BLOG

Museográficas (18)

 

Salgo del despacho y me adentro en la jornada laboral del enorme Museo en el que trabajo. He salido silbando una tonada pegadiza. Una musiquilla pringosa es como una toxina que salta de boca en boca. Unas horas después, me cruzo con un compañero de trabajo al que no he visto en todo el día. Silba la tonada que lancé a primera hora del día.

--------------------------------------------------------------

“Si quieres hacer una revolución, no pintes, coge un fusil”. Ese mismo año dejé de pintar. Mis profesores de arte lanzaban frases como cuchillos, para contrarrestar mis desvaríos. Rasgaba en público las telas que ellos elogiaban, dibujaba y anotaba minucias de la cotidianidad, grafiaba eslóganes situacionistas en las paredes de la facultad, pintaba con chocolate en polvo cuadros que se deshacían al tacto, consideraba artístico caminar durante horas por la ciudad… Mis tutores desesperaban. No habían ido mejor las cosas en la facultad de arquitectura. Allí escribí un manifiesto contra la ortogonalidad y contra la simetría, que por supuesto nadie entendió. El cálculo diferencial me derrotó, y acabé abandonando la carrera, para estudiar arte.

Veinte años después, regresé como ponente a la facultad de arquitectura. Nada había cambiado demasiado: el bar feo, pero barato; la copistería, la tienda de materiales, el grotesco contraste entre las aulas del edificio tardofranquista y el diseño Coderch de las “aulas nuevas”. Los alumnos eran veinte años más jóvenes. Había miradas intensas, pero les quedaban muchas intensidades por vivir. Todos parecían preocupados por cómo traducir su esfuerzo académico en rédito laboral. Les despisté hablando de performance, de que debían ser flexibles pero duros, de que todos somos marineros en un mar en constante movimiento. Les conté sobre arquitectura efímera, arquitectura inacabada, museografía trasteada.

-¿Por qué los apóstoles son pescadores, no campesinos, no constructores? - les pregunté.

---------------------------------------------------------------

Reforma de las Salas de Arte Moderno. Museu Nacional d’Art de Catalunya. 2014.

En casi todas las reuniones, Juan José Lahuerta, admirado profesor en aquellos lejanos años en los que fracasé reiteradamente en la facultad de arquitectura, y que ahora nos dirigía en la remodelación de las Salas de Arte Moderno, insistió en la idea de no utilizar la museografía, ni la investigación, ni el arte ni la arquitectura, para construir un relato de poder. Coincidíamos, veinte años después, en el Museu Nacional d’Art de Catalunya. El Prof. Lahuerta, Jefe de Colecciones, nos instó a mostrar sin pudor la densidad incómoda que tenían los almacenes del Museu Nacional. Una densidad, un fastidio, que decía mucho del cómo, determinada sociedad, se había querido autorretratar. Una densidad llena de ausencias. Pero esos vacíos, nos dijo, ayudaban a completar el retrato. Nos instó, con la inestimable ayuda del diseñador Ignasi Cristià y la complicidad de los equipos técnicos, rompiendo no pocas convenciones de lo que hasta ese momento se había visto en el Museu, a perpetrar una museografía por capas, compleja, eminentemente visual. Introduciendo acronías que situaban los relatos en el presente, con la clara idea de llevar al espectador al picor. Ignasi Cristià entendió el espacio como una ópera, y los ámbitos como cuadros escénicos donde resaltar momentos museográficos, como si de arias se tratara. Los equipos técnicos dedujimos nuestra labor como un todo orgánico, donde resultaba tan relevante encontrar la justa relación métrica entre cuadros y esculturas, como diseñar los anclajes de sujeción de las vidrieras modernistas, atinar en la iluminación o en la disposición de las cartelas informativas. El relato se iniciaba en las postrimerías del S.XIX, con la idea de una pintura que se pregunta sobre sus hechuras, unos artistas que toman conciencia de que los acicates de la cotidianidad son el eje sobre el que ramificarse. Unos artistas que, paradójicamente, deben seguir vendiendo a una clientela bien pensante, que nada quiere saber de indagaciones existencialistas. “La nueva presentación de la Colección de arte Moderno”, anunciaba la web del Museo, “ofrece ahora un nuevo relato crítico y complejo que evita la mera sucesión de estilos y nombres, e incluye todas las producciones artísticas del periodo: escultura, pintura, fotografía, cartelismo, cine, arquitectura, artes decorativas. Con una mayor presencia de elementos que permiten captar el contexto social, histórico y artístico.”

La ópera se articulaba en cuatro ámbitos y un epílogo: El Artista Moderno, Modernismos, Noucentismos, Arte y Guerra. El epílogo, planteado por Lahuerta para no acabar el trazado museográfico con la distópica Postguerra Española, recogía los trabajos incipientes de una generación de artistas que intentó introducir en segunda oleada, postulados de vanguardia en el gris panorama. El Grupo Dau al Set, el pintor De Sucre, entre otros.

Tuvimos que cerrar al público muchos espacios, convertir algunas salas en almacenes provisionales que nos permitieran vaciar otras. Hubo una campaña de restauraciones, para poder sacar a la luz obras que jamás habían salido de los sótanos. Construimos una carcasa de maderas tratadas y materiales neutros, para proteger La Batalla de Tetuán, cuadro de Mariano Fortuny de descomunales dimensiones, que no hubiéramos podido mover de las salas sin dañar. Expusimos por primera vez mobiliarios modernistas que nunca antes habían sido expuestos como los de Jujol, vidrieras imponentes, carteles de la Guerra que alguna vez llenaron las ciudades que luego fueron bombardeadas.

Durante mis vacaciones, viajé a Roma para visitar la Galleria Doria-Pamphili, pues repetidas veces había sido nombrada por el Prof. Lahuerta en sus alocuciones museográficas. La había visitado en algún viaje de juventud, pero con nuevas premisas, la colección allí expuesta, me reveló secretos museográficos que me habían quedado vedados. Entendí. Por ejemplo, que una disposición museográfica debe buscar la emoción.

Inauguramos las nuevas salas de la Colección de Arte Moderno, aun sabiendo que el trabajo no había acabado. El plan era ir transformando la reforma en los siguientes años. Ir hacia una museografía permanentemente inacabada. Mi estimado Profesor Lahuerta abandonó el Museu Nacional al año de la inauguración de estas salas. Le ofrecieron dirigir la Cátedra Gaudí y volver a la Universidad. Las salas quedaron en cierta forma huérfanas. La buena museografía, entendí, no se acaba, se abandona.