La habitación de Z

Son muchas las mañanas que al ir hacia el trabajo atravieso los jardines de la España Industrial. Me gusta no repetir itinerarios matutinos, así que intento cada mañana recorrer la distancia entre la estación de tren y el museo en el que trabajo, buscando atajos diversos. Hacia las ocho, con las primeras luces del día, los servicios de limpieza del Ayuntamiento, los operarios de parques y jardines, avisan a indigentes y desheredados que duermen entre los matojos tallados a la inglesa del parque, de que deben recoger el campamento. Una treintena de clochards acopian sus petates, se desperezan se lavan la cara en las fuentes cercanas, limpian cacharros, se peinan. Muy a menudo franqueo esa agitación consentida por el Ayuntamiento preguntándome sobre lo lícito de esta dinámica admitida. ¿Puede una ciudad como Barcelona ver proliferar la vida indigente sin tener nada mejor que ofrecer que el césped de sus jardines? ¿Qué pasará cuando empiecen las lluvias otoñales y las heladas del invierno?

Hoy he cruzado la mirada con una chica que plegaba su saco de dormir con cara de sueño y amontonaba los cartones que le habían protegido del frío nocturno.

-No os dejan dormir más- pregunto
-No, ya nos echan- contesta.
-Es que siempre os veo por aquí y me sorprendo. Cada vez hay más gente pasando la noche en este parque-
-Hay muchos pobres; y más que habrá-

Z es portuguesa y me dice su nombre pero no me lo creo. Así que en esta crónica la llamaré Z. Como digo es portuguesa, habla bien el español y me cuenta que lleva un par de días durmiendo aquí. Debe tener unos treinta años aunque aparenta más. Su mirada es huidiza y permanece siempre húmeda, como si el globo ocular llorase hacia dentro. Llorar en dirección al alma, me digo. Le pregunto que si le apetece tomar un café. Le apunto que soy periodista y que tengo ganas de contar. Acepta desayunar conmigo en un bar cercano (llamo al trabajo y aviso de que llegaré tarde. Algo bulle en mí, necesito una fuerte dosis de realidad. Z es real).

-En el parque hay portugueses y rumanos; rusos también-
Creo entender por lo que me explica, que las etnias y los grupos se reparten los parques y rincones de la ciudad. Pero yo recuerdo outsiders apátridas como el barbudo de ojos azules que siempre escucha su walkman en los alrededores de la Avenida Marina, o el superbarbudo a lo Valle-Inclán que suele dormir en Montjuïc rodeado de latas y tetrabriks cerca del museo en el que trabajo.

-Hay muchos latinos y borrachos en el Raval-me dice.

Casi no hago preguntas. Dejo que Z me cuente lo que quiera contarme, aunque no siempre encuentro el sentido a sus comentarios. Tiene ganas de hablar. Mientras toma café, su confianza hacia mí crece.

-Estuve casada, sabes. Pero acabó mal. Tengo un hijo. No le veo. Vive con mi madre. Pero no les veo. Soy una oveja negra, ja, ja, ja- Me gusta como suena “Oveisha negra” en portuñol. Hay mucha dulzura en Z y también mucho dolor amagado.

-¿Cómo te buscas la vida?-le pregunto.

-Por aquí, por allá-
-¿Estoy un poco enganchada, sabes?-
-Necesito poco-
Z no ha querido comer nada. Sólo café con leche. Lo bebe a sorbos cortos, como si le doliera tragar.
-A última hora vamos a los supermercados. Entre nosotros compartimos-
-Tengo un par de amigos, sabes. También están enganchados-
El bochorno o algo similar, le impide explicar claramente los favores sexuales a sus “amigos”. Pero los insinúa. Imagino que ha dormido esta noche con alguno de ellos. Cuando la he visto antes plegar su petate, me he fijado que también recogía otro. Ha guardado ambos junto a cartones y paquetes, en un container de basura.

Algunas de las frases de Z se me escapan por la colocación de pronombres y artículos a la portuguesa. En general su vocabulario es extenso, incluso leído. ¿Qué itinerario vital la habrá llevado de los libros a la calle?

-Mi padre era borracho. No nos pegaba ni eso. Pero siempre estaba trishte- Me gusta como suena “trishte” en la voz ronca de Z.
-Otros hombres si me han pegado, sabes-
-Me gusta el mar. Por eso me quedé en Barcelona. Pero hay hombres malos-

Deduzco que las cosas no le deben estar yendo demasiado bien a Z en Barcelona.

-Tú pareces buen hombre-
-No creas-
-¿Tienes hijos?- me pregunta.
-Dos niñas- contesto.
-Quiérelas mucho-
-Las quiero mucho- afirmo.
Z empieza a intranquilizarse. Pide un cigarro. Creo que se enfada porque no fumo. Le pide un cigarro a un cliente del bar que se lo da a regañadientes.
-Permíteme que te regale una cajetilla- Voy a la máquina expendedora y saco un paquete de Marlboro. No le he preguntado qué quería pero pienso que Marlboro debe estar bien.
-¿Está bien Marlboro?-
-Si, grasiash- Me gusta como suena “grasiash” en portuñol. Mejor que gracias, mejor que “obrigado”.
-¿Qué vas a hacer hoy?-
-No sé. Hace sol- responde Z.

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Desconozco cuando lo escribió Juan José Arreola, pero su cuento La Migala se me metió hasta el meollo y ya no me salió nunca. Un vacío enorme lleva al protagonista de ese cuentito a comprarle a un saltimbanqui trotamundos una migala, una araña del género Mygale, de costumbres nocturnas y aspecto maléfico. Al llegar a casa suelta al pérfido animal y lo ve desaparecer bajo un mueble. Nada volverá a ser lo mismo. “Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible”. Todas las noches tiembla el personaje de Arreola, a la espera de la picadura mortal. “Sin embargo, siempre amanece”. Su vida se llena de terror, el vacío se colma de la certeza de una muerte que tarde o temprano llegará en forma de cosquilleo y mordedura. Algunas veces, cuando su imaginación no es capaz de escuchar los imperceptibles pasos nocturnos del arácnido, o cuando las evidencias de la existencia del mismo desparecen, duda de no haber caído en supercherías, o en embrujos del desafecto y la soledad. “El infierno son los demás,…”, explicaba Juan José Arreola en una de sus escasas entrevistas. “La migala es el canje, la renuncia a la felicidad, la renuncia al amor y la aceptación de la soledad, pero soledad habitada por una presencia no tangible y horrorosa, que es, en cierto modo, una aceptación de la vida”. La migala es un ensueño, es la aceptación de un espejismo. Decía Lacan que la fantasía es una construcción de la realidad desde el deseo. O sea que la fantasía de habitar junto a una migala, no es una forma de escapar, sino de hacer de la realidad algo más real. La fantasía es una manera de nombrar a la realidad. Nos regaña la poetisa Roser Amills porque nos encerramos en la habitación con una migala, pero Ella escribe:

“reconozcamos ya, sin violencia,
de una vez por todas,
que a tu favor navega una oscuridad inmensa e inevitable
en que apoyar la cabeza”.

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Me gusta no repetir itinerarios matutinos, así que intento cada mañana recorrer por un camino diferente la distancia entre la estación de tren y el museo en el que trabajo. Esta mañana he vuelto a atravesar los jardines de la España Industrial. Los servicios de limpieza del Ayuntamiento avisan a indigentes y desheredados que duermen entre matojos de que vayan recogiendo sus petates y trastos. Se desperezan, se lavan la cara en las fuentes cercanas, limpian los cacharros en los que cocinaron la cena, se peinan. No veo a Z por ningún sitio.

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Vuelvo una y otra vez al libro de Edgardo Cozarinsky “Borges y el cinematógrafo”. Quizás porque me agradan los hombres que son varias cosas a la vez, y Cozarinsky es muchos hombres a la vez. Quizás por que el libro de Cozarinsky está escrito por Borges, por un Borges casi desconocido. En varios textos he utilizado descaradamente algunas de las frases de Cozarisnky y del Borges extraviado que escribe este libro. Leo “Borges y el cinematógrafo” como si fuera una novela. De hecho me obsesiona descubrir la novela que todo ensayo esconde.

La primera edición que conocí de “Borges y el cinematógrafo” es la que Emecé Editores publicó en el año 2002. Sin embargo la más mítica es la editada por Sur (Buenos Aires, 1973) con el título no escogido por Cozarisnky de “Borges y el cine”. “Eran días en los que el cine era un espejo”. Eran días en los que Enrique Vila-Matas vivía en París y se encontraba a Edgardo Cozarisnky en el cine, y leía sus libros, los de Cozarisnky, por que Vila-Matas aún no había escrito nada, pero Cozarisnky ya había ganado premios literarios, y además era director de cine, y vivía entre dos ciudades, Paris y Londres (Luego Cozarisnky siguió viviendo en dos ciudades, pero renunció a Londres como a otros nos ha pasado. Cozarisnky vive ahora entre su Buenos Aires natal y el infinito Paris). De aquella época Vila-Matas aprendió la envidia de vivir en dos ciudades, pues Él nunca fue apto para vivir más que en una, como a otros nos ha pasado. Vivir en dos ciudades “es una forma de esquizofrenia controlada- dice Cozarinsky en la revista Quimera- es como hacer cine y literatura a la vez”.

“Entrar en un cinematógrafo de la Calle Lavalle y encontrarme(no sin sorpresa) en el Golfo de Bengala o en Wabash Avenue me parece preferible a entrar en este mismo cinematógrafo y encontrarme (no sin sorpresa) en la Calle Lavalle”- Borges relata en una crónica de “Borges y el cinematógrafo”.

¿Entrar en la habitación oscura y soltar una migala, es preferible a entrar en la habitación oscura y encontrarse, no sin sorpresa, que lo de dentro es lo de fuera?

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“Lo inesperado
sólo cuando es dúplice puede ser perfecto”, escribe la poetisa.

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Viajo en tren al trabajo. Pienso en el recorrido que haré hoy cuando llegue a la estación. Releo “Lapidarium IV” de Kapuscinski. Resulta que el malogrado periodista anotó durante años, reflexiones y textos breves, en los intersticios que dejaban sus viajes, crónicas de encargo y libros, con la intención de desarrollar más adelante esas ideas. Pero redactando en breve, acabó por encontrar en estas notas una identidad propia, un despliegue narrativo espontáneo y fragmentario. Parafraseo y deconstruyo:

-Los intelectuales son los constructores de la cultura, son el humus de la sociedad.
-El papel del intelectual consistirá en hablar de lo que no se habla, de aquellos que quedan silenciados, de lo que queda al margen, de lo que la cotidianidad aparta.
-No hay centro. Todo está en constante movimiento. Todo es inseguro. De alguna manera el cronista está condenado al subjetivismo extremo.
-“Nada de lo ya transcurrido es un pasado definitivamente cerrado”.
-Hay que buscar lo pequeño.
-El nihilismo es la fuente de la que bebe la postmodernidad.
-No es lo mismo ver que comprender.
-“En 1936 Walter Benjamín definió el reportaje como la forma literaria del futuro”.
-Goethe aconsejaba escribir sólo obras pequeñas, pero escribir todos los días. La disciplina, la perseverancia.

Llego a la Estación de Sants. Me acoge el bullicio mañanero. Desperezarse, avanzar, emprender el día. Atravieso la Plaza de la España Industrial. He hojeado en un periódico de distribución gratuita un artículo sobre el abandono de esta Plaza: “No son conflictivos, pero es difícil la convivencia”, dice una vecina de la zona a propósito del asentamiento indigente. Busco las historias pequeñas de esta plaza. Veo a una señora que peina a su hombre recién levantado; les rodean varias bolsas y un carro repleto; otro desarraigado se empecina en seguir tumbado y cubierto por mantas; en la gradería de hormigón junto al estanque es dónde más humildes han pasado la noche. Uno de ellos limpia con papel una enorme olla de aluminio. Comprendo que muchos cenaron anoche de esa olla. Les veo fumar. Un cigarrillo al crepúsculo le saca a uno los fríos de la noche. No hay tantos como en otros días- me digo ¿Dónde estará Z? No la veo por ningún sitio. Parece que hoy también va a hacer sol.

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