domingo, 10 de mayo de 2009

Crónica P

Se encadenan las crónicas de los que pierden. La novela que resulta de este engarce de pedazos ya no quiere seguir escribiéndose. El texto está cansado de borronearse a cachitos de dolor. Se engarza un grito generacional aunque ni en eso quepa originalidad. Hablar de otra generación desperdiciada parece frívolo cuando el suceso cotidiano sigue dictando la narración.

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P ha decidido volver a irse. Se fue hace más de doce años, un viernes, sin previo aviso. Bueno, llevaba meses avisándome pero no quise darme cuenta. No he sabido casi nada de Ella en estos doce años. Ahora vuelve a marcharse, esta vez para quedarse para siempre.

P en 1991 con voz de poeta, que siempre fue la voz de los que quieren durar en el corazón de los otros, decía:

“El poeta se empeña en los dibujos más bellos
De qué sirve el poeta
De qué sirve escribir dibujos bellos”.

(P caligrafiaba poesía en tinta china, con una pluma tallada en caña de bambú, en el centro de una página de color gris, dejando amplios espacios vacíos en la página)

(La escritura debe seguir aunque haya cosas que sigan fuera de la escritura. Conozco el dolor que sentía P. Ella se ha ido pero ha dejado algo de su dolor en este mundo. No quiero detalles, no hace falta. A penas sé lo que P vivió en los últimos doce años. Estoy al tanto del final. Es suficiente. La escritura debe seguir aunque el presente siga fuera de la escritura)

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Miquel fue policía nacional durante 31 años. Luego trabajó como guardaespaldas de un futbolista famoso. Con cincuenta y tantos se sacó el carné de conducir y volteó su curso laboral para hacerse chofer. Algunas veces tomo sus servicios: Vamos a casa de un coleccionista a recoger una pintura o una adquisición comprada en subasta, o visitamos un museo amigo al que hay que asesorar. Miquel conduce mal, no nos engañemos, pero narra substanciosas anécdotas en cada esquina. Cada arista del asfalto es la herida de un suceso.

-Mira, allí se suicidó un guardia urbano. Patrullábamos la noche cuando vi salir unos pies entre los coches aparcados. Pensé que sería algún borracho, pero al acercarnos, vimos al policía con la cabeza reventada. Pobre hombre. Se había pegado un tiro. Algún lío de faldas. ¡Mira, mira! En aquel edificio. Nos llamaron un día por que un viejo había matado a su mujer a martillazos. El cadáver aún estaba caliente. ¡Con un martillo! ¿Te lo puedes creer? ¡Allí, allí! Allí está el meublé. Nos llamaron porque a una prostituta se le había muerto un cliente entre las piernas. ¿Te imaginas? El tío se fue contento. Todos deberíamos morir así.

Miquel vive la ciudad crimen a crimen. La arquitectura de su emporio es una crónica de oscuros sucesos. Se conoce todas las tascas de Barcelona, las casas de citas, las loterías, las calles mórbidas, cada una de las manchas de sangre que moja el pavimento. Me resulta extraña esa pulsión que lleva a algunos hombres a cotejarse con la muerte. He conocido policías, militares, incapaces de encarar el día sin llevar en el cinto una pistola. Incluso en sus días libres. Siempre me mantuve lejos de las armas, no por pacifismo, sino por miedo a desatar infiernos inéditos, temeroso de caer atraído por el diablo del fuego y la muerte. Estoy convencido de que en el contexto adecuado un monstruo interior se desboca. Cuando eso llegue, no quiero tener cerca una pistola. Por eso huí del servicio militar, aborrezco la práctica del boxeo y las artes marciales, huí del fútbol y los espectáculos de masas, la caza, la esgrima, todo aquello que avive el fuego del averno interior. Aunque me gustan los Toros, estoy en contra de su práctica. Huyo, no por miedo a los otros, sino por miedo a mí mismo, por miedo al monstruo. Paradójicamente, siento atracción por los que pueden convivir cotidianamente en esa negrura.

Miquel habla del primer cadáver que vio. Todavía era un policía en prácticas; le enviaron a cubrir un incendio en casa particular.

-Cuando el fuego estaba apagado, los bomberos nos dejaron pasar. “Dentro hay un fiambre”, dijeron. Una chica de 19 años. Se había quedado dormida mientras fumaba sobre la cama. La encontramos carbonizada. Sólo quedaban huesos ennegrecidos y vísceras. Al intentar levantarla las vísceras se quedaban enganchadas como chicle. El comisario en jefe y su ayudante abandonaron la escena. Les perturbó. Yo me quedé más de una hora en esa habitación. Estuve unos días sin poder desengancharme de aquella chica carbonizada, pero intenté no darle demasiadas vueltas. No sé, esa fue la primera vez. He visto mucho y nunca me ha afectado. 31 años viendo todo tipo de muertos y cosas. Hubiera matado a algún pederasta con mis propias manos; con cosas así puedes perder los estribos. Hubiera tiroteado a los terroristas que se cargaron a compañeros, gente que no tenía ninguna culpa. Me mantuve alerta, pero prudente, no me metí en líos. No es fácil mantenerse al margen cuando vives a diario junto al crimen. Algunos se dejaron arrastrar al otro lado. Te infiltras en organizaciones, en clanes, y ves como viven a todo trapo. Lujo, fiestas, mujeres. Y tú con tu sueldo de mierda, jugándote el tipo, las horas extras, toda esa mierda. Me ofrecieron llevar maletines de oro y diamantes entre África y España. Medio millón al mes. “Con todos los papeles en regla”, decían. Les pedí tiempo para pensar. Me picaba la mosca. Consulté con mi mujer y con mi superior. ¿Tú eres tonto o qué? ¿Crees que eso puede ser limpio? Te van a engatusar, gilipollas. ¿Vives tranquilo? Si. Pues sigue así, con tu sueldo, tu trabajo, tu familia. Seguí el consejo. No me arrepiento. Recuerdo un atracador al que no conseguíamos capturar. Siempre escapaba. Hubo un tiroteo en un banco que asaltó. Con las prisas, al huir, se dejó el talonario con el que había simulado trato bancario en el mostrador. Se investigó y resultó que había un policía tras aquello. ¡Policía y atracador de bancos! ¡Qué fuerte! Alguna vez hice de detective interno. Me pidieron vigilar a un compañero de la comisaría de la Verneda. Decía que estaba de baja por depresión. Le seguí una semana. El tío trabajaba como taxista. ¡Policía y taxista a la vez! Le abrieron un expediente. En los setenta había mucha tensión, poco dinero. Huir de la tentación no era fácil.

En la radio se escucha I’m Survivor de las Destiny’s Child. Un himno. – ¿Quieres que ponga música clásica?-dice Miquel mientras sintoniza emisoras. El navegador de abordo indica los giros y rutas. Salida 12, Sabadell centro. Vamos a la Parroquia de Sabadell. Nos espera Mossen C. Le devolvemos un relicario del S.XVIII y una naveta de plata que nos dejó para ilustrar una exposición de monedas en la época de la Guerra con el francés. El paisaje de los barrios limítrofes amontonándose en la periferia de Barcelona, contrasta con los campos labrados que rodean el Sur de Sabadell. Los campos del norte de Sadabell son cobrizos, el fango arcilloso bruñe ese paisaje. Pero en la zona sur, después del lluvioso invierno, un regocijo verde te recibe. Almorzamos en una cantina del centro histórico. Miquel me sigue explicando:

-Hay que alejarse de las pistolas y las navajas. A veces un quinqui te pierde el respeto. “Dispárame si tienes huevos”. Sangre fría; fundamental. Cuando no hay más remedio, ¡zas!, culatazo en la cara. Pero nunca disparar. Te buscas la ruina. Patrullábamos por Can Tunis; ¿conociste Can Tunis?, droga, chabolas, gitanos. Un drogata en ciclomotor se saltó un semáforo en rojo. Le perseguimos. Le íbamos arrinconando contra los coches aparcados. Si dábamos un volantazo lo aplastábamos. Pero el tío no paraba. Nos miraba de reojo, desafiante. Me entró la risa. Dejemos de perseguirle ¿No querrás que jodamos el coche nuevo, que provoquemos un choque con otros vehículos, y que le rompamos los huesos a ese por haberse saltado un semáforo, no? No vale la pena.

Mossen C es amable. Nos recibe en sus dependencias junto a la sacristía. Una chica latinoamericana plancha. Me fijo en las manchas de humedad de la pared del apartamento. La decoración es modesta. Devolvemos el relicario y la naveta. Entra y sale gente. No atino a comprender si el apartamento es vivienda u oficina donde se gestionan las almas. Un poco de todo, me digo.

De nuevo en la autopista. Campos labrados. Pasamos junto al aeropuerto de Sabadell. Bromeamos con la posibilidad de que la Camorra me asesine cualquier día de estos, por mi parecido con el escritor Roberto Saviano. Sería gracioso un final tan literario. Bueno, la verdad es que no tendría puta gracia. Nos espera caravana a la entrada de Barcelona. Luego caravana en la ronda que atraviesa Barcelona. –Siempre me llamó la atención ese tipo de hombres que no pueden separarse de su pistola- pincho a Miquel. -Yo siempre llevaba encima mi pistola- (aunque no lo creo probable, lo dice en un tono que me hace sospechar que su pistola no anda muy lejos). Miquel lleva atados en el cinto dos teléfonos móviles. Hay algo militar en esa disposición de las fundas de cuero. Perfectamente trajeado, un gran anillo de oro y una insignia que no identifico adornan a lo castrense. Tiene algo de samurai venido a menos, un servilismo atenuado del que no me fío.

Miquel parece asegundado con regocijo. No está cansado de nada sino encantado de haberse conocido. No me acaba de encajar el personaje. Decía Kapuscinsky en La Jungla Polaca que “para los que han sobrevivido a la guerra, esta no se acaba nunca”. 31 años de servicio al lado del terror no han dejado mella alguna en el entrañable abuelo chofer. Extraño. Miquel se ha mantenido al margen de lo vivido por lo que deduzco que lo ha vivido a vista de pájaro. ¿No te hirió en el alma ninguno de tus muertos? ¿No viste el horror en los niños maltratados? ¿No te han desesperado las injusticias sociales, los policías corruptos, los facinerosos, las mafias intocables? Baudrillard decía que “no se puede teorizar sobre algo como la parte maldita sin ser uno mismo parte de la maldición”. ¿Salva Baudrillard a los mentecatos y condena a los narradores?

(Sigue el viaje. ¿A dónde lleva este viaje?
“A dónde vas peregrino sin camino, voy a fuera
a dónde vas peregrino por el camino, voy a lejos
a dónde vas peregrino con camino, voy a dentro”
Así se defienden los peregrinos que van a Santiago, los que anhelan el FinisTerrae.
-“La culpa de todo la tienen los anhelos. ¡Cuídate muy mucho de anhelar!”- decía una voz druida. El final del camino es el fondo del mar, eso es lo que hay que saber ver desde el último faro del Finisterre. Suena en la radio Suzanne de Leonard Cohen.
Jesus was a sailor…¿Porqué los apóstoles no eran campesinos sino pescadores?)