martes, 14 de abril de 2009

La pintura rota

Conozco no pocos pintores que han dejado de pintar a pesar de lo cual conservan su atelier. Conservar el estudio se convierte en el último acto artístico posible, en el decorado de un fracaso. Lo considero un acto de violencia extrema. Manchas de pintura, lienzos amontonados, botes con pinceles, papeles sucios, columnas de libros de lance, recortes fotográficos enganchados con chinchetas, ropas raídas, salpicaduras de óleo, cintas de casete. He visto miles de veces ese estudio. Lo vi en revistas especializadas de arte, en barrios depauperados del extrarradio, en naves industriales, en el casco viejo de muchas ciudades, en las casas de no pocos amigos. Es el último cuadro posible cuando ya nada es posible. Es el último suspiro de arte cuando ya no queda obra que pintar. Es la pintura moribunda, es el arte cadáver. Cuando uno hocica la ciudad desde hace más de veinte años, cada arista del asfalto es la cicatriz de un proyecto artístico fracasado. Reportero en una metrópoli plagada de crímenes de arte.
Carles guarda una habitación de su gran casa para los lienzos que pintó en aquel entonces. La habitación ha perdido hasta el olor a pintura, pero Carles, que hace 15 años que no pinta, se resiste a desmantelar su estudio. Se pasó al enemigo; ahora es publicista, gana un pastón y compila divorcios. Ni pinta, ni dibuja, ni visita exposiciones; pero guarda una habitación de pintor en la casa que tiene en el barrio más cool de Barcelona. A Antonia no le fueron bien las cosas. Se descarriló el tren de los fuegos fatuos que llenó las galerías de arte en los 80’s antes de que Ella pudiera subirse. Persiguiendo la pintura hasta se olvidó de buscar oficio con el que subsistir. La cotidianidad se le pobló de saldos y adeudos. Ahora ya es un poco tarde para todo, pero conserva su destartalado estudio como reliquia de vete tu a saber que inédita religión. Pere Lluís cobijó su pintura en una gran casa que alquiló en el barrio del Raval. –Aquí viviré y trabajaré- se dijo. Durante un par de años así lo hizo. Fue chamán, performer, ideólogo del abismo. Pero los ingresos menguaban, sus cuadros no interesaban, y las paredes se desconchaban. Acabó viviendo en una de sus habitaciones mientras alquilaba el resto a inquilinos más o menos pasajeros. En un trastero acumuló su pintura naufragada, a la espera de mejores tiempos. Acaso sea este el peor de los suplicios del arte, el del artista que se ve obligado a vivir en las paredes que un día hospedaran sus esperanzas.