X Regeneration




Al principio fueron los Madelman. Esos hombrecillos articulados dispuestos para la acción. Explorador, buzo, esquimal, bucanero, escalador, minero, enfermera… Los niños y niñas de aquel entonces jugábamos a explorar continentes, bucear simas, conquistar polos, a escalar el Everest de turno, a escarbar grutas en busca de tesoros piratas, a ser médicos en medio de la tercera Guerra Mundial…Era un juguete frágil de apenas 17 cmts de altura. Hombre de acción inspirado en los Mego y los ActionMan americanos, cuyas articulaciones se rompían con facilidad, a pesar de lo cual la aventura siempre seguía. Rotos, pasábamos a ser exploradores mancos, piratas cojos, buzos sin brazos. Quién nos iba a decir que aquella fragilidad sería la pauta que marcaría a toda la generación. Quién nos iba a decir que los Madelman nos enseñarían a seguir, aún cuando las fuerzas fallaran y los fines desaparecieran.

Después vinieron las manifestaciones y los gases lacrimógenos de los domingos por la tarde. ¿Qué diablos sería aquello de Amnistía y Libertad que gritaban los unos mientras los otros les daban porrazos? Era La Transición, eran los hombres encorbatados dando paso a las americanas de pana. Y llegaron los cómics de Conan el Bárbaro y de Red Sonja, y los superhéroes de la editorial Novaro, y la versión ilustrada de Moby Dick, y los bollos de la casa Bimbo. Y llegaron de Oriente los dibujos de Mazinger Z, robot también articulado que conseguía ganar sus afrentas contra fascinantes enemigos a fuerza de descuajeringarse como los Madelman, quedar exhausto y casi destruido. Toda una lección, un aviso de lo que se nos venía encima. Llegó Star Wars y Pipicalzaslargas, y sobretodo, El Imperio Contraataca. Lo recuerdan muy bien en la película Clerks de Kevin Smith. La sucesión continuada de finales abruptos marcó a todos los niños de aquella época. Nadie nos había preparado para una película que era un work in progress en la que todo quedaba inacabado. Pero de eso iba a ir nuestro futuro. Se acababan las ideologías, se iban extraviando Los Ramones, desaparecían las ballenas. No teníamos referentes. ¿Cómo tenerlos si la famosa generación del 68 que pretendía no interesarse por el poder y se encontraba totalmente engullida por el mismo, los había dilapidado?

Y ya casi adolescentes nos volvió a machacar el cine con un panorama de lo que el futuro deparaba, Blade Runner. La distopía aquí y ahora. Nos dolían las pérdidas; la muerte prematura de Truffaut, el suicidio de Ian Curtis de los Joy Division, el accidente de coche de Eduardo Benavente líder postpunk, el asesinato de Lennon. Pero el dolor de Blade Runner era como mezclar la música de Kraftwerk con un Bogart al que siempre abandona Elsa, a Raymond Chandler con la especulación inmobiliaria, a la filología con la medicina molecular, a los Sex Pistols con el sushi. Sobretodo nos dolían ellos, los Replicantes, que eran una metáfora premonitoria del sida aunque no lo sabíamos, una parábola de la incognoscible levedad del ser. Esos hombres máquina, mitad soldados mitad poetas se “descuajeringaban” a los cuatro años de fabricación, como los Madelman, como Mazinger Z, como el punk. “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais…muchas de esas cosas se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”– decía el replicante Roy Batty (Rutger Hauer) en tono proustiano antes de morir. Blade Runner ponía en tensión un futuro inmediato (la acción transcurría en el 2019) con el pasado reciente y con el miedo al presente mestizo que empezaba a poblar las urbes occidentales. En Etiopía vencía la desertización y el hambre, y los noticiarios lo mostraban. Y estábamos muy lejos, pero aquello también nos afectaba. Desiertos, inanición, niños cadavéricos, niños con el vientre abultado, niños muriendo. Y veíamos todo eso, las ciudades monstruosas, la naturaleza en peligro, el hambre y la miseria, en documentales y películas experimentales como “Koyaanisqatsi”, al ritmo del latido de Philip Glass. Nos afectaba Margaret Tatcher, y Nelson Mandela, y los conciertos que organizaba Bob Geldof.

Luego se precipitó todo. La caída del Muro, el pensiero devole, el VIH, la música de Goran Bregovic tras los bombardeos balcánicos, el paro, los neocon y su sucio petróleo, el fin de la historia según Fukuyama, la cultura tecno…se acababa el siglo de Nietszche, y empezaba otro que sería de Slavoj Zizek. Así, con ese bagaje, una generación pasó del umbral de su primera juventud a la madurez. Generacion X.

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A los 40 uno no necesita disfrazarse de malditismo para saber de qué materia están tallados los infiernos. Pero con veintipocos, a finales de los 80, frente a ese panorama desolador que nos dejaban nuestros mayores a los que la utopía les fracasó, las calles se llenaban de jóvenes vestidos de negro. “El chico de la moto reina”, dictaban los muros. “El Chico de la moto” no era ni más ni menos que Mickey Rourke en la película Rumble Fish. Francis F.Coppola presentaba en este film a unos personajes que ejemplificaban “una América desesperanzada, anclada en un tiempo imprevisto, mirando siempre hacia atrás y sin saber cómo orientar el futuro”-escribía Quim Casas en una revista de la época. Porque aquella era una época de revistas. Los jóvenes “desesperanzados” leíamos Ajoblanco, El Europeo, El Víbora, Art-Press, Primera Línea, El Canto de la Tripulación, muchos fanzines y comics. Rumble Fish era un aviso y un toque de atención a todos los que malbarataban su juventud en la calle, en la noche, en la obscenidad. Decía Bertrand Russell que “la embriaguez es un suicidio temporal; la felicidad que aporta es puramente negativa, un cese momentáneo de la infelicidad”. Decía también que “la preocupación, la impaciencia y la irritación son emociones que no sirven para nada”. Pero cuando eres joven y no ves presente bebes, te irritas, te impacientas, te preocupas. El Chico de la moto, una impresionante interpretación de Mickey Rourke antes de dilapidar su talento en la siguiente década, intentaba hablarle de esos riesgos a su hermano Rusty James (Matt Dillon). El Chico de la moto, que pertenecía a esa generación anterior que vivió la heroína, las calles en conflicto, las bandas, el Rock&Roll y la utopía de la moto, aquejado de daltonismo y sordera, se definía como un televisor en blanco y negro con el volumen muy bajo. No hagas caso del No Future, Rusty James. Esfuérzate y saldrás de este agujero. No hay quimeras, no hay grandes sueños; hay realidad a raudales. Pero Rusty James, y con él toda mi generación, no queríamos dar crédito al fin de los ensueños. El mito tenía que ser posible, sino, ¿qué nos quedaba? La bebida, la ira, la impaciencia, el desaliento, los infiernos. Rumble Fish no tenía un final feliz. ¿Lo tendrían nuestras vidas?

Miguel era uno de los chicos más sensibles que estudiaba en aquel Colegio de los Jesuitas en el que coincidimos unos cuantos desabrigados. Miguel media más de 1,90, era un gran jugador de baloncesto y un buen dibujante. Nos caímos bien nada más conocernos. Un par de años antes hubo de enfrentarse a la muerte de una hermana. Los que le conocían creían que no había superado el trauma, y que en cierta forma se sentía culpable. El dibujo nos unió. Con apenas 17 años, a pesar de no ser un gran estudiante y tener tendencia a la indisciplina, parecía claramente encaminado a brillar en el diseño gráfico y en las artes. Pero le pudo el ansia de escándalo, la obscenidad de mostrarse en decadencia. Cierta vez, en un receso espiritual de esos que montaban los próceres del Colegio, cogió una tremebunda borrachera. Comía butifarras crudas para escandalizarnos, gritaba sandeces, se hizo pintar la raya de los ojos, habló de amor y desamor hacia Blanca, una bonita y lista chica con la que tuvo tortuosa relación. Los amigos nos las vimos y deseamos para conseguir disimular su borrachera en medio del férreo control de los curas. Miguel nos cansaba, pero todos le teníamos un enorme afecto. La pasión y el sufrimiento le supuraban por las llagas. Era nuestro Rusty James desbocado. Como en el film de Coppola la cosa no acabó bien. Pocos años después, intentó suicidarse. Un día quiso tirarse por la ventana de la casa de uno del grupo. Otro día se clavó un cuchillo en el estómago. Decidió tomarse todas las drogas que se le cruzaron en el camino. En cierta ocasión, me lo encontré en el Karma, un mítico local de la Plaza Real, llevaba unas largas barbas y vestía como un mendigo. No estoy seguro de que no viviera en la calle en ese momento. Me besó en la boca y me metió una pastilla con su lengua. No se qué diantre era aquello, pero al regresar a casa me quedé dormido en el coche y desperté en medio del fulgor del barrio donde vivían mis padres a las 12 de la mañana del día siguiente sin saber ni cómo había llegado allí. Este tipo de actuaciones despertó recelos entre los amigos del grupo. Éramos los outsiders del Colegio, pero sabíamos guardar las formas. No sé porqué las guardábamos, pero formaba parte de nuestro código el así hacerlo. Miguel perdió el control en algún momento. Un tiempo después un amigo común me contó cómo le había afectado a Miguel el film de Oliver Stone sobre The Doors. Todos nos acordábamos de aquel mítico comienzo en Apocalipse Now, aquella superborrachera de Martin Sheen a ritmo del This is the End. Pero vimos sin pena ni gloria la película de Oliver Stone. A Miguel, sin embargo, le afectaron las arengas baratas de Jim Morrison que el film recreaba. Nos contaba cosas extrañas sobre un hombrecillo verde que habitaba la noche urbana. Empezamos a perderle de vista. Tuvo un hijo pelirrojo con una chica que ni conocimos. Años después me lo encontré en un parque con su hijo al que cariñosamente llamaba “fullet pastanaga” (duendecillo zanahoria). Le saludé con afecto y pareció sorprenderse cuando le di mi teléfono:-Llámame para cualquier cosa Miguel. Para cualquier cosa, no dudes- Jamás me llamó. Hace más de diez años que no sé nada de Él. Casi nadie sabe nada de Él. Se esfumó.

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Hace veinte años que pasó todo aquello de Seattle. En esa ciudad de la que todo desconocíamos se fundó una manera salvaje de cantar al desaliento. Kurt Cobain era el nuevo gurú del pesimismo generacional, y Smell like teen spirit el himno oficial. Podíamos llevar camisas de cuadros, la barba de varios días, los jeans desgastados y sucios. Qué más daba; los ochenta y el diseño yuppie no era nuestro rollo. Habíamos llegado tarde. Winona Ryder era la musa, los american psico y Unabomber nuestros ídolos. La banda sonora la ponían Sonic Youth y los Pixies. Douglas Coupland nos puso el nombre. Éramos algo así como la generación sin nombre, sin atributos, sin brillo, sin objetivos, la X. El arte ya no era posible. El arte se había muerto con las neovanguardias, las subastas millonarias, las ferias, los museos espectáculo, con la defunción de Warhol y de Beuys. Nuestros hermanos mayores empezaban también a morirse por el sida, o por aburrimiento, o por la imposibilidad de comulgar con las utopías. Nos pusimos a investigar otras décadas. Redescubrimos a los conceptuales, a los situacionistas, pero lo mezclábamos todo con grandes dosis de individualidad y desespero. Sophie Calle rompió las fronteras entre la plástica y el relato. Y Paul Auster y Enrique Vila-Matas aplaudieron. Ray Lóriga repasó a los héroes y a los mitos generacionales, desde la consternación, mientras aumentaba su colección de tatuajes, motos, rubias y cicatrices.

Conrad dijo que cumplir 27 años es atravesar “la línea de la sombra”, el momento en el que el joven se hace definitivamente adulto. Atravesábamos esa línea pero nada estaba claro. Manu Chao nos traía el sur al que teníamos algo olvidado. Habíamos acabado la Universidad. Empezaba la vida laboral y nada cuadraba. La revista Ajoblanco nos retrataba: “Parecen dormidos, mudos, pero les asusta el hastío y les horroriza la rutina. Parecen cínicos y desengañados pero combinan escepticismo e idealismo para mejorar el mundo hoy, no mañana (…) Les une la profunda vocación por pasar inadvertidos evitando toda etiqueta…”; pero ya se nos había adjudicado una: Generación X. “La Generación X ha aceptado que su vida está dirigida y basada en la incertidumbre”.

Y luego fueron los divorcios, los trabajos que nada tenían que ver con las vocaciones, las frustraciones. Y llegó Trainspotting y nos puso los pelos de punta. Y cogieron a Unabomber y se acabó el sueño de una vida al margen, y nos empachamos de realidad.

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