El hombre que hablaba con los acentos cambiados



“La imprecisión de los textos es para mi la esencia del arte”
Pere Portabella

¿Y si la naturaleza no fuera un invento divino sino demoníaco? ¿Y si no fue Dios el que creó el mundo sino el Diablo? Empiecen el día con una copa de licor de alta graduación si eso les place, fumen cigarrillo tras otro, esputen en la acera, comenten a viva voz los resultados futbolísticos del fin de semana,… ¡ingenuos! ¡Nada de eso les va a salvar! Por más que se embrutezcan no habrá cobijo que les ampare. El Astado les espera a la vuelta de la esquina. Si son ustedes jóvenes da lo mismo que se refugien en voluptuosidades pasajeras, en fiestas botellón, tatuajes, en la suma eterna de noches de juerga. Si son de los que van al encuentro de la edad tampoco se crean a salvo por haber conocido el dolor y tener arrugas amontonadas ¡Nada les va a salvar! No se salvarán los místicos, ni los agnósticos, ni los perdidos, ni los que siempre lo logran, ni los que todo lo ignoran. David Foster Wallace se dio cuenta de que no había salvación posible leyendo los relatos de Kafka. “Son una especie de puerta”. David Foster Wallace propuso acercarse a esa puerta, por que no hay más remedio, llamar y llamar a la puerta, cada vez más fuerte, “no sólo deseando que nos dejen entrar sino también necesitándolo”. “No sabemos qué es pero lo sentimos, esa desesperación por entrar, por llamar y dar porrazos y patadas”. Y por fin esa puerta se abre, entramos, descubrimos que dentro y fuera es lo mismo, descubrimos que ya estábamos dentro. Quizás deberíamos hacer caso del consejo de Rilke que proponía al joven poeta vivir las preguntas sin buscar las respuestas. No llamar a la puerta. Pero les digo, ni los ignorantes ni los perdidos se salvarán. Y dirán ustedes que a qué viene todo esto, que por qué se enreda el narrador en este ovillo de abstracciones siniestras. Viene a que dentro de unas horas se celebra el 70 aniversario de la muerte de Freud. Que aconteció el 23 de septiembre de 1939. Que aprovechando que sus herederos quedarán “liberados” del peso de las palabras escritas (los derechos sobre ellas caducan), apetece enfrascarse de nuevo en los laberintos del terapeuta vienés. Apetece recordar que Freud acentuó lo demoníaco que amaga el lenguaje. “Diga usted lo que quiera”, que después de dicho sus sentencias serán pasto de los lobos. Dígalo todo que, aun sabiendo que todo no se dice, el psicoanálisis escucha lo que se habla en la lengua, y la lengua, ya sabemos, aun sabiendo que no lo nombra todo, es el vehículo que hace que todo exista. “Primero fue el verbo”. Hay una naturaleza simbólica por encima de la Naturaleza, el lenguaje es anterior a los seres hablantes, responde a pulsiones primigenias. Uno puede tener la ilusión de que expresa lo que siente o lo que cavila, puede incluso creer que se comunica cuando conversa. Empiecen el día con una copa de licor de alta graduación, fumen, esputen, comenten a viva voz los resultados futbolísticos del fin de semana,… ¡ingenuos! Una horda de analistas escrutaran sus palabras, sus gestos, les diagnosticarán patologías, les desvelaran los demonios invisibles y, eventualmente, los visibles. ¡Nadie se salva porque no hay a dónde huir!

Chet Baker no se salvó. A pocas horas del aniversario de la muerte de Freud se estrena en salas comerciales, con 21 años de retraso, Let’s Get Lost (Bruce Weber, 1988), film documental sobre el insigne trompetista. Chet Baker cambió los acentos del jazz. Weber retrata en un magnífico y denso blanco y negro a un trompetista genial que remolca un infierno interior. Utilizando material fotográfico de archivo, viejas filmaciones televisivas, algún film de serie B desclasificado de la filmoteca italiana y el material que rodó durante la última gira de Baker, Bruce Weber consigue retratar la esencia del malditismo. La voz de Chet Baker, tan insondable como su trompeta, entona el arte que viaja por las regiones del alma, la melancolía imperecedera. “Una joya en blanco y negro en la que Baker habla, miente, bebe, besa, canta, explica cómo le rompieron los dientes o por qué de todas las drogas la que más le gusta es el speedball”, se lee en el folleto de mano de los Cines Verdi. Congela escuchar a Baker cantar esos temas que nos escarcharon la piel, leer en sus mil arrugas las suturas mal curadas de una sensibilidad extrema. Baker traía problemas, dijo Weber, pero era bello. De la belleza oscura con la que se tallan los secretos vetados, los secretos que esperan al otro lado de la puerta. La voz lamento de Baker es íntima como el tono de su trompeta y una vez la oyes ya nunca la olvidas. Estremece oírle cantar Almost Blue, declamando el dolor hondo (con hache aspirada) del amor que se perdió en unos ojos, de los ojos que ves en otros ojos, de la tristeza que siempre acompaña. Las melodías de Baker, que “son una especie de puerta”, suenan en el bar de una estación cuyos trenes parten hacia Neverland o hacia Nonsense. Algunos llamamos a esa puerta “no sólo deseando que nos dejen entrar sino también necesitándolo”. “No sabemos qué es pero lo sentimos, esa desesperación por entrar, por llamar y dar porrazos y patadas”. Un día esa puerta se abrirá, entraremos, descubriremos que dentro y fuera es lo mismo, descubriremos que ya estábamos dentro. Intenten empezar el día en esa estación, antes de amanecer, con una copa de licor de alta graduación en las manos, un cigarrillo mal fumado, carraspeen, comenten a viva voz los resultados futbolísticos del fin de semana,…

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