Creep o La Tentación de Fausto.

Estiro del árbol genealógico y una rama cercana me entronca con el inventor de submarinos Narcís Monturiol. No hay lazos consanguíneos pero si políticos, detalle relevante para el chiquillo homérico que fui. Siempre sospeché que los avances sólo los hacen aquellos que rompen con lo establecido. Por eso me hice dibujante, performer, escritor, buzo, raro, cuando los míos querían un arquitecto o un médico. Barcelona condena a las medianías aunque permite ciertos excesos. No hay mayor exceso que el de la vida submarina o que el del ácrata que se niega a las etiquetas. Todavía nadie me regaló una escafandra pero muchos me obsequiaron con una etiqueta: ¡eres raro! Me limito a la apnea veraniega y a pactar con demiurgos de la cotidianidad para que los días funcionen, sin dejar de dibujar, escribir, performear, coleccionar piedras y juguetes ópticos, y conducirme por donde me venga en gana saltándome no pocos preceptos impuestos. ¡Creep!, me cantan los Radiohead. ¡Anarquista!, gritan los censores. Ser raro de cojones se lo debo en parte a mi tío-tatarabuelo Monturiol. Conocer al dedillo casi todas las películas del Tarzán de Weissmuller, haber leído con fruición las aventuras en cómic del más salvaje de los cimerios, pretender un cuerno corneta para imitar el retumbo que los vikingos entonaban en el film de Richard Fleischer y seguir a escondidas bajo las sábanas los pasos del viaje de Arne Saknussen al centro de la tierra, hicieron de mi un niño propenso a las épicas. Hergé, Melville, Georges Lucas, el deseo de tener una escafandra, la navaja que me regaló el abuelo Jaume y el misterioso baile de mujer contra serpiente en El tigre de Esnapur / La Tumba India de Fritz Lang, también influyeron lo suyo. Pero aquello que me permitió alardear ante compañeros de escuela, lo que guió no pocos de los primeros juegos y me ancló para siempre a los fondos marinos y en la rareza, fue el matrimonio de un hermano de mi padre con la bisnieta de Narcís Monturiol. Para colmo, a pocos metros de la casa familiar, en el barrio de los abuelos, el ayuntamiento tuvo a bien instalar una maqueta homenaje, una escultura en piedra y bronce del segundo logro submarino de Monturiol, el Ictíneo II. Casi a diario, durante los estíos en Barcelona, pasaba junto al monumento sin disimular la fascinación por las formas ovoides de aquella utopía sumergible. Desde niño tuve un tutor en Monturiol, que me enseñó a ser raro, del que aprendí a sembrar ensueños inalcanzables, que me ilustró en el arte del individualismo extremo (a pesar de que el maestro fuera un socialista utópico). Nadie me contó las penurias de mi benefactor ni el fracaso de sus expectativas. Nadie me contó el precio que hay que pagar por ser raro, por simular ir en una dirección cuando se va justamente en la contraria. El pobre Monturiol no quería construir un submarino con fines militares, quería cambiar la sociedad (nada más alejado de mis intenciones, quede dicho). Se alió con ángeles cuando todo el mundo sabe que en Barcelona son los diablos los que prosperan. Matthew Stewart retrató hace unos años en su libro El sueño de Monturiol (Taurus, 2004) la presión mediocre a la que somete la ciudad Condal: “Hay algo desesperante en la forma inexorable en que esta ciudad camina hacia el futuro mirando hacia atrás. Pero también hay algo de sabiduría en ello. Barcelona ha aprendido a no tomar nunca sus utopías demasiado en serio. Sabe cuánto paraíso puede permitirse y rara vez se excede. Sigue mezclando su misticismo con una dosis saludable de pragmatismo. Asume lo que puede de sus visionarios y deja el resto para el entretenimiento histórico”. Barcelona licua los excesos, frena el éxtasis, la enajenación, la embriaguez, lo vierte todo en el mar medio. Por eso muchos diablos se van a otras metrópolis, por eso los ciudadanos de Barcelona se hacen a la mar, por eso los raros son siempre extranjeros en esta urbe.

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Las biografías no tienen argumento, simplemente acontecen. La de Narcís Monturiol parece uno de esos guiones descoyuntados del Orson Welles último que filmaba en diferentes países, con actores y paisajes que iban cambiando, con el dinero siempre escaseando. Monturiol fue un abogado editor de periódicos, político radical, idealista, pintor retratista cuando el dinero faltaba (le enseñó la técnica su amigo Ramón Martí i Alsina), poeta malo, escritor, científico diletante, inventor de cacharros extraños como la maquina para guillotinar e imprimir apuntes de estudiantes, investigador de inauditos experimentos sobre la elaboración del almidón a partir de la patata pero, sobretodo, fue forjador de sueños submarinos. “Su novela preferida era Don Quijote, una elección significativa tratándose de un soñador tragicómico”, dice Matthew Stewart. “No somos extraños al movimiento científico de nuestro tiempo; sabemos descubrir otros mundos. Los polos terrestres, el fondo de los mares y las regiones superiores de la atmósfera, he ahí tres conquistas reservadas a un futuro bastante próximo sin duda. Esforzarme en acelerar el tiempo de estas conquistas, tal es la tarea que me he impuesto”. (Memoria sobre la navegación Submarina por el inventor del Ictíneo o Barco Pez, Narcís Monturiol, Barcelona, 1860)

Narcís Monturiol murió utópico y pobre en San Martí de Provençals el 6 de septiembre de 1885. Versado en muchos desengaños dejó dicho: “La obra que he llevado a cabo habrá sido el alma de mi vida. Sin ella, mi existencia aquí abajo no hubiera tenido objeto”. Monturiol perteneció a una casta de soñadores del reino líquido. La obsesión de conquistar las profundidades de los mares para hacer de este mundo un lugar más habitable le puso a las puertas del pacto mefistofélico. Se jugó todos los dineros, los esfuerzos, las certidumbres, la salud, pero faltó venderle el alma al Oscuro. Y en Barcelona sólo los que mercantilizan con su alma logran sus propósitos. Pero, si me permiten, de eso hablaremos otro día.

En uno de los más peligrosos capítulos (sobretodo si lo lee un nazi) que Nietzsche dedica a los gritos de Zaratustra, empuja al hombre a la ambición dionisiaca: “No me basta con que el rayo ya no cause daño. Yo no quiero desviarlo: debe aprender a trabajar para mí”. Esta es la ambición de un nuevo hombre que no conoce término, sólo los límites de su esfuerzo. “¡Cuántas cosas son posibles aún! ¡Aprended a reíros de vosotros sin preocuparos de vosotros!”.

2 comentarios:

  1. Caramba, encuentro tu artículo en mi búsqueda por la genealogía de Monturiol. Mi familia en Cuba también está ligada a él. En el librero de mi abuela se encontraba un ejemplar de su libro, "Ensayo sobre la navegación por debajo del mar" que yo de niño leía cada vez que ella me lo permitía. Soy químico, medio artista, soñador revolucionario como el viejo. Me puedes escribir a lbosch13@gmail.com

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  2. Pues si que es curioso este encuentro !!! Te escribo al e-mail en breve. Un saludo submarino y utópico

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