lunes, 9 de marzo de 2009

Performance 3: El Tarambana








Performance 3. El Tarambana.

Pongamos por caso que en junio del 2000 el jefe de redacción de la revista en la que trabajas te encarga un par de ilustraciones para un artículo sobre la figura del filósofo rumano Emil M. Cioran. El encargo es un poco precipitado, como, por otra parte, suele ser habitual en la relación entre el rotativo y el dibujante de prensa. El tema enrevesado. Te demoras en la entrega del dibujo tanto como puedes, acercándote peligrosamente a la fecha de vencimiento. Revisados los pocos textos de Cioran que alberga tu biblioteca, después de leer y releer el escrito hasta el aburrimiento, te adentras en los despeñaderos que propone el filósofo. No sabes que dibujar. Vagando entre los grabados de Goya, ejercicio que practicas cuando no sabes que dibujar, te topas con el vigésimo sexto de los “Caprichos”. Mujeres de vida alegre, “casquivanas” con extraño tocado esperan recuperar el juicio perdido. Sostienen con la cabeza sillas de mimbre. Con trazo enérgico sitúas un alter ego sobre el papel y le pones una silla en la cabeza. Dibujas un horizonte nocturno, que es el horizonte de las quimeras, y una luz fuera de cuadro proyecta la angustia hecha sombra bajo los pies del personaje. Nace así un dibujo sobre Cioran de inspiración goyesca que, además, te autorretrata. Bingo. Tiempo después de ser publicado, el dibujo reclama ser titulado El Tarambana. Vuelves al juego de un yo abstruso revirando la exigencia familiar y social de “sentar de una vez para siempre la cabeza”. En esta ocasión has sentado una silla sobre tu cabeza dibujada, algo confundida por la aridez de Cioran. Tienes un dibujo.

El Tarambana queda olvidado en los archivos. El verano del 2001, subes al paisaje pirenaico con el pintor Perejaume. Habláis largo y tendido sobre como el dibujo es el medio de expresión que tiene el territorio para formularse. El dibujante es un medio. Te domina esta idea durante una noche lóbrega en la que te preguntas cuál es el paisaje que se dibuja a través de ti. Luego visitas el estudio que Perejaume tiene en el Montnegre. Te llevas contigo El Tarambana. El dibujo se queda allí unos días. No imaginas mejor lugar para él. Después llevas al Tarambana hacia el Baix Empordà, emplazamiento donde periódicamente te escondes del ruido de la polis. A la vera del mar. Caminas por Tossa de Mar, Calella de Palafrugell, Begur, la desembocadura del Ter, L’Estartit, las Islas Medes. Es el verano del 2002. Una mañana paseas el dibujo por las calles de Torroella de Montgrí, villa histórica que conserva un trazado urbano del medioevo. Quieres ver si el dibujo comulga con los pórticos, la piedra, los callejeros pretéritos. A finales de verano visitas con el dibujo la curiosa galería de arte que Clara G. tiene en Camallera. Conduces por un atajo que cruza el parque del Montgrí, huyendo del viento de garbí para encontrar la tramuntana. Piensas que quizás el Tarambana pertenece a los vientos del norte y por eso conduces desde garbí a tramuntana. Te pierdes por caminos de cabras recordando otra frase de Perejaume: “el paisaje siempre tiene razón”. Llegas a Camallera. Clara, gestora de un espacio dedicado a las artes en medio de la nada, una especie de galería de arte-granja, se entusiasma con la idea de pasar unos días con tu dibujo. Luego te cuenta que se quiere ir a Argentina y pregunta si el dibujo se puede ir con Ella. Accedes, aunque no te apetece separarte del dibujo. La crónica argentina del Tarambana queda por hacer, pero Clara te cuenta que el dibujo viaja hasta el templo de la Difunta Correa, santidad local sin parangón en el cristianismo europeo. Te explica la leyenda de esta Santa apócrifa que murió de sed con su bebé en las manos, y que al encontrarla, todavía amamantaba a su pequeñuelo. Un símbolo de la vida que surge de la muerte. Humus. Donde feneció la Difunta Correa, las gentes humildes construyeron un templo, plagando los alrededores de exvotos en forma de casita, viviendas a escala donde habitan los deseos y las debilidades del ser. El Tarambana ya no es un dibujo- piensas. Tienes una performance.

Meses después llevas el Tarambana a la galería Espais de Girona. Es un paso lógico, llevar el dibujo a una ciudad laberinto. Dejas 24 horas el dibujo en esa galería de arte. Entonces pasan dos años más. Y ya es el año 2004, y un amigo escritor; Jorge Carrión, se va de viaje largo por las américas. Y lleva consigo al Tarambana en versión bolsillo (fotocopia plegada), y te escribe una nota desde la lejanía:

“El Tarambana nació y en el parto estuvo Goya. El dibujante evocó los grabados más oscuros del Pintor y su propia ironía al concebir a un hombre sentado con una silla en la cabeza. Sin saberlo, imprimía también a su creación cierto talante viajero. El Tarambana se asienta en un territorio y transporta el instrumento para sentarse en otro: sus sillas son intercambiables, como lo son las del viajero, por su naturaleza eminentemente mental. Lo goyesco trasciende la plástica para devenir ética: testimonio de un itinerario (Los Desastres de la Guerra) o reflexión sobre lo atávico y lo cultural (Los Caprichos).
Por eso yo no podía suscribir la génesis intelectual del primer Tarambana. Estaba ligado a Cioran (desacreditado a mis ojos por su pasado fascista) y a Perejaume (cuya obra artística no conozco, aunque si sus actos de homenaje a Verdaguer, concebidos desde una exaltación y un trabajo del paisaje que no comparto). Así pues, le propuse al dibujante crear un clon del Tarambana, vinculado sólo de raíz a Goya, abierto a una singladura que empezara tres días después de su propuesta.
El clon Tarambana es un proyecto de investigación del vínculo entre ser humano y territorio, desde la óptica del viajero, con su extrañeza, su distancia y su nunca suficiente madurada composición de lugar”.

El escritor regresa de su viaje y quedas en verle. Pero no le ves. Y de repente pasa otro año. Y durante ese tránsito te divorcias de tu mujer. Te llevas gran parte de la biblioteca, la colección de juguetes ópticos, dos tallas africanas, una manta vieja y el dibujo del Tarambana. Te vas a vivir junto a los bosques pero a pocos kilómetros del mar, y escribes que “transitar no es una forma de vivir menos comprometida que el habitar”.

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Arrastras desde hace días un fuerte trancazo. No hay fiebre pero te ahogas en mocos y toses. Si no hay fiebre no hay alerta- te dices. Odias los hospitales y médicos, así que optas por la automedicación. Como en casa sólo quedan restos de anteriores gripazos, antinflamatorios, gelocatiles, iboprufenos, paracetamoles y jarabes homeopáticos, decides inventar un tratamiento a base de tomas periódicas de esos restos de serie (antes de empezar, por lo menos, tiras los medicamentos caducados). Experimentos punibles, lo sabes. Pero es tu trancazo y haces con él lo que te da la gana. Para eso eres performer. Derecho a jugar con el cuerpo, con el azar y los virus, reclamas. Lo peor es la duermevela en la que se anegan las horas, que no te deja salir a correr montes, ni te deja leer en condiciones, ni dibujar, ni escribir. Bueno, al escritor uruguayo Mario Levrero si que le sigues leyendo. Los virus le sientan bien a esa lectura. El uruguayo hubiera creído probablemente que tus trastornos son invenciones, admirables soluciones creadas por el inconsciente para sobrevivir, la consecuencia de la historia personal, el precio que pagas por tu libertad. Levrero se destruía en vida por que admitía no conocer las herramientas con las que construirse. Levrero se machacó el cuerpo hasta la muerte, pero tenía las santas narices de recomendar a los jóvenes que no se desintegraran en alcohol, tabaco, sexo ni drogas. No hay nada por ahí que te libere del peso- decía. Por fortuna ya no eres tan joven. Y tienes un dibujo. Sabes que puedes descolgarlo de la pared cuando quieras y salir, y ponerte a caminar.

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