El paisaje nunca vuelve atrás

Dar un primer paso. Iniciar así un proyecto; proponerse una meta breve, un fin, una vida. Desarrollar esa vía durante años. Llevarlo o no a buen término. Un día, abandonarlo todo y volver a empezar. Nuevo proyecto, nuevos fines, una meta. Siguiendo este esquema, a uno le da tiempo a vivir unas diez vidas, calculo. Narrar cada una de las vidas es trazar, entonces, un límite. Simpatizo con esa idea de la narración como límite.

Bruce Chatwin creía en el movimiento como acto primordial del hombre. En su primer libro pretendía escribir una especie de historia del nomadismo, pero acabó por salirle una crónica de sus viajes En la Patagonia (1977). Proponerse una meta; un día abandonarlo todo y volver a empezar. Su vida cambió de rumbo tras la publicación de ese libro. Después de años dedicados a la tasación en Sotheby’s, empresa en la que empezó haciendo de conserje y acabó como directivo especialista en pintura impresionista francesa, se decidió a atravesar el mundo con sus viajes literarios. Envió un telegrama a sus allegados que dictaba.”Pasaré los próximos seis meses en la Patagonia”. A partir de ahí todo volvió a empezar. Nuevos fines, una meta.

En tiempos de extravío la alternativa nómada es una tentación irresistible.

Agosto del 2001. Perejaume, artista y poeta al que admiro, me ha propuesto ascender al Aneto (3404 mts) desde una de las caras menos concurridas por los escaladores y excursionistas. Acepto el reto.

Nueve de agosto. Recojo a Perejaume en Olzinelles, al pie del Montnegre, cerca de donde tiene su estudio escondido entre bosques. Nos acompaña Jordi M, su cuñado. Esperan cuatro horas de autovías y carreteras secundarias. El Macizo de la Maladeta es el más destacado de Los Pirineos, como anuncia la Guía Cartográfica que he consultado la noche pasada. Estas pequeñas guías que publica la Editorial Alpina, junto a los detallados mapas topográficos, son un instrumento imprescindible para todo montañero que se precie. La Editorial Alpina está revisando sus fondos, reeditando en un formato más moderno su colección de mapas y guías. Pero tengo la suerte de encontrar una guía de las antiguas, encuadernadas en cartulina, con todo el sabor añejo a aventura pasada de moda, con las páginas tostadas por la edad provecta del papel. En La Madaleta destaca “el conjunto de sus grandes glaciares, sus imponentes picos con agudas crestas, sus valles con extensas zonas forestales (…) sus lagos salvajes, (…) sus complicados barrancos…” Agudos desniveles en cortas distancias, anuncia la guía. Nuestro “campamento base” es Benasque, población aragonesa a 1138 mts de altitud. A pocos kilómetros de distancia se encuentra el Aneto.

Jordi M es hermano de Nuria, la mujer de Perejaume. De trato muy agradable, es marino mercante, aunque trabaja en tierra, en la Facultad de Náutica. Es un conversador ágil y cortés. Perejaume, cuyo catalán se salpica constantemente de cultismos que a veces se me escapan, permite, sin embargo, que las conversaciones fluyan sin dirigirse a ningún sitio. Explica anécdotas del poeta Joan Brossa, del galerista Riera, y de la efervescencia cultural de los años 70’s. Me pone los dientes largos tener noticias de una época que no viví, en la que alta cultura y contracultura convivían sin prejuicios.
-Era normal encontrarse en una inauguración en la Fundación Miró, con todos esos señores encorbatados del mundo de la banca, con las mujeres engalanadas como si fueran a la ópera, y luego volver a ver a parte de esa gente en un bar de la Plaza Real junto a Nazario y Ocaña, los travestis, los melenudos, la bohemia- me cuenta Perejaume.
–Recuerdo una vez que se organizó un aquelarre junto a los dólmenes del Montnegre, en Vallgorgina-explica.
- Subí a visitar aquel evento, cruzándome por el camino con hippies, porretas, bruixots y brujas locales. Místicos, jóvenes curiosos, ancianos que buscaban sanación,…la montaña era un hervidero de gentes, un ambiente muy parecido al que se había vivido en los conciertos de las 72 horas de Canet- En los años 70, todavía imbuidos en el Reino de Taifas que fue la dictadura, cualquier evento cultural servía para aglutinar a la más curiosa fauna local y se convertía en un canto a la libertad.
– En medio de todo ese variopinto gentío, ¡zas!, me encuentro a Joan Brossa ¿Qué haces por aquí, maestro?-
-Vengo a ver si veo magia- contesta Brossa. Se nota que Perejaume admiró profundamente a Joan Brossa. De alguna manera se puede creer que Perejaume es discípulo directo de la poética y talante brossiano.

Conduzco hasta Pont de Suert. Comemos el frugal menú casero que nos ofrecen en el Centro Social del pueblo y revisamos los mapas e itinerarios mientras tomamos café. Jordi conduce hasta Benasque. Esta población tiene pocos atractivos arquitectónicos debido a la masificación turística. Pero el entorno natural es subyugante. En Benasque nos informamos de las posibilidades metereológicas de nuestro proyecto, alquilamos crampones y un piolet, y contratamos los servicios de un conductor que nos lleve en
4x4 hasta el refugio de Coronas. La conversación a penas ha parado desde que iniciamos el viaje. Perejaume habla muy bien del crítico de arte Alexandre Cirici, que le apoyó mucho, junto a Brossa, al inicio de su carrera.
El excéntrico poeta Cirlot, le dijo en cierta ocasión a Cirici: nosotros somos los dos críticos de arte más ingleses del panorama cultural español. Si tú eres “Sir” ici, yo soy “Sir” lot. Risas a parte, y tras un “atrotinat” ascenso en 4x4, llegamos al Puente de Coronas. De allí nos dirigimos a pie hacia el Lago de Llosás (2493 mts), enclave donde montaremos la tienda para pasar la noche.

Diez de agosto. Ha llovido toda la noche. La constante entrada de agua en la tienda, ha dificultado nuestro descanso. Hasta las 10,30 de la mañana no ha parado de llover. Hemos comido chocolate, pan con manteca, frutos secos, embutido. Perejaume ha construido con miga de pan un ajedrez y hemos improvisado varias partidas. Aprovechando un claro en la niebla, decidimos iniciar la ascensión final. Dos horas después, tras una durísima subida hacia la Brecha de Llosás, escalando por encima de las rocas arrastradas por los glaciares y las nevadas de invierno, la niebla nos vuelve a rodear. Es tal la espesura de la bruma, que consigue despistarnos de la ruta de ascenso. Nos vemos entre nosotros con dificultad. Unos minutos más tarde no sabemos si nos encontramos ante la Brecha o debajo de alguna de las agujas colindantes. Como la escalada ofrece bastantes peligros en estas condiciones, optamos por detenernos un rato a la espera de una mejoría climática. Comemos unas barritas energéticas que ha traído el previsor de Jordi, y bebemos escarcha congelada. Nos hemos detenido junto a una placa de hielo bastante grande; probamos los crampones por pura diversión. Me siento Amundsen cuando clavo los dientes metálicos de los cramprones sobre el hielo. Charlamos sobre la muerte. Es lógico que entre brumales surjan temas de conversación tan tétricos. Perejaume cuenta que alguna vez se ha encontrado en el límite de la muerte frente a la montaña. La montaña alimenta el espíritu de Perejaume. Gran parte de su obra plástica gira alrededor de las caminatas, de los dibujos que hace a través de nosotros el paisaje.
–Te quedas colgado de una piedra, sin poder casi moverte y piensas: ¡ya está!; ¡aquí acaba todo!- nos cuenta. Tiene razón. Qué absurda manía esa de aferrarse a la vida. Cuando llega, que llegue. Y si llega en la montaña o en el mar, mejor que mejor.

Tras casi una hora de espera, helados y desesperanzados ante la insistente niebla, abandonamos nuestro objetivo e iniciamos el descenso. Nos han faltado a penas 400 mts para llegar a la cima del Aneto. No me intimida el fracaso; estoy acostumbrado. Perejaume, en cambio, se lamenta. Tiene 47 años y cree que ya será difícil volver a plantearse un reto físico de estas características.
–No creo que nunca vuelva a subir al Aneto. Mis hijas son mayores y no muestran mucho interés por la montaña- Me sorprende su recelo teniendo en cuenta que a Jordi y a mí, que tenemos 15 años menos, nos ha costado seguir su ritmo. El caminar de Perejaume es ágil y uniforme. Es un hombre de una gran fortaleza física curtido por intensas caminatas por la orografía pirenaica. Su conversación es como su paso, ágil y firme.

El descenso es duro. Los ascensos tienen literatura en abundancia, pero escasean los textos que hablen de los descensos. Sobretodo si el descenso viene después de una decepción. El terreno es pedregoso. El excesivo peso de las mochilas (cargamos la tienda en la que hemos dormido) contribuye a incrementar dicha dureza. El paisaje es arrebatador. Perejaume insiste en sus constantes alusiones plenairistas. Alaba las diversas tonalidades verdes de la vegetación alpina, los bermellones de las brechas arcillosas, el azul violáceo de las nubes y nieblas, las sierras recortadas en el horizonte. Diríase que Perejaume ve pintura por doquier, que mirar para Él, es ver siempre la pintura que nos rodea.

-¡Qué bè que se està amb el cos esgotat! (¡Qué bien que se está con el cuerpo agotado!)- nos dice.

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Chatwin quiso examinar el conflicto entre nómadas y sedentarios. “Puesto que la literatura como tal es un invento de los sedentarios, el recuerdo de los nómadas no queda muy bien parado en los textos”. De alguna manera los sedentarios son el orden, la ciudad, la ley. “El nomadismo ha nacido en los grandes espacios esteparios, tierras demasiado estériles para resultar de interés económico para el agricultor”, pero útiles como pasto para la ganadería trashumante. “El territorio del nómada es la senda que liga sus pastos estacionales”, el nómada adapta sus rutas a los cambios climáticos, a los caprichos de la naturaleza. A veces la vida nómada ha sido considerada un anacronismo por parte de la norma civil que impera en las ciudades modernas. Hay algo antiguo en el trasiego entre fronteras, en el hombre que camina mochila en espalda, en el que atesora vivencias en vez de patrimonios.

Los grandes viajeros, escribe Mauricio Wiesenthal, mueren en el camino. Decía Montaigne: “vivamos y riamos entre los nuestros; pero vayamos a morir entre desconocidos”.

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Los Picos de Europa. Julio de 1995.
Pilar se queda con el resto de Mujeres en Oviedo. Vendrán a buscarnos a última hora de la tarde. Pilar no siente gran simpatía por los esfuerzos físicos que la montaña requiere, pero es que además esta ascensión se ha planteado a la antigua usanza, léase, nada de mujeres, sólo hombres nervudos, está en juego la épica de la testosterona y el canto del guerrero. El cuñado de Pilar, Manolo, militar en progresión, encabeza la expedición. Tiene unos cuarenta años y está loco por que le manden a los Balcanes junto a las tropas españolas en misión de paz, para dar algo de sentido a su absurda vida. Pero de momento se conforma con promocionar a todas horas un sencillo esquema moral que gira entorno a cuatro ejes: patria, masculinidad, Dios y familia. (Me temo que unos cuantos años después acabó por derrumbársele todo el montaje, pero eso mejor que lo cuente Él en sus memorias). Manolo vive inmerso en un tebeo de Azañas Bélicas, convirtiendo sus constantes bravuconadas, en una homérica aventura cotidiana.
-Una vez-me explica entre risas-un gitanillo intentó limpiarme la luna del coche en un semáforo. Le dije, si te acercas y cae una sola gota de jabón sobre mi coche saco la “pipa” que llevo en la guantera y te pego un tiro-.
Unos días antes de la excursión a los Picos de Europa, nos invita a visitar el cuartel que Él comanda. En mi juventud fui objetor de conciencia, así que conseguí escabullirme del servicio militar en aquel momento obligatorio y no pisar nunca un cuartel. Por otra parte, jamás he tenido en las manos un arma de fuego (salvo las escopetas de balines de las ferias de la infancia), así que no tengo excesivas ganas de pasar por ese trago. Pero por no encabritar a mi mujer Pilar, acabo aceptando la visita (Me temo que unos cuantos meses después, acabó por derrumbárseme todo ese desatinado montaje matrimonial, pero eso ya lo contaré en mis memorias). Como estamos en pleno periodo estival, la mayoría de quintos están de vacaciones con sus familias y novias, el ambiente en el cuartel es tranquilo; nada que ver con la Chaqueta Metálica de Kubrick, cosa que me decepciona. Manolo nos enseña las instalaciones y fanfarronea sobre los últimos altercados en el cuartel. -Aquí en el comedor, la semana pasada un recluta acuchilló a otro matándolo-. Manolo ni se inmuta explicando la anécdota.-Parecía un chaval muy normal, así que es raro que apuñalara al otro. Algo debió hacerle- No puedo evitar que un escalofrío me recorra la espalda. Imagino violaciones en las duchas, reyertas por juego, novatadas inhumanas. Nos enseña la pista americana. De buena gana me hubiera puesto a intentar superarla. No comulgo con lo militar, pero me atraen los esfuerzos físicos. –El mes pasado un chaval sufrió un ataque al corazón. La familia ha intentado denunciarnos, pero el médico militar ha dicho que el chico estaba en buenas condiciones físicas, y lo que diga el médico va a misa para el tribunal militar- le ha faltado decir algo así como: ¡aquí se viene a ser hombre, coño, y no una muñequita de mierda!

Bien, pues ese Manolo matasietes, es el que nos guía en nuestra ascensión al Pico Urriellu. La expedición la componen a parte del Comandante, sus dos hijos adolescentes, el hermano pequeño de Pilar, también en edad de merecer, y el cronista. Hemos madrugado, para estar a primera hora en Sotres. Allí aparcamos el coche, junto a un merendero donde las mujeres por la tarde vendrán a recogernos. Caminamos cerca de 5 horas desde Sotres. El ascenso es duro, el desnivel altísimo. Gracias a mi adicción al footing mantengo el tipo. Los chavales están muy fuertes, pero Manolo desfallece. Cada veinte minutos nos hace parar, saca su brújula y nos examina sobre el rumbo y la lectura de las curvas de nivel del mapa topográfico. Yo preferiría un ritmo suave pero constante, sin interrupciones. En fin, dejamos que Manolo juegue a soldaditos y nos regañe sobre nuestra incapacidad para leer los mapas. Tras cinco horas de duro caminar, nos tumbamos a la sombra del que parece el último árbol de la zona, y hacemos buen acopio de las viandas que hemos transportado. Incluso, nos permitimos echar una cabezadita.

Alrededor de la 3’30 de la tarde, nos vemos con ánimo de acometer la ascensión final. El sol actúa sobre nuestras cabezas, pero el paisaje paga el dolor. Se ve el imponente Naranjo de Bulmes (2519), objetivo mucho más ambicioso, que nos prometemos atacar en próximas embates montañeros. El terreno es escarpado, sin sombras, atestado de pedruscos descantados. Lo curioso es que la montaña se ha empezado a llenar de gentes. ¿De dónde leches han salido? Parece ser que un teleférico sube a la gente desde Fuente Dé a esta elevada cota, sin apenas solución de continuidad. Catástrofe del turismo aborregado. La gente come en las zonas de picnic de Fuente De, y a media tarde, sube a contemplar el espectáculo wagneriano de las rocas contra el cielo, con sus cuerpos a duras penas aclimatados al cambio de atmósfera. Nos cruzamos con varios grupos familiares más o menos preparados para el terreno, y con algún grupito francamente desvalido. A una cota considerable, donde los turistas ya no se atreven a indagar paisaje, topamos con dantesca escena. Una mujer a horcajadas sobre el pecho de un hombre, intenta reanimarlo. Ha sufrido un infarto. Otra mujer, la que supongo que es su pareja, y el hijo de ambos, lloran desconsolados. Nos tumbados junto al yaciente a intentar reavivarlo. Hago el boca a boca, al ritmo que me marca la chica que resulta ser enfermera y se ha encontrado unos segundos antes que nosotros al hombre tendido. El novio de la enfermera intenta encontrar el pulso. Nuestro masaje resulta infructuoso. Nunca olvidaré el ruido de mi aire saliendo de los pulmones inertes del yaciente; ni la celeridad con la que un cuerpo se enfría cuando el alma le abandona. Ninguno de los allí presentes acabamos de dar crédito a la escena. El fallecido ha subido en chanclas hasta esa cota; de su bolsillo sobresale un paquete de tabaco rubio. Tiene sobrepeso y se nota que hace muchos años que renunció al ejercicio físico. Me apena especialmente el rostro compungido del niño de ocho años, viendo a su padre fenecer. Luchamos con el cuerpo durante más de media hora; la enfermera sugiere intentar una traqueotomía, pero es evidente que no se trata de un problema respiratorio sino de un fallo cardiaco. A los 40 minutos ha aparecido un guarda forestal o algo así. Hombre fornido de unos 55 años en pantalones cortos, prismáticos al cuello, gafas de sol y walkie talkie que enseguida se ha puesto en contacto con la Guardia Civil para que envíen un helicóptero de rescate. No sé de dónde ha salido; ha aparecido de pronto, dando saltos entre las rocas como un rebeco. Sólo ha tocado un momento al yaciente, ha comprobado el pulso sentenciando que nada se podía hacer. Nos da las gracias y nos insta a que abandonemos la escena. Siento el corazón desgarrado. Es la primera vez que alguien se me muere en las manos. Acaricio el rostro de la desconsolada esposa.
-Tranquila- le digo. Qué absurdo comentario; pero es que nada mejor se me ocurre. Su mirada parece comprender que mi afecto es sincero. Manolo se despide de la mujer y del guarda y decide que sigamos caminando hacia nuestro objetivo. Intento negarme. No estoy dispuesto a seguir la excursión cuando acabo de presenciar la muerte de un hombre. Ya no tengo ganas de seguir. Pero Manolo insiste, nada puede detener sus ansias heroicas. Aturdido por lo vivido, y cómo me faltan argumentos con los que derrocar la necedad, acato al rucio comandante.

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