Perder el Control

Hubo un tiempo en el que los otoños eran eternos en Barcelona.

18 de mayo de 1980. Se ahorcó en la cocina de su casa de Manchester. Tenía 24 años.
Vio Stroszek, tragicómico film de Werner Herzog. Escuchó The Idiot, introspectivo LP de Iggy Pop. Bebió. Se quitó la vida. Incontables artículos recrean desde aquel 1980 esa escena que marca no el fin sino el inicio de una época. Ian Curtis, líder del grupo Joy Division, quijote de la movida alter-punk, se suicida dejando huérfanos a todos los quebrantados de un tiempo lleno de ruinas. “Quién nos iba a decir que aquella fragilidad sería la pauta que marcaría a toda la generación”.

10 de abril del 2009. Cines Verdi, barrio de Gracia. En uno de los abriles más fríos y lluviosos que recuerda la Ciudad, se estrena Control, biopic sobre el auge y caída de Ian Curtis. El fotógrafo de rock y realizador de vídeos musicales Antón Corbijn presenta el film en las salas comerciales dos años después de ser premiado en el Festival de Cannes. La tesis sobre la que avanza el film se extrae del libro Touching from a distance escrito por Deborah Curtis ex-mujer del cabecilla de los Joy Division. Ian estaba superado por su contexto. Le habían declarado una epilepsia y los médicos que no acababan de encontrar los fármacos que evitaran los ataques, le atiborraban a barbitúricos. Incapaz de decantarse se debatía entre el amor hacia su esposa Deborah y su bebé, y el ardor que sentía por la periodista belga Annik Honoré. El grupo empezaba a multiplicar sus actuaciones y estaba a punto de iniciar una gira por Estados Unidos. Aunque el éxito en los circuitos musicales alternativos de Joy Division era notorio, económicamente todavía no habían tocado el nirvana hacia el que les catapultó, precisamente, la muerte de Ian Curtis, la reedición de Love will tear us apart y la segunda vida del grupo bajo el nombre de New Order. Todo empujó a perder el control.

27 de mayo del 2007. El periodista Diego A. Manrique escribe que “Ian metabolizaba pesadillas y transformaba dolores secretos en arte tenso. Pero la popularidad no proporcionaba alivio para sus miserias”. En el film de Corbijn el actor que magistralmente encarna a Ian Curtis muestra su abatimiento ante el manager del grupo, nadie se da cuenta de lo que Ian deja de si en cada actuación.

Corbijn comenta en todas las entrevistas que recuerda en blanco y negro la época en la que conoció al grupo. El 99 % del material gráfico que se guarda de Joy Division es en blanco y negro. Las revistas musicales en los 70 y 80 imprimían muchas fotos así, guardando las portadas y las fotos en color para los grupos más populares. Joy Division se encontraba a las puertas de ese éxito, pero la pronta desaparición de Ian Curtis les dejó ahí, instalados en el blanco y el negro. Por eso, afirma Corbijn, decidió filmar Control en esos tonos. Por eso tuvo que arruinarse para producir gran parte del film ante la poca comercialidad que las productoras le ven al blanco y negro Lo cierto es que la excelente fotografía de Control retrata un mundo casi existencial, vacío, sin atrezzos. Un mundo suburbial con una estética simple y directa. Muchos de los momentos más tensos del film se modulan gracias a los silencios en espacios vacíos. La interpretación de los actores expresa dicha contención.

(Un escalofrío me recorre la espalda cuando oigo los acordes de Love will tear us apart sentado en la butaca del Verdi. Recuerdo las noches oscuras de finales de los 80, en un apartado local de la calle Llull poblado de gentes en negro. Creo que a poco que piense, aquel fue un tiempo en blanco y negro. Botas Doc Martens, pantalones pitillo, jersey de cuello de cisne o camisa negra, gabán largo, peinado desgarbado, semblante enfermizo, mucha delgadez, poco sol. Vivíamos cada noche una infinita oscuridad llena de maldiciones y desvaríos, donde casi todo el mundo parecía vampiro. Éramos cinismo generacional, antidogmatismo, arrastrábamos un complejo de culpabilidad por el sida; no nos merecíamos el sida, no renunciábamos a la promiscuidad, pero estábamos tristes por que el sida nos zanjó una forma de amar. El amor siempre se desgarraba, o lo desperdiciábamos arrojándolo a las brumas. Love, love will tear us apart, again).

Hasta aquí lo que podría ser una crónica más o menos autocomplaciente sobre el film de Corbijn, y las nostalgias que despierta en el cronista el recuerdo de las impaciencias de la primera juventud. Pero la cosa no puede quedar así. El problema no es que el joven pierda el principio de felicidad en un periodo histórico marcado por las derrotas. Su vivencia se puebla de expectativas pero sólo encuentra contingencias históricas que le traban. El problema es que al madurar comprueba el fracaso de las expectativas. Ese es el puto problema, que conlleva la lógica neurosis que intentará por todos los medios mantener vivo al joven, a un Yo joven dispensado del desengaño. El Yo joven es un cretino, pero se vive mejor en esa cretinez pues así podremos culpar al entorno social y a las fatalidades del destino. Más esforzada es la asunción del Yo presente. La verdad es que no debiera haber lugar para el nihilismo coercitivo que se impuso Ian Curtis. Por lo menos en el aquí y el ahora. Cuántas veces un Yo crecido, se habrá topado con encrucijadas laborales, incompatibilidades afectivas, fiascos y proyectos abortados. Baste el tragar saliva y aguantar la presión. Pero el Otro que se quiere joven se resiste a abandonarnos. Me pregunto si es esta una característica generacional, y de ser así, me pregunto en qué acabará todo esto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario