardián entre el centeno y Larva y algunos pasajes de La Regenta y Rayuela y unas cuantas obras de John Irvin y otras de Juan Goytisolo y sería la nueva Marguerite Duras. Y si todo eso escribió antes de escribir, ¿para que escribir más?- debió decirse. Quizás le pasó lo mismo con los días. Si pudo imaginar el dolor aun antes de sobrellevarlo, ¿para qué seguir viviendo? “Nuestra” biblioteca nunca fue mía, P se erigía en celosa guardiana de los tomos. Cuando nos separamos, conseguí despistarle Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada de René Guenón y algunos manuales de arte.

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Hay libros que son un museo. Textos reunidos en un compendio de páginas con aura objetual. Libros que amamos por su bella factura, por las cubiertas y el lomo, por el olor a vetusto o a nuevo, por sus iluminaciones, por la tipografía, por la nostalgia, por ser un libro en muchos libros…

Tintín, el sueño y la realidad es un libro que es un museo, un libro biblioteca. Editado con tal cuidado que se deja amar antes de ser leído. Michael Farr es en gran medida el artífice de esta arquitectura museística, de la disposición en cada una de las salas donde se exponen y documentan los procesos creativos de Hergé. Pero también es crucial el papel que juegan Didier Platteau, Bernard Tordeur, Michel Bareau y Louise Cliche, entre otros, en la construcción de un ejercicio gráfico y compilatorio que va más allá de lo ensayístico.

El libro dedica espacio, capítulo tras capítulo, a todos los álbumes que ideó el autor belga, desde Tintín en el país de los soviets hasta el inacabado Tintín y el Arte-Alfa. Farr fue autorizado por la Fundación Hergé a revisar los archivos personales del autor, y encontró innumerables muestras de su meticulosidad casi enfermiza por documentar al detalle cada una de las aventuras del intrépido reportero. Editado por Zendrera Zariquey en el año 2002, este cuidado libro ocupa un lugar destacado en Mobilis. Ya en las tapas nos retrotrae al añejo aroma de las primeras ediciones de Casterman (el mismo tamaño, la misma consistencia, el lomo bermellón). El prístino ejercicio de Michael Farr y sus colaboradores consigue crear un libro-museo-archivo que obliga al lector a devenir tintinólogo lo quiera o no. Tintín, el sueño y la realidad es un libro que se abre a todo lo que publicó Hergé, a todo lo que se ha contado sobre Tintín. Conocerá el lector que el Fetiche Arumbaya de La Oreja Rota es una figura precolombina alojada en los Reales Museos de Bruselas, o que Al Capone fue el único “malo” que existió en realidad e intervino con su propio nombre en Tintín en América; asistirá a la profusión de recortes de prensa que inspiraron directamente algunas de las más notables viñetas; comprobará cómo Hergé se incluía a sí mismo y a sus allegados en varias de las escenas dibujadas (por ejemplo en la recepción oficial que los soberanos sildavos ofrecen a Tintín en El Cetro de Ottokar). En fin, un libro que satisfará a los tintinófilos e iniciará a los neófitos en esta religión europea que es el cómic belga.

Repleto de papeles ocres, fotos desgastadas, viñetas retocadas, documentos y contextos, el libro de Farr es una memorabilia minuciosa que induce a pensar la gráfica del siglo XX. Los álbumes de Tintín son una auditoria gráfica, un inventario del siglo. Hergé fue boy-scout, cronista, etnógrafo, geógrafo, viajero estático, periodista, coleccionista de arte contemporáneo…y algo de todo eso le inculcó a Tintín. Dicen de este personaje que es un cero simbólico (si se fijan en el dibujo, la cabeza de Tintín es un círculo cerrado a penas roto por el quiriquí del tupé), que es la adolescencia congelada, que es el Hamlet del cómic, que en Él cabe todo por que todo le atraviesa.

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Hay libros que uno blande como espadas. En la biblioteca Mobilis, que invariablemente se mueve, que se hace y deshace, que permuta en diversos domicilios y estaciones, hay libros que se pierden pero siguen siendo. Yo les juró que leí el Tristam Shandy de Lawrence Stern, pero por más que lo busco no lo encuentro; se me extravió en algún rincón. No suelo dejar libros, prefiero regalarlos, así que lo más probable es que se quedara en algún trozo de biblioteca que perdí por el camino. A pesar de lo cual me adscribo al shandismo a la primera de cambio. Perdí la pista a uno cuyo título era algo así como El vampirismo en el cine. Creo recordar sus tapas rojas, profusión de fotos eróticas (el vampiro y el cine dieron, sobre todo en los años 70’s, juego a la galantería genital), textos históricos sobre Vlad el Empalador y otros mitos sangrientos europeos ¿Dónde diablos se quedó aquel libro? Hay libros que al poco de entrar se convirtieron en clásicos de la biblioteca Mobilis. El Blackstock’s Collection, compendio de las extensas catalogaciones gráficas del artista outsider Gregory L. Blackstock; la vida de El Capitán Richard F.Burton, escrita por Edward Rice (ya no afeité nunca la perilla que me dejé después de leerlo); Un beau soir, je sui né en face de l’abattoir de Roland Topor (que me forzó a dibujar en blanco y negro durante casi una década, a repasar los grabados de Goya y a escribir el manifiesto Humus en favor del cómic de autor); las conversaciones con Marcel Duchamp de Pierre Cabanne (libro al que recurro con frecuencia para recordar que “no hay solución porque no hay problema”); Hablemos de langostas de David Foster Wallace, que crece y crece hasta convertirse en eje de muchas de las más recientes adquisiciones de la biblioteca; La novela luminosa de Mario Levrero, que abro al azar y leo en noches en las que nada más podría tener sentido; …En Mobilis los entresijos no cesan.

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