lunes, 9 de marzo de 2009

Paréntesis Mediterráneo (2007-2008) (texto)

(Vives un tiempo bisagra. Menos mal que existe Der Unbestand ist ihr verwardt de Adam Krieger. Esa melodía te salva. Menos mal que existe el pimiento rojo. Morder un trozo de pimiento rojo crudo te hace feliz, o te recuerda la felicidad. Menos mal que existen las caricias a un bebé, pues sino la remembranza de todas las caricias que perdiste se haría insoportable. Menos mal que existen los amigos que uno ni imaginaba, las palabras que se convierten en abrazos cuando uno más los necesita. Menos mal que siempre vivirá el crepitar de las ramitas y hojas cuando uno camina o trota por el bosque. Menos mal que el mediterráneo siempre espera nuestro regreso.

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Abres el Tao por una página cualquiera. Lao Tse dice: “Quien se disminuye crecerá; quien se aumenta disminuirá (…) Sólo la nada se inserta en lo que no tiene grietas”.

Avanzas páginas y preceptos sin orden ni concierto:

La felicidad reposa sobre la desdicha; la desdicha incuba bajo la felicidad.
La cosa más difícil del mundo se reduce finalmente a unos elementos fáciles.
La obra más grandiosa se realiza necesariamente por actos pequeños.
A menudo un hombre que emprende un negocio fracasa justo en el momento de acertar. Aquel que permanezca tan prudente al final como al principio no fracasará en su empresa.

El viaje de mil leguas comienza por un paso.

Quien se bate por amor, triunfa;
Quien se defiende por amor, resiste,
Pues el cielo le socorre y le protege con amor.

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Dice Jules Renard en su diario: “La verdad no siempre es arte. El arte no siempre es la verdad, pero la verdad y el arte tienen puntos de contacto; yo los busco”.

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Ahora, puedes empezar a escribir.


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Acababa de nacer cuando M te instó a oler al retoño. Olía a algo remoto, a óleos añejos, a perfumes acerados que te quedaron para siempre fijados en la memoria. Después de las horas de dolor y sangre, después del esfuerzo ímprobo por traer al mundo un arrapiecito tan minúsculo, ese olor se cincelaba en el alma.

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El minutito. Cada noche, cuando regresas a casa encuentras al bebé que un día tuviera el cuerpo cubierto de ceras almizcladas. A los dos años de su alumbramiento, la pequeña Lucía es torbellino de energía y simpatías. No siempre uno está a la altura de tanto brío. Cuenta con sus jergas vernáculas lo acaecido durante el día. Destaca el hecho que más le haya impresionado con enormes titulares y cacofonías. Entras en casa y enseguida grita “papá, papá” para inmediatamente explicar, por ejemplo, “aquí, pe, pupa, ahh, ahhhh!!!”. –Si, mi pequeño tesoro. ¿Así que te has dado un golpe en el pie y te has hecho pupa? Ven que el papi te cure con un beso-

El ajetreo a esa hora de la noche es considerable. Lucía está cansada, y su madre también. Todos cansados, pero Lucía solicita arrojos infinitos. Baños, luchas para ponerle el pijama, el mismo juego cada noche (ese de los ratoncitos de madera que van perdiendo trozos por toda la casa) para conseguir que cene. Luego biberón sobre los brazos de mamá, y al final, el minutito. –Bueno cariño, despídete del papi, que nos vamos a dormir-. Siempre que M insta al bebé a marchar a su cuna, Lucía corre y se lanza a tu regazo. Te regala un minuto diario en el que disfrutar de su cuerpecito totalmente relajado sobre tu pecho. En las noches de verano dejas el torso desnudo para acoger ese pedazo de limbo y olvidas la existencia. Un minuto en el que se te permite morir y renacer un poco. Un minuto para comulgar con los viejos ancestros, para cantar los anhelos, para pensar que las utopías son posibles. Un minuto que es un cosmos, un minuto que no se acaba, un minuto que te prende.

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-¿Porqué soy tan alta?- pregunta Maria cuando la acompañas a dormir. -¿De qué me sirve ser tan alta?; yo no quiero ser tan alta; soy de las más altas de la clase-

-Todos somos diferentes. Hay gente alta, los hay bajos, gorditos, negritos, calvos. Yo soy calvo y me encanta. No pierdo ni un instante en secarme el pelo cuando salgo de la ducha. Me gusta pasarme la mano por la calva totalmente rasurada. Aunque a veces me gustaría tener flequillo y poder soplarlo como Brad Pitt- improvisas.

-Es verdad; qué gusto da pasar la mano por tu cabeza. Pero, ¿de qué sirve ser alta? ¿Quién es Brad Pitt?-

-Sirve, por ejemplo, para poder ver por encima de la gente cuando estas en un vagón del metro repleto. O sirve para imaginar que puedes tocar las estrellas. Sirve para visitar países en los que todo el mundo es muy alto y no parecer turista, o para jugar a ser un gigante cuando visitas a los gnomos del bosque. Sirve para ser la primera en decirle hola al sol, y para ver los barcos más lejanos en el horizonte-

-Si, también sirve para ser modelo; pero yo no quiero ser modelo-

-¿Y qué te gustaría ser?-

-Quiero ser maestra de niños pequeños. Ah!, está bien ser alta, para poder vigilar a todos los niños en clase-

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“En lo más profundo del invierno, finalmente aprendí que dentro de mí se encuentra un invencible verano”. (Albert Camus)

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Como decíamos ayer, “el hombre lo vive todo a la primera y sin preparación”. La frase es demasiado redonda para ser tuya. La escribió Milan Kundera, también ayer, en la no menos esférica La Insoportable Levedad del Ser. Has leído unas cuantas novelas redondas. La de Kundera tiene lo que podríamos denominar una redondez eslava. “¿Qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma?”. Lo dicho, Kundera cuadra la redondez. Por eso la vida parece un boceto en falso, un boceto que no es el paso previo para nada.

En Kundera hasta el nombre es redondo. Kun-de-ra. “Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto”. Oblongo, jodidamente bola, Kundera. Con periodicidad te asaltan las ganas de leer un libro esfera, una de esas novelas o ensayos cuya redondez le hace a uno sentir la necesidad de llevar a cabo una vida bola. A Sangre Fría de Capote, Últimas Tardes con Teresa de Marsé, Ébano de Kapuscinsky, son obras redondas. Pero su redondez no es eslava. Bueno, la de Kapuscinsky un poquito.

“La idea del eterno retorno es misteriosa…” ¡Hostias! ¡Es que hasta la maldita primera frase de la puta novela de Kundera es perfectamente esférica!

“La idea del eterno retorno es misteriosa y con ella Nietzsche dejó perplejos a los demás filósofos: ¿Pensar que alguna vez haya de repetirse todo tal cual como lo hemos vivido ya, y que incluso la repetición haya de repetirse hasta el infinito! ¿Qué quiere decir ese mito demencial?” – grita esférico en el primer párrafo, un Kundera henchido en su eslava redondez.

Capote también tiene nombre bola. Ca-po-te. A Sangre Fría es la única novela que te da miedo cada vez que la afrontas. La leíste por primera vez un verano que tus padres habían alquilado una casa rural en Los Pirineos. La masía estaba aislada. La oscuridad os envolvía. Sólo el chasquear de las lenguas del fuego en la chimenea, rompía la mudez de la noche. Capote se te metió hasta el tuétano y ya no volvió a salir nunca. A Sangre Fría enseña que el terror está en cualquier sitio, y no demanda motivos para germinar. Enseña que el terror es absurdo, que el miedo puede anidar en la prosa de un escritor que espera ansiosamente que sus personajes mueran para poder escribir el final de su novela. La Insoportable Levedad del Ser…no sé, simplemente molesta, jeringa. Es de una redondez que cuesta admitir. ¿Cómo consentirle a Kun-de-ra que nos recrimine nuestra incapacidad para amar precisamente porque “deseamos ser amados, porque queremos que el otro nos dé algo (amor), en lugar de aproximarnos a él sin exigencias y querer sólo su presencia?”. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación, por eso la vida se llena de continuos fracasos. ¿Cómo aceptar que el puto Kun-de-ra nos remita al mito de El Banquete de Platón para recordarnos que en la noche de los tiempos los hombres eran “hermafroditas y Dios los dividió en dos mitades que desde entonces vagan por el mundo y se buscan”?

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¿Y cuántos cuadernos van ya? Escribes cuadernos para ver. Cuadernos para estudiar el detalle. Cuadernos para olvidar amores. Cuadernos para cantar pasiones. Dibujas en cuadernos. Viajas con cuadernos. Fracasas entre los renglones y trazos de muchos cuadernos. Le regalas a Madre dos cuadernos para que narre su infancia. Lo hace. Pasa varios meses escribiendo sin tapujos, perforándose las entrañas. Mamá y sus tres hermanos fueron abandonados cuando el abuelo murió por una tuberculosis. Contrajo esa enfermedad en un campo de refugiados en Francia, al huir de la entrada de los nacionales en Barcelona. La abuela enloqueció y desapareció. Todo el mundo la creyó muerta, pero casi 40 años después se supo que había marchado al sur, y allí fundó otra familia. Mamá descubrió con más de 50 años, que tenía cuatro hermanos más en un pueblecito de Granada. Todavía nunca tuviste agallas para leer esos cuadernos en los que todo se explica. Al desaparecer la abuela, Madre y sus hermanos fueron repartidos por diversos orfelinatos de la Ciudad. Lo que aconteció a partir de ese momento es una crónica negra de la peor de las españas posibles. No tienes agallas para leer esos cuadernos, aunque sabes que allí se encuentra la clave. Lo dijo un analista al consultarle por las numerosas rupturas sentimentales de tu vida y las curiosas coincidencias entre ellas: - es probable que busques mujeres que te abandonen o que fuerces ese abandono, como método subconsciente para purgar el dolor que padeció tu madre durante la infancia- dijo.

No sabes transitar la vida sin llevar un cuaderno encima. Todo vale si cabe en un cuaderno. Sólo existe lo que dicen los cuadernos. Aunque luego, cuando pasan los años, uno relee lo escrito y no se reconoce. ¿Quién es el que escribió esos tiznes negros? ¿Quién diablos es ese?

Qué hacer con tanto cuaderno. ¿Cortarlos a cachitos? ¿Desordenar aun más todas las anotaciones vertidas en los diez mil cuadernos y tejer un patchwork? ¿Quemarlo todo?

Pesan los cuadernos. No sólo los de Madre.

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Ya lo pensó Torres-García: ¿Y si mi norte fuera el sur?

A Torres-García le perdonas todo. Es un artista enorme al que siempre aceptas tal como viene. Torres-García viene como le da en gana a Él, dice lo que le place y hace pintura, textos, juguetes, imparte clases, con total convicción, sin temor a ser contradictorio, iracundo o injusto.

“Haced vuestro camino solos; sed cada uno de vosotros un camino. Entrad y salid de todas las casas; tratad a todos los hombres”.

“Como los días, así han de ser diferentes vuestras obras”.

“Acabada vuestra obra, acabada vuestra misión”

Consejos a los artistas de 1917. Planea la sombra de Nietzsche, es cierto, pero merecen ser revisados estos textos centenarios.

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Las tardes de los jueves en el Santa Marta.
Encuentro semanal en bohemio local de la Barceloneta. Bodega pirata, taberna de mesas desvencijadas, sillas desparejadas, pintura naïf colgada por doquier, atractivos camareros, parroquia moderna. El viento limpia constantemente, bar marino, los cuerpos tatuados se suceden. Música lounge. La playa, las palmeras, la fauna frikie de la Barceloneta.

-No le cuentes a nadie lo del Santa Marta. Que sea nuestro secreto-

-Lo que quieras Gitana-

Aquí en el Santa Marta, cada jueves de verano, encontráis las texturas. Los pies descalzos se tocan bajo la mesa. El vaso de mojito deja redondeles de agua helada encima. La mano se enreda en el pelo tarifeño de M. Llegan los lejanos olores del café de Hafa.

Tras un año de arritmias, tras la ruptura que os separó unos días, el Santa Marta os reencuentra al uno con el otro. No hubiera sido posible este verano sin el Santa Marta. Ni sin el mediterráneo de Caldetes, ni sin Mallorca, ni sin las rocas de Tamariu, ni sin tu bello cuerpo de flaquita. Sin el mundo en la mirada flaca, sin las heridas y las cicatrices. No hay verano sin las risas de las hijas, no hay verano sin los libros compartidos. No hay verano sin la piel bronceada por el tiempo. -Tu pasado me llena de paz. Bórrame el bagaje, Gitana. Bórrame el futuro. Quítame la angustia. Pídele otro mojito a la camarera de los ojos latinos. Pídele a los días que siempre sea jueves en el Santa Marta-

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La inmersión a pulmón libre en las calas mediterráneas es lo que más se parece a volar en infinito líquido. Planear sobre los acantilados sumergidos, seguir el aleteo de las doradas, bracear al ritmo pausado del baile de las algas. Bucear es volar en el silencio azul. “El buceo requiere más esfuerzo y más audacia que la natación. El deseo de practicarlo proviene de una voluntad o pasión más fuertes. Las posibilidades del buceador son limitadas, las profundidades marinas son inalcanzables”. Lo dice Predrag Matvejevic en su Breviario Mediterráneo, el libro del verano, acaso el libro del año, el libro de todos los próximos veranos. Bucear entre las rocas de Tamariu o en las costas mallorquinas es rendir pleitesía al hacer de los pueblos que navegaron el mediterráneo. Aunque Jean-Albert Foëx en su Historia Submarina de los Hombres, afirma que poco tiene que ver la navegación con la historia del hombre bajo el mar. Mientras la navegación es una historia colectiva, la inmersión proviene de un anhelo individual, es una aventura solitaria. “Para decidir esta aventura hacen falta los móviles más poderosos, aquellos que ejercen sobre el ser irresistibles e insistentes presiones: el hambre, el amor, la sed de riquezas, un cierto grado de locura”, escribe Foëx.

Quizá la experiencia submarina dispense al individuo de cierta posibilidad de redención; quizá la espirosofia del buceador transforme su alma. “En el agua, el buceador se encuentra en equilibrio hidrostático indiferente, es decir, que el empuje del agua equilibra el peso del cuerpo. ¿Tenderá el empuje del espíritu bajo el mar a equilibrar y abolir el peso de las necesidades terrestres?” (De nuevo Jean-Albert Foëx).

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La difusa luz que penetraba por la ventana ponía una ocre luminosidad sobre la escena. Desnudo, arrodillado sobre la cerámica de la bañera, se dejaba enjabonar por Ella.

-Es mi regalo, es mi amor hecho tacto- le dijo. Él permanecía en silencio.

-Túmbate- ordenó.

Sus férreas manos masajeaban la musculatura de las piernas, buscaban guiar la voluptuosa pasividad del baño. Él se dejaba sumergir en ese rito, en ese mar célibe en el que sólo nadan los que se aman sin prisa. La esponja recorría cada rincón sin apenas pudor. Las esponjas no se mueven ni tienen pudor en estado natural, sólo se mueve el mar a través de ellas. Las esponjas disponen de todo el mar y de todo el tiempo, escribe Predrag Matvejevic. Y Ella, sabedora de las artes marinas, aterciopelaba la piel de Él enjabonando en seco la tez amada, como tildando la creencia de Hegel que afirma que los melancólicos son ricos en espuma. Se inclinó sobre el cuerpo masculino para frotarlo con delicadeza.

-Tienes unos pies bonitos, y unas piernas fuertes-

En el Japón tradicional las esposas bañan a sus maridos. Se diría que el ritmo del tiempo oriental perpetúa los estremecimientos. Es difícil para un japonés describir los sentimientos. Pero hasta el más ínfimo de los detalles del día, se puede ritualizar para despertar las ternuras. A través de aquella esponja que contenía los mares, emanaba el tierno ardor afectivo que se profesaban. Él se dejó dominar por el calor y la dulzura. Mientras, las manos enjabonadas de Ella apresaban su sexo excitado. Él pensó en si era justo aquel bienestar.

-¡Qué bella eres!-

El cuerpo masculino deseaba sentir el dulce calor del cuerpo fémino. Un baño de agua tibia aclaró las espumas que le cubrían, que le brotaban.

-A menudo se repite el sol- pensó. A menudo se repite la espuma de las olas, los vientos, los ojos cetrinos. Casi siempre el mar ha ayudado a los amantes despechados, a los reencuentros entre amigos y pueblos, a los ardores y las lascivias. Durante mucho tiempo el mar fue un misterio para los cuerpos que se embrollan.

-Gracias por el baño, gracias por llenar de espuma marina este pequeño mediterráneo-.

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“Casi todos los náufragos supervivientes tienen en su casa un ex voto en la pared y al lado una foto de un faro”. Tarea que resolver antes del otoño: Fotografiar un faro y colgar un exvoto en alguna pared de la casa.

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“En cualquier lugar visible, de una escena a otra, de un acontecimiento a otro, empieza el relato del mar y la costa, de las islas y de la soledad, del cuerpo y la prisión, de las olas y los vientos, de los ríos y sus desembocaduras, de nosotros mismos: los rituales de la partida y del retorno, los palimpsestos de las salidas y puestas del sol y de la luna, las parodias y los énfasis cotidianos e históricos, el movimiento en círculo y nuestro intento de salir por fin del círculo. Las razones de la navegación por el mediterráneo nunca se han conocido del todo; ¿quiénes son en realidad los que zarpan, por qué se van, qué esperan?”.

Lo malo de que Matvejevic escribiera este redondo párrafo es que ya nunca podrás escribirlo tú. Como un monje del cister, te limitas a copiarlo muy despacio para saborear todo el fuego y el veneno, en mayúsculas, en un cuaderno oriental que te regalaron hace dos abriles. Dice Matvejevic que la gente del norte suele identificar el mediterráneo con el sur. “La mediterraneidad no se hereda, sino que se alcanza”. La mediterraneidad es un honor, no una ventaja. “No se trata sólo del pasado o de las tradiciones, la historia o el patrimonio, la memoria o la pertenencia. El mediterráneo es el destino”. ¿Qué quieren que les diga? Predrag Matvejevic redondo. Nunca dejaras de leer Breviario Mediterráneo. En las páginas de este libro encuentras. Y a buena fe que andas perdido de un tiempo a esta parte.

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En casa de los suegros siempre tienen un bol con las hortalizas en remojo a la espera de que hagas la ensalada. No entiendes muy bien qué día empezó esa tradición que por otra parte te congratula.

-Luis, hijo, cuando quieras puedes hacer la ensalada- reclama Maru.

Taqueteas el pimiento rojo crudo, el pepino, cortas a rodajas o en forma de estrella; aclaras lechuga y escarola, las troceas a mano. Aceitunas, maíz, frutos secos, a veces queso manchego o queso fresco de cabra, manzana…añades a tu antojo, mezclas el conjunto. Entonces, Maru, que es la encargada, con sal gorda, aceite de oliva y vinagre de Módena vaporizado, lo aliña todo.

Comenta Matvejevic que los exegetas de la tradición árabe destacaban la diferencia entre el viaje exterior y el interior. “El recorrido de Ibn Batuta por el mundo difiere del viaje sufí de Ibn Arabí, que de la costa de su Murcia natal…viajó hacia su propio interior, hacia Alá, con una luz (Nur) más intensa que la que resplandecía en su patria, en busca del azufre rojo”.

Cortando hortalizas sobre la tabla de madera, viajas desde el Guadalquivir natal de Maru a las costas levantinas, de las islas griegas a Marruecos, del verano napolitano a las infancias en la Costa Brava. Troceando tomates y lechugas los caminos mundanos se te cruzan con los eternos.

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“Diversos registros, estratos o palimpsestos, uno al lado de otro, enlazados, horizontales y transversales, ayudan a penetrar más profundamente en el mar, en su pasado y en la historia”.

Trocear hortalizas, mojar pan en aceite de oliva vertido en un plato de loza blanca, comer queso feta y aceitunas negras, dejar que afloren los palimpsestos de la historia mediterránea; el huerto de Getsemaní, el olivo y la higuera en el Corán, la oliva negra que, como decía Lawrence Durrell, y parafrasea Matvejevic, es “un sabor más antiguo que la carne, más antiguo que el vino. Un sabor tan antiguo como el agua fría”.

En los pueblos mediterráneos, el día de mercado es una fiesta. La algarabía de los colores, de las especias y frutos, el sabor de las aceitunas, esos puestos de mercado en el que un amable vendedor de olivas nos ofrece una en un cazo de madera pescada en gran barrica, “un sabor más antiguo que la carne”.

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Epitafio tallado en piedra en la costa de Anatolia, junto a las ruinas de un antiguo puerto primero fenicio, luego griego y romano: “Nado, el mar a mi alrededor, el mar en mí, existo en el mar, soy el mar. Ni estoy ni estaré en la tierra. Me hundiré en mí y en mi mar, ahora y para siempre jamás”.

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“Todos los proyectos deberían contener formas y posibilidades para llevarse a cabo, indicar las condiciones y los plazos, medios y obligaciones, liberarse de promesas irresponsables, deseos ilusorios, de utopías sin fundamento”. Descontextualizado, este párrafo del Breviario de Matvejevic nos recuerda que nunca debe el escalador olvidar qué y quién es la montaña. El que asciende un peñasco peligroso puede llegar a creer que a pocos metros está la cumbre. Si la montaña le sorprende con un nuevo requiebro, con otro tramo de dura ascensión, el escalador novel desfallece, se enfada con la montaña: - ¡que sea la montaña la que me escale a mi!- se dice.

Queremos un mapa del recorrido, no aceptamos que el paisaje nos dibuje. Eso no le sucede al marino que examina el mar, acepta y reconoce, incluso, los mares que no verá jamás. El marino viejo sabe que es el mar el que diseña el trayecto. Cualquier travesía puede complicarse. Cualquier viaje puede verse obligado a rodear tormentas. Unos vientos empiezan a soplar contra otros, pero las inclemencias del tiempo no se mitigan enfadándose contra ellas. Las tormentas se atraviesan, se padecen, se resisten, se rodean. Es la única manera de llegar a buen puerto, aceptando los ritmos de la mar. Frente a los obstáculos, tenemos más recursos de los que creemos. Aunque acecha el peligro de no darse cuenta de ello. El miedo no es buen compañero de viaje. El sitio que más nos duele, el peñasco que se resiste, la tormenta que perdura, ese es el lugar adecuado para saber más de uno mismo, para reconocer y aprehender los límites del mar, el alcance de nuestro proyecto. El que sabe navegar sabe vivir, dice un viejo proverbio romano.

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Deslizas la mano apartando los restos de comida que han quedado en el plato. Con las yemas de los dedos empujas las cáscaras de molusco, el hojaldrado exoesqueleto de los langostinos y gambas, unos pocos fideos tostados, los trocitos de sepia que se le escurrieron al tenedor. Tintinean platos, vasos y cubiertos en el fondo del lavadero. Los dedos comprueban la viscosidad del gel lavavajillas. Viertes un chorrito sobre la esponja lavaplatos. En dos pasadas borras los rastros de comida. Hace unos minutos la mujer amada cenó sobre esos platos que ahora limpias trazando círculos con el esponjín. El agua corriente escurre la espuma.

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Libro orbicular el Breviario de Matvejevic. Has leído despacito. Dos semanas de lectura. Texto bola de una redondez eslava que mira al sur. Una filología del mar, como describe Claudio Magris en el prólogo, que “desafía con refinada discreción los géneros literarios”. Nada más acabada la lectura, vuelves a empezarla, para no acabarla nunca más.

“Primero elegimos un punto de partida: una bahía o una escena, un puerto o un suceso, una navegación o un relato”. ¿Puede haber más redonda manera de iniciar un texto mayúsculo? Quién podría olvidar a Nabokov y su “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas”. O aquel “Para colmo, el mal tiempo” con el que Hemingway iniciaba el repaso de sus años parisinos. Pero el comienzo de Matvejevic resume una vida, es un relato perfecto. Primero elegimos un punto de partida: un recuerdo de la infancia feliz, una escena del pasado reciente, una ciudad desde la que partir, un suceso, un tránsito, un fracaso, un velero, un verso, un relato; entonces, empieza el viaje.

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Recopilación de entrevistas de la revista The Paris Review seleccionadas por Ignacio Echevarría. Un estilo, una época.

Ignacio Echevarría, polémico crítico literario que se jugó su puesto en el periódico El País por no querer comulgar con piedras de molino, organiza la compilación. Le conoces de refilón. Debe tener unos cuarenta y muchos, pelo largo, barba estudiadamente descuidada, bronceado casual, pantalón holgado, camisa larga de lino. Habla calmoso, a cierta distancia de todos, midiendo cada palabra con gran naturalidad. Al margen de la pose de intelectual descamisado, el tipo escribe con agudeza. En la introducción relata con perspicacia. Echevarría se saca del archivo una entrevista no publicada por The Paris Review, en la que el narrador uruguayo Mario Levrero atestigua que “el escritor es un ser misterioso que vive en mí, y que no se superpone con mi yo, pero que tampoco le es completamente ajeno. Afinando un poco más la percepción, podría decir que el escritor se crea en el momento de escribir, por confluencia del yo con otros estratos, núcleos o intereses del ser”.

El libro es bueno. Lesionan entrevistas como la que Carver Collins le hizo a Simenon en 1955. Simenon chanta lindezas como aquella de que “escribir no es una profesión, sino una vocación de infelicidad”. Simenon odiaba las frases bonitas, “cada vez que encuentro algo semejante en una de mis novelas tengo que recortarlo”. La tarea del padre de Maigret es, una vez encontrada la estructura narrativa, recortar todo lo “demasiado literario”. –Sujeto, verbo, predicado- decía Josep Pla cuando le preguntaban por el secreto de su escritura. La estocada de Simenon hiere hondo. En la “literatura” que pretendes se te cuelan las lindezas y las banalidades. Hay frases que no aportan al párrafo más que música. Te enamoran las palabras. Cómo renunciar a vocablos como palimpsesto. Palimp-sesto. Masticas palimpsestos cuando lees palimpesto. Cruje justo entre la p y la s. Textura, tarifeño, dionisiaco, herida, arritmia, mayúscula, pliegue. Te vencen, te derrotan las palabras. Además, escritorcillo, te pierden los molinetes bruscos. Escribir no se trata de hilvanar fragmentos inconexos, sino de aceptar que un tema empieza, se desarrolla y acaba. Tus temas se abortan por súbita irrupción de otros temas, no urdes tramas. “No lo entienden. Nunca escribiré una gran novela. Mi gran novela es el mosaico de todas mis pequeñas novelas”- abronca Simenon desde The Paris Review. Escritor mosquito, no lo entiendes: trozos hilvanados que no llegarán nunca ni a pequeña novela, eso te tocó ser, amalgama de retazos.

Sobre la felicidad y las vocaciones, ¿qué quieres contarnos?; mejor posponer para otro día. William Faulkner, en la mejor entrevista de la recopilación, acaso la mejor entrevista de la historia de The Paris Review, afirma que entre el whisky y la nada, se quedo con el whisky. ¡¡Joder!! Mejor, posponer el tema.

“Existen ciertas zonas de la vida dentro de las que el periodismo no puede moverse con soltura, particularmente por razones de invasión de la intimidad, y es dentro de este margen donde la novela podrá desarrollarse en el futuro”, escribió Tom Wolfe en su alegato a favor del Nuevo Periodismo.

Si buceas en el mar, por qué no puede un texto periodístico bucear en la nada, en la felicidad, en la savia de los días. Ni idea de dónde quieres ir a parar con tu periodismo buzo. Vayas dónde vayas, vas ahí de cabeza, escritorzuelo mierdoso.

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El buzo, el escafandrista. Imagen que utilizas como símbolo de introspección, en tus absurdos procesos de indagación psicológica. Son días de paréntesis, días de comunión con el mar, las escafandras te remiten a la infancia, a la dicha de una infancia mediterránea ya perdida.

Papá fue un chico enfermizo, sobreprotegido por su madre, la yaya Rosita, la abuela que perdió los nervios durante los bombardeos de la Guerra, que se esmeró en el cuidado de sus tres hijos en la dura posguerra, Rosita, a la que le salió un niño enclenque que merecía todo tipo de ceremonias, como aquella de comprarle pastelitos para ver si engordaba mientras sus otros hijos comían acelgas. Apretada relación la que se estableció entre Papá y la abuela, que veía en su hijo mediano todas las enfermedades, todas las indisposiciones y mortalidades, todas las sombras del diezmo que la posguerra reclamaba.

Mamá, niña huérfana, maltratada por las monjas, despreciada por la familia de la alta burguesía que la acogió en la adolescencia. Madre siempre trató a sus hijos con mimo y plena dedicación. Mamá también perdió nervios después de algún bofetón dado en nombre de dios o de la patria, o de la puta que parió a la madre superiora.

Hay algo de todo eso en tu escafandra. El dolor y la sospecha de la abuela. La fragilidad de Papá. La angustia de Mamá, nervios, miedos.

Buceas con M en las profundidades mallorquinas. Sobrevuelas a nado una pradera de algas en continuo balanceo, un campo de centeno litoral. Hay una barca hundida y varios aparejos abandonados. Los encadenados de las boyas, cubiertos de algas y crustáceos, parecen intestinos peludos que conectan el fondo marino con la superficie del agua. Acaricias la cintura de M. Ella se sitúa detrás y te coge los tobillos. Braceas y M se acompasa al movimiento de piernas. Gracias M por acompañar en este nado interior. Gracias por cuidar las heridas submarinas. Gracias abuela, gracias Madre, Papá. Hicisteis de la infancia un feliz reguero de memorias mediterráneas a pesar de vuestras dificultades.

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Salamandras. Dragones. Lagartijas. En las Pitiusas la salamandra es símbolo. En Mallorca no llega a tanto, aunque este tipo de reptil se adapta muy bien a las inclemencias de la Isla, a los campos de sol, roca, viento. A las cinco de la tarde el sol empieza un lento declive. M da la merienda al bebé. La costa de Ponent no es la más agraciada de la Isla, quizás por el exceso urbanístico o por estar convaleciente de un pasado en el que se sucede tanto el esplendor como la miseria. La importancia de Ponent no estuvo a lo largo de la historia mallorquina en sus recursos naturales, sino en la situación estratégica. Fue el primer sitio donde atracar los barcos cuando se intentaba conquistar Mallorca desde la Península. También atracó, según leyenda local, en la cercana Isla de Dragonera, nada más y nada menos que el Arca de Noé, para repoblar la Tierra. Sa Dragonera es una bella isla del fin del mundo donde contrabandistas y piratas se escondieron durante siglos. En la actualidad es un paraje protegido, una lengua de piedra, lentiscos y pinos con su propia especie de lagartos. En este paréntesis mediterráneo, no debe ser casual que el primer puerto en el que descansas tu ajado barco sea este justamente.
En la hora baixa, poética manera en la que atardece en Mallorca, cuando la hora va bajando hasta esconderse tras la línea del mar, las rocas de Ponent se brindan al sol.
M y Lucía caminan por la arena hacia la orilla. En compañía de libros, café frío y cuadernos de notas, atardece el cuerpo tostado de las gitanillas. La superficie del mar se va dorando, las piedras enrojecen, los pinos proyectan sombra azul. ¿Dónde se esconderán las salamandras a esta hora? Poco importa. Cae la tarde. Eres pirata. Perteneces al mar. Quedan viajes, faltan puertos en los que atracar. Partirás de nuevo. Un día llegará Theos. El ahora es tiempo de treguas. La brisa suave de Llevant trae el eco de las culturas marinas. Qué gracioso bichito es tu hija Lucía mojada en arena. Croquetita deliciosa. Qué bonita es mamá M, latina flaca, gitana de ojos largos y pelo moro. Faltan puertos que conocer. Quedan viajes por realizar. Aquí sólo importa el ahora, desde las Terres de Ponent.


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La tundra. La taiga. Los caribúes se trasladan en busca de pastos frescos. El lobo blanco acecha a las enormes manadas de caribúes. Es época de deshielo. Al principio el ataque parece casual. Pero es una estrategia para sembrar el caos en la manada. Un ternero joven se separa del resto. El lobo adulto le persigue, le apresa. Es abril en el Ártico y el sol no se pone nunca.

En este verano mediterráneo, en este sur hecho verano, te atrapa un fantástico documental de la BBC llamado Earth, que participó en la sección oficial del Festival de San Sebastián en su edición del 2007. La tundra, la taiga, el norte, el deshielo, la música interpretada por la Berliner Philarmoniker Orquestra. El planeta está cambiando, pero la lucha por la vida siempre marcó a sus moradores. El ciclo del agua, el cambio climático, las rutas migratorias, el norte viajando hacia el sur para sobrevivir.

Las aguas ecuatoriales poco profundas son buen refugio para los ballenatos. Todo el mundo marino se mueve. Todo es tránsito en Earth. Desde el ecuador a los mares de la Antártica, la ballena jorobada y su cría se desplazan. Del norte al alimento que se encuentra en el sur. El calentamiento global está acabando con el plancton, las ballenas se ven obligadas a buscar mares fértiles, corrientes crustáceas, flujos de vida.

El oso polar no puede desplazarse entre los hielos quebrados. Le resulta imposible cazar focas en estas condiciones. Tras invernar seis meses su condena es la muerte por inanición. El oso polar es un símbolo del norte, un símbolo de la lucha pendiente.

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El entrenador de nadadores de élite Dick Jochmus le soltó a un joven Michael Phelps abrumado por los contratiempos en sus inicios: “Sólo hay una regla para conseguir las cosas que dan valor y sentido a tu vida: evita el pánico”. NO PANIC.

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Anoche soñaste que rompías el silencio. Entrabas en el dormitorio de tus padres, con apenas cuatro años. Despertaban. Madre se incorporaba asustada:

-¿Qué te pasa cielo?-

-Creo que no es justo que me condenéis a la mediocridad. Creo que yo no debo pagar el precio de tu infancia infeliz, Mamá- le exponías.

-¿Porqué dices eso? ¿Acaso no te tratamos con mimo y atención?-

-Si Mamá, pero también me has inculcado el miedo y la frustración. En mi vida de adulto buscaré mujeres que me abandonen para poder con mi dolor, resarcir el tuyo. Abandonaré a mi hija Maria, se romperá el matrimonio con su madre, cuando la pequeña tenga cuatro años, justo la edad que tú tenías cuando te abandonó la tuya; ¿casualidad? ¿Quieres que siga?-

-¿Qué sucede?- Papá se incorpora a la conversación.

-Nada, que el niño tiene una de sus noches “existenciales”- informa Madre.

-Papá, no es justo que me obligues con tus códigos morales a ser un hombre de la vía del medio, no es justo que el apellido me condene a cargar con el averno de ser “mediocre en poco, pero brillante en nada”-

-Aprenderás a caminar dentro de esos límites, ahora regresa a tu cuarto y sigue durmiendo-

-Te queremos- dicen los dos al unísono.

En el pasillo, camino de la habitación, oyes a la abuela Rosita gritar. Perdió los nervios durante los bombardeos de la Guerra Civil y muchas noches, cuando los calmantes no hacen efecto, las pesadillas irrumpen. El pasillo se dilata y alarga. Es el pasillo del piso del Ensanche en el que viven los abuelos. Rosita y Jaume. Los gritos te asustan. Roser corre por el pasillo. Es apenas un bebé. Lleva puesta la carcasa de escayola que le impusieron los médicos al nacer con la columna vertebral torcida. Tu pobre hermanita estuvo así los primeros seis meses de su vida. Quieres abrazarla pero pasa corriendo y entra en el dormitorio los padres. La puerta se cierra. Pobre tortuguita.

Una puerta lacada en blanco se abre. Nueva habitación. Es morada. Hay una mesa. Dos mujeres sentadas hablan sin percatarse de tu presencia:

-Creo que nunca supo amar. A mi me trató con ternura, pero nunca llegó al compromiso que yo merecía. Lo quería todo de él, pero sólo me daba pedacitos- dice Molly. No sabes porqué se llama Molly la mujer que habla, pero lo sabes. En los sueños no hay reglas. No tienes ni idea de cómo se llama la que contesta a Molly aunque su rostro te resulta conocido.

-Yo le di hijos. Él adoraba a sus hijos pero nunca fue buen padre. Siempre fue un egoísta-
Te enfureces. ¿Hablan de tí? Intentas quejarte, pero las dos mujeres te ignoran, no existes. La habitación cambia de color. Ahora es verde. Se llena de hierba. Y de repente estas en los Picos de Europa. Sale lobo al encuentro.

-Cuidado conmigo. No te acerques. Estoy herido y los lobos heridos podemos morder-

-Yo también estoy harto del dolor- contestas.

-Mil sanitarias me prometieron curar las heridas, pero aquí me tienes, sólo, en el monte- cuenta lobo.

Acaricias con cuidado la cabeza de lobo. De sus ojos brotan lágrimas. Lobo se queda a tu lado. Empieza a nevar. Tienes frío. Pero una gran serenidad te alivia. Caminas por un paisaje apacible que no reconoces. El frío pasa, aunque la nieve lo cubre todo. Ves pisadas. ¿De qué animal son? Sigues el rastro.

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El último viaje a Londres fue, probablemente, el último viaje a Londres. Se hunden en la carne algunos lugares. Londres se clavó por varios sitios. Como a un San Sebastián alanceado, te supuran laceraciones. Muchos de los territorios que son heridas han cicatrizado. Pero no Londres. Eres capaz, por ejemplo, de visitar la tumba de los abuelos en Arenys de Mar sin sentir escozor alguno. O paseas por la playa en la que diste el primer beso a Molly, sin notar temblor en las gónadas. Puedes recordar los bares que te bebiste con tu amigo Jesús, al que hace cinco años que no ves. Bebes en los bares que viviste con Genis Cano (maestro del underground y la performance) antes de que supieras la leucemia que acabaría por matarle. Vas a Paris cuantas veces haga falta, porque, aunque en Paris te vistieron varias Mollys, Paris es siempre infinito. Pero Londres se clava en el hueso de la cordura. Te dañan los lagares asturianos, o algunos barrios de Madrid, o toda la ciudad de Valladolid, o los adoquines húmedos de Roma, o los quirófanos donde nacieron tus hijas. Hay una arquitectura anímica, un urbanismo de los afectos que hace de las ortogonalidades vectores de sentimiento. Por eso se enfadan los viejos que ven caer muros de su cotidianidad. Donde los urbanistas y constructores ven ladrillo y excavadora, los viejos ven la panadería donde compraron el pan y los croissants, el banco callejero donde charlaron intrascendentemente sobre las noticias del distrito, la salida del colegio donde los hijos jugaban a pelota, la esquina dónde pisó Charo López un día que visitó el barrio,…

Perdedor se acostumbra a transitar puertos que siempre cambian, a navegar mares en perpetuo movimiento, a pesar de lo cual la arquitectura vivida se clava en los ánimos, se convierte en ron, en canción, en saudade. Es tanto lo que queda por conocer que porqué volver a los lares que nos lastiman-se dice el marino.

Romper las fronteras del espacio conocido, atravesar los límites de la convención, reinventar los personajes de la novela cotidiana. Acumular, enumerar, inventariar lugares, dejar que los sitios nos dibujen, pero ser siempre libres e irrefutables. ¿Para qué volver a Londres, entonces? Olvidemos Londres. Volvamos a Londres sólo cuando Londres ya no sea Londres. O no regresemos nunca más a Londres. )

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