Bela Lugosi's dead

“Muchos mueren demasiado tarde, y algunos mueren demasiado pronto. Todavía suena extraña esta doctrina: ¡Muere a tiempo!” (Así habló Zaratustra. Friedrich Nietzsche)

Les confieso que me he querido suicidar tres veces. Las dos primeras por amor y la última por mediocridad. Durante la adolescencia me rondó la idea de la muerte poética por culpa de Yukio Mishima. Leí que en japonés mishima significa infierno o demonio y que tal analogía pesó en el escritor hasta en el último suspiro de su atropellada vida. Deduje que algo similar me pasaría si hacía caso de la lectura de mi apellido, al-averno. Debo revelarles que el apellido me ha pesado estos años hasta el extremo de parapetarme reiteradas veces en el uso de pseudónimos: Jaime Climent, Clemente Vázquez, Performance, Ming, atthatmoment, lobo…

Pero la primera vez que tanteé de verdad el suicidio ya hacía tiempo que había abandonado las juventudes. Tenía más de 30 años y estaba trabajando en Roma. Fue por amor que me quise matar, o mejor dicho, por desamor. Intentaba aferrarme a cierta idea de la mujer a la que había amado hasta ese momento, pero me confesó lo inconfesable telefónicamente. Y me desmoroné. Pasé toda la noche en vela. Lancé un SOS telefónico a varios allegados, pero de nada sirvió. Me obsesioné con el entrevigado de madera de la habitación del hotel. Imaginé lo sencillo que sería colgar de allí un cinturón y acabar con todo. Hubo un instante de tanta angustia que opté por salir de la habitación y disiparme el resto de la noche en paseos sobre el adoquinado húmedo de Roma. Caminé sombras en calles que ni vi. Sólo recuerdo lágrimas y lluvia mojando adoquines.

La segunda vez fue en Londres. No volveré a hablarles de lo incómoda que me resulta esa Ciudad, de los cruces afectivos, de las historias mal resueltas que asocio a esa Urbe. Bajo la lluvia de nuevo, caminando de noche otra vez, pensé muy en serio en conseguir la dosis suficiente de grifa que me permitiera abandonarme a la aflicción del colchón en el penoso hotel en el que me hospedaba, y desertarme para siempre. No soporto hacer daño a los demás, y mis encrucijadas estaban destrozando a los que quiero. Pensé que apartándome se acababan los efectos colaterales, todos quedarían en paz.

La última vez que quise suicidarme fue ayer, o antes de ayer, que ya no me acuerdo. Quise apartarme por mediocridad. Me cansé de mí. Me cansé de no poder ser moderno, de no ser bohemio, de no saber amar, ni poliamar, ni polifollar, ni saber escribir, de no tener ni idea de cómo prosperar, ni verle futuro al futuro, ni de tener ya cojones para revisar el pasado. Me cansé de ser un hombre a medias de mediana edad. Todo medianías. Medio dibujante, medio periodista, medio performer, medio padre, medio esposo, medio ebrio, medio guapo, medio funcionario, medio viejo, medio viajero, medio joven, medio prosista, medio marino…”Como buen Alabern: Eres mediocre en poco, pero brillante en nada”.

En los últimos años pasé muchas horas en los aeropuertos. Una sensación de irrealidad me asalta cuando estoy en un aeropuerto. Hay algo que puede parecer sofisticado en la vida de aquellos que se pasan el día en un aeropuerto. A mi me repugna. En los últimos años, pasaba semana sí semana también de aeropuerto en aeropuerto, a la espera del siguiente avión. Siempre me entran ganas de hacer balance cuando estoy en un aeropuerto. A veces tocaba hacer balance de la vida tres o cuatro veces por semana. En los aeropuertos se detiene el tiempo, o mejor dicho, el tiempo vivido en un aeropuerto es tiempo perdido, es un tiempo de nadie y para nada. La vida nada tiene que ver con lo que pasa en un aeropuerto. Las estaciones de tren son a escala humana. El viaje en tren es lento, literario. La estación es un proemio. Me agrada viajar en tren aunque como prefiero viajar es a pie. Salir de casa con el macuto a la espalda, y empezar a caminar, sin preámbulos. En el aeropuerto hay dolor por que nos cruzamos con lo vano. El aeropuerto es un limbo.

Un vacío similar al del aeropuerto me embaraza cuando me acerco al suicidio. Suicidarse es fácil, pero el aeropuerto en el que esperamos que llegue ese viaje es latoso. Uno hace balances y se extingue antes de concluirse.

Freud defiende que la depresión y el consiguiente suicidio es el resultado de un impulso agresivo contra un objeto interior, que era amado y ahora es odiado. Otros doctores de la muerte consideran que el suicidio es una forma de frustrar a las fuerzas externas, una forma de plenitud. Una especie de narcisismo extremo, una manifestación ególatra contra la naturaleza. También se ha dicho que el suicidio es una manera de resaltar la pérdida de un amor, de intentar a través de la muerte alcanzar su recuperación. El amor es el descubrimiento del otro, de que sin el otro no soy yo mismo, dijo Octavio Paz. Y sin el otro, si ya no puedo ser yo mismo, para qué vivir. Suicidarse es una manifestación histérica. Una consecuencia lógica a una vida de fracasos. Una obscenidad. Una cobardía. Una salida. Una infantil manera de llamar la atención, una conducta asocial.

-¿Te vas a suicidar?- me pregunta M.

-Si te suicidas deja un escrito que me aclare los porqués. Explícame lo que te induce al suicidio. Es una putada enorme vivir con esa incógnita, con ese enfado. ¡No se te ocurra suicidarte! Piensa en las niñas-

-Debe ser muy difícil vivir contigo- me dice mi amiga Anna cuando le cuento el comentario de M. Anna acaba de regresar de un largo viaje por la Patagonia, tierra de suicidios. Anna, que es mi confidente, que nunca tiene pelos en la lengua, que es sabia porque es druida, antes de irse me prohibió anhelar. –La culpa de todo la tienen los anhelos. ¡Cuídate muy mucho de anhelar!-

Leila Guerriero escribió “Los suicidas del fin del mundo” una brillante crónica sobre la oleada de suicidios entre 1997 y 1999 que sacudió la localidad petrolera de Las Heras, perteneciente a la provincia argentina de Santa Cruz, en la Patagonia precisamente. En Las Heras, rastrea Guerriero, se suicidaban “por que sí, porque no había nada para hacer, porque estaban aburridos, porque no se llevaban bien con los padres, porque no tenían padres o porque tenían demasiados, porque les pegaban, porque los hacían abortar, porque tomaban tanto alcohol y tantas drogas, porque les habían hecho daño, porque salían de noche, porque robaban, porque salían con mujeres de la noche, porque tenían traumas de infancia, traumas de adolescencia, traumas de primera juventud, porque hubieran querido nacer de otro lado, porque no los dejaban ver al padre, porque la madre los había abandonado, porque hubieran preferido que la madre les hubiera abandonado, porque los habían violado, porque eran solteros, porque tenían amores pero desgraciados, porque habían dejado de ir a misa, porque eran católicos, satánicos, evangelistas, aficionados al dibujo, punks, sentimentales, raros, estudiosos, coquetos, vagos, petroleros, porque tenían problemas, porque no los tenían en absoluto”. El libro no lo aclara. Resulta chocante comprobar la realidad de Las Heras, comunidad alejada de las urbes, situada en la nada patagónica, con una de las mayores tasas de paro de la Argentina. Las Heras, pueblo aeropuerto, territorio sin expectativas, antesala del abismo interior.

-Vale, de acuerdo Anna, intentaré no anhelar. No estoy muy seguro de saber no anhelar, pero intentaré hacerte caso-

-Tranquila M, no voy a suicidarme; sólo intento llamar la atención. Es que me duele la vida-.

“Como escribió Emily Dickinson, morir no duele, lo que duele es la vida”, subraya Félix Romeo en esa precisa investigación sobre el suicidio de su amigo Chusé Izuel que es su libro “Amarillo”. “La caricia de la bestia” de la que habla J.J. Armas Marcelo en el artículo semanal del suplemento cultural del periódico ABC que recorté hace unos meses. La caricia de la bestia empaña “casi siempre sin saber bien la razón, la alegría de la vida”. Las ganas de perder la memoria, la desaparición de los apetitos, las fobias, el terror, la inminencia indeseable de la bestia cerniéndose. “A veces es tan subyugante la caricia que uno se queda quieto esperando el vértigo”- sentencia Armas Marcelo.

El subterfugio para esquivar a la bestia lo encuentras en la entelequia cotidiana o en los artículos de Rolling Stone. Te levantas pronto un sábado. Tú bebé de dos años reclama la atención desde la cuna. Tu hija de casi nueve, dibuja corazones que engancha en la puerta de la nevera con imanes. Minutos después un ajetreo de cacharros en la cocina anuncia la proximidad del desayuno. El olor a café recién hecho, pan tostado, los besos del nuevo día. – ¡Papá, música!- exige el bebé. Y claro, no se te ocurre poner a Bauhaus o Wagner, pones a Yann Tiersen o a Nina Simone. Mientras las brujitas se arreglan, sales a por los periódicos del día y a por el último número de la revista Rolling Stone. El sábado los diarios están copados por suplementos culturales a los que profesas fervor. Te gusta el suplemento del ABC aunque molesta la compaginación que hace que las mejores fotos siempre queden seccionadas por el pliego. Y eso jeringa por que te agrada recortar fotos y artículos, y guardarlos en archivadores. En la cafetería a la que vas ya te conocen y te preparan el segundo café de la mañana a tu gusto, corto y con doble ración de azúcar. Anotas comentarios en tus cuadernos, relees aquella nota que apuntaste a propósito del gurú Osho: “Si amas, ama por completo. Si estas triste, entristécete completamente (…). Ve directamente, se inmediato, mira la vida, no pienses en ella”. Y te da por reír. ¿Cómo puedes ser tan gilipollas? Y en la Rolling Stone, revista algo lamentable en su edición española, un artículo recoge los 30 pasos a seguir para ser un “maldito”. Vestir de negro, leer cómics compulsivamente, no disfrutar patrimonios, hablar cada vez menos en público, llevar como mínimo un tatuaje encriptado y misterioso, gustar de la imaginería oscurantista, firmar todo lo que uno haga, suprimir varias comidas al día, ser fiel a palabras como “sombra” o “melancolía”, conocer tugurios de medio mundo, honrar a otros malditos, envejecer como Mik Jagger, negar ser un maldito, marcharse sin avisar, hablar con naturalidad de la muerte. No sé si es el decálogo del maldito o el retrato de un vampiro trasnochado. Encajo en esa caricatura y la completo: dibujante medio, periodista mediano, performer caído, padre en tela de juicio, esposo ramplón, ebrio a ratos, guapo desgastado, medio viajero, medio joven, escritor trivial, medio marino, hijo lejano, suicida de pandereta, maldito de pacotilla; siempre vestido de negro.

Wu wei también lucha contra la bestia. La acción a través de la inacción. Haz pero no seas hacedor. El futuro nunca llega porque lo que siempre llega es el presente. E intentas tener presente el presente. Pero no te sale siempre. Dejas que el presente te traiga lo que te quiera traer; resulta tan necio pedirle al presente. –Recuerda, no anheles- dice la voz. Y entonces quieres concluir esta crónica gótica tan atiborrada de sombra, tan agotadora, tan maldita ¿Se puede ser un periodista gótico siendo un periodista buzo?

“No escriguis mai sota l’imperi de l’emoció. Deixa-la morir i evoca-la després”.

“L’únic responsable de tots els meus actes sóc jo (...) No culpeu ningú de la meva mort, i si us plau, sense comentaris ».

Vicenç Altaió (Biathànatos o l’elogi del suïcidi. Edicions del Mall, 1982)

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