Museográficas (32) Final

La vida, el museo de los relatos. “Algunos objetos de este museo se pueden descomponer en partes con mucha facilidad, pero la realidad que subsiste detrás, una vez que han sido descortezadas estas relativamente fáciles capas, es más asombrosa de lo que las capas iniciales daban a entender” (El gabinete de las maravillas de Mr.Wilson. Lawrence Weschler. Seix Barral, 2001)

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Aunque no tengo habilidades específicas, me gusta manosear motores, maquinas desguazadas, engranajes, …

Dibujo con el 4x4 baches y curvas por los senderos mediterráneos. Pienso, mientras conduzco, si debería haber escogido ser una perfecta máquina soltera aquel día ya lejano en el que opté por emparejarme, conseguir un trabajo estable y tener descendencia. La belleza del motor soltero, desbaratado. Marcel Duchamp supo captarla en cuadros como Le pasaje de la verge á la mariée, o en los nueve moldes málicos, o en el Gran Vidrio. Marcel Duchamp nunca formó una familia, viajó incesantemente, no tuvo propiedades, llevó una vida infraleve y libre, construyó toda su obra como si fuera la acumulación superpuesta de fragmentos de un motor inacabado. Una máquina cuyo combustible era el amor, el erotismo. Un erotismo de precisión “maquinista”, que funcionaba como una poderosa metáfora intelectual, apuntó el crítico Juan Antonio Ramírez.

¿Conducir coches desvencijados es un ejercicio soltero? ¿Y desmontar bicicletas? Los domingos sustraigo piezas de mi bicicleta dejándola casi desnuda, esencial, convirtiéndola en dibujo. Ruedas, cuadro, sillín, frenos, radios. Planeo suprimir marchas, despellejar los puños y encintar el manillar. En el macuto, la navaja, la Rollei 35, los cuadernos, un libro, los vestigios del solipsismo perdido. Entre las manos la bicicleta hecha dibujo, el 4x4, el mar.

Escucho Diamond Sea de los Sonic Youth, uno de los himnos de mi juventud, mientras paseo en bici por los campos colindantes al Pueblo en el que vivo. Recuerdo algunas fotos de Henry Miller “cabalgando” su inseparable bicicleta, esa a la que llamaba “mi mejor amigo”. Miller escribió una oda soltera al cumplir los ochenta:

“Si a los ochenta no estás tullido ni inválido y gozas de buena salud, si todavía disfrutas de una buena caminata y de una comida sabrosa, si duermes sin pastillas, si las aves y las flores, las montañas y el mar te siguen inspirando, eres de lo más afortunado y deberías arrodillarte cada mañana y cada noche para darle gracias al Señor por mantenerte en forma. En cambio, si eres joven pero ya tienes cansado el espíritu y estás a punto de convertirte en autómata, sería bueno que te atrevieras a decirle a tu jefe – en silencio, claro – “¡Al carajo con ese fulano, no es mi dueño!”. Si no te has quedado culiatornillado y si te sigue emocionando un buen trasero o un magnífico par de tetas, si todavía puedes enamorarte las veces que sea y si perdonas a tus padres por el delito de haberte traído al mundo, si te hace feliz no llegar a ningún lado y vivir al día, si te puedes olvidar y perdonar y evitar volverte amargado, cascarrabias, resentido y cínico, hombre, ya vas ganando” (…)

Me faltó en esta primera mitad de la vida el desparpajo de Henry Miller, la fuerza intelectual de Marcel Duchamp. Siempre fui un hombre preocupado. Pero ahora voy hacia Groenlandia; allí, me esperan los narvales.