lunes, 9 de marzo de 2009

Performance 5: Kriptonita

Estaría bien jugar la vida al revés; escribir el final del relato y luego ir hacia él.

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De alguna manera consumé mis vocaciones: quedé atrapado desde joven por el arte. En plena madurez, sigo, además, trabajando en arte y para el arte. Escribo, dibujo, gestiono montajes y museografías en un enorme Museo que acopia mil años de arte. Pero, ¿volvería a estudiar Bellas Artes? ¿Volvería a los cursos de arquitectura que abandoné a media carrera? No creo. ¿Estudiaría periodismo si pudiera volver hacia atrás? Posiblemente. Me asalta la duda, además, sobre si regresaré un día a la pintura, a una disciplina que abandoné antes incluso de licenciarme. No lo sé. Tocó ser artista marinero, artista del acto, artista en lo cotidiano. Y eso implicó convertirse en documentalista, actor, caminante, fotógrafo, antropófago, escritor, gestor, art-handler, vividor, ilustrador…
-Mediocre en poco, brillante en nada- dijo mi padre. Vale papá, lo que digas. En definitiva, fuiste tú el que me pusiste en movimiento. Sabrás tú, mejor que nadie, las tasas y los cánones que me toca pagar. ¿Qué quieres, papá? ¿Cómo asirme a una disciplina si las necesité todas? Dirás que tracé un gran bucle. Dirás que perdí el tiempo soberanamente (¿qué coño será eso de perder soberanamente el tiempo?) No te quito razón. Siempre tuviste mucha razón. Sea como fuere aquí me tienes, siendo un poco de todo sin escogerlo. Siendo un hombre a cachitos. Documentalista, performer, caminante, dibujante, narrador, art-handler, fotógrafo, marinero-pirata,…

Le pido a mamá que me deje leer sus cuadernos de notas, esos en los que explica la infancia de posguerra, la vida en el orfelinato, los desafueros, el dolor, la sustancia. Cuando se los pido, cuando por fin reúno las fuerzas para pedírselos, me los niega.

–Debería rescribirlos, hay cosas que no me gustan- me cuenta con desapego y repugnancia. Como si después de todos estos años ya no se reconociera en lo escrito. O todo lo contrario, como si cada renglón de lo que escribió fuera escrutinio de un íntimo desastre que no quiere rememorar.

Horror, si no puedo leerlos, esos cuadernos me hacen aún más daño.

¿Qué lluvia es esa que me oprime el pecho?

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La Kriptonita es un mineral cristalino fosforescente de color verde; emite una radiación que mengua las fuerzas del superhombre. “P me dejó un viernes sin previo aviso, rompiendo no sólo todas las expectativas de futuro compartido, sino induciéndome al mayor de los despistes”. Corría el año 96 del siglo pasado. Habíamos compartido siete años de desaforada relación. Necesité dos performances, un año de borracheras, encontrar un nuevo oficio y desaparecer de mis barrios habituales, para rehacerme de aquella ruptura. La primera performance llevaba por título “Filtro de Amor”, y la llevé a cabo en un pabellón de la feria de arte contemporáneo ARCO, en Madrid. Hierático, saqué un filtro de cafetera, lo extendí hasta que adoptó su característica forma troncocónica y, en silencio, fui situándolo en diferentes partes de mi cuerpo. Ese frágil cono de papel se convertía en altavoz cuando lo situaba en mi boca; de la boca pasaba al corazón, de allí al sexo. Megáfono de los afectos. Si lo giraba, el cono se convertía en embudo. Entonces concentraba los flujos que antes había emanado mi corazón, el sexo, el grito desgarrado de mis entrañas, y los reunía en un punto, y los volvía a meter dentro, a través de los sentidos, la vista, el oído, el cerebro,..Ante el público displicente, formado por estudiantes de arte, artistas emergentes, algún que otro performer amigo, espectadores ocasionales, repetí varias veces esos movimientos. Ojo, boca, corazón, sexo, cabeza,…En apenas tres o cuatro minutos di por acabada la acción.

En esas mismas fechas el artista Joan Casellas me pidió hacer una fotoperformance para un proyecto gráfico con otros performers. Diseñé la fotoacción “Corazón Binario”. Desnudo en el estudio de Casellas, pinté con lápiz de ojos mis lágrimas. Tatué un corazón y adherí números Letraset en su interior. El fotógrafo retrató. Hace más de 12 años. El recuerdo de aquellas acciones viene al caso.

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M y Yo, nos duchamos lentamente el uno al otro. Dejamos que el vaho llene el espacio. El pecado es probable que no se borre jamás, pero los ahogos y las multas se olvidan, se lavan. Nunca sospeché que en mujer alguna existiera una receptividad tan flexible como la que hay en M, capaz de ser guía y discípulo a la vez. El agua resbala deliciosamente por las pieles de M, por cada una de sus capas. Un hálito húmedo llena la estancia, nos rodea, nos embebe, nos aísla.

-Yo tampoco creo haber oído la lluvia-

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