lunes, 9 de marzo de 2009

P4: Performance de las cosas casi imperceptibles.

Performance 4. Performance de las cosas casi imperceptibles.

Fragmentos. Me fascinan los sondeos en superficie. Sin horadar la tierra, simplemente paseando territorios, los arqueólogos hallan indicios. A lo mejor un legajo antiguo documenta los sucesos de un lugar. Algo pasó en determinado paisaje, pero no se sabe por dónde empezar la excavación. Se busca el diagnóstico caminando una cota del territorio. Los trocitos que salen al encuentro relatan historias. Un pedazo cerámico, una piedra labrada, un plomo de trabuco, un metal oxidado…El sondeo en superficie le habla al arqueólogo del interés específico del lugar. Media docena de cachitos de historia, y el arqueólogo decide si vale la pena su prospección. Sospecho que con las personas pasa lo mismo. Nos fijamos en la mirada quebrada de un compañero de trabajo. Algo en las pupilas denota leyendas. Una frase inconexa, un verbo fuera de sitio. El tacatac de un lápiz sobre la mesa. Un titubeo. Un cambio de peinado. Un vestido nuevo. Nuestros sentidos sondean en superficie, y deciden si los trocitos que salen al encuentro explican cosas. Baudrillard decía que “también el pensamiento debe amoldarse a la curvatura de las cosas…” Sondeo las superficies. Recojo fragmentos de lo que me rodea. Estudio esos trozos. Indago el momento de excavar en profundidad.

Abril del 2005. Tokio. Cada objeto tiene su lugar, cada actividad su estricto horario; cada vestimenta tiene su pliegue, cada rincón ha sido diseñado para una precisa función; todo limpio, todo ordenado y pulcro; todo numerado, decretado, subyugado a una obediencia sin matices. Hotel lujoso. Por la mañana, cuando marcho del hotel, cambio de posición las toallitas, el dispensador de jabón, los cleenex,…pero mantengo un estricto orden que hace innecesaria la intervención de la gobernanta o camarera de piso. A pesar de lo cual, indefectiblemente, cada noche, cuando regreso, me encuentro las toallitas, el dispensador de jabón y los cleenex en la posición que marca el protocolo de limpieza del hotel. Me pregunto si la camarera habrá sonreído con mi juego.

Salgo del despacho y me adentro en la jornada laboral del enorme Museo en el que trabajo. He salido, silbando una tonada pegadiza. Una musiquilla pringosa es como una toxina que salta de boca en boca. Unas horas después, me cruzo con un compañero de trabajo al que no he visto en todo el día. Silba la tonada que lancé a primera hora del día.

Qué deprimente. Se sienta a mi lado un matrimonio anciano. Él es de esos hombres que siempre reniega y regaña a su mujer. Ella se lo toma a mofa, por costumbre o por desidia. Tengo cierta tendencia a ser gruñón, dice mi familia. Espero suavizarme, no quisiera llegar nunca al extremo de este energúmeno. Me pongo a ladrar. Voy subiendo el tono de mi ladrido hasta que el matrimonio anciano se sobresalta.

Recorto una foto de prensa en la que sale Marianne Faithfull fumando, junto a una taza de café. Una imagen de promoción de su último disco. Marianne debe tener unos 60 y tantos. Está guapa y decadente. Pego la fotografía sobre un fondo negro, sucio. Aplico ceras azules, negras y blancas en el rostro de la Faithfull. Ahora, tiene textura, tiene epidermis. Una piel que encierra historias; las suyas, las mías.

Dos piedras atadas con un cordón grueso tiradas al fondo de un lago. ¿Cómo saber qué deparará el destino de las profundidades a las dos piedras atadas? Fata viam inveniunt (el destino sabe guiarnos)

Me levanto una mañana pensando en una frase soñada: “Cuidado con las margaritas de Samarcanda”. No tiene mucho sentido. En el sueño, un derviche me la soltó en medio de una plaza de aspecto colonial. Todo muy extraño. Estaba en el vestuario de un gimnasio. Cuerpos bonitos alrededor. Una puerta metálica. La traspaso y aparezco en una plaza porticada con el piso de arena. El derviche de bigotes turcos danza frente a mí. Blande una espada curvada. “Cuidado con las margaritas de Samarcanda”. Decido convertir esa frase en un mantra y repetirla durante todo un día intercalándola en varias de las conversaciones de la jornada.

Baudrillard dice que California ya no es lo que era, que Roma tampoco lo es, que ya no hay ciudad imperial ni sociedad loca. ¿A dónde ir entonces? ¿A Berlin, a Vancouver, a Shanghai, a Samarcanda?

Salir un día de casa, con una mochila, los cuadernos de notas, el Breviario Mediterráneo de Matvejevic, unos pocos víveres, algo de dinero y la Rollei 35. Encaminarse a la Costa Brava y no regresar hasta haber conseguido el exvoto de un naufragio y la foto de un faro.

1996. Madrid. La enigmática LiWayWay me envía una carta: “Querido Lluís, voy a contarte la historia de una pequeña maldad mía. Hace un mes o dos le quité a mi amigo Pedro su Pilot Hi-techpoint V5 Extra Fine de color negro. Pedro es mi compañero de clase y mejor amigo de mi perro.
Un día, en un descuido suyo, me lo guardé, porque mi pluma se había quedado sin tinta. Era una maldad pequeñita. Pero algunas semanas más tarde, en Navalagamella, cuando Joaquín I. y tú intercambiabais direcciones, noté que se había agotado. También distinguí que tú tenías uno idéntico. Y cuando Joaquín quiso devolvérmelo, le dije que te lo diese a ti, que yo me iba a quedar con el tuyo, que era más nuevo y más flamante. Él estaba un poco desconcertado, pero te lo dio. Por eso, esta tinta con la que ahora te escribo, una vez fue tuya. LiWayWay”.

Dos libros. Tristes trópicos de Lévi-Strauss y Especies de espacios de George Perec. Intercalo la lectura. Leo un párrafo o frase de uno y paso inmediatamente al otro. Surge así un nuevo libro. “Odio los viajes y a los exploradores. Dos categorías que sirven para explicar toda realidad…etc”

Escribir a pedazos. Estar en territorio de nadie, acaso estar en territorio de nada.

Ducha temprana. Desayuno en familia. Luego, compro los periódicos y me tomo un segundo café en la Cafetería F. Este protocolo se repite casi todos los sábados. El paisaje asiste. La montaña lleva nevada todo el invierno. El ventanal enorme de la Cafetería F. se llena de montaña. Uno espera encontrar media docena de frases lúcidas en la lectura de periódicos. Un día aparecerá esa noticia que activa todos los resortes literarios. Una crónica que te atrapa y no te suelta, y te obliga a sumergirte, y quedas atrapado, y escribes sin parar hasta que tienes una novela.

“Tener hijos es la expresión definitiva de la esperanza”- dice Cate Blanchett.

En los pueblos suele haber alguien que recibe con más o menos injusticia el calificativo de “tonto del pueblo”. Los pueblos admiten mal a los tontos forasteros, pero ser el “tonto del pueblo” oficial es una categoría. En SC, pueblo en el que vivo, hay un par de tontos nacidos y reconocidos como tales. Uno siempre grita y juega a fútbol con los niños; pero de ese ahora no toca hablar. El otro es el tonto jardinero. Un hombre tranquilo de aspecto jovial, jardinero del ayuntamiento, que entabla conversación con todo el mundo, a pesar del talante tímido que enseguida enrojece sus mejillas. El jardinero tonto se toma un café en la Cafetería F. Habla con un hombre alto que le palmea con afecto la espalda mientras conversan. Cuando el alto se despide paga su consumición y la del tonto jardinero. Nuestro tonto presente se lo agradece y sale del bar con una sonrisa pletórica. No recuerdo haber visto en mucho tiempo expresión de tamaña felicidad. Casi diría plenitud.

Ensayo cuento gótico: Corro por los bosques. No es ni mediodía y sin embargo el trote se lleva a cabo en la semioscuridad que entretejen las ramas. Un fuerte viento tramuntanesco ha silenciado la vida en el bosque; también la luz. Es el Norte, el viento que viene de “tras la montaña”. Caen hojas y ramas. Árboles rotos. Acecha el peligro, lo noto.

Y leo requeteleo a Lévi-Strauss y va el tío y dice que “sólo queda una sociedad donde aquellos que no son capaces de nada, sobreviven esperándolo todo”, ¡el muy jodido!

He contado todo el tiempo que ocupan los errores que hubiera preferido evitarme en estos 40 años. Me salen aproximadamente unos siete años de error sumado. Mi rédito, por tanto, es de 33. No es que no haya errores en esos 33, pero son asumibles porque me construyen. Los doy por buenos. De los otros siete mejor no hablar. Son las cuatro de la madrugada, de nuevo insomnio.

Anna, que me lee siempre, dice que escribo desordenado. (Pausa). Vale, de acuerdo Anna. (Nueva pausa). Es que vivo desordenado. (Pausa larga). Vale, no es excusa.

Es curioso, veinte años después, regresar a la facultad de Arquitectura. Esta vez como ponente, ayer como estudiante. Todo ha cambiado para seguir igual: el bar feo pero barato, la copistería, la tienda de materiales, el grotesco y poco útil edificio de Coderch junto al mamotreto tardofranquista de la antigua escuela. Los alumnos son veinte años más jóvenes. Sus mentes no muy interesantes, aunque si alguno de sus cuerpos. Hay miradas intensas, pero les quedan muchas intensidades por vivir. Todos parecen preocupados por cómo traducir laboralmente su esfuerzo académico. Les hablo de performance, de que sean flexibles y duros como el bambú, que sean marineros en un mar en constante movimiento. ¿Porqué los apóstoles eran pescadores y no campesinos?

Busco en Youtube videos de Georges Brassens. Lo hago en horario laboral, para que esa música rebelde resplandezca. “Todos vendrán a verme ahorcar, / Salvo los ciegos, es natural”.

No me canso de leer los relatos de Hemingway, ni de comer chocolate por las noches.

Inscribí un cero con diéresis en una hoja de papel reciclado. Esa cifra travestida de letra la secuestré del bucle-cinta de möebius y de las regiones imaginarias de Tlön. Con el papel hice una bola que guardé en el bolsillo y trasladé conmigo durante varios días. Un intento más de conminarme con la religión que busco. Tras un periodo más o menos largo, cuando vi que la hoja estaba demasiado arrugada, la introduje dentro del Antiguo Testamento para aplanarla. Allí estuvo un tiempo. Bien, pues ni aún así conseguí tener un espíritu ecuánime y abierto a lo trascendente. Y eso que la tradición hebraica dice que en las letras que son números habita el aliento de lo Absoluto.

Invento una conversación con Wim Wenders. Utilizo para ello las declaraciones del director en el press-book de la película Der Amerikanische Freund (1977).
-Cuando uno se sumerge tan profundamente en una historia escrita por otro se da cuenta más deprisa de cuales son sus puntos débiles, pero también de dónde está su fuerza-
-¿Pero no crees que en el cine actual Wim (como la charla es inventada me permito tutearle), la imagen está demasiado supeditada al texto ajeno?- pregunto.
-Cuando leo un libro desarrollo también el deseo de hacer una película. (Silencio). O de inventar. (Nuevo silencio). Yo considero mi trabajo más como una documentación que como una manipulación. Me gustaría que mis películas tuvieran que ver con el tiempo, con la época en que son rodadas, con las ciudades, los paisajes, los objetos, con todos los que trabajan en ellos, conmigo mismo-

Perderle el miedo al presente, es clave. Os lo juro.

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