lunes, 9 de marzo de 2009

Performance 6: What peace there may be in silence


¿Qué paz puede existir ahí, en silencio? Hay escritores que parecen no tener dificultades para narrar lo que sea. Cualquier acontecimiento merece su atención. La literatura de Perec, por ejemplo, esta por encima de los actos aunque dependa de ellos. Se nutre del ruido de lo que acontece. Aquí, sin embargo, en el silencio, las cosas son más complicadas. Se trata de buscar historias, o de provocarlas indagando en la mudez.

Escribe el narrador: “Te inventé antes de que existieras. Luego, cuando fuiste, no resultaste ser lo que esperaba”. ¿Ofuscación en la nada? No se trata de buscar ni de provocar, se trata de encontrar buenos relatos. Si los relatos buenos habitaran un cosmos, entonces, el escritor sería trotamundos, vagabundo en ese firmamento.

Tarde en Girona. Perdedor garabatea desde el mirador del Boira. El sol viste de cobre las ondulaciones del río Onyar. El Boira es un café barco, un lugar idóneo para leer, escuchar y mirar las arquitecturas caquis de Girona. Las niñas se han quedado con los abuelos. Esta tarde disfrutarán de la rua carnavalesca en S.C. Marieta disfrazada de la Liza Minelli de “Cabaret”; Lucía, de rana. Leemos los periódicos del día. Grandes gaviotas balanbrean sobre el agua. Suena “Life & let die” en versión Guns & Roses. Juzgar apropiado o no el hilo musical resulta fútil. A la intensa mirada de M se le clavan las guitarras. Life & let die. M y su escritor se imaginan en cualquiera de las buhardillas ocres que dan al Onyar viviendo a lo Hemingway. Ahora suena “Angie” de los Stones, melodía más adecuada para ver atardecer desde el Boira. M retoca la sombra de sus ojos mirándose en un diminuto espejo que sacó del gran bolsón que la acompaña a todas partes. Sombras rojas atardecen los panoramas mediterráneos que avizora el lector desde el Boira. Sombras negras, sombras rojas. –Para que haya luz debe haber sombra-dijo el otro día un iluminador de la casa Erco. Hacía pruebas de luz para las salas que albergan la colección gótica, en el Museo en el que trabaja el cronista. Es difícil iluminar marcos bruñidos, las túnicas áureas de los apóstoles. Casi imposible iluminar desde las alturas del edificio sin provocar crepúsculos que remarquen la tridimensionalidad de las piezas. -No hay luz sin sombra- sentenció el iluminador de la casa Erco.

Pasa la luz. M y el escritorzuelo apuran sus cafés. El Boira se llena de las nieblas que canta el hilo musical, del ting ting de las cucharillas contra las tazas, del crujido de las páginas leídas. Suena Miguel Bosé que le canta a una morena suya. En el periódico un extenso artículo de Norberto Fuentes sobre las últimas horas de Hemingway. ¿De qué objetos se rodeó? ¿Qué leía, qué estaba escribiendo en su refugio cubano antes de suicidarse? “Un total de 1197 objetos, sin contar libros y papelería” inventariados en Finca Vigía. Claro que en anteriores inventarios se habían barajado saldos de 4000 piezas. Y en otros, siempre dependiendo del criterio del catalogador, apenas un centenar. A Perdedor le embriaga esa idea, un mundo corazón que mengua o se expande, de ahora mil objetos mañana cien. No es fácil saber cuántos objetos tiene el arte de un artista. Todo depende del catalogador. En Girona, esta tarde, M y el escribidor pasean los escalones del casco viejo. Hubo un performer, que es un artista que trabaja sin objetos, que contó una vez todas las escaleras. Tardó tres días en pasear y decir los 3729 escalones de la Girona Vella. El viento es frío. La piedra antigua les resguarda. Pasean abrazados. El céfiro desordena los rizos de M. La cabeza de Medusa enreda a Perdedor. Pasean en silencio ¿Se trata de buscar historias, o de provocarlas indagando en la mudez?-se sigue preguntando.

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A su paso por la Ciudad, en el Onyar se mezclan las curvaturas del cobre con los limos y fangos. Aunque M está al lado, aunque se ondule su cabellera a golpes de un viento que acompasa el rizo con los surcos del agua, Perdedor está solo. Recorrer el waterfront, reseguir la línea de casas que abrazan el curso del agua, hasta llegar a los parajes salvajes que rodean la Ciudad. Marismas, bosques, dehesas y pronto, las montañas prepirenaicas. Girona es sólo un lapsus hacia el bosque primigenio. Perdedor busca historias ajenas que contar, se siente despoblado. Y si mira el sedimento verdoso que se precipita a los lados del río, se acuerda de la soledad de Alec Holland, SwampThing, la Cosa del Pantano, el protagonista de aquel cómic de los años 80 que leyó siendo un adolescente misántropo. Alec Holland, ciéntífico que investiga una fórmula que permita ver crecer la vegetación en terrenos yermos, sufre un terrible accidente en el que se ve fatalmente impregnado por la sustancia que investiga. Su cuerpo incendiado cae en un lodazal que le transforma en monstruo de barro y planta. Emergerá de los pantanos de Lousiana convertido en un membrudo ser, ávido de venganza sobre los también causantes de la muerte de Linda Holland, su esposa. A medida que avance el cómic Holland no sólo buscará venganza sino que irá al encuentro de su perdida identidad humana. Es monstruoso, está solo, anegado en el pantano, es SwapThing y su cuerpo está cubierto de lodo y líquenes, pero busca desesperadamente reencontrar al humano que fue. Quiere la fórmula para volver a ser Holland y abandonar al monstruo. En el número 20 de la serie (enero de 1984), el extraordinario guionista Allan Moore, toma el mando de la narración. SwapThing muere tiroteado tras una atroz intervención militar. En el número 21, titulado “La lección de Anatomía”, Allan Moore escribe una de las mejores vueltas de tuerca de toda la historia de los cómics. Transforma al personaje y da un giro a toda la colección en tan sólo 23 páginas ¡SwapThing es vegetal! Al caer envuelto en llamas el cuerpo desencajado de Alec Holland, murió totalmente. No sufrió mutaciones, como se especuló durante los números anteriores de la colección. De alguna manera, su cuerpo murió por completo y una forma vegetal adquirió la conciencia humana de Holland. Es decir, el cuerpo no existe, no hay hombre que buscar. Todo el motor existencial de SwapThing, todo ese proceso de indagación de lo que queda de Holland en el monstruo, se viene abajo. No es posible que Holland encuentre a Holland, pues ya no hay nada de hombre en él. Es vegetal y además, potencialmente inmortal. Sólo queda conciencia humana. Y ahí, en ese punto, sitúa Allan Moore el punctum sobre el que escribirá durante 34 números de la revista que alberga al personaje. ¿Un amasijo de hongos y légamo es humano, simplemente por tener conciencia humana? ¿Una conciencia humana, es un ser humano? ¿Se trata de buscar historias, o de provocarlas indagando en la mudez?

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Menugi. Tiene 24 años y muchas dificultades para abandonar su habitación. A los cinco años suplicó a sus padres que le compraran unas gafas que no necesitaba. Su visión era perfecta, pero lloró todos lo días hasta que sus progenitores aceptaron comprar unas gafas sin corrección óptica. Era la única manera de soportar lo que hay afuera, la única manera de salir temporalmente de su habitación. La máscara, el exoesqueleto que protege a Menugi de la herida del vivir. A este fenómeno de reclusión y encierro que prolifera entre la juventud japonesa, le llaman Hirikomori. Perdedor, el escritorucho que busca historias ajenas que contar, se siente despoblado. ¿Qué paz puede existir ahí, en el silencio?

Un hombre con deformidades en las manos y los pies discute con otro en la terraza de un bar. Hablan de créditos, de deudas con el banco, de familiares que ningunean. El hombre con deformidades en las manos y en los pies es tan expresivo y agresivo en sus diatribas que es fácil llegar a creer que las deformidades son el fruto del terrorismo interior. A veces el alma puede manifestarse a través de las pústulas y las lesiones.

En la Rambla de Girona el silencio. Ciertas mañanas de invierno se puede pasear por la Rambla de Girona sin toparse con viandantes. En las horas frías en las que el barrio viejo despierta, las gentes alargan su tiempo al calor del hogar ¿Cómo buscar historias en ese silencio? ¿Qué paz puede existir ahí afuera? Dice Siri Hustvedt que “nadie escribe un libro si está completamente en paz consigo mismo”.

Performance 5: Kriptonita

Estaría bien jugar la vida al revés; escribir el final del relato y luego ir hacia él.

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De alguna manera consumé mis vocaciones: quedé atrapado desde joven por el arte. En plena madurez, sigo, además, trabajando en arte y para el arte. Escribo, dibujo, gestiono montajes y museografías en un enorme Museo que acopia mil años de arte. Pero, ¿volvería a estudiar Bellas Artes? ¿Volvería a los cursos de arquitectura que abandoné a media carrera? No creo. ¿Estudiaría periodismo si pudiera volver hacia atrás? Posiblemente. Me asalta la duda, además, sobre si regresaré un día a la pintura, a una disciplina que abandoné antes incluso de licenciarme. No lo sé. Tocó ser artista marinero, artista del acto, artista en lo cotidiano. Y eso implicó convertirse en documentalista, actor, caminante, fotógrafo, antropófago, escritor, gestor, art-handler, vividor, ilustrador…
-Mediocre en poco, brillante en nada- dijo mi padre. Vale papá, lo que digas. En definitiva, fuiste tú el que me pusiste en movimiento. Sabrás tú, mejor que nadie, las tasas y los cánones que me toca pagar. ¿Qué quieres, papá? ¿Cómo asirme a una disciplina si las necesité todas? Dirás que tracé un gran bucle. Dirás que perdí el tiempo soberanamente (¿qué coño será eso de perder soberanamente el tiempo?) No te quito razón. Siempre tuviste mucha razón. Sea como fuere aquí me tienes, siendo un poco de todo sin escogerlo. Siendo un hombre a cachitos. Documentalista, performer, caminante, dibujante, narrador, art-handler, fotógrafo, marinero-pirata,…

Le pido a mamá que me deje leer sus cuadernos de notas, esos en los que explica la infancia de posguerra, la vida en el orfelinato, los desafueros, el dolor, la sustancia. Cuando se los pido, cuando por fin reúno las fuerzas para pedírselos, me los niega.

–Debería rescribirlos, hay cosas que no me gustan- me cuenta con desapego y repugnancia. Como si después de todos estos años ya no se reconociera en lo escrito. O todo lo contrario, como si cada renglón de lo que escribió fuera escrutinio de un íntimo desastre que no quiere rememorar.

Horror, si no puedo leerlos, esos cuadernos me hacen aún más daño.

¿Qué lluvia es esa que me oprime el pecho?

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La Kriptonita es un mineral cristalino fosforescente de color verde; emite una radiación que mengua las fuerzas del superhombre. “P me dejó un viernes sin previo aviso, rompiendo no sólo todas las expectativas de futuro compartido, sino induciéndome al mayor de los despistes”. Corría el año 96 del siglo pasado. Habíamos compartido siete años de desaforada relación. Necesité dos performances, un año de borracheras, encontrar un nuevo oficio y desaparecer de mis barrios habituales, para rehacerme de aquella ruptura. La primera performance llevaba por título “Filtro de Amor”, y la llevé a cabo en un pabellón de la feria de arte contemporáneo ARCO, en Madrid. Hierático, saqué un filtro de cafetera, lo extendí hasta que adoptó su característica forma troncocónica y, en silencio, fui situándolo en diferentes partes de mi cuerpo. Ese frágil cono de papel se convertía en altavoz cuando lo situaba en mi boca; de la boca pasaba al corazón, de allí al sexo. Megáfono de los afectos. Si lo giraba, el cono se convertía en embudo. Entonces concentraba los flujos que antes había emanado mi corazón, el sexo, el grito desgarrado de mis entrañas, y los reunía en un punto, y los volvía a meter dentro, a través de los sentidos, la vista, el oído, el cerebro,..Ante el público displicente, formado por estudiantes de arte, artistas emergentes, algún que otro performer amigo, espectadores ocasionales, repetí varias veces esos movimientos. Ojo, boca, corazón, sexo, cabeza,…En apenas tres o cuatro minutos di por acabada la acción.

En esas mismas fechas el artista Joan Casellas me pidió hacer una fotoperformance para un proyecto gráfico con otros performers. Diseñé la fotoacción “Corazón Binario”. Desnudo en el estudio de Casellas, pinté con lápiz de ojos mis lágrimas. Tatué un corazón y adherí números Letraset en su interior. El fotógrafo retrató. Hace más de 12 años. El recuerdo de aquellas acciones viene al caso.

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M y Yo, nos duchamos lentamente el uno al otro. Dejamos que el vaho llene el espacio. El pecado es probable que no se borre jamás, pero los ahogos y las multas se olvidan, se lavan. Nunca sospeché que en mujer alguna existiera una receptividad tan flexible como la que hay en M, capaz de ser guía y discípulo a la vez. El agua resbala deliciosamente por las pieles de M, por cada una de sus capas. Un hálito húmedo llena la estancia, nos rodea, nos embebe, nos aísla.

-Yo tampoco creo haber oído la lluvia-

P4: Performance de las cosas casi imperceptibles.

Performance 4. Performance de las cosas casi imperceptibles.

Fragmentos. Me fascinan los sondeos en superficie. Sin horadar la tierra, simplemente paseando territorios, los arqueólogos hallan indicios. A lo mejor un legajo antiguo documenta los sucesos de un lugar. Algo pasó en determinado paisaje, pero no se sabe por dónde empezar la excavación. Se busca el diagnóstico caminando una cota del territorio. Los trocitos que salen al encuentro relatan historias. Un pedazo cerámico, una piedra labrada, un plomo de trabuco, un metal oxidado…El sondeo en superficie le habla al arqueólogo del interés específico del lugar. Media docena de cachitos de historia, y el arqueólogo decide si vale la pena su prospección. Sospecho que con las personas pasa lo mismo. Nos fijamos en la mirada quebrada de un compañero de trabajo. Algo en las pupilas denota leyendas. Una frase inconexa, un verbo fuera de sitio. El tacatac de un lápiz sobre la mesa. Un titubeo. Un cambio de peinado. Un vestido nuevo. Nuestros sentidos sondean en superficie, y deciden si los trocitos que salen al encuentro explican cosas. Baudrillard decía que “también el pensamiento debe amoldarse a la curvatura de las cosas…” Sondeo las superficies. Recojo fragmentos de lo que me rodea. Estudio esos trozos. Indago el momento de excavar en profundidad.

Abril del 2005. Tokio. Cada objeto tiene su lugar, cada actividad su estricto horario; cada vestimenta tiene su pliegue, cada rincón ha sido diseñado para una precisa función; todo limpio, todo ordenado y pulcro; todo numerado, decretado, subyugado a una obediencia sin matices. Hotel lujoso. Por la mañana, cuando marcho del hotel, cambio de posición las toallitas, el dispensador de jabón, los cleenex,…pero mantengo un estricto orden que hace innecesaria la intervención de la gobernanta o camarera de piso. A pesar de lo cual, indefectiblemente, cada noche, cuando regreso, me encuentro las toallitas, el dispensador de jabón y los cleenex en la posición que marca el protocolo de limpieza del hotel. Me pregunto si la camarera habrá sonreído con mi juego.

Salgo del despacho y me adentro en la jornada laboral del enorme Museo en el que trabajo. He salido, silbando una tonada pegadiza. Una musiquilla pringosa es como una toxina que salta de boca en boca. Unas horas después, me cruzo con un compañero de trabajo al que no he visto en todo el día. Silba la tonada que lancé a primera hora del día.

Qué deprimente. Se sienta a mi lado un matrimonio anciano. Él es de esos hombres que siempre reniega y regaña a su mujer. Ella se lo toma a mofa, por costumbre o por desidia. Tengo cierta tendencia a ser gruñón, dice mi familia. Espero suavizarme, no quisiera llegar nunca al extremo de este energúmeno. Me pongo a ladrar. Voy subiendo el tono de mi ladrido hasta que el matrimonio anciano se sobresalta.

Recorto una foto de prensa en la que sale Marianne Faithfull fumando, junto a una taza de café. Una imagen de promoción de su último disco. Marianne debe tener unos 60 y tantos. Está guapa y decadente. Pego la fotografía sobre un fondo negro, sucio. Aplico ceras azules, negras y blancas en el rostro de la Faithfull. Ahora, tiene textura, tiene epidermis. Una piel que encierra historias; las suyas, las mías.

Dos piedras atadas con un cordón grueso tiradas al fondo de un lago. ¿Cómo saber qué deparará el destino de las profundidades a las dos piedras atadas? Fata viam inveniunt (el destino sabe guiarnos)

Me levanto una mañana pensando en una frase soñada: “Cuidado con las margaritas de Samarcanda”. No tiene mucho sentido. En el sueño, un derviche me la soltó en medio de una plaza de aspecto colonial. Todo muy extraño. Estaba en el vestuario de un gimnasio. Cuerpos bonitos alrededor. Una puerta metálica. La traspaso y aparezco en una plaza porticada con el piso de arena. El derviche de bigotes turcos danza frente a mí. Blande una espada curvada. “Cuidado con las margaritas de Samarcanda”. Decido convertir esa frase en un mantra y repetirla durante todo un día intercalándola en varias de las conversaciones de la jornada.

Baudrillard dice que California ya no es lo que era, que Roma tampoco lo es, que ya no hay ciudad imperial ni sociedad loca. ¿A dónde ir entonces? ¿A Berlin, a Vancouver, a Shanghai, a Samarcanda?

Salir un día de casa, con una mochila, los cuadernos de notas, el Breviario Mediterráneo de Matvejevic, unos pocos víveres, algo de dinero y la Rollei 35. Encaminarse a la Costa Brava y no regresar hasta haber conseguido el exvoto de un naufragio y la foto de un faro.

1996. Madrid. La enigmática LiWayWay me envía una carta: “Querido Lluís, voy a contarte la historia de una pequeña maldad mía. Hace un mes o dos le quité a mi amigo Pedro su Pilot Hi-techpoint V5 Extra Fine de color negro. Pedro es mi compañero de clase y mejor amigo de mi perro.
Un día, en un descuido suyo, me lo guardé, porque mi pluma se había quedado sin tinta. Era una maldad pequeñita. Pero algunas semanas más tarde, en Navalagamella, cuando Joaquín I. y tú intercambiabais direcciones, noté que se había agotado. También distinguí que tú tenías uno idéntico. Y cuando Joaquín quiso devolvérmelo, le dije que te lo diese a ti, que yo me iba a quedar con el tuyo, que era más nuevo y más flamante. Él estaba un poco desconcertado, pero te lo dio. Por eso, esta tinta con la que ahora te escribo, una vez fue tuya. LiWayWay”.

Dos libros. Tristes trópicos de Lévi-Strauss y Especies de espacios de George Perec. Intercalo la lectura. Leo un párrafo o frase de uno y paso inmediatamente al otro. Surge así un nuevo libro. “Odio los viajes y a los exploradores. Dos categorías que sirven para explicar toda realidad…etc”

Escribir a pedazos. Estar en territorio de nadie, acaso estar en territorio de nada.

Ducha temprana. Desayuno en familia. Luego, compro los periódicos y me tomo un segundo café en la Cafetería F. Este protocolo se repite casi todos los sábados. El paisaje asiste. La montaña lleva nevada todo el invierno. El ventanal enorme de la Cafetería F. se llena de montaña. Uno espera encontrar media docena de frases lúcidas en la lectura de periódicos. Un día aparecerá esa noticia que activa todos los resortes literarios. Una crónica que te atrapa y no te suelta, y te obliga a sumergirte, y quedas atrapado, y escribes sin parar hasta que tienes una novela.

“Tener hijos es la expresión definitiva de la esperanza”- dice Cate Blanchett.

En los pueblos suele haber alguien que recibe con más o menos injusticia el calificativo de “tonto del pueblo”. Los pueblos admiten mal a los tontos forasteros, pero ser el “tonto del pueblo” oficial es una categoría. En SC, pueblo en el que vivo, hay un par de tontos nacidos y reconocidos como tales. Uno siempre grita y juega a fútbol con los niños; pero de ese ahora no toca hablar. El otro es el tonto jardinero. Un hombre tranquilo de aspecto jovial, jardinero del ayuntamiento, que entabla conversación con todo el mundo, a pesar del talante tímido que enseguida enrojece sus mejillas. El jardinero tonto se toma un café en la Cafetería F. Habla con un hombre alto que le palmea con afecto la espalda mientras conversan. Cuando el alto se despide paga su consumición y la del tonto jardinero. Nuestro tonto presente se lo agradece y sale del bar con una sonrisa pletórica. No recuerdo haber visto en mucho tiempo expresión de tamaña felicidad. Casi diría plenitud.

Ensayo cuento gótico: Corro por los bosques. No es ni mediodía y sin embargo el trote se lleva a cabo en la semioscuridad que entretejen las ramas. Un fuerte viento tramuntanesco ha silenciado la vida en el bosque; también la luz. Es el Norte, el viento que viene de “tras la montaña”. Caen hojas y ramas. Árboles rotos. Acecha el peligro, lo noto.

Y leo requeteleo a Lévi-Strauss y va el tío y dice que “sólo queda una sociedad donde aquellos que no son capaces de nada, sobreviven esperándolo todo”, ¡el muy jodido!

He contado todo el tiempo que ocupan los errores que hubiera preferido evitarme en estos 40 años. Me salen aproximadamente unos siete años de error sumado. Mi rédito, por tanto, es de 33. No es que no haya errores en esos 33, pero son asumibles porque me construyen. Los doy por buenos. De los otros siete mejor no hablar. Son las cuatro de la madrugada, de nuevo insomnio.

Anna, que me lee siempre, dice que escribo desordenado. (Pausa). Vale, de acuerdo Anna. (Nueva pausa). Es que vivo desordenado. (Pausa larga). Vale, no es excusa.

Es curioso, veinte años después, regresar a la facultad de Arquitectura. Esta vez como ponente, ayer como estudiante. Todo ha cambiado para seguir igual: el bar feo pero barato, la copistería, la tienda de materiales, el grotesco y poco útil edificio de Coderch junto al mamotreto tardofranquista de la antigua escuela. Los alumnos son veinte años más jóvenes. Sus mentes no muy interesantes, aunque si alguno de sus cuerpos. Hay miradas intensas, pero les quedan muchas intensidades por vivir. Todos parecen preocupados por cómo traducir laboralmente su esfuerzo académico. Les hablo de performance, de que sean flexibles y duros como el bambú, que sean marineros en un mar en constante movimiento. ¿Porqué los apóstoles eran pescadores y no campesinos?

Busco en Youtube videos de Georges Brassens. Lo hago en horario laboral, para que esa música rebelde resplandezca. “Todos vendrán a verme ahorcar, / Salvo los ciegos, es natural”.

No me canso de leer los relatos de Hemingway, ni de comer chocolate por las noches.

Inscribí un cero con diéresis en una hoja de papel reciclado. Esa cifra travestida de letra la secuestré del bucle-cinta de möebius y de las regiones imaginarias de Tlön. Con el papel hice una bola que guardé en el bolsillo y trasladé conmigo durante varios días. Un intento más de conminarme con la religión que busco. Tras un periodo más o menos largo, cuando vi que la hoja estaba demasiado arrugada, la introduje dentro del Antiguo Testamento para aplanarla. Allí estuvo un tiempo. Bien, pues ni aún así conseguí tener un espíritu ecuánime y abierto a lo trascendente. Y eso que la tradición hebraica dice que en las letras que son números habita el aliento de lo Absoluto.

Invento una conversación con Wim Wenders. Utilizo para ello las declaraciones del director en el press-book de la película Der Amerikanische Freund (1977).
-Cuando uno se sumerge tan profundamente en una historia escrita por otro se da cuenta más deprisa de cuales son sus puntos débiles, pero también de dónde está su fuerza-
-¿Pero no crees que en el cine actual Wim (como la charla es inventada me permito tutearle), la imagen está demasiado supeditada al texto ajeno?- pregunto.
-Cuando leo un libro desarrollo también el deseo de hacer una película. (Silencio). O de inventar. (Nuevo silencio). Yo considero mi trabajo más como una documentación que como una manipulación. Me gustaría que mis películas tuvieran que ver con el tiempo, con la época en que son rodadas, con las ciudades, los paisajes, los objetos, con todos los que trabajan en ellos, conmigo mismo-

Perderle el miedo al presente, es clave. Os lo juro.

Performance 3: El Tarambana








Performance 3. El Tarambana.

Pongamos por caso que en junio del 2000 el jefe de redacción de la revista en la que trabajas te encarga un par de ilustraciones para un artículo sobre la figura del filósofo rumano Emil M. Cioran. El encargo es un poco precipitado, como, por otra parte, suele ser habitual en la relación entre el rotativo y el dibujante de prensa. El tema enrevesado. Te demoras en la entrega del dibujo tanto como puedes, acercándote peligrosamente a la fecha de vencimiento. Revisados los pocos textos de Cioran que alberga tu biblioteca, después de leer y releer el escrito hasta el aburrimiento, te adentras en los despeñaderos que propone el filósofo. No sabes que dibujar. Vagando entre los grabados de Goya, ejercicio que practicas cuando no sabes que dibujar, te topas con el vigésimo sexto de los “Caprichos”. Mujeres de vida alegre, “casquivanas” con extraño tocado esperan recuperar el juicio perdido. Sostienen con la cabeza sillas de mimbre. Con trazo enérgico sitúas un alter ego sobre el papel y le pones una silla en la cabeza. Dibujas un horizonte nocturno, que es el horizonte de las quimeras, y una luz fuera de cuadro proyecta la angustia hecha sombra bajo los pies del personaje. Nace así un dibujo sobre Cioran de inspiración goyesca que, además, te autorretrata. Bingo. Tiempo después de ser publicado, el dibujo reclama ser titulado El Tarambana. Vuelves al juego de un yo abstruso revirando la exigencia familiar y social de “sentar de una vez para siempre la cabeza”. En esta ocasión has sentado una silla sobre tu cabeza dibujada, algo confundida por la aridez de Cioran. Tienes un dibujo.

El Tarambana queda olvidado en los archivos. El verano del 2001, subes al paisaje pirenaico con el pintor Perejaume. Habláis largo y tendido sobre como el dibujo es el medio de expresión que tiene el territorio para formularse. El dibujante es un medio. Te domina esta idea durante una noche lóbrega en la que te preguntas cuál es el paisaje que se dibuja a través de ti. Luego visitas el estudio que Perejaume tiene en el Montnegre. Te llevas contigo El Tarambana. El dibujo se queda allí unos días. No imaginas mejor lugar para él. Después llevas al Tarambana hacia el Baix Empordà, emplazamiento donde periódicamente te escondes del ruido de la polis. A la vera del mar. Caminas por Tossa de Mar, Calella de Palafrugell, Begur, la desembocadura del Ter, L’Estartit, las Islas Medes. Es el verano del 2002. Una mañana paseas el dibujo por las calles de Torroella de Montgrí, villa histórica que conserva un trazado urbano del medioevo. Quieres ver si el dibujo comulga con los pórticos, la piedra, los callejeros pretéritos. A finales de verano visitas con el dibujo la curiosa galería de arte que Clara G. tiene en Camallera. Conduces por un atajo que cruza el parque del Montgrí, huyendo del viento de garbí para encontrar la tramuntana. Piensas que quizás el Tarambana pertenece a los vientos del norte y por eso conduces desde garbí a tramuntana. Te pierdes por caminos de cabras recordando otra frase de Perejaume: “el paisaje siempre tiene razón”. Llegas a Camallera. Clara, gestora de un espacio dedicado a las artes en medio de la nada, una especie de galería de arte-granja, se entusiasma con la idea de pasar unos días con tu dibujo. Luego te cuenta que se quiere ir a Argentina y pregunta si el dibujo se puede ir con Ella. Accedes, aunque no te apetece separarte del dibujo. La crónica argentina del Tarambana queda por hacer, pero Clara te cuenta que el dibujo viaja hasta el templo de la Difunta Correa, santidad local sin parangón en el cristianismo europeo. Te explica la leyenda de esta Santa apócrifa que murió de sed con su bebé en las manos, y que al encontrarla, todavía amamantaba a su pequeñuelo. Un símbolo de la vida que surge de la muerte. Humus. Donde feneció la Difunta Correa, las gentes humildes construyeron un templo, plagando los alrededores de exvotos en forma de casita, viviendas a escala donde habitan los deseos y las debilidades del ser. El Tarambana ya no es un dibujo- piensas. Tienes una performance.

Meses después llevas el Tarambana a la galería Espais de Girona. Es un paso lógico, llevar el dibujo a una ciudad laberinto. Dejas 24 horas el dibujo en esa galería de arte. Entonces pasan dos años más. Y ya es el año 2004, y un amigo escritor; Jorge Carrión, se va de viaje largo por las américas. Y lleva consigo al Tarambana en versión bolsillo (fotocopia plegada), y te escribe una nota desde la lejanía:

“El Tarambana nació y en el parto estuvo Goya. El dibujante evocó los grabados más oscuros del Pintor y su propia ironía al concebir a un hombre sentado con una silla en la cabeza. Sin saberlo, imprimía también a su creación cierto talante viajero. El Tarambana se asienta en un territorio y transporta el instrumento para sentarse en otro: sus sillas son intercambiables, como lo son las del viajero, por su naturaleza eminentemente mental. Lo goyesco trasciende la plástica para devenir ética: testimonio de un itinerario (Los Desastres de la Guerra) o reflexión sobre lo atávico y lo cultural (Los Caprichos).
Por eso yo no podía suscribir la génesis intelectual del primer Tarambana. Estaba ligado a Cioran (desacreditado a mis ojos por su pasado fascista) y a Perejaume (cuya obra artística no conozco, aunque si sus actos de homenaje a Verdaguer, concebidos desde una exaltación y un trabajo del paisaje que no comparto). Así pues, le propuse al dibujante crear un clon del Tarambana, vinculado sólo de raíz a Goya, abierto a una singladura que empezara tres días después de su propuesta.
El clon Tarambana es un proyecto de investigación del vínculo entre ser humano y territorio, desde la óptica del viajero, con su extrañeza, su distancia y su nunca suficiente madurada composición de lugar”.

El escritor regresa de su viaje y quedas en verle. Pero no le ves. Y de repente pasa otro año. Y durante ese tránsito te divorcias de tu mujer. Te llevas gran parte de la biblioteca, la colección de juguetes ópticos, dos tallas africanas, una manta vieja y el dibujo del Tarambana. Te vas a vivir junto a los bosques pero a pocos kilómetros del mar, y escribes que “transitar no es una forma de vivir menos comprometida que el habitar”.

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Arrastras desde hace días un fuerte trancazo. No hay fiebre pero te ahogas en mocos y toses. Si no hay fiebre no hay alerta- te dices. Odias los hospitales y médicos, así que optas por la automedicación. Como en casa sólo quedan restos de anteriores gripazos, antinflamatorios, gelocatiles, iboprufenos, paracetamoles y jarabes homeopáticos, decides inventar un tratamiento a base de tomas periódicas de esos restos de serie (antes de empezar, por lo menos, tiras los medicamentos caducados). Experimentos punibles, lo sabes. Pero es tu trancazo y haces con él lo que te da la gana. Para eso eres performer. Derecho a jugar con el cuerpo, con el azar y los virus, reclamas. Lo peor es la duermevela en la que se anegan las horas, que no te deja salir a correr montes, ni te deja leer en condiciones, ni dibujar, ni escribir. Bueno, al escritor uruguayo Mario Levrero si que le sigues leyendo. Los virus le sientan bien a esa lectura. El uruguayo hubiera creído probablemente que tus trastornos son invenciones, admirables soluciones creadas por el inconsciente para sobrevivir, la consecuencia de la historia personal, el precio que pagas por tu libertad. Levrero se destruía en vida por que admitía no conocer las herramientas con las que construirse. Levrero se machacó el cuerpo hasta la muerte, pero tenía las santas narices de recomendar a los jóvenes que no se desintegraran en alcohol, tabaco, sexo ni drogas. No hay nada por ahí que te libere del peso- decía. Por fortuna ya no eres tan joven. Y tienes un dibujo. Sabes que puedes descolgarlo de la pared cuando quieras y salir, y ponerte a caminar.

Performance 2: El exoesqueleto


























































Performance 2. El Exoesqueleto.

Junio de 1998.
El procedimiento era sencillo. Amparado por las ganas de desmantelar mi encrucijada laboral, le pido a J, experto empacador, que me ayude a construir un tótem. Me debato entre los apetitos artísticos y mi trabajo como manipulador de obras de arte. Me daña la pequeñez de mi arte, la insignificancia que me obliga a trabajar en labores tan alejadas de los ensueños, descargando camiones repletos de cajas, embalando obras de arte de otros, montando exposiciones en museos de renombre, trabajando siempre en una trastienda, sin opciones a ocupar un puesto en el escaparate del arte. Durante dos horas largas J embala mi cuerpo de performer desvalido con cartón simple de doble canal. Permanecer lo más inmóvil posible propicia calambres en las piernas. Antes de que J pueda acabar de envasarme le pido que se detenga y abra el molde de cartón. Los calambres son insufribles. El exoesqueleto, por eso, está acabado.

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Hacia 1940 0 1941 redacta Salvador Dalí su poderosa Vida Secreta, sombra autobiográfica con la que vestir precozmente su fulgurante carrera artística. Un episodio resalta cada vez que uno relee este libro imprescindible. Me refiero a la extraña digresión sobre el terror que provocan en Dalí las langostas. “¡Asqueroso insecto! Horror, pesadilla, verdugo y alucinante locura de la vida de Salvador Dalí.”-escribe el pintor ampurdanés. Confiesa Dalí que a pesar de los treinta y siete años que tiene cuando redacta su psicobiografía, estos insectos que le provocan pavor desde la infancia, le siguen estremeciendo. Aunque no siempre había sido así, para desconcierto de sus mentores. Al principio le agradaban, como a todos los niños. Es un insecto al que resulta fácil perseguir, atrapar, torturar. El problema real parece surgir cuando el niño Salvador Dalí descubre el interior blando que aloja el esqueleto exterior. Hay algo en la blandez viscosa que aterra a Dalí.

Muy al principio de Vida Secreta, Dalí deja atónitos a los lectores con la narración de sus “recuerdos intrauterinos”. Allí explica que “el paraíso intrauterino tenía el color del infierno, es decir, rojo, anaranjado, amarillo y azulado, el color de las llamas, del fuego; sobretodo era blando…”. Quizás esa blandez sea sinónimo de fragilidad psicológica. Una fragilidad la del nonato que protege la cúpula materna, cascarón y amparo al tiempo. El niño uterino que es Salvador Dalí permanece al margen de la crueldad del exterior. Crueldad nada desdeñable si pensamos que alguien debió contarle a un Salvador Dalí todavía niño que antes que él hubo otro Salvador Dalí púber que murió prematuramente. Él vino a “sustituir” al primero, “como si hubiera sido concebido en la urgencia del dolor”, dice Ian Gibson. Nació nueve meses y diez días después de la muerte de su hermano. Sin embargo, Dalí maquilla ese dato en Vida Secreta al afirmar que tenía siete años, y no veintidós meses, su hermano fallecido. También afirma que esa muerte se produjo tres años antes de que Él naciera, y que su hermano de siete años había dado claros síntomas de precocidad y genialidad. Todo muy extraño. Gibson cree que Dalí juega al enredo con sus biógrafos, aunque todo indica a mi entender, que ese suceso prenatal marcó a fuego la psique del Salvador Dalí niño. Quizás tres años fueran los que tuviera Salvador cuando tomó conciencia de la foto de su hermano que colgaba encima de una cómoda en el dormitorio de sus padres; quizás siete años fueron los que tuvo cuando en alguna discusión con sus progenitores se le recordara que antes que Él hubo otro niño angelical de imperecedero recuerdo en la madre. No lo sé, pero siempre me dio por pensar que ese niño enclenque que fue Dalí necesitó crearse armaduras para protegerse de las blandeces de un pasado mal resuelto. Dalí nació para encubrir el duelo provocado por la muerte de un hermano, para sustituirlo. Y por eso también, le horrorizaba comprobar el contenido viscoso de los exoesqueletos, pues dentro del caparazón está la blandez. El tiempo siempre fue blando para Dalí, seguramente por que en el comienzo, antes de nacer, todo fuera blando, y del color del infierno, y rojo, anaranjado, amarillo y azulado, y sobretodo, blando. Antes del tiempo, hubo otro niño que también fue un poco Salvador Dalí. Como hubo un abuelo (Gal Joseph Salvador Dalí) que sufrió paranoia, y que terminó sus días suicidándose en un salto al vacío. Y el niño Salvador Dalí debió sentirse acosado por esa blandez del tiempo familiar que le condenaba antes de nacer. Blandos retrató los relojes de una de sus más famosas composiciones.

“Era total su repugnancia por las blandas espinacas, o por las ostras comidas sin concha”- me dijo en cierta ocasión el historiador y crítico de arte Ricard Mas. Pero le gustaban las hormigas aunque identificara al hormiguero con la herida; y le agradaban las armaduras medievales, y los blasones, y las cáscaras de huevo, y los pianos. Y su bigote era una máscara, un exoesqueleto con el que protegerse de las agresiones del exterior. De la misma manera que su excentricidad era un cobijo. Lo aclara precisamente cuando cuenta en sus memorias como el Salvador Dalí niño sale del entuerto que provocan los compañeros de clase al amenazarle constantemente con arrojarle langostas, aplastarlas en sus libros y libretas o esconderlas en su pupitre. Dalí inventa la “contralangosta”; corre la voz entre sus condiscípulos de que las pajaritas de papel blanco le asustan mucho más que las langostas. “Cuando veía una langosta, me esforzaba en reprimir la manifestación de mi temor. Pero cuando me mostraban una pajarita, lanzaba alaridos y simulaba ataques de locura…”. Esa estratagema, cuenta Dalí, tuvo inmenso éxito. Y de ser cierta, anuncia en el Dalí niño la artimaña que el Dalí adulto llevará a cabo a lo largo de toda su vida: la construcción de una personalidad exoesqueleto que cubra la frágil personalidad interior. Bigote y excentricidad como armadura. Para el psicoanalista lacaniano Luis-Salvador López Herrero, la redacción misma de Vida Secreta es en cierto modo un exoesqueleto, “hay que entenderla como la construcción de un personaje imaginario-el divino Dalí-, que, amparado y sostenido por una mujer y una obra, le va a permitir apaciguar su drama personal y acometer, mediante esa piel de textura delirante, el curso del nuevo mundo que se avecina”.

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Me gusta esconderse bajo el edredón nórdico, y que fuera, el tiempo, acontezca sin mi. Dicha confesión me obliga a examinar una rutina de muchas noches, en las que se protejo del exterior bajo ese caparazón espontáneo.  Es de suponer que el edredón es lo más parecido que a uno le queda de su madre, el resguardo uterino, la cueva origen. Algunas de las mejores noches de amor de mi vidafueron bajo ese palio, que amparando los cuerpos desnudos de los que se aman, los aisla del tiempo.

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Mi hermana R nació con la columna vertebral torcida. Eran los años 70 y la prescripción médica de aquel entonces aconsejó encerrarla seis meses en una carcasa de escayola que dejara al aire cabecita y extremidades. R fue tortuguita los primeros seis meses de vida. Yo tenía casi dos años. Supongo que no fue fácil que mis afectos entendieran por qué quedaba desplazado (crisis, por otra parte, que todos los hermanos sufren con la llegada de un nuevo miembro a la familia), ni porqué mis padres prestaban gran atención a aquella niña mitad tortuguita. Quizás por aquella experiencia soy proclive a los golpes y contusiones desde la infancia. Fui un niño siempre la cabeza magullada, las rodillas peladas, las piernas arañadas. Como si constatara que, a diferencia de mi hermana, yo tenía dentro la dureza de los huesos, y por fuera, una contracoraza de piel y blandez a la que poder lacerar.

Performance 1: Antoni Tàpies 2008



Performance 1: Antoni Tàpies.2008

Salir desde casa, 41º41'33.33'' N / 2º29'44.65'' E, e ir corriendo hasta el estudio que Antoni Tàpies tiene en la cordillera del Montseny (41º43'51.32'' N/ 2º28'10.02'' E). Pasar de una cota de 148 m sobre el nivel del mar a una de 389 m. Aproximadamente un recorrido de unos diez kilómetros en ascensión por el GR5, atravesando los bosques de Campins. Tiempo estimado de ejecución: una hora en llegar, y media hora en regresar. Performance homenaje al 85 cumpleaños de Antoni Tàpies, que nació un 13 de diciembre.

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-Tàpies es un guerrero- me digo mientras corro hacia su estudio. La mañana es fría. Una espesa niebla cubre el Turó de l’Home. Creo que unos siete kilómetros, y no los diez que suponía, son los que separan mi casa del estudio que tiene Antoni Tàpies en Campins. No he madrugado demasiado. Encuentro un par de cazadores con perros buscando la perdiz. Nos saludamos. En la mochila llevo agua, un cuaderno de notas, un chubasquero, una manzana, un trozo de turrón de avellanas y el teléfono móvil. Troto cómodamente. Sin prisa. Mesurando las fuerzas. En apenas una hora vislumbro la masia de los Tàpies. Un poco antes de llegar he pasado junto a Can Pitarra, el refugio de montaña del famoso dramaturgo del XIX. Me como la manzana y doy un trago de agua en el encinar colindante a Can Tàpies. Saco el cuaderno de notas y apunto que Tàpies es un guerrero. Quiero retener esa idea. Tàpies no es monje, ni ermitaño, ni cenobita de los bosques, es un guerrero que se deja la salud en su contienda plástica. Un hombre de acción que morirá en combate. La Pintura es guerra. Cojo una pequeña piedra de recuerdo. Saludo a Carme y a su marido, masoveros de Can Tàpies.
-¿Cómo tú por aquí?- preguntan.
-Nada, he salido a correr un rato- les digo. Taca, la eficiente perra que hace rato detectó mi presencia en el camino, me olisquea tranquilamente. Parece reconocerme. No en vano, durante unos 12 años he subido a este estudio todos los septiembres, a empacar y trasladar a Barcelona, la pintura luchada por el Pintor durante los meses de estío.
-Ahora trabajo en el Museo- les cuento.
-¿Pero sigues viviendo en S.C?-
-Si, trabajo en Barcelona, pero pertenezco un poco ya, a estos paisajes- les contesto.
-¿Porqué no venís un día a verme al Museo?-
-Uy, nosotros ya no nos movemos de aquí- explica Carme trazando un círculo con ambas manos que parece querer abarcar el paisaje que nos circunda. –Este es nuestro mundo, tenemos mucho trabajo-

Me despido antes de coger frío. Pienso en la vida campesina. En esa vida que es terruño, esa metafísica de la cotidianidad que se arraiga a un trocito de tierra. Troto de regreso a S.C., pensando en Tàpies y en su peculiar dualidad que engarza los muros grafiados de las principales cosmópolis del mundo, con los alcornoques y las nieblas de los bosques del Montseny.

“Montseny, boscos, matinales, capvespres amb cants de rossinyols, passeigs per laberints d’alzines amb el meu gos estimat. Caminar, peus, sabates, bastó. Nits de boira, nits d’estrelles, nits d’ira, nits dialogant amb companys, fent projectes, nits sentint música, nits d’amor...
(Memòria Personal. Editorial Empúries, 1993)

Trotando la distancia que separa el atelier Tàpies de mi estudio, convoco a los genios, brujas y nereidas de río. Me cantan la pertenencia a los caminos y a los tránsitos. Soy, como escribió el Nóbel Le Clézio, de aquí y de allá, pertenezco a varias historias. Una de ellas me narra en estos bosques, sobre los rastros del jabalí, entre matojos y hayedos.

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El 13 de diciembre el pintor Antoni Tàpies cumple 85 años. A pesar de una salud quebradiza que limita su visión, el oído y la movilidad, a pesar de haberse sometido a una delicada operación este verano para implantarle un marcapasos, el pintor pinta, y su pintura parece más vigente que nunca. Expone una selección de dibujos en la galería Lelong de Paris, cuadros en la galería Soledad Lorenzo de Madrid, y prepara una antológica de obras de los años 50 y 60’s para la Dia Art Foundation de Nueva York. Pintura tan vigente como lo es la tragedia que salpicó el siglo XX; como lo es el drama del hombre enfrentado a sus límites y temores; como esa ruda trascendencia del poeta que sabe que todo lo que vive camina irremisiblemente hacia la muerte.

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La enfermedad y la guerra marcan sus comienzos. Entre 1936 y 1939 asiste con horror a la derrota de un gobierno democrático y legítimo y al inicio de la dictadura del General Franco. La situación familiar, la ciudad en la que vive, el ambiente cultural que había vivido en sus primeros años, se hacen trizas. Entre 1942 y 1943 una enfermedad pulmonar le mantendrá postrado en la cama. Dibujará, copiará a Van Gogh y a Picasso, estudiará los textos de Nietzsche, Ibsen, Stendhal, Proust,…escuchará a Wagner, a Brahms…quedará empapado por la estética de lo sublime, por el romanticismo alemán, por la naturaleza como fermento del infinito interior. Vendrán la 2ª Guerra Mundial, el horror total, las sucias complicidades de la sociedad gris que le cerca. Vendrán Sartre y Camus, y los viajes a Nueva York y a Paris. Y vendrá el amor a Teresa, una niña a la que profesa devoción, que vive en el Montseny, que habita los parajes de lo sublime, que será su musa, su esposa, y al final, la gestora de la gran industria Tàpies en la que se convertirá su pintura.

Entre 1945 y 1947 la pintura de Tàpies llega a la materia después de un periplo más o menos pobre por el postsurrealismo. Dos cuadros extraordinarios, si tenemos en cuenta que Tàpies provenía de una tradición figurativa inconmovible, le empujan al advenimiento de la materia. Se trata de Creu de Paper de Diari (Cruz de papel de periódico), 1946-1947, un collage y acuarela sobre papel, y Collage de les creus (collage de las cruces) de 1947. Dos magnificas composiciones resueltas con materiales pobres, papel de periódico, papel higiénico y cruces parcamente trazadas, rasguños sobre la superficie, que abordan una temática fúnebre, orgánica, de final de etapa y comienzo de otra. Son obras humus, cuadros sobre los que Tàpies construirá buena parte de sus presupuestos estilísticos en años siguientes: trabajar directamente sobre la superficie, con las manos, esgrafiando hasta casi dañar el espacio de la pintura, en tonos ocres, excremenciales, trazando la cruz, su gran icono, una cruz que también es una T, de Tàpies, de amor hacia Teresa, de Totalidad. Una pintura desnuda de artificios, cercana a la abstracción pero que conserva todavía elementos simbólicos reconocibles. Una pintura que se acerca al muro, al grafitti callejero, al estiércol sobre el que cuestionar al hombre.

Así será durante cincuenta años la pintura de Tàpies. Un arte, como recuerda J.F.Yvars en una de las muchas crónicas publicadas en estos días, que “sigue haciéndose de pigmentos y tierras, cenizas, los viejos reflejos que cristaliza el polvo de mármol, el muro, las raspaduras y los desechos urbanos”. Una pintura que grita la barbarie, que llora la muerte, que ensordece violencias, orgánica, asimétrica, anómala, infinita, inacabable. Tàpies pinta Pintura, por eso su labor no acaba nunca. Cada cuadro es de nuevo un altercado con la materia pictórica. Cada cuadro es una palabra más en la colosal novela que escribe durante cincuenta años. Un individuo que escribe pintura. Una refriega constante, una fragmentación del yo, una muerte en vida.

Tres son los vectores formales que delimitarán la materia pictórica de Tàpies: la superficie del muro, la tierra y el trazo. Es decir, la urbe y sus grafismos, el sotobosque y las nieblas, y el signo, el gesto. Con ese parco alfabeto pictórico Tàpies desarrollará una pintura que nos conmoverá. Una pintura en la que el infinito tiene cabida, pintura filosófica, musical, comprometida. Resuelta con paleta austera de ocres, grises, tierras, negros, algún blanco, rojo sangre, poco más. -“Si he llegado a hacer cuadros sólo con gris, es en parte por la reacción que tuve frente al colorismo que caracterizaba el arte de la generación anterior a la mía, una pintura en la que se utilizaban mucho los colores primarios. El hecho de estar rodeado continuamente por el impacto de la publicidad y las señalizaciones características de nuestra sociedad también me llevó a buscar un color más interiorizado, lo que podría definirse como la penumbra, la luz de los sueños y de nuestro mundo interior. El color marrón se relaciona con una filosofía muy ligada al franciscanismo, con el hábito de los frailes franciscanos. Hay una tendencia a buscar lo que dicen los colores alegres: el rojo, el amarillo; pero en cambio para mí, los colores grises y marrones son más interiores, están más relacionados con el mundo filosófico”- dijo Tàpies en el folleto de la exposición Comunicación sobre el muro (Fundación Tàpies, Barcelona, 1992). Siempre me llamó la atención, que incluso en sus ropas, en el atrezzo cotidiano, Teresa y el Pintor escogieron estos colores. La irrupción de un color fuera de gama se convierte en un acto subversivo de una virulencia extrema, algo que sucede raramente en su pintura, y casi nunca en su vida objetual.

En la pintura de Tàpies se puede leer el trazo; los objetos se revelan, el calcetín, un zapato, cualquier puerta vieja, una silla, el parco mundo objetual que rodea al Pintor tendrá lugar en esa pintura. Y también cabrá el paisaje del Montseny, los alcornoques, las nieblas, las cruces del cementerio, el dolor y la paradoja, la poesía de Oriente. Escribirá Tàpies en sus memorias: “Montseny, boscos, matinales, capvespres amb cants de rossinyols, passeigs per laberints d’alzines amb el meu gos estimat. Caminar, peus, sabates, bastó. Nits de boira, nits d’estrelles, nits d’ira, nits dialogant amb companys, fent projectes, nits sentint música, nits d’amor…” (Montseny, bosques matinales, atardeceres con cantos de ruiseñor, paseos por laberintos de encinas con mi estimado perro. Caminar, pies, zapatos, bastón. Noches de niebla, noches de estrellas, noches de ira, noches dialogando con compañeros, haciendo proyectos, noches de música, noches de amor…).

Tàpies encabeza sus memorias con una cita de Hou K’ieou-tsen: “¿Cuál es el objetivo supremo del viajero? El objetivo supremo del viajero es ignorar a dónde va”. Escribe pronto esas memorias. Quizás por que había pasado miedo, o por que veía que algo moría en la sociedad de aquellos días, veía morir el paradigma de la modernidad. En 1966 Antoni Tàpies acude a la asamblea clandestina que se celebra en el Convento de los Capuchinos de Sarriá, en Barcelona. Se debate sobre la creación del primer sindicato universitario democrático en pleno periodo franquista. Tras unos días de reclusión-protesta, tras unos días en los que la sociedad española estuvo pendiente de ese encierro y el Régimen franquista barajó varias posibilidades de intervención, fue detenido por la policía junto a otros participantes, y posteriormente multado. Debió pasar miedo; algunos cronistas de la época, como Carlos Barral, hablan de la turbación de Tàpies y su familia. El Régimen no estaba para remilgos, y todo parecía posible. Ese mismo año empieza Tàpies la redacción de su libro autobiográfico “Memoria Personal”, que publicará finalmente en 1978. Tàpies es pintor pero se maneja bien con los libros y la escritura. Es conocida su afición bibliófila y su interés por dejar un rastro escrito paralelo al gráfico. En estos días, aprovechando su 85 cumpleaños, se edita una nueva selección de algunos de esos textos, en edición de bibliófilo, prologados por D.Sam Abrams.

Conozco a Tàpies desde hace unos doce años. Tuve la oportunidad de trabajar varias veces en sus estudios, ayudando a empacar los enormes cuadros que luego viajaron a galerías y museos de medio mundo, montando algunas de sus exposiciones. A lo largo de esos años pequeñas charlas con el Pintor y su entorno me han acercado a su Universo. He conocido, por tanto, a un Tàpies en plena madurez, alejado de las polémicas, de vanguardias y de modas. Tàpies siempre tuvo una relación estrecha con los acontecimientos de las épocas que le tocó recorrer. Dialogó y polemizó a través de su obra y sus textos con los fenómenos sociales y eventos contemporáneos del Arte.

-“Nunca estoy contento con lo que hago”-me dijo hace un par de años ante la pintura que había producido aquel verano. En Campins, población escondida en la cordillera del Montseny donde tiene un gran estudio, realiza desde hace 50 años el grueso de su producción. En pequeños cuadernos anota durante el invierno ideas que luego desarrolla en el estudio de Campins. Así, decide los tamaños de las telas que encarga. Empieza el proceso estival en un estudio vacío. Cada cuadro pintado conduce al siguiente. Al terminar la temporada el taller está repleto de pinturas que conectan las unas con las otras. Se trata de una narración continua que nunca ha sido mostrada al gran público aunque si a los amigos, admiradores y colaboradores. Al llegar septiembre los cuadros se dispersan en las exposiciones apalabradas durante el invierno anterior. -“Nunca estoy satisfecho; no llego a lo que quería contar; siempre me quedo a medio camino”- me confiesa compungido mientras paseamos entre la magnífica colección de cuadros. Tàpies no parece contento. Su pintura se sustenta sobre el dolor. Es un artista bisagra entre el paradigma de la modernidad y el desaliento de la postmodernidad. Su territorio es hacienda de nadie. Tàpies está sólo.

El viejo Maestro pierde la salud año tras año. Su esposa Teresa me cuenta: “Antoni es el último de su estirpe”. Un artista marcado por los avatares del S.XX. “Ya no queda ninguno de sus contemporáneos con vida”. “No sabemos qué deben opinar las nuevas generaciones del trabajo de Antoni; ¿Qué opináis?”- me pregunta Teresa. - “Antoni se ha dejado la salud trabajando este verano”- me explica. Tàpies dibuja directamente en el suelo. Es un pintor campesino, que labra su pintura. Un esfuerzo que a un hombre de su edad le lleva al límite del vigor. Pero Tàpies siempre ha sabido hacer de la dificultad y del límite, una virtud. Es un pintor de acción. Su pintura es en gran medida el resultado de una performance, de una coreografía azarosa, de una predisposición a lo sublime. Fíjense que casi nunca hay goteos en la pintura informal de Tàpies, a diferencia de, pongamos por caso, Pollock. La mancha está trazada sobre el lienzo. De alguna manera la pintura de Tàpies es siempre caligráfica, intencional. Tàpies lucha contra los límites que impone su mano: captura materiales, congela objetos que incrusta directamente en sus lienzos, roba esos objetos de su esfera cotidiana, traza con escobas, pinta directamente con las manos, desfallece sobre el lienzo, danzan sus brazos, camina sobre las telas, acaricia con sensualidad los materiales…Eros, Tánatos…Tàpies comprende y respeta el envejecimiento de los materiales. Confundirse con el polvo, con la ceniza, con la tierra de donde surgimos y a donde vamos, demanda el Tao.

A mi entender nunca le hizo falta a Tàpies la cita oriental, ni el edicto político con el disfrazó gran parte de su producción, ni la defensa estilística del informalismo frente a otros fenómenos del arte, ni el barniz espiritual…porque lo verdaderamente impresionante de la pintura de Tàpies es su disputa íntima contra la muerte.

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Llego a 41º41'33.33'' N / 2º29'44.65'' E. Vengo de 41º43'51.32'' N/ 2º28'10.02'' E). Cojo una piedra junto a la casa donde vivo y grafío en ella la fecha de mi carrera. Ahora tengo dos piedras.

Paréntesis Mediterráneo (2007-2008) (nouvelle)

(Vives un tiempo bisagra. Menos mal que existe Der Unbestand ist ihr verwardt de Adam Krieger. Esa melodía te salva. Menos mal que existe el pimiento rojo. Morder un trozo de pimiento rojo crudo te hace feliz, o te recuerda la felicidad. Menos mal que existen las caricias a un bebé, pues sino la remembranza de todas las caricias que perdiste se haría insoportable. Menos mal que existen los amigos que uno ni imaginaba, las palabras que se convierten en abrazos cuando uno más los necesita. Menos mal que siempre vivirá el crepitar de las ramitas y hojas cuando uno camina o trota por el bosque. Menos mal que el mediterráneo siempre espera nuestro regreso.

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Abres el Tao por una página cualquiera. Lao Tse dice: “Quien se disminuye crecerá; quien se aumenta disminuirá (…) Sólo la nada se inserta en lo que no tiene grietas”.

Avanzas páginas y preceptos sin orden ni concierto:

La felicidad reposa sobre la desdicha; la desdicha incuba bajo la felicidad.
La cosa más difícil del mundo se reduce finalmente a unos elementos fáciles.
La obra más grandiosa se realiza necesariamente por actos pequeños.
A menudo un hombre que emprende un negocio fracasa justo en el momento de acertar. Aquel que permanezca tan prudente al final como al principio no fracasará en su empresa.

El viaje de mil leguas comienza por un paso.

Quien se bate por amor, triunfa;
Quien se defiende por amor, resiste,
Pues el cielo le socorre y le protege con amor.

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Dice Jules Renard en su diario: “La verdad no siempre es arte. El arte no siempre es la verdad, pero la verdad y el arte tienen puntos de contacto; yo los busco”.

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Ahora, puedes empezar a escribir.


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Acababa de nacer cuando M te instó a oler al retoño. Olía a algo remoto, a óleos añejos, a perfumes acerados que te quedaron para siempre fijados en la memoria. Después de las horas de dolor y sangre, después del esfuerzo ímprobo por traer al mundo un arrapiecito tan minúsculo, ese olor se cincelaba en el alma.

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El minutito. Cada noche, cuando regresas a casa encuentras al bebé que un día tuviera el cuerpo cubierto de ceras almizcladas. A los dos años de su alumbramiento, la pequeña Lucía es torbellino de energía y simpatías. No siempre uno está a la altura de tanto brío. Cuenta con sus jergas vernáculas lo acaecido durante el día. Destaca el hecho que más le haya impresionado con enormes titulares y cacofonías. Entras en casa y enseguida grita “papá, papá” para inmediatamente explicar, por ejemplo, “aquí, pe, pupa, ahh, ahhhh!!!”. –Si, mi pequeño tesoro. ¿Así que te has dado un golpe en el pie y te has hecho pupa? Ven que el papi te cure con un beso-

El ajetreo a esa hora de la noche es considerable. Lucía está cansada, y su madre también. Todos cansados, pero Lucía solicita arrojos infinitos. Baños, luchas para ponerle el pijama, el mismo juego cada noche (ese de los ratoncitos de madera que van perdiendo trozos por toda la casa) para conseguir que cene. Luego biberón sobre los brazos de mamá, y al final, el minutito. –Bueno cariño, despídete del papi, que nos vamos a dormir-. Siempre que M insta al bebé a marchar a su cuna, Lucía corre y se lanza a tu regazo. Te regala un minuto diario en el que disfrutar de su cuerpecito totalmente relajado sobre tu pecho. En las noches de verano dejas el torso desnudo para acoger ese pedazo de limbo y olvidas la existencia. Un minuto en el que se te permite morir y renacer un poco. Un minuto para comulgar con los viejos ancestros, para cantar los anhelos, para pensar que las utopías son posibles. Un minuto que es un cosmos, un minuto que no se acaba, un minuto que te prende.

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-¿Porqué soy tan alta?- pregunta Maria cuando la acompañas a dormir. -¿De qué me sirve ser tan alta?; yo no quiero ser tan alta; soy de las más altas de la clase-

-Todos somos diferentes. Hay gente alta, los hay bajos, gorditos, negritos, calvos. Yo soy calvo y me encanta. No pierdo ni un instante en secarme el pelo cuando salgo de la ducha. Me gusta pasarme la mano por la calva totalmente rasurada. Aunque a veces me gustaría tener flequillo y poder soplarlo como Brad Pitt- improvisas.

-Es verdad; qué gusto da pasar la mano por tu cabeza. Pero, ¿de qué sirve ser alta? ¿Quién es Brad Pitt?-

-Sirve, por ejemplo, para poder ver por encima de la gente cuando estas en un vagón del metro repleto. O sirve para imaginar que puedes tocar las estrellas. Sirve para visitar países en los que todo el mundo es muy alto y no parecer turista, o para jugar a ser un gigante cuando visitas a los gnomos del bosque. Sirve para ser la primera en decirle hola al sol, y para ver los barcos más lejanos en el horizonte-

-Si, también sirve para ser modelo; pero yo no quiero ser modelo-

-¿Y qué te gustaría ser?-

-Quiero ser maestra de niños pequeños. Ah!, está bien ser alta, para poder vigilar a todos los niños en clase-

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“En lo más profundo del invierno, finalmente aprendí que dentro de mí se encuentra un invencible verano”. (Albert Camus)

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Como decíamos ayer, “el hombre lo vive todo a la primera y sin preparación”. La frase es demasiado redonda para ser tuya. La escribió Milan Kundera, también ayer, en la no menos esférica La Insoportable Levedad del Ser. Has leído unas cuantas novelas redondas. La de Kundera tiene lo que podríamos denominar una redondez eslava. “¿Qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma?”. Lo dicho, Kundera cuadra la redondez. Por eso la vida parece un boceto en falso, un boceto que no es el paso previo para nada.

En Kundera hasta el nombre es redondo. Kun-de-ra. “Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto”. Oblongo, jodidamente bola, Kundera. Con periodicidad te asaltan las ganas de leer un libro esfera, una de esas novelas o ensayos cuya redondez le hace a uno sentir la necesidad de llevar a cabo una vida bola. A Sangre Fría de Capote, Últimas Tardes con Teresa de Marsé, Ébano de Kapuscinsky, son obras redondas. Pero su redondez no es eslava. Bueno, la de Kapuscinsky un poquito.

“La idea del eterno retorno es misteriosa…” ¡Hostias! ¡Es que hasta la maldita primera frase de la puta novela de Kundera es perfectamente esférica!

“La idea del eterno retorno es misteriosa y con ella Nietzsche dejó perplejos a los demás filósofos: ¿Pensar que alguna vez haya de repetirse todo tal cual como lo hemos vivido ya, y que incluso la repetición haya de repetirse hasta el infinito! ¿Qué quiere decir ese mito demencial?” – grita esférico en el primer párrafo, un Kundera henchido en su eslava redondez.

Capote también tiene nombre bola. Ca-po-te. A Sangre Fría es la única novela que te da miedo cada vez que la afrontas. La leíste por primera vez un verano que tus padres habían alquilado una casa rural en Los Pirineos. La masía estaba aislada. La oscuridad os envolvía. Sólo el chasquear de las lenguas del fuego en la chimenea, rompía la mudez de la noche. Capote se te metió hasta el tuétano y ya no volvió a salir nunca. A Sangre Fría enseña que el terror está en cualquier sitio, y no demanda motivos para germinar. Enseña que el terror es absurdo, que el miedo puede anidar en la prosa de un escritor que espera ansiosamente que sus personajes mueran para poder escribir el final de su novela. La Insoportable Levedad del Ser…no sé, simplemente molesta, jeringa. Es de una redondez que cuesta admitir. ¿Cómo consentirle a Kun-de-ra que nos recrimine nuestra incapacidad para amar precisamente porque “deseamos ser amados, porque queremos que el otro nos dé algo (amor), en lugar de aproximarnos a él sin exigencias y querer sólo su presencia?”. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación, por eso la vida se llena de continuos fracasos. ¿Cómo aceptar que el puto Kun-de-ra nos remita al mito de El Banquete de Platón para recordarnos que en la noche de los tiempos los hombres eran “hermafroditas y Dios los dividió en dos mitades que desde entonces vagan por el mundo y se buscan”?

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¿Y cuántos cuadernos van ya? Escribes cuadernos para ver. Cuadernos para estudiar el detalle. Cuadernos para olvidar amores. Cuadernos para cantar pasiones. Dibujas en cuadernos. Viajas con cuadernos. Fracasas entre los renglones y trazos de muchos cuadernos. Le regalas a Madre dos cuadernos para que narre su infancia. Lo hace. Pasa varios meses escribiendo sin tapujos, perforándose las entrañas. Mamá y sus tres hermanos fueron abandonados cuando el abuelo murió por una tuberculosis. Contrajo esa enfermedad en un campo de refugiados en Francia, al huir de la entrada de los nacionales en Barcelona. La abuela enloqueció y desapareció. Todo el mundo la creyó muerta, pero casi 40 años después se supo que había marchado al sur, y allí fundó otra familia. Mamá descubrió con más de 50 años, que tenía cuatro hermanos más en un pueblecito de Granada. Todavía nunca tuviste agallas para leer esos cuadernos en los que todo se explica. Al desaparecer la abuela, Madre y sus hermanos fueron repartidos por diversos orfelinatos de la Ciudad. Lo que aconteció a partir de ese momento es una crónica negra de la peor de las españas posibles. No tienes agallas para leer esos cuadernos, aunque sabes que allí se encuentra la clave. Lo dijo un analista al consultarle por las numerosas rupturas sentimentales de tu vida y las curiosas coincidencias entre ellas: - es probable que busques mujeres que te abandonen o que fuerces ese abandono, como método subconsciente para purgar el dolor que padeció tu madre durante la infancia- dijo.

No sabes transitar la vida sin llevar un cuaderno encima. Todo vale si cabe en un cuaderno. Sólo existe lo que dicen los cuadernos. Aunque luego, cuando pasan los años, uno relee lo escrito y no se reconoce. ¿Quién es el que escribió esos tiznes negros? ¿Quién diablos es ese?

Qué hacer con tanto cuaderno. ¿Cortarlos a cachitos? ¿Desordenar aun más todas las anotaciones vertidas en los diez mil cuadernos y tejer un patchwork? ¿Quemarlo todo?

Pesan los cuadernos. No sólo los de Madre.

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Ya lo pensó Torres-García: ¿Y si mi norte fuera el sur?

A Torres-García le perdonas todo. Es un artista enorme al que siempre aceptas tal como viene. Torres-García viene como le da en gana a Él, dice lo que le place y hace pintura, textos, juguetes, imparte clases, con total convicción, sin temor a ser contradictorio, iracundo o injusto.

“Haced vuestro camino solos; sed cada uno de vosotros un camino. Entrad y salid de todas las casas; tratad a todos los hombres”.

“Como los días, así han de ser diferentes vuestras obras”.

“Acabada vuestra obra, acabada vuestra misión”

Consejos a los artistas de 1917. Planea la sombra de Nietzsche, es cierto, pero merecen ser revisados estos textos centenarios.

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Las tardes de los jueves en el Santa Marta.
Encuentro semanal en bohemio local de la Barceloneta. Bodega pirata, taberna de mesas desvencijadas, sillas desparejadas, pintura naïf colgada por doquier, atractivos camareros, parroquia moderna. El viento limpia constantemente, bar marino, los cuerpos tatuados se suceden. Música lounge. La playa, las palmeras, la fauna frikie de la Barceloneta.

-No le cuentes a nadie lo del Santa Marta. Que sea nuestro secreto-

-Lo que quieras Gitana-

Aquí en el Santa Marta, cada jueves de verano, encontráis las texturas. Los pies descalzos se tocan bajo la mesa. El vaso de mojito deja redondeles de agua helada encima. La mano se enreda en el pelo tarifeño de M. Llegan los lejanos olores del café de Hafa.

Tras un año de arritmias, tras la ruptura que os separó unos días, el Santa Marta os reencuentra al uno con el otro. No hubiera sido posible este verano sin el Santa Marta. Ni sin el mediterráneo de Caldetes, ni sin Mallorca, ni sin las rocas de Tamariu, ni sin tu bello cuerpo de flaquita. Sin el mundo en la mirada flaca, sin las heridas y las cicatrices. No hay verano sin las risas de las hijas, no hay verano sin los libros compartidos. No hay verano sin la piel bronceada por el tiempo. -Tu pasado me llena de paz. Bórrame el bagaje, Gitana. Bórrame el futuro. Quítame la angustia. Pídele otro mojito a la camarera de los ojos latinos. Pídele a los días que siempre sea jueves en el Santa Marta-

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La inmersión a pulmón libre en las calas mediterráneas es lo que más se parece a volar en infinito líquido. Planear sobre los acantilados sumergidos, seguir el aleteo de las doradas, bracear al ritmo pausado del baile de las algas. Bucear es volar en el silencio azul. “El buceo requiere más esfuerzo y más audacia que la natación. El deseo de practicarlo proviene de una voluntad o pasión más fuertes. Las posibilidades del buceador son limitadas, las profundidades marinas son inalcanzables”. Lo dice Predrag Matvejevic en su Breviario Mediterráneo, el libro del verano, acaso el libro del año, el libro de todos los próximos veranos. Bucear entre las rocas de Tamariu o en las costas mallorquinas es rendir pleitesía al hacer de los pueblos que navegaron el mediterráneo. Aunque Jean-Albert Foëx en su Historia Submarina de los Hombres, afirma que poco tiene que ver la navegación con la historia del hombre bajo el mar. Mientras la navegación es una historia colectiva, la inmersión proviene de un anhelo individual, es una aventura solitaria. “Para decidir esta aventura hacen falta los móviles más poderosos, aquellos que ejercen sobre el ser irresistibles e insistentes presiones: el hambre, el amor, la sed de riquezas, un cierto grado de locura”, escribe Foëx.

Quizá la experiencia submarina dispense al individuo de cierta posibilidad de redención; quizá la espirosofia del buceador transforme su alma. “En el agua, el buceador se encuentra en equilibrio hidrostático indiferente, es decir, que el empuje del agua equilibra el peso del cuerpo. ¿Tenderá el empuje del espíritu bajo el mar a equilibrar y abolir el peso de las necesidades terrestres?” (De nuevo Jean-Albert Foëx).

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La difusa luz que penetraba por la ventana ponía una ocre luminosidad sobre la escena. Desnudo, arrodillado sobre la cerámica de la bañera, se dejaba enjabonar por Ella.

-Es mi regalo, es mi amor hecho tacto- le dijo. Él permanecía en silencio.

-Túmbate- ordenó.

Sus férreas manos masajeaban la musculatura de las piernas, buscaban guiar la voluptuosa pasividad del baño. Él se dejaba sumergir en ese rito, en ese mar célibe en el que sólo nadan los que se aman sin prisa. La esponja recorría cada rincón sin apenas pudor. Las esponjas no se mueven ni tienen pudor en estado natural, sólo se mueve el mar a través de ellas. Las esponjas disponen de todo el mar y de todo el tiempo, escribe Predrag Matvejevic. Y Ella, sabedora de las artes marinas, aterciopelaba la piel de Él enjabonando en seco la tez amada, como tildando la creencia de Hegel que afirma que los melancólicos son ricos en espuma. Se inclinó sobre el cuerpo masculino para frotarlo con delicadeza.

-Tienes unos pies bonitos, y unas piernas fuertes-

En el Japón tradicional las esposas bañan a sus maridos. Se diría que el ritmo del tiempo oriental perpetúa los estremecimientos. Es difícil para un japonés describir los sentimientos. Pero hasta el más ínfimo de los detalles del día, se puede ritualizar para despertar las ternuras. A través de aquella esponja que contenía los mares, emanaba el tierno ardor afectivo que se profesaban. Él se dejó dominar por el calor y la dulzura. Mientras, las manos enjabonadas de Ella apresaban su sexo excitado. Él pensó en si era justo aquel bienestar.

-¡Qué bella eres!-

El cuerpo masculino deseaba sentir el dulce calor del cuerpo fémino. Un baño de agua tibia aclaró las espumas que le cubrían, que le brotaban.

-A menudo se repite el sol- pensó. A menudo se repite la espuma de las olas, los vientos, los ojos cetrinos. Casi siempre el mar ha ayudado a los amantes despechados, a los reencuentros entre amigos y pueblos, a los ardores y las lascivias. Durante mucho tiempo el mar fue un misterio para los cuerpos que se embrollan.

-Gracias por el baño, gracias por llenar de espuma marina este pequeño mediterráneo-.

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“Casi todos los náufragos supervivientes tienen en su casa un ex voto en la pared y al lado una foto de un faro”. Tarea que resolver antes del otoño: Fotografiar un faro y colgar un exvoto en alguna pared de la casa.

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“En cualquier lugar visible, de una escena a otra, de un acontecimiento a otro, empieza el relato del mar y la costa, de las islas y de la soledad, del cuerpo y la prisión, de las olas y los vientos, de los ríos y sus desembocaduras, de nosotros mismos: los rituales de la partida y del retorno, los palimpsestos de las salidas y puestas del sol y de la luna, las parodias y los énfasis cotidianos e históricos, el movimiento en círculo y nuestro intento de salir por fin del círculo. Las razones de la navegación por el mediterráneo nunca se han conocido del todo; ¿quiénes son en realidad los que zarpan, por qué se van, qué esperan?”.

Lo malo de que Matvejevic escribiera este redondo párrafo es que ya nunca podrás escribirlo tú. Como un monje del cister, te limitas a copiarlo muy despacio para saborear todo el fuego y el veneno, en mayúsculas, en un cuaderno oriental que te regalaron hace dos abriles. Dice Matvejevic que la gente del norte suele identificar el mediterráneo con el sur. “La mediterraneidad no se hereda, sino que se alcanza”. La mediterraneidad es un honor, no una ventaja. “No se trata sólo del pasado o de las tradiciones, la historia o el patrimonio, la memoria o la pertenencia. El mediterráneo es el destino”. ¿Qué quieren que les diga? Predrag Matvejevic redondo. Nunca dejaras de leer Breviario Mediterráneo. En las páginas de este libro encuentras. Y a buena fe que andas perdido de un tiempo a esta parte.

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En casa de los suegros siempre tienen un bol con las hortalizas en remojo a la espera de que hagas la ensalada. No entiendes muy bien qué día empezó esa tradición que por otra parte te congratula.

-Luis, hijo, cuando quieras puedes hacer la ensalada- reclama Maru.

Taqueteas el pimiento rojo crudo, el pepino, cortas a rodajas o en forma de estrella; aclaras lechuga y escarola, las troceas a mano. Aceitunas, maíz, frutos secos, a veces queso manchego o queso fresco de cabra, manzana…añades a tu antojo, mezclas el conjunto. Entonces, Maru, que es la encargada, con sal gorda, aceite de oliva y vinagre de Módena vaporizado, lo aliña todo.

Comenta Matvejevic que los exegetas de la tradición árabe destacaban la diferencia entre el viaje exterior y el interior. “El recorrido de Ibn Batuta por el mundo difiere del viaje sufí de Ibn Arabí, que de la costa de su Murcia natal…viajó hacia su propio interior, hacia Alá, con una luz (Nur) más intensa que la que resplandecía en su patria, en busca del azufre rojo”.

Cortando hortalizas sobre la tabla de madera, viajas desde el Guadalquivir natal de Maru a las costas levantinas, de las islas griegas a Marruecos, del verano napolitano a las infancias en la Costa Brava. Troceando tomates y lechugas los caminos mundanos se te cruzan con los eternos.

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“Diversos registros, estratos o palimpsestos, uno al lado de otro, enlazados, horizontales y transversales, ayudan a penetrar más profundamente en el mar, en su pasado y en la historia”.

Trocear hortalizas, mojar pan en aceite de oliva vertido en un plato de loza blanca, comer queso feta y aceitunas negras, dejar que afloren los palimpsestos de la historia mediterránea; el huerto de Getsemaní, el olivo y la higuera en el Corán, la oliva negra que, como decía Lawrence Durrell, y parafrasea Matvejevic, es “un sabor más antiguo que la carne, más antiguo que el vino. Un sabor tan antiguo como el agua fría”.

En los pueblos mediterráneos, el día de mercado es una fiesta. La algarabía de los colores, de las especias y frutos, el sabor de las aceitunas, esos puestos de mercado en el que un amable vendedor de olivas nos ofrece una en un cazo de madera pescada en gran barrica, “un sabor más antiguo que la carne”.

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Epitafio tallado en piedra en la costa de Anatolia, junto a las ruinas de un antiguo puerto primero fenicio, luego griego y romano: “Nado, el mar a mi alrededor, el mar en mí, existo en el mar, soy el mar. Ni estoy ni estaré en la tierra. Me hundiré en mí y en mi mar, ahora y para siempre jamás”.

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“Todos los proyectos deberían contener formas y posibilidades para llevarse a cabo, indicar las condiciones y los plazos, medios y obligaciones, liberarse de promesas irresponsables, deseos ilusorios, de utopías sin fundamento”. Descontextualizado, este párrafo del Breviario de Matvejevic nos recuerda que nunca debe el escalador olvidar qué y quién es la montaña. El que asciende un peñasco peligroso puede llegar a creer que a pocos metros está la cumbre. Si la montaña le sorprende con un nuevo requiebro, con otro tramo de dura ascensión, el escalador novel desfallece, se enfada con la montaña: - ¡que sea la montaña la que me escale a mi!- se dice.

Queremos un mapa del recorrido, no aceptamos que el paisaje nos dibuje. Eso no le sucede al marino que examina el mar, acepta y reconoce, incluso, los mares que no verá jamás. El marino viejo sabe que es el mar el que diseña el trayecto. Cualquier travesía puede complicarse. Cualquier viaje puede verse obligado a rodear tormentas. Unos vientos empiezan a soplar contra otros, pero las inclemencias del tiempo no se mitigan enfadándose contra ellas. Las tormentas se atraviesan, se padecen, se resisten, se rodean. Es la única manera de llegar a buen puerto, aceptando los ritmos de la mar. Frente a los obstáculos, tenemos más recursos de los que creemos. Aunque acecha el peligro de no darse cuenta de ello. El miedo no es buen compañero de viaje. El sitio que más nos duele, el peñasco que se resiste, la tormenta que perdura, ese es el lugar adecuado para saber más de uno mismo, para reconocer y aprehender los límites del mar, el alcance de nuestro proyecto. El que sabe navegar sabe vivir, dice un viejo proverbio romano.

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Deslizas la mano apartando los restos de comida que han quedado en el plato. Con las yemas de los dedos empujas las cáscaras de molusco, el hojaldrado exoesqueleto de los langostinos y gambas, unos pocos fideos tostados, los trocitos de sepia que se le escurrieron al tenedor. Tintinean platos, vasos y cubiertos en el fondo del lavadero. Los dedos comprueban la viscosidad del gel lavavajillas. Viertes un chorrito sobre la esponja lavaplatos. En dos pasadas borras los rastros de comida. Hace unos minutos la mujer amada cenó sobre esos platos que ahora limpias trazando círculos con el esponjín. El agua corriente escurre la espuma.

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Libro orbicular el Breviario de Matvejevic. Has leído despacito. Dos semanas de lectura. Texto bola de una redondez eslava que mira al sur. Una filología del mar, como describe Claudio Magris en el prólogo, que “desafía con refinada discreción los géneros literarios”. Nada más acabada la lectura, vuelves a empezarla, para no acabarla nunca más.

“Primero elegimos un punto de partida: una bahía o una escena, un puerto o un suceso, una navegación o un relato”. ¿Puede haber más redonda manera de iniciar un texto mayúsculo? Quién podría olvidar a Nabokov y su “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas”. O aquel “Para colmo, el mal tiempo” con el que Hemingway iniciaba el repaso de sus años parisinos. Pero el comienzo de Matvejevic resume una vida, es un relato perfecto. Primero elegimos un punto de partida: un recuerdo de la infancia feliz, una escena del pasado reciente, una ciudad desde la que partir, un suceso, un tránsito, un fracaso, un velero, un verso, un relato; entonces, empieza el viaje.

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Recopilación de entrevistas de la revista The Paris Review seleccionadas por Ignacio Echevarría. Un estilo, una época.

Ignacio Echevarría, polémico crítico literario que se jugó su puesto en el periódico El País por no querer comulgar con piedras de molino, organiza la compilación. Le conoces de refilón. Debe tener unos cuarenta y muchos, pelo largo, barba estudiadamente descuidada, bronceado casual, pantalón holgado, camisa larga de lino. Habla calmoso, a cierta distancia de todos, midiendo cada palabra con gran naturalidad. Al margen de la pose de intelectual descamisado, el tipo escribe con agudeza. En la introducción relata con perspicacia. Echevarría se saca del archivo una entrevista no publicada por The Paris Review, en la que el narrador uruguayo Mario Levrero atestigua que “el escritor es un ser misterioso que vive en mí, y que no se superpone con mi yo, pero que tampoco le es completamente ajeno. Afinando un poco más la percepción, podría decir que el escritor se crea en el momento de escribir, por confluencia del yo con otros estratos, núcleos o intereses del ser”.

El libro es bueno. Lesionan entrevistas como la que Carver Collins le hizo a Simenon en 1955. Simenon chanta lindezas como aquella de que “escribir no es una profesión, sino una vocación de infelicidad”. Simenon odiaba las frases bonitas, “cada vez que encuentro algo semejante en una de mis novelas tengo que recortarlo”. La tarea del padre de Maigret es, una vez encontrada la estructura narrativa, recortar todo lo “demasiado literario”. –Sujeto, verbo, predicado- decía Josep Pla cuando le preguntaban por el secreto de su escritura. La estocada de Simenon hiere hondo. En la “literatura” que pretendes se te cuelan las lindezas y las banalidades. Hay frases que no aportan al párrafo más que música. Te enamoran las palabras. Cómo renunciar a vocablos como palimpsesto. Palimp-sesto. Masticas palimpsestos cuando lees palimpesto. Cruje justo entre la p y la s. Textura, tarifeño, dionisiaco, herida, arritmia, mayúscula, pliegue. Te vencen, te derrotan las palabras. Además, escritorcillo, te pierden los molinetes bruscos. Escribir no se trata de hilvanar fragmentos inconexos, sino de aceptar que un tema empieza, se desarrolla y acaba. Tus temas se abortan por súbita irrupción de otros temas, no urdes tramas. “No lo entienden. Nunca escribiré una gran novela. Mi gran novela es el mosaico de todas mis pequeñas novelas”- abronca Simenon desde The Paris Review. Escritor mosquito, no lo entiendes: trozos hilvanados que no llegarán nunca ni a pequeña novela, eso te tocó ser, amalgama de retazos.

Sobre la felicidad y las vocaciones, ¿qué quieres contarnos?; mejor posponer para otro día. William Faulkner, en la mejor entrevista de la recopilación, acaso la mejor entrevista de la historia de The Paris Review, afirma que entre el whisky y la nada, se quedo con el whisky. ¡¡Joder!! Mejor, posponer el tema.

“Existen ciertas zonas de la vida dentro de las que el periodismo no puede moverse con soltura, particularmente por razones de invasión de la intimidad, y es dentro de este margen donde la novela podrá desarrollarse en el futuro”, escribió Tom Wolfe en su alegato a favor del Nuevo Periodismo.

Si buceas en el mar, por qué no puede un texto periodístico bucear en la nada, en la felicidad, en la savia de los días. Ni idea de dónde quieres ir a parar con tu periodismo buzo. Vayas dónde vayas, vas ahí de cabeza, escritorzuelo mierdoso.

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El buzo, el escafandrista. Imagen que utilizas como símbolo de introspección, en tus absurdos procesos de indagación psicológica. Son días de paréntesis, días de comunión con el mar, las escafandras te remiten a la infancia, a la dicha de una infancia mediterránea ya perdida.

Papá fue un chico enfermizo, sobreprotegido por su madre, la yaya Rosita, la abuela que perdió los nervios durante los bombardeos de la Guerra, que se esmeró en el cuidado de sus tres hijos en la dura posguerra, Rosita, a la que le salió un niño enclenque que merecía todo tipo de ceremonias, como aquella de comprarle pastelitos para ver si engordaba mientras sus otros hijos comían acelgas. Apretada relación la que se estableció entre Papá y la abuela, que veía en su hijo mediano todas las enfermedades, todas las indisposiciones y mortalidades, todas las sombras del diezmo que la posguerra reclamaba.

Mamá, niña huérfana, maltratada por las monjas, despreciada por la familia de la alta burguesía que la acogió en la adolescencia. Madre siempre trató a sus hijos con mimo y plena dedicación. Mamá también perdió nervios después de algún bofetón dado en nombre de dios o de la patria, o de la puta que parió a la madre superiora.

Hay algo de todo eso en tu escafandra. El dolor y la sospecha de la abuela. La fragilidad de Papá. La angustia de Mamá, nervios, miedos.

Buceas con M en las profundidades mallorquinas. Sobrevuelas a nado una pradera de algas en continuo balanceo, un campo de centeno litoral. Hay una barca hundida y varios aparejos abandonados. Los encadenados de las boyas, cubiertos de algas y crustáceos, parecen intestinos peludos que conectan el fondo marino con la superficie del agua. Acaricias la cintura de M. Ella se sitúa detrás y te coge los tobillos. Braceas y M se acompasa al movimiento de piernas. Gracias M por acompañar en este nado interior. Gracias por cuidar las heridas submarinas. Gracias abuela, gracias Madre, Papá. Hicisteis de la infancia un feliz reguero de memorias mediterráneas a pesar de vuestras dificultades.

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Salamandras. Dragones. Lagartijas. En las Pitiusas la salamandra es símbolo. En Mallorca no llega a tanto, aunque este tipo de reptil se adapta muy bien a las inclemencias de la Isla, a los campos de sol, roca, viento. A las cinco de la tarde el sol empieza un lento declive. M da la merienda al bebé. La costa de Ponent no es la más agraciada de la Isla, quizás por el exceso urbanístico o por estar convaleciente de un pasado en el que se sucede tanto el esplendor como la miseria. La importancia de Ponent no estuvo a lo largo de la historia mallorquina en sus recursos naturales, sino en la situación estratégica. Fue el primer sitio donde atracar los barcos cuando se intentaba conquistar Mallorca desde la Península. También atracó, según leyenda local, en la cercana Isla de Dragonera, nada más y nada menos que el Arca de Noé, para repoblar la Tierra. Sa Dragonera es una bella isla del fin del mundo donde contrabandistas y piratas se escondieron durante siglos. En la actualidad es un paraje protegido, una lengua de piedra, lentiscos y pinos con su propia especie de lagartos. En este paréntesis mediterráneo, no debe ser casual que el primer puerto en el que descansas tu ajado barco sea este justamente.
En la hora baixa, poética manera en la que atardece en Mallorca, cuando la hora va bajando hasta esconderse tras la línea del mar, las rocas de Ponent se brindan al sol.
M y Lucía caminan por la arena hacia la orilla. En compañía de libros, café frío y cuadernos de notas, atardece el cuerpo tostado de las gitanillas. La superficie del mar se va dorando, las piedras enrojecen, los pinos proyectan sombra azul. ¿Dónde se esconderán las salamandras a esta hora? Poco importa. Cae la tarde. Eres pirata. Perteneces al mar. Quedan viajes, faltan puertos en los que atracar. Partirás de nuevo. Un día llegará Theos. El ahora es tiempo de treguas. La brisa suave de Llevant trae el eco de las culturas marinas. Qué gracioso bichito es tu hija Lucía mojada en arena. Croquetita deliciosa. Qué bonita es mamá M, latina flaca, gitana de ojos largos y pelo moro. Faltan puertos que conocer. Quedan viajes por realizar. Aquí sólo importa el ahora, desde las Terres de Ponent.


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La tundra. La taiga. Los caribúes se trasladan en busca de pastos frescos. El lobo blanco acecha a las enormes manadas de caribúes. Es época de deshielo. Al principio el ataque parece casual. Pero es una estrategia para sembrar el caos en la manada. Un ternero joven se separa del resto. El lobo adulto le persigue, le apresa. Es abril en el Ártico y el sol no se pone nunca.

En este verano mediterráneo, en este sur hecho verano, te atrapa un fantástico documental de la BBC llamado Earth, que participó en la sección oficial del Festival de San Sebastián en su edición del 2007. La tundra, la taiga, el norte, el deshielo, la música interpretada por la Berliner Philarmoniker Orquestra. El planeta está cambiando, pero la lucha por la vida siempre marcó a sus moradores. El ciclo del agua, el cambio climático, las rutas migratorias, el norte viajando hacia el sur para sobrevivir.

Las aguas ecuatoriales poco profundas son buen refugio para los ballenatos. Todo el mundo marino se mueve. Todo es tránsito en Earth. Desde el ecuador a los mares de la Antártica, la ballena jorobada y su cría se desplazan. Del norte al alimento que se encuentra en el sur. El calentamiento global está acabando con el plancton, las ballenas se ven obligadas a buscar mares fértiles, corrientes crustáceas, flujos de vida.

El oso polar no puede desplazarse entre los hielos quebrados. Le resulta imposible cazar focas en estas condiciones. Tras invernar seis meses su condena es la muerte por inanición. El oso polar es un símbolo del norte, un símbolo de la lucha pendiente.

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El entrenador de nadadores de élite Dick Jochmus le soltó a un joven Michael Phelps abrumado por los contratiempos en sus inicios: “Sólo hay una regla para conseguir las cosas que dan valor y sentido a tu vida: evita el pánico”. NO PANIC.

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Anoche soñaste que rompías el silencio. Entrabas en el dormitorio de tus padres, con apenas cuatro años. Despertaban. Madre se incorporaba asustada:

-¿Qué te pasa cielo?-

-Creo que no es justo que me condenéis a la mediocridad. Creo que yo no debo pagar el precio de tu infancia infeliz, Mamá- le exponías.

-¿Porqué dices eso? ¿Acaso no te tratamos con mimo y atención?-

-Si Mamá, pero también me has inculcado el miedo y la frustración. En mi vida de adulto buscaré mujeres que me abandonen para poder con mi dolor, resarcir el tuyo. Abandonaré a mi hija Maria, se romperá el matrimonio con su madre, cuando la pequeña tenga cuatro años, justo la edad que tú tenías cuando te abandonó la tuya; ¿casualidad? ¿Quieres que siga?-

-¿Qué sucede?- Papá se incorpora a la conversación.

-Nada, que el niño tiene una de sus noches “existenciales”- informa Madre.

-Papá, no es justo que me obligues con tus códigos morales a ser un hombre de la vía del medio, no es justo que el apellido me condene a cargar con el averno de ser “mediocre en poco, pero brillante en nada”-

-Aprenderás a caminar dentro de esos límites, ahora regresa a tu cuarto y sigue durmiendo-

-Te queremos- dicen los dos al unísono.

En el pasillo, camino de la habitación, oyes a la abuela Rosita gritar. Perdió los nervios durante los bombardeos de la Guerra Civil y muchas noches, cuando los calmantes no hacen efecto, las pesadillas irrumpen. El pasillo se dilata y alarga. Es el pasillo del piso del Ensanche en el que viven los abuelos. Rosita y Jaume. Los gritos te asustan. Roser corre por el pasillo. Es apenas un bebé. Lleva puesta la carcasa de escayola que le impusieron los médicos al nacer con la columna vertebral torcida. Tu pobre hermanita estuvo así los primeros seis meses de su vida. Quieres abrazarla pero pasa corriendo y entra en el dormitorio los padres. La puerta se cierra. Pobre tortuguita.

Una puerta lacada en blanco se abre. Nueva habitación. Es morada. Hay una mesa. Dos mujeres sentadas hablan sin percatarse de tu presencia:

-Creo que nunca supo amar. A mi me trató con ternura, pero nunca llegó al compromiso que yo merecía. Lo quería todo de él, pero sólo me daba pedacitos- dice Molly. No sabes porqué se llama Molly la mujer que habla, pero lo sabes. En los sueños no hay reglas. No tienes ni idea de cómo se llama la que contesta a Molly aunque su rostro te resulta conocido.

-Yo le di hijos. Él adoraba a sus hijos pero nunca fue buen padre. Siempre fue un egoísta-
Te enfureces. ¿Hablan de tí? Intentas quejarte, pero las dos mujeres te ignoran, no existes. La habitación cambia de color. Ahora es verde. Se llena de hierba. Y de repente estas en los Picos de Europa. Sale lobo al encuentro.

-Cuidado conmigo. No te acerques. Estoy herido y los lobos heridos podemos morder-

-Yo también estoy harto del dolor- contestas.

-Mil sanitarias me prometieron curar las heridas, pero aquí me tienes, sólo, en el monte- cuenta lobo.

Acaricias con cuidado la cabeza de lobo. De sus ojos brotan lágrimas. Lobo se queda a tu lado. Empieza a nevar. Tienes frío. Pero una gran serenidad te alivia. Caminas por un paisaje apacible que no reconoces. El frío pasa, aunque la nieve lo cubre todo. Ves pisadas. ¿De qué animal son? Sigues el rastro.

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El último viaje a Londres fue, probablemente, el último viaje a Londres. Se hunden en la carne algunos lugares. Londres se clavó por varios sitios. Como a un San Sebastián alanceado, te supuran laceraciones. Muchos de los territorios que son heridas han cicatrizado. Pero no Londres. Eres capaz, por ejemplo, de visitar la tumba de los abuelos en Arenys de Mar sin sentir escozor alguno. O paseas por la playa en la que diste el primer beso a Molly, sin notar temblor en las gónadas. Puedes recordar los bares que te bebiste con tu amigo Jesús, al que hace cinco años que no ves. Bebes en los bares que viviste con Genis Cano (maestro del underground y la performance) antes de que supieras la leucemia que acabaría por matarle. Vas a Paris cuantas veces haga falta, porque, aunque en Paris te vistieron varias Mollys, Paris es siempre infinito. Pero Londres se clava en el hueso de la cordura. Te dañan los lagares asturianos, o algunos barrios de Madrid, o toda la ciudad de Valladolid, o los adoquines húmedos de Roma, o los quirófanos donde nacieron tus hijas. Hay una arquitectura anímica, un urbanismo de los afectos que hace de las ortogonalidades vectores de sentimiento. Por eso se enfadan los viejos que ven caer muros de su cotidianidad. Donde los urbanistas y constructores ven ladrillo y excavadora, los viejos ven la panadería donde compraron el pan y los croissants, el banco callejero donde charlaron intrascendentemente sobre las noticias del distrito, la salida del colegio donde los hijos jugaban a pelota, la esquina dónde pisó Charo López un día que visitó el barrio,…

Perdedor se acostumbra a transitar puertos que siempre cambian, a navegar mares en perpetuo movimiento, a pesar de lo cual la arquitectura vivida se clava en los ánimos, se convierte en ron, en canción, en saudade. Es tanto lo que queda por conocer que porqué volver a los lares que nos lastiman-se dice el marino.

Romper las fronteras del espacio conocido, atravesar los límites de la convención, reinventar los personajes de la novela cotidiana. Acumular, enumerar, inventariar lugares, dejar que los sitios nos dibujen, pero ser siempre libres e irrefutables. ¿Para qué volver a Londres, entonces? Olvidemos Londres. Volvamos a Londres sólo cuando Londres ya no sea Londres. O no regresemos nunca más a Londres. )