Shanghai (2º Crónica China)


El sofoco es asfixiante en esta época del año. Frente a la entrada del jardín Yu-Yuan, se erige Huxinting Chaguan, la famosa casa de té, remanso de paz y frescor, que todas las guías de viaje anuncian. Reconcilias cuerpo y alma sorbiendo varias tazas de té servidas por bella y silenciosa chiquilla. Esta pintoresca casa de los tés se encuentra junto al jardín de Yu-Yuan, en el centro neurálgico del agitadísimo Yuyuan Bazaar. Como en Shanghai no quedan casi vestigios de la edificación tradicional, han decidido darle un aspecto clásico a la arquitectura de este centro comercial hecho barrio. Aleros de teja tradicional, dragones dorados, maderas lacadas en rojo, mezclado con escaparates de neón y fluorescente, hilo musical machacante, espejos, campanillas, y los gritos de los vendedores. Un sin fin de bazares dispuestos a la venta galopante de los más chabacanos bibelots, joyas y jades, antigüedades dudosas, objetos engañabobos y chirimbolitos absurdos. Follonazo arquitectónico y social, “ChinaTown” de pacotilla, que no deja de tener cierto encanto. En medio de ese galimatías un estanque anuncia la llegada a la entrada de los Jardines de Yuyuan. En el centro de ese lago artificial se alza Huxinting Chaguan. La gente lanza comida a las carpas y tortugas del estanque y se hacen fotos en el puente que zigzaguea sobre las aguas. Dicen que si el puente culebrea, los malos espíritus no pueden seguir al caminante, pues, como todo el mundo sabe, los malos espíritus sólo trajinan en línea recta. Huxinting Chaguan es un inmueble de dos plantas de aspecto barroco y semblante ancestral algo incierto. En la planta baja hay una pequeña tienda que vende té y derivados, y una especie de rotonda de ventanales junto a la que se sientan ancianos que pasan el tiempo tomando té y leyendo periódicos del día. En esa planta, existe también una zona refrigerada para turistas sin prisas y sibaritas del té, una suerte de showroom donde por un precio razonable, se pueden degustar las variedades de la casa, y asistir a la exquisita ceremonia del filtrado del té, de las abluciones con agua caliente, lavados y enjuagues de las tazas cerámicas. La planta superior, que no visitas, es restaurante-tetería y ofrece conciertos de música clásica china los fines de semana.

En el otro extremo del puente está la entrada a los Jardines y junto a esta un curioso puesto de venta de bolas de masa al vapor (shuijiao) que, atendiendo a la larga cola de compradores autóctonos que esperan pacientemente en la calle, debe ser muy popular. Nanxiang Steamed Bun Restaurant, según la guía Lonely Planet es, efectivamente, el lugar idóneo “para atiborrarse con más de una docena de xiaolongbao por tan sólo 8 CNY”. Con el estómago todavía disuelto en efluvios de té verde y jazmín, y con la camiseta empapada en bochorno, no crees estar en condiciones de consumir bolas de sopa caliente antes de entrar en los Jardines.

Tardaron 18 años en construir estos vergeles. El heredero de la familia Pan quiso erigir (entre 1559-1577) para sus padres ancianos, un jardín que estuviera a la altura de los de la Ciudad Prohibida en un Pekín demasiado alejado para que sus progenitores pudieran acometer tan fastidioso viaje. Lamentablemente el jardín original fue varias veces arrasado y restaurado, durante la Guerra del Opio, en los ataques franceses contra los rebeldes Taiping,... Pero sigue teniendo todo el encanto del diseño Ming.

Aunque rodeado de colegas, vives la experiencia de la urbe en soledad. Entristecen los enormes contrastes sociales que te salen al paso. Barrios atestados de gentes que mal viven el día a día en una Ciudad que bulle. Nunca podrán acceder a ese Shanghai cosmopolita y solazado, ese Shanghai lleno de diversiones y decadencias. El Shanghai de las compras, las sensualidades, las fiestas y el dinero fácil. Son gentes que sonríen a pesar de vivir en barrios que se descomponen, rodeados de insalubridad. Son trabajadores infatigables acostumbrados a bregar con la falta de medios. Son jugadores compulsivos capaces de pasar horas viendo una lucha entre insectos. Comen con urgencia, en cualquier rincón, a cualquier hora. Unos fideos, cucurucho de patas de pollo fritas, bolas de masa con sopa dentro, cartílagos rebozados. Almuerzan, sonríen, caminan, pedalean, aman, confían en la suerte del número ocho. ¿Qué ambicionan estas gentes? ¿En qué proyectan sus afanes? Tres viajes a China a lo largo de un año siguen sin aclararte. Quizás sea la China una sociedad Tao, una sociedad del presente. Catadora del aquí y del ahora. Quizás sepan los chinos el secreto que amaga un susurro, una caricia, una mirada, un poema, el humo, el crepitar de las hojas caídas, una lágrima, el barro seco en los zapatos, la amargura de un adiós, el olor a fruta recién cortada, el juego de los niños en un parque, la brisa marina, el trabajo hecho con las manos, la textura de las cosas desgastadas, un abrazo, el olor de nuestros hijos,…Quizás sepan los chinos mejor que nadie que lo nuestro es el camino, trazar rastros sobre la cresta de una ola.

En los Jardines de Yuyuan todo zigzaguea. Los malos espíritus quedan, por tanto, incapacitados para adentrarse en el recinto. Sorprende el silencio, si tenemos en cuenta que Yuyuan se encuentra en el centro del bullicio de Shanghai. El murmullo de la metrópoli se pierde entre la sucesión de templetes y estanques. El bambú y los arbustos atávicos, las carpas y tortugas, el jade en bruto, las caligrafías, las esculturas simbólicas de leones y dragones, el chorrito de agua de las fuentes, los recovecos casi inaccesibles. Todo es caviladamente asimétrico, orgánico, sosegado. Regresarás hasta tres veces a Yuyuan en tu periplo chino.

Es el segundo viaje a Shanghai. Has venido a esta Ciudad a supervisar los pormenores técnicos del desmontaje de una exposición de obras maestras españolas en el Museo de Shanghai. Viajas en compañía de una delegación cultural de españoles con los que haces buenas migas. La primera estancia en Shanghai estuvo marcada por el tortuoso viaje en camión para transportar las obras maestras entre Pekín y Shanghai, entre el Museo Namoc primera sede de la muestra y este segundo. Desmontar una exposición siempre es mucho más rápido y sencillo que montarla. Además, el equipo técnico chino con el que trabajas es muy eficaz. Así que pronto dispondrás de bastante tiempo libre para conocer mucho mejor Shanghai de lo que el anterior viaje te permitió. En esta Ciudad el turista eventual tiene un resuelto catálogo de actividades: Hay que visitar el Bund, barrio marítimo y símbolo del pasado reciente de la China colonial, adentrarse en el coqueto barrio conocido como la Concesión Francesa, los bazares de Yuyuan, los mercadillos de falsificaciones y baratijas, los restaurantes de lujo, los clubs nocturnos, los rótulos luminosos y rascacielos brutales de la nueva zona de Pudong, algún jardín, y poco más. Siges en parte ese patrón marcado por el canon del buen turista, pero te saltas no pocos de esos mandatos.

Alojado en el Hotel Marriot, sin duda uno de los más pomposos de la Ciudad, acaso el hotel más lujoso en el que nunca me te hospedado. Una pomposidad postmoderna, si se quiere, un lujo marcado por la discreción de los materiales, los espacios amplios, el servicio exquisito. Hay gente uniformada y sonriente por doquier. Es incluso algo agobiante que siempre haya alguien dispuesto a saludarte tan amablemente. Good morning, Sir. Good evening, Sir. Las vistas desde la habitación son espectaculares. Teniendo en cuenta que viajas bajo la presión de haber dejado en tu ciudad muchos temas pendientes, muchas incertidumbres sobre el curso que seguirá tu rio vital, hay días que mirando desde el ventanal del hotel ese Shanghai colmado de rascacielos y polución, asaltará cierto temor a salir a la tolvanera metrópoli. Las sesentaytantas plantas del edificio te parapetan, ayudan poco, sobretodo en esos plomizos días en los que preside la calina. Ese vértigo te lleva a pasar horas en el cómodo Hall de la planta 38, leyendo, rumiando, charlando con colegas. Compartes no pocas chácharas con el Profesor X, aquejado probablemente de una dolencia melancólica similar a la tuya. El Profesor cuenta las dificultades de su infancia, marcadas por un padre poco dado a manifestar sentimientos, y por una familia en la que preponderaban los ancianos y el rancio abolengo. Habla del libro que le hizo enamorarse de Oriente, “Donde las lágrimas están prohibidas” de Alice M. Ekert-Rotholz. Te enviará a Barcelona una copia. El salón cafetería junto al Hall es uno de los lugares de encuentro. Te llama la atención que en un rincón hay una extraña máquina de la que brota constantemente chocolate desecho. Uno puede pinchar fruta fresca y sumergirla en ese delicioso chocolate. ¿Habrá algo más esnob?

El Profesor X es uno de los artífices de la exposición que te ha traído a China. Os conocisteis en Pekín, aunque ya habías oído hablar de Él, y habías leído alguno de sus artículos. En días previos al tercer viaje chino, examinaste un elegante ensayo de Mauricio Wiesenthal titulado El esnobismo de las golondrinas, que te recordó mucho al Profesor X. Wiesenthal, al que la entradilla del libro presentan como humanista, viajero sin fronteras, gran conocedor de la cultura del vino y experto fotógrafo (ahí es nada), es el penúltimo de los herederos de una estirpe de ilustres europeos que hicieron del arte condición. Ese tipo de legatarios de la cultura de los que ya casi no quedan ejemplos que citar en el presente, que lo saben todo sobre casi todo, de curiosidad infinita, enraizados en un entorno, pero abiertos a la globalidad de las culturas todas. Si Wiesenthal es el penúltimo, piensas, el Profesor X, es el probablemente el último. Lector, como eres, del Profesor Mario Praz, de las memorias de Carlos Barral, de Italo Calvino, de Nestor Luján, de tantos ilustres humanistas doctos en “casi todo”, te creías condenado a no conocer personalmente ninguno de estos temples. Pero la fortuna ha sonreído nada más y nada menos que en China. El talante histriónico del Profesor, acompañado de una cierta prepotencia que perdonas, genera entre los colegas de profesión bastantes recelos. El Profesor X no es alguien al que las medianías puedan aceptar. O se le odia o se le ama. Sospechas que Él es consciente de esa realidad.

En este último encuentro en Shanghai, el Profesor X te invita a acompañarle en la compra de jades al barrio de los anticuarios. Dongtai Lu, calle donde se aglutinan infinidad de comercios y puestecitos de baratijas y supuestas antigüedades. Una especie de Marche aux puces o Rastro lleno de tenderetes y tugurios, con zonas acotadas en el suelo para la venta de objetos de segunda mano, aparentemente muy alejado de los caros gustos del Profesor, que no de los tuyos, devoto como eres de los fetiches de la cultura pop. El Profesor sabe a dónde se dirige. Ha venido aquí otras veces y te lleva a la trastienda de una trastienda dónde no llegan las miradas de los turistas, ni seguramente, de las autoridades. Esos mismos chamizos que llenan la calle de objetos baratos, suelen tener una tienda detrás, en los bajos de los edificios donde viven los vendedores y sus familias, con objetos de mayor interés para coleccionistas y decoradores. Tras esas tiendas, se amagan almacenes y laberínticas reboticas donde uno puede comprar prácticamente cualquier objeto arqueológico chino que le venga en gana. Una anciana os recibe con satisfacción y alegría. Ya conocía al viejo Profesor de anteriores viajes. Tras pasar por varios portalones desvencijados, la confidente del Profesor os mete en un cuartucho lleno de pedruscos. Quedas impresionado al ver, nada más entrar, el traje completo de una momia en placas de jade. Desde luego no estas frente a una burda falsificación. Nadie se molestaría en tallar el complejísimo juego de jades que componen este traje por mero deporte. Acabas de entrar en la casa de Alí Babá, en la cueva pirata dónde todos los tesoros son posibles. La señora conoce los gustos del Profesor X, así que se atina a enseñar los mejores jades de su gruta. El Profesor los mira al contraluz, señala las aguas marmóreas, comprueba la dureza rascando sobre vidrio, indaga en los relieves y tallas. La colección es impresionante. Hay más de 70 jades dispuestos sobre la mesa que hace las veces de quirófano del arte. Cuando cavilas que el Profesor se lanzará a una selección de las mejores piezas, pregunta a la perpleja anciana:-¿cuánto quieres por todos los jades?- la mujer no da crédito a la pregunta, empieza a temblar y a anotar en trocitos de papel el precio de las piezas más ilustres. Luego, hace un cálculo general con las restantes y garabatea la astronómica cifra final en un papel cuadriculado. Tu preceptor en estas artes del birlibirloque ni se inmuta. Empieza entonces una larga cadena de réplicas y contra réplicas escritas sobre papelitos cuadriculados, mientras la mujer grita y trata de loco al Profesor X. Enmudeces. A veces sonríes. El proceso se alarga cerca de una hora. La mujer te guiña el ojo. El Profesor dibuja un corazón roto en un rincón del papel, y simula que la negociación es imposible. También guiña. La mujer grita tanto que estas seguro de que en cualquier momento entrarán hordas de Guerreros Xi’an y os decapitarán por insolentes. Al final, todo llega a buen puerto. El Profesor paga una desorbitada cantidad que supera tu sueldo de un mes por una maravillosa colección de jades. Auxilias al Profesor en el empaquetado de la colección y prometes ayudarle a mejorar el embalaje antes de que me marche de Shanghai. No tienes ni idea de cómo se las ingeniará para pasar todo este patrimonio por la aduana. Pero estas convencido de que lo conseguirá.

En Shanghai es fácil cenar bien. Hay muchos más restaurantes que en Pekín, mucha mayor variedad culinaria, aunque los precios son también más caros. Algo similar sucede con el ocio nocturno. La noche de Shanghai no se acaba por más que uno lo intente. La discoteca Mao es de las más pijas de Shanghai, o así te parece a tí. Aquí todo es muy cambiante, muy dispar y voluble, y eso implica que lo que el cronista narra puede haber cambiado radicalmente en el momento de su lectura. Shanghai es una de las urbes más cosmopolitas y vivas en las que jamás has estado. La discoteca Mao la conducen unos italianos. El ambiente es 100% occidental. Decadencia y modeleo. Se celebra el cumpleaños de un tal Carlos, una especie de agitador cultural chicano al que encuentras en todos los saraos de la Ciudad. El ambiente es desenfrenado y adulto. Aquí no hay adolescentes pastilleros, ni jovencitas autóctonas buscando ligue fácil, ni mocerío inexperto en seducciones y vivencias. En la fiesta de Carlos todo es glamour y sensualidad. Carlos hace las veces de anfitrión desbocado, de DJ, o se pone a servir copas, o se sube a la oscuridad del reservado, o baila y se besuquea con los chicos guapos y con algunas chicas no menos agraciadas. Con su bigotillo de mosquetero es el Errol Flynn de la noche. Ese bigotillo cosquillea unos segundos en tus mejillas:

-Este es Lluís de Barcelona- presenta J, que es tu iniciador en el Shanghai la nuit. Carlos lanza una mirada de lascivia.

-¿Qué te trae por Shanghai?- pregunta contoneándose.

-Trabajo en el Shanghai Museum montando una exposición- contestas convencido de que el tema le interesa un pimiento. El catalizador de este festejo aletea por doquier. Es difícil no mirar sin verle; está en todos los grupos, está en todas partes, nunca deja de sonreír ni de coquetear. Carlito’s Way.

-Cierto tipo de chicas chinas se pirran por los occidentales. Es un rollo parecido al de las jineteras cubanas- cuenta Giacomo, un milanés al que le resultó imposible dar viabilidad a sus negocios en Italia y que ha encontrado en Shanghai la manera fácil y barata de vivir como un señor. – A mi no me gustan las chinas- se sincera- no me gusta el pelo liso en el pubis- confiesa. El alcohol y el ruido te nublan, así que no atinas ni a contestar algo inteligente ni a entender en que consiste el negocio de Giacomo, con el que además has decidido hablar en inglés aunque os auna el mediterráneo. Se nota que Giacomo y J se mueven en este ambiente decadente y vistoso como peces en el agua. J es el cicerone de la noche shangainesa. Todos le conocen. Allá dónde vais, con Él se abren las puertas. J gestiona eventos, conjuga las agendas culturales de la delegación española, coordina las necesidades protocolarias que supone una exposición como la que os trae a esta Ciudad. Durante el día es un efectivo relaciones públicas. Por la noche, el Sr.Lobo del desenfreno. Un personaje muy típico de la comunidad europea en Shanghai.

Repugna, sin embargo, ver como J trata a su secretaria. Una chiquilla diligente a la que intimida con desprecio y malas maneras. –Es que aquí hay que tratarles así- explica Sarita, una de las traductoras que ayudará a trabajar con los equipos chinos. Esa prepotencia occidental, recuerda los peores vicios del colonialismo. Por lo que cuenta Sarita, también es muy habitual obtener pingues beneficios de los restaurantes, locales, caterings y negocios con los que alterna de manera habitual. – Es algo común en Shanghai; tú llevas a un grupo de gente a cenar a un sitio; y por lo tanto, el propietario te paga una comisión- afirma. Esa parte más obscura del trato social entre occidentales y consignatarios chinos aflige. Sarita hace una demostración de su adiestramiento segregacionista abroncando a todos los taxistas que caen en vuestras manos.

Sarita tiene el cuerpo agujereado por no pocos piercings. Quieres pensar que algunos quedan amagados y sólo la imaginación los sitúa en guaridas imposibles. Es probable que estas perforaciones voluntarias sean una rutina psicológica con la derrotar a los padres, con la que quejarse de la existencia, o vete tú a saber. Nos ponemos piercings en el ombligo, en los pezones, en los genitales, en la lengua, en la nariz, en la nuca, en las cejas. Zonas que nos unen a nuestros parientes o a la existencia. Los felinos cogen a sus cachorros por el pellejo de la nuca. Si ponemos un piercing allí, somos felinos, estamos prolongando el cordón umbilical con la madre, le pedimos que nos siga cargando ¿Cortamos, o quizás embellecemos ese vínculo materno-filial poniéndonos un piercing en el ombligo? Piercing en los pezones, en el sexo que nos une a nuestros hijos venideros. ¿Rompemos o significamos así la cadena generacional que nos unirá a nuestros vástagos? La nariz es el tubo que nos adhiere al aire vital, los ojos lo que nos permite verlo. ¿Qué significa agujerearlos? Sarita, que habla chino francamente bien, pero también inglés, francés, ruso, gallego y catalán con tan sólo 26 años, se expresa con rudeza. Abomina, maldice, condena. Su imagen es dura, su habla deslenguada y aparentemente devastadora. Piercings, rastas, ropa informal algo masculina. Gesticulación excesiva, voz ronca. Pronto, por eso, encuentras debilidades. Es demasiado llamativo todo el rosario de durezas que pretende mostrar. Tiene una relación con sus parientes algo complicada. Su madre, cuenta Sarita, fue la primera lesbiana en contraer matrimonio en España tras un divorcio espinoso con el padre. Vive lejos de todo lo que le pesa, lejos de su familia, lejos del pasado. Más lejos, debe creer, no es posible. China es muy lejos. Pobre Sarita, te gustaría decirle que por mucho que se aleje, todo ese bagaje está ahí, sobre tus espaldas. Nada tiene que ver con huir de un lugar, ni con perforarse o tatuarse, ni con conocer los más profundos rincones de la noche y el desfase. En todos estos oficios, Sarita es experta. No haces caso de sus violencias y hostilidades, y la tratas con cariño y apego, cosa que la desconcierta. Al final del viaje te regalará un collar de semillas rojas prometiéndome la buena suerte, y una trascripción al chino del origen germánico de tu apellido, Adal Bern, Oso Noble. Aunque probablemente no volverás a verla en la vida, llevas grato recuerdo de Sarita. Antes de llegar a Barcelona pierdes el collar de semillas púrpuras.

Pero la noche siempre sigue en esta Ciudad. Visitaste la discoteca BabyFace en la anterior estancia en Shanghai, harto como estabas de la vida nocturna occidental. En el BabyFace todo el mundo es chino. Hay dos ambientes de música, aunque la más exitosa es la pista de música trance. El ruido es ensordecedor e hipnótico. Las copas baratas. El ambiente muy juvenil. Alrededor de la pista central, varias zonas de butacas donde se emplazan grupos de aspecto mafioso. Vas en compañía de algunos miembros del staff español. Pedís copas. El sistema es similar en varias discotecas chinas. No se piden las copas en la barra si no a alguno de los innumerables camareros uniformados que hay por la sala. Estos apuntan, cobran la copa y desaparecen. Minutos después aparecen con los brebajes. JP y tú habéis pedido copas al camarero de turno. Toma nota, pagáis, desaparece. Ante vuestro asombro, no vuelve. Tras media hora de prudente espera hablas con otro camarero. Comentas el caso. Toma nota de las copas que queréis y pretende que vuelvas a pagar. Te niegas. Aparece en escena una especie de jefe de sala. Explicáis lo sucedido. La música es atronadora y la garganta empieza a quebrarse. Como no es fácil sacar nada en claro y, al cambio, las copas son realmente baratas, optas por volver a pagarlas. El jefe de sala, que hasta el momento había creído que vuestro discurso era un ardid de turista cutre para evitar el pago, se muestra mucho más receptivo. Te pide que reconozcas al camarero traidor. Recuerdas entonces que alguien comentó en el primer viaje a China que te abstuvieras de delatar a nadie que cometiera pequeños hurtos o incidentes delictivos, aunque tu fueras la víctima, pues las autoridades chinas no se andan con chiquitas. Aquí a la primera de cambio te fusilan o mutilan o te envían a un campo de “reeducación”, o castigan a tu familia. Decides olvidar el rostro del camarero manilargo. Cuando ya creíais el incidente olvidado, vuelve a venir el jefe de sala y suelta un discurso que no acabas de entender. Le propones abandonar el local y que explique en su rudimentario inglés, pero en el silencio de la calle. Al salir repite:-¿Qué os gustan a tu amigo a ti? ¿Las chicas o los chicos? He hablado con mi jefe de vuestro caso y me ha dicho que os ofrezca unas chicas- No das crédito a lo que oyes. O sea, que es más fácil ofrecer prostitución que invitar a unos chupitos, o devolver el dinero de las consumiciones malgastadas. Joder, cómo se las gastan estos de la mafia. Comentas la jugada a JP. Os vais del local. Es inevitable pensar con tristeza en los tipejos que debe haber por ahí dispuestos a aceptar una oferta como esta.

Los días transcurren más lentamente de lo que pensabas. La mezcla de neblina y resaca, hace que las mañanas laborales sean largas aunque el trabajo sea sencillo. Sólo hay que supervisar al diligente equipo técnico chino. Cuando sales del Museo empiezan las peores horas. Calor, bruma, polución, zozobra psicológica, desarraigo. Muchas tardes te pierdes cámara en mano, con los cuadernos de notas, en soledad, te apartas de los compañeros españoles, entre brumas chinas. Caminas por la comercial Nanking Donglu, o por los laberintos de la Concesión Francesa, o por la ciudad antigua.

Tienes los brazos muy peludos. Nunca había sido un problema tal característica del físico hasta llegar a China. En Nanking Donglu los niños se asustan o te dan tironcitos de los pelos, o señalan y comentan a sus madres. Los colegas chinos dicen que pareces un mono, y que el mono es un animal que trae suerte y felicidad. Tu signo astral chino es precisamente el mono. El director del Museo asegura pues, tus dotes artísticas ante tal conjunción primate bajo la cúpula celeste. Las chiquitas que vigilan las salas del Museo ríen a tu paso. Un día, levantas la camiseta para que vean que tienes también pelo en la barriga aunque no el pecho. Gritan y se desternillan. Cuenta Yang, una de las traductoras, que el pelo despierta morbo sexual. Decides, a pesar del sofocante calor, vestir camisas de manga larga por lo menos al pasear por el centro y en las salidas nocturnas.

Neblina, resaca, desasosiego por las complicaciones afectivas que esperan al regresar a casa. Caminas.

Uno de los lugares que más relajantes de Shanghai es la pequeña zona consagrada al diseño y la restauración bohemia dentro de la denominada Concesión Francesa. “Apartamentos art déco, mansiones y villas neoclásicas con pintorescos balcones y entradas”, informa la guía Lonely Planet. Gustas más del paseo por los callejoncitos no anunciados en las guías, no tan galantes como los que visitan los turistas, los cercanos al mercado de Xiangyang, donde se respira un ambiente de indulgencia y bohemia. Visitando esas callejas quedas prendado por una coqueta joyería atendida por una no menos coqueta joven. También vende ropa inspirada en los vestidos tradicionales, algún bolso, y bisutería. La joven embelesa con su manera de vestir mezcla de modernidad occidental y prácticas chinas. Su rostro es bellísimo, sus movimientos lentos. Habla muy bien inglés.

-¿Son tuyos los diseños?- preguntas intuitivamente

-Si. La tienda es mía y todo lo que ves lo he diseñado yo- contesta.

-Es muy bonito. Tienes mucho gusto. Eres una artista-

Te interesas por un collar de cuentas rojas muy sencillo. Preguntas si tiene dos. Dice que no pero que puede hacerlos en una hora aproximadamente. Adelante, aprovecharás para rondar el barrio. Sales de la tienda turbado por la belleza de su propietaria, y tras un paseo por las calles que ya habías paseado, te sientas en compañía de un té verde a leer un rato. Cuando regresas la porcelana hecha doncella tiene preparados los collares. Vas a pagarlos y te das cuenta de un estúpido error, has leído mal el precio. La diferencia entre lo calculado y el precio final es demasiado elevada. Optas por quedar como un idiota, pides perdón, y abandonas la tienda con el rabo entre las piernas.

Yang es pekinesa. Una excelente traductora, que habla muy correctamente el español. De hecho vivió en España una temporada. Pide que le traigáis todos los días la crema hidratante con la que obsequia el hotel. Día tras día se repite el ritual de la crema hidratante. Nada más llegar al Museo pregunta por la crema. Se la dais. Entonces extiende sobre sus brazos y manos el cosmético. En China, se puede ver en los anuncios de las televisiones locales, hay una obsesión por hidratar la piel y por la blancura de la misma. Cada vez que ves una chica bonita con la piel blanca protegiendo con sombrilla su pasear por las calles, piensas en la artesana de la Concesión Francesa y en su chasco ante mi estúpida torpeza.

Una de las cosas que más lamentarás de los viajes a China la descubres meses después. En un reportaje televisivo visto en la comodidad del hogar, muestran las penurias de muchas familias de origen campesino. Padres que se ven obligados a trasladarse a las ciudades abandonando a sus hijos al cuidado de los abuelos durante años. Familias desestructuradas. Trabajo continuo sin descanso. Fábricas abiertas todos los días. Hay familias que con la dieta que tú gastas en un día en Shanghai podrían solucionar varios meses de sus vidas. Te da asco tu ceguera. Podrías haber llevado una vida un poco más austera en los días chinos, podrías no haberte obcecado tanto por las trabas afectivas, podrías haber ayudado a alguna de esas familias.

En el hall del Hotel Marriot esperas la llegada del taxi que te sacará de Shanghai. ¿Volverás alguna vez a esta Ciudad? ¿Sabrás reconocerla el día que regreses? Empiezan las lluvias y los vientos. Es el tiempo de las gabardinas. Doce largas horas de vuelo hasta Ámsterdam. Allí, enlace a Madrid. Queda una semana de trabajo antes de volver a Barcelona. Echas de menos a las niñas. La vida de marino te condena a las melancolías. Navegar es una forma como cualquier otra de distraer a la muerte. Navegar es caminar sin patrimonios, sin fijar las huellas, sin saldos, es peregrinar hacia territorios en movimiento perpétuo.

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