Performance de un pie en reposo

El meu cap damunt la taula (Cêret, 1997)


Al violinista israelí Itzhak Perlman, que necesitaba muletas para subir al escenario, se le rompió en cierta ocasión una cuerda del violín mientras actuaba. En plena actuación, en el Lincoln Center de New York, el público se preparó para lo que prometía ser una larga interrupción que permitiera al violinista enmendar el incidente. Para sorpresa de todos, Perlman siguió con las cuerdas rotas. Al terminar el concierto recibió una enorme ovación y dijo: “¿Saben? A veces la tarea del artista es averiguar qué puede hacer con lo que queda”.
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El meu cap damunt la taula (mi cabeza sobre la mesa) es una fotografía que realicé en 1997, en un viaje de fin de semana a Cêret. Esa foto fue mostrada un año más tarde en la Galería de Arte Espais de Girona. En cierta forma la imagen supuso un punto de inflexión entre una etapa artística cargada de diletancias, y otra etapa en la que el dibujo y la fotografía iban a ser la médula de mis prontitudes. La fotografía como disciplina parecía en aquel invierno del 97, un medio excelente en el que verter las pluralidades que me sitiaban. Una especie de container en el que seguir siendo escultor, performer, pintor irregular, apologeta del espacio, dibujante, cronista, y todo lo que tuviera que ser, sin necesidad de comulgar con el medio. Utilizar la fotografía sin ser fotógrafo- me decía. Fui espectador de cómo este proceso de desfotografización de la fotografía me conducía a lo fotográfico con aparente desprecio epistemológico. Receloso (siempre es duro tener que convivir con aquel que nos ha desvelado nuestra torpeza), hice de la fotografía mi nueva compañera de viaje. Llevo siempre encima desde entonces la Rollei 35 o la Lumix de Panasonic (digital), y cuando emprendo proyectos de mayor calado, nunca olvido la Contax RST.Empecé a realizar fotografías de una manera más o menos sistemática, dossiers donde archivar las imágenes que me interesan, y textos explicativos. El texto es una licencia algo perversa que me permito. Rompo con él, la magia que se le supone a la imagen. Muchas de mis fotos son malas fotos, pero precisamente por eso preservan un espacio para la narración. El texto desacraliza las imágenes y las desnuda de intenciones. ¿Porqué escribir sobre una foto como El meu cap (no dicen que una imagen vale más que mil palabras)?“Uno de los aspectos que me atrae de la fotografía es el poder llevar la cámara a todas partes, algo así como transportar tu taller colgado del cuello.En un hotelito en Cêret, mientras Eva descansaba, empecé a fotografiarlo todo. Saqué negativos de rincones, objetos, texturas e insignificancias.Al ver la mesita de noche, decidí enseguida poner la cabeza sobre ella, como si la expusiera al certero corte de una guillotina. También pensé que, como tantas veces me ha requerido mi entorno familiar, por fin había sentado la cabeza”. (Texto de mi diario-archivo de 1999)Lo que la foto cuenta.En el centro de la imagen el actor apoya la cabeza sobre una mesita de noche. En el lado izquierdo de la fotografía se ve el final de una cama encima de la cual descansa alguna pieza de ropa poco definible, y la pierna de un pantalón color azul tejano. El pie de dicha pierna viste un calcetín a rombos.El lecho está cubierto por un edredón en el que preponderan la gama de los ocres y los negros.La mesita de noche tiene un aspecto falsamente rústico. Es de madera barnizada en tonos cerezo. De la mesa tenemos bastante información visual, al ocupar esta un espacio central en la composición fotográfica. Un pomo negro de aspecto mefistofélico cuelga del cajón.El lado derecho de la imagen está ocupado por parte del tronco del actor, vestido con una camisa azul; de un azul en sintonía con el resto de azules (es decir que curiosamente no desentona con el pantalón de la pierna yacente, ni con los rombos del calcetín que cubre el pie de dicha pierna, ni con la pieza de ropa que cuelga en el borde de la cama). Los tres botones de la camisa que podemos percibir en la imagen, crean una diagonal en la composición que se cruza en algún lugar fuera de la foto con la diagonal que describe el pie que yace. Ese hipotético triángulo equilátero que forman las diagonales da orden a la composición.El resto del espacio fotográfico lo ocupa el suelo del habitáculo donde está se realizó, y un fondo-pared, de grafías poco claras.El suelo de la habitación o cubículo es de una textura peluchosa, verde tostado. La unión entre el suelo, totalmente cubierto por esta textura y la pared final, queda resuelta por un zócalo de color madera cerezo.La iluminación es zenital. Dicha apreciación podemos corroborarla si nos fijamos en los brillos del óvalo que forman el rostro y la calva del actor, y en el brillo proyectado en el iris del mismo. Podemos inquirir que el foco de luz es único; todas las sombras que aparecen tienen una dirección.También se puede deducir la posición de la cámara fotográfica que tomó la instantánea. La situación del frontal de la mesita de noche en la composición fotográfica, nos induce a pensar que la cámara estaba fijada probablemente a la misma altura que la cabeza retratada, y a una distancia aproximada de un metro. Esto explicaría que la franja frontal de la mesita quedara algo elevada respecto al ecuador de la fotografía, y sin embargo veamos parte del sobre superior del mueble.Por otra parte, la posición del tronco del actor en el lado derecho de la fotografía indica que este se encontraba con toda probabilidad de rodillas con las manos en la espalda. Una posición similar a la que debían adoptar los ajusticiados por la guillotina o el hacha en tiempos pretéritos.La mirada directa del actor, la inexpresividad de su rostro, su cabeza postrada, anulan todo intento de visualizar acción alguna tras la forma fotográfica mostrada. Todo permanece “quieto” en la imagen. Diríase que el actor espera el suceso en pausa.Ni muecas, ni expresiones, ni acción alguna, sólo una vena que parte en dos los hemisferios del cráneo confiere tensión al rostro. ¿Confirmaría esa leve tensión la espera de lo venidero, o es simplemente fruto de la incómoda postura?¿Y ese pie al fondo?El pie pertenece a alguien que también reposa. Un reposo muy diferente al descanso del actor. La presencia del pie sugiere un descanso desinteresado. La persona a la que pertenece ese pie posiblemente descansaba con placidez. Aunque también es cierto que la verticalidad desafiante de dicha extremidad índica casi con toda seguridad que el personaje yaciente, no ha mucho que inició su descanso. Por eso tampoco el edredón presenta arrugas.El cúmulo de detalles que se pueden leer en la foto, nos incita a pensar que la imagen no es el producto de un ejercicio de premeditación. La fotografía no está realizada en un estudio, ni se han dispuesto los elementos para crear un discurso objetual perfectamente armónico. La foto es un compendio equilibrado de anomalías formales. Un equilibrio que ni siquiera la inexplicable presencia del pie consigue romper.La mirada del rostro sitiando al espectador, es la nota discordante. Esa mirada nos comunica conciencia del mensaje formal. La toma no corresponde a una acción (o posición) habitual. Nos encontramos ante una “pose”; y en gran medida se puede deducir que en el análisis de esa pose el autor ha querido situar su comunicado. Aquí hay performance.Lo que la foto no cuenta.El meu cap damunt la taula fue captada por la Contax RST, en el invierno de 1997 en un modesto hotel de dos estrellas de la población francesa de Cêret. En aquel momento la que entonces era mi compañera y yo no teníamos coche, así que tuvimos que marchar hacia Cêret en tren. Como desde Barcelona, Ciudad en la que vivíamos en aquel invierno, no parte ningún tren que llegue a Cêret, el viajero se ve obligado a ir hasta Perpignan, y luego coger un autobús o un taxi desde allí. Si el trayecto Barcelona-Cêret en coche a penas dura dos horas, en esta combinación de transportes públicos se tarda algo más de cuatro horas (con escala de una hora y media en Perpignan).Por eso, cuando llegamos por fin al hotel, ella se tumbó de inmediato en la cama y durmió una pequeña siesta. Yo no tenía tanto sueño aunque estaba cansado. Me descalcé, me lavé la cara, y empecé a curiosear por la habitación mirándolo todo a través del objetivo de la cámara. Hice varias fotos de las texturas y disposiciones espaciales de la habitación. Documenté todo lo que me llamó la atención de la estancia. Moví las mesitas de noche junto al cabezal de la cama acercándolas a la luz de la ventana, coloqué la cámara sobre una de ellas y la cabeza en la otra. Activé el disparador automático tres o cuatro veces, sin conciencia de que alguna de estas imágenes fuera a resultar de mayor relevancia que el resto de disparos del día, o incluso del resto de las fotos del fin de semana. Me convertía, eso si, en Operator (fotógrafo) y en Spectrum (objeto fotografiado), siguiendo la nomenclatura propuesta por Roland Barthes.Tradicionalmente (por lo menos así es en cierta tradición romántica del Arte) se admite como válida la tesis de que una obra de arte debe tras su significante, amagar un instante mágico. Barthes reconoce que las fotografías que le interesan son las que tienen un Punctum (punto de tensión) por el que la imagen trasciende. El pie yaciente de El meu cap damunt la taula es su Punctum, su elemento disturbante. El descanso del pie encierra toda la sinceridad de un acto cotidiano que no resulta ajeno al espectador. ¿Pero qué coño hace el pie ahí?Lo que sucede cuando a una obra de arte se le despoja de su “magia”; allí es donde quiero situar mi actividad artística. En el discurso tradicional el autor nos remite a la forma cuando le interpelamos para que explique el tema o el porqué de determinadas decisiones en su obra. Como si la obra pudiera ser en si y para si. Como si fuera un ente autónomo que merece una incuestionable devoción, como si no fuera el producto de una actividad. Yo pretendo anular todo indicio de romanticismo en la actividad artística. ¿Qué sucede cuando desvelamos todos los ritos y recovecos de una imagen? ¿Qué queda entonces? ¿Es posible agotar una obra? ¿Tiene sentido una actividad artística que agota obras? ¿El resultado de tal despojo es Arte?El meu cap damunt la taula surgió como ejercicio performático. Pero tras el revelado del negativo, la imagen cobró una dimensión fotográfica en absoluto prevista. La congelación de este instante, y no otro, captó el adecuado número de sucesos, el suficiente conjunto de atonías y equilibrios, como para que la foto destacara, como ya he dicho, sobre otras imágenes captadas ese mismo fin de semana.Dice Barthes: “la videncia del fotógrafo no consiste en <>, sino en encontrarse allí”, donde el suceso acontece.Más que fotógrafo soy observador de fotografías; aunque estas las haya realizado como autor, siempre hay algo ajeno en las imágenes. Siento debilidad por las fotografías hechas por aficionados. Me gusta encontrar el Punctum fotográfico hojeando álbumes familiares, o viendo instantáneas publicadas en los medios de comunicación. También me agrada sitiar ese instante de intensidad en las fotografías desechadas, o en los fotogramas congelados de films y documentales. Muchas veces se pierde la oportunidad de accionar el disparador ante la foto que el ojo ve. A menudo el disparador no consigue traducir el impulso inicial y la foto se pierde.Lo que sin duda denotan mis zozobras epistemológicas, son las limitaciones técnicas y una posible falta de escrúpulos, pero también una determinada postura frente al hecho fotográfico, y por extensión, frente al artístico.¿Qué es una foto? O mejor todavía, ¿es importante saber lo que es una fotografía para disparar una cámara, y anunciar esta acción como acto susceptible de ser considerado arte? Las respuestas son tan vinculantes, que prefiero pasar el testigo a autores de celebrado prestigio, para que resuelvan el entuerto. John Berger apunta que la fotografía es un momento de tiempo preservado, una técnica óptico-química que evita que ese instante pueda “ser borrado por la sucesión de más momentos”. La fotografía es para Berger, un quantum de tiempo (“Todas las fotografías han sido arrancadas de una continuidad”).Para Roland Barthes (a estas alturas el lector habrá comprendido que este autor es inspirador directo de muchas de mis diatribas sobre el hecho fotográfico) una foto es por encima de otras consideraciones, una “aventura”. Barthes sostiene que el interés de las fotografías reside en la capacidad de generar acontecimiento. El espectador puede mirar una foto en la que no verá nada. Para que una imagen exista, debe tener al menos un espectador que la “vea”. Pero quizás lo más notorio que señale Barthes, del que es fácil pensar que se acerca al hecho fotográfico con recelo y pocas simpatías, sea el considerar la foto como un acto de aproximación a la muerte; “…la fotografía repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente”. Por esa razón se explica que las fotos más antiguas son las más conmovedoras. En ellas queda retratado lo que alguna vez existió y ya nunca será. Es curioso observar lo bien que envejecen las fotos, todas las fotos, incluso las defectuosas o anecdóticas. El Tiempo, la Muerte, la eternidad. La fotografía acaba siempre siendo un documento. Ese soporte gráfico que nos trasciende.El meu cap damunt la taula es primero el documento de una acción. Es además, un suceso pautado con intencionalidad artística, el documento de una performance. Por aburrido que pueda parecerle al lector a estas alturas del texto, voy a seguir desvelando historias amagadas tras la superficie de la estampa en cuestión. Desnudando la superficie, acaso pueda matar al arte. Matando al arte, posiblemente hagamos sobrevivir al Arte. De eso, por otra parte, trata esta fotografía.Lo que el fotógrafo cuenta con cierto rubor.Cuando miro El meu cap damunt la taula (1997), me viene a la memoria el agradable fin de semana pasado en aquel invernal Cêret. La habitación que sale en la foto pertenece al Hôtel des Arcades, situado en la Place Picasso en un punto de ese bulevar de inmensos plataneros que atraviesan el centro de Cêret. El establecimiento está lleno de encanto. La familia Astrou Frères lo regenta con dedicación, y no desperdiciando la oportunidad de mostrar su devoción por el arte. Así, por doquier cuelgan óleos, dibujos, grabados, fotografías y pósters firmados, de los artistas que a lo largo de los años han ido visitando Cèret y/o exponiendo en su Museu d’Art Modern. El bar Le Pablo, anexo del Hotel, homenajea con su nombre a Picasso. Desde ese invierno, siempre que regreso a Cêret, me alojo en el bohemio establecimiento de los hermanos Astrou.Cuando miro El meu cap damunt la taula revivo mi devoción por el laberinto de calles de Cêret, por los apilonados edificios, por la gentileza de sus moradores, por el catalanismo algo folklórico, por el Canigó y las brisas pirenaicas. La belleza de Cêret alcanza a mi entender su plenitud en invierno, cuando los rigores de su situación geográfica invitan al paseante a entrar en alguno de sus cafés a tomar algo caliente, enfrascarse en lecturas y a dejar pasar el tiempo sin rumbo alguno.El meu cap damunt la taula no es un retrato. Es la impresión química de un interrogante. Los progenitores nunca vieron con buenos ojos que su vástago abandonara la prometedora carrera de arquitectura, para dedicarse al arte. Mi Padre recordó que entre los alaberns no había habido históricamente ningún mediocre, pero tampoco nadie brillante. Predijo un futuro artístico poco satisfactorio. Tener consignadas las limitaciones, me hizo cotejar las posibilidades reales de una producción artística. ¿Es plausible una actividad artística desde la limitación? ¿No es una frivolidad? ¿Se juega uno el cuello? ¿Debería sentar la cabeza y dejarme de estupideces artísticas?El rostro mira al espectador mirando a la cámara. Por tanto tiene un punto de conexión con el presente. Mirar al otro introduciéndole en la imagen, rogándole con la mirada que nos sustituya (pedirle que muera por nosotros). La mirada del otro nos hace vulnerables aunque nos mire desde una fotografía. Barthes dice que en la fotografía “el tiempo se encuentra atascado”, que es inactual. Pero algo de esa inactualidad se rompe cuando el Spectum nos mira a los ojos. El retrato de un rostro que mira al espectador, es la invitación al presente. El meu cap damunt la taula no es un retrato. Cuando me veo en esta foto, no me reconozco. Cuando mis allegados ven la foto me ven primero a mí. Pero después ven la mirada, ven los ojos del niño que fui, ven el rastro de lo acontecido antes de la foto, incluso ven lo que sucedió antes de mi propia existencia. Finalmente se ven a ellos mismos en esa mirada. Esta foto no es un retrato, por que ninguna foto es un retrato. Lévinas nos recuerda que es en el rostro del otro donde nos encontramos.La primera y única vez que expuse El meu cap damunt la taula, un amigo me llamó la atención sobre unos versos de Baudelaire:“La tête, avec l’amas de sa crinière, Sombre Et de ses bijous précieux, Sur la table de nuit, comme unerenoncule, Repose”.No tengo claro que es lo que verá en esta foto aquel que no me conozca. Sospecho que se sentirá observado por una mirada, invitado a recostar él su propio rostro, a sentar la cabeza. Creo que la foto de mi cara acabará desapareciendo de tan trivial que es. Creo que este rostro dejará paso al enigma de un pie que reposa.Bibliografía de referencia·Barthes, Roland. La cámara lúcida. Notas sobre la fotografía. Paidós Comunicación.Ediciones Paidós Ibérica, S.A. Barcelona. 1989.·Berger, Jonh/ Mohr, Jean. Otra manera de contar. Editorial Mestizo. Murcia. 1997.·Fontcuberta, Joan. El beso de Judas. Fotografía y verdad. Editorial Gustavo Gili. Barcelona. 1997.Freund, Gisèle. La fotografía como documento social. Colección FotoGGrafía. Editorial Gustavo Gili. Barcelona. 1993.Perec, Georges. Tentativa de agotar un lugar parisino.Beatriz Viterbo Editora. Buenos Aires. 1992.

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