El Placer

No soy lo que escribo, aunque la escritura me contenga. “Para abordar la escritura hay que ser más fuerte que uno mismo, hay que ser más fuerte que lo que se escribe”. Écrire. Marguerite Duras. 1993. Lo leo en edición de 1994 publicada por Tusquets Editores. Es buena lección para esta novela que avanza a puñaditos. Esta novela de personajes arruinados donde hay varias voces narradoras, unas cuantas mujeres, dos o tres performers, un dibujante, el mediterráneo, algunos libros redondos, libros con espinas, un envite generacional. En esta novela se escucha a la Duras: “El libro (…) avanza hacia su propio destino y el de su autor…”; “todo escribe a nuestro alrededor, eso es lo que hay que llegar a percibir”; “si se supiera algo de lo que se va a escribir, antes de hacerlo, antes de escribir, nunca se escribiría, no valdría la pena”.

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Girona de nuevo. Sábado. Café Boira, otra vez. Los patios de la Girona antigua festejan la flor. Cada mes de mayo, se abren las casas ilustres para mostrar jardines, se engalanan los balcones y los rincones de piedra para desvelar el misterio de la flor. Riadas de gentes llegadas de Francia y de la capital catalana, llenan las rutas. He venido a Girona a estudiar la instalación de un gran óleo de Martí Alsina en la remodelada capilla del Antiguo Hospital de Santa Caterina. El Gran día de Girona evoca la lucha contra el Francés. El 2010 será un año de fastos en memoria de este pintor, nos cuenta la Regidora de Cultura. Al acabar la visita comentada por los arquitectos de la reforma, tras anotar, fotografiar y añadir algunas medidas sobre plano, dejo a mis compañeros de Museo y me regalo un paseo por el casco viejo. El río de gentes me encharca, el sofocante sol me agrieta. Prefiero una Girona vacía, tenuemente pluviosa. Huyo a resguardarme en el café Boira, ese de los ventanales que dan al río Onyar, donde a uno le entra un mareo marino cada vez que mira. En el Boira, vuelven a errar con el hilo musical. No se puede congregar el espectáculo ocre de las fachadas de Girona con los compases bruscos de Cypress Hill, aunque el gentío hortera que cruza los puentes no desentone con estos acordes.

“Si yo hubiera vivido en el siglo XIX habría escrito novelas rurales: largas novelas redondas y completas. Pero en esta época todo es fragmentario, y las grandes ciudades favorecen eso, el anonimato, que el rastro de las personas se pierda”, cuenta Patrick Modiano en una larga entrevista que publica El País. Quiero escribir una crónica sobre el placer. Es un quiebro preciso que esta novela de perdedores demanda. Modiano me autoriza.

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El placer. Cada caricia es sólo un ensayo. El camino de la hedoné es el del desvelo de la felicidad. Hubo una escuela filosófica que fundó Arístipo de Cirene, discípulo de Sócrates, que a pesar de ocuparse por establecer los niveles y los límites del conocimiento, pensó que lo único que valía realmente la pena era el esfuerzo por el placer y por la felicidad. Como los epicúreos, los cirenaicos afirmaron la preeminencia de la sensación como fundamento de la teoría del placer, como criterio de conocimiento. Pero los problemas de tal teoría son numerosos. La aceptación del carácter efímero del placer, que no puede liberarse de estar en el “orden del tiempo”, genera no pocas contradicciones sobre el destino y la construcción del hombre. Difícil laicismo el que ensambla el placer con el tiempo, y nos transmite en esencia una incesante finitud. Los cirenaicos se enzarzaban en un galimatías que les llevaba a discernir dos tipos de placeres, uno presente y otro que se hace presente a través de la memoria. Un silogismo poco convincente. Epicuro en espléndida sentencia filtrada en sus epístolas afirma que al menos Él “no sabe qué pensar del bien si excluye el gozo proporcionado por el gusto, el proporcionado por el sexo, el proporcionado por el oído y las dulces emociones que a través de las formas llegan a la vista”.

Un dedo humedecido por los labios más carnosos, aferrar un pecho turgente, modelar la orografía de un cuerpo joven, hurgar pliegues, frotar las yemas que se empapan del néctar hondo. Epicuro solicita sensatez y moderación. El licencioso cae en presidio de cristal. El libertinaje es un placer mal entendido. Mejor degustar la sensación, la textura. Aunque “también en la moderación hay un término medio, y quien no da con él es victima de un error parecido al de quien se excede por desenfreno”. La sonrisa de unas nalgas, algunas melodías de Adam Krieger, las canciones viejas de Cole Porter, morder un trozo de pimiento rojo crudo, las caricias a un bebé, los amigos que uno ni imagina, las palabras que se convierten en abrazos, el crepitar de las ramitas y hojas cuando caminamos sotobosques; el mediterráneo, que siempre espera nuestro regreso. Cada caricia es sólo un afán.

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Dejémoslo bien claro: ni soy lo que escribo ni batallo por alcanzar el presente, aunque la escritura y el presente me domen. “Lo que procede (habla Salvador Pániker) es abandonarse al aquí y al ahora sin ningún empeño trascendente: porque estamos ya en lo real sin tiempo”, “lo que ocurre, ocurre. Y uno no dispone siquiera del consuelo de una explicación mítica”. El escenario de esta crónica ha cambiado. Ahora es Domingo. Playa de Canet de Mar. Sigo la línea que ofrece menor resistencia; ese es el cauce de mi río. Escribo una novela de personajes tronados, empeñados en empequeñecerse. Varias voces narradoras, mujeres que son mezclándose con las que fueron, un dibujante, el mediterráneo, algunos libros redondos, un desafío generacional, varias performances. En esta novela se escucha a la Duras. Me siento en una terraza de la Rambla de Canet, mientras M y las niñas toman el sol y travesiean en la arena. Sigo a tientas con el tema del placer. Quizás lo cirenaicos no iban tan desencaminados. Casanova escribía convencido de la capacidad del hombre para razonar el placer. El hombre “prevé el placer, lo busca, lo compone, lo perfecciona y lo acrecienta gracias a la reflexión y al recuerdo”. Para Casanova no hay mayor dicha que la que proporcionan la mujer, el juego y el viaje, eficazmente templados. “Tomad nota moralistas prudentes y taciturnos: la felicidad existe sobre la faz de la Tierra y cada hombre tiene un pedazo de ella. No es permanente, no; pasa, renace y regresa siguiendo una ley inherente a todo cuanto ha sido creado, el movimiento, la rotación perpetua…”. El narrador marino atiende a las palabras de Casanova. “El hombre es un ser triste porque su única certidumbre es la muerte”, dice Casanova. Y resulta curioso que lo diga Él.

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Por una parte hay una mujer de una mirada profunda, enraizada al sur, un paradigma de morena cabellera, sensual, vinculada al mar. En el otro lado un arquetipo femenino que también atrapa: mujer rubia, gordita, rolliza, cálida, de tez blanca o tostada, comadre, norteña, escandinava, confitera, una mujer de interior. A veces se le mezclan a uno los arquetipos; las rubias con las voluptuosidades morenas, las morenas rollizas de piel tostada, las mediterráneas que salpican espuma del Norte, las maternales que te envenenan los sentidos. Las rubias rollizas conectan con el útero materno; el subconsciente busca el calor perdido de la infancia. Todo lo contrario en las morenas, que nos ayudan a huir de la casa materna, molestar a los genes. Hembras alrededor de las que uno crece, aprende, place, goza, ambiciona, muere. Ellas nos cincelan, nos enseñan, acarician, susurran, nos lloran, las deseamos, las festejamos hasta las últimas consecuencias. Mujeres Marilyn, mujeres Ava Gadner, mujeres Eva Braun, mujeres Charo López, mujeres bruja, mujeres lobo, mujeres de hojaldre…

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Como Duchamp, “siempre me he forzado a la contradicción, para evitar conformarme con mi propio gusto”.

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